Capítulo 42: Cielo de acuarelas.

cielo de acuarelas

Pronto amanecerá. No falta más de media hora para que el sol salga e irrumpa en la silenciosa oscuridad de la madrugada. Me encanta ver el amanecer, y últimamente los amaneceres desde mi habitación se miran preciosos. Pareciera que el frío acentúa los colores pasteles y los vuelve un espectáculo de acuarelas que se diluyen en el cielo a medida que la luz las opaca y dan paso a un azul añil. He tenido que cerrar la ventana debido al frío y limitarme a contemplar tan hermosa pintura natural desde el alfeizar, pero no importa, el cristal está tan limpio que todo se observa con entera nitidez. Me pregunto si alguien más estará observando este amanecer. ¿Qué otra persona estará permitiéndose deleitar sus ojos con esto? No creo ser el único. Podrán haber muchos; desde su habitación, desde una terraza, desde algún banquillo en el parque, por la calle o desde su auto camino al trabajo. El mundo es un mar de perspectivas, y cada quien bebe del punto de vista que más lo haga sentir a gusto.

A mí me encanta embriagarme con aquel que me muestra una vida plenamente hermosa.

Hoy me he despertado temprano. Desconozco los motivos pues cuando menos lo pensé ya no tenía sueño y desde más o menos las tres he estado en vilo. Hace un rato me puse a leer un libro y como era corto lo terminé rápido, sin embargo el sueño nunca regreso, así que mejor me puse a ver el amanecer y debo decir que se me ha hecho eterno. Esta espera solo me recuerda a aquellas veces en las que Cori se quedaba conmigo y veíamos juntos la salida del sol. Siempre teníamos algo de qué hablar, y si nos quedábamos callados entonces él lograba hacer que el silencio fuese acogedor. Extraño eso. Un abrazo, un susurro, una mirada, el calor de nuestras manos entrelazadas…un beso. Ahora ya no están. Si, definitivamente echaré de menos todo eso, pero de cualquier manera no significa que no pueda volver a suceder. Puede que me haya enamorado de Cori, puede que el afecto que me tuvo y el que yo le tuve no sea igual a ningún otro y puede que incluso alguien más que me haga sentir como me hizo sentir él, pero eso no significa que lo que pasó entre nosotros vaya a serlo todo en mi vida ni que el amor de Cori se vuelva menos importante. Hay muchas cosas que son especiales, en la misma medida que lo fue Cori, es solo que cada una de esas cosas las siento de distintas maneras. No hay sentimientos ni situaciones más importantes que otras, solo maneras perfectas de percibirlas. En resumen, algún día podré cumplir esa parte de la promesa que le hice a Cori; algún día me enamoraré otra vez.

Espero sea de una chica muy linda. Sé que a Cori le encantaría eso.

¡Oh! Miren, ahí va Maikel. Ha salido a correr. Diablos, este chico tiene los huevos bien puestos para andar ahí afuera con este frío y a estas horas.

—¡Eh! ¡Maikel!—he abierto la ventana y lo he saludado. Él se voltea y me saluda.

Creo que saldré a dar una vuelta. Para el desayuno falta un buen rato y además no tengo que hacer. Le hago señas para que me espere, el asiente y se sienta para mientras en la acera a descansar un poco. Me pongo un abrigo y los zapatos Converse sin calcetines. Se me encogerán los testículos si no me pongo algo que me resguarde del frío así que también me llevo un gorro. Es un gorro gris con rayas azules que Karla me regaló el año pasado. Ella dice que las rayas azuladas combinan con mis ojos. A mí me parece un cómodo y bonito gorro.

Bajo las escaleras sin hacer mucho ruido y salgo al frío exterior. Puedo ver mi aliento disolverse en el aire, contrastando como una nube de vaho con el helado invierno. Maikel está sentado en la acera, esperándome.

—¡Buenos días, Sasha!

—Hola Maikel. ¿Corremos?—pregunto.

—Caminemos—sugiere—si corro voy a desmallarme. He venido corriendo desde el instituto y si sigo me dará hipoxia cerebral.

Me parece perfecta su sugerencia. No es como si con este yeso pudiese correr bien, así que asiento y comenzamos a caminar en dirección de la ciudad. Como es de suponerse, el camino está más muerto que de costumbre. Y lo digo porque no hay nadie y porque las plantas se han muerto del frío. No hay flores ni hojas en los árboles, solo ramas puntudas y pasto marchito.

—¿Y qué haces despierto tan temprano?—me pregunta Maikel que camina a mi derecha.

—Ni la menor idea. En la madrugada mi sueño se perdió en quién sabe dónde.

—Me pasó lo mismo—me dice haciendo una mueca de desdén—.

—¿Qué hay de Simón?

—¿Sign? Ese duerme como una roca—ríe—. Esta mañana le he hablado para que me acompañase pero no se movió ni un pelo. Ni siquiera se quejó y siguió durmiendo.

Por poco olvidaba el apodo de Simón. Creo que tendré que acostumbrarme a llamarlo por ambos nombres. Supongo que no se me hará difícil. Aunque también podría llamarlo Ignacio… ¡Nah! Ya tengo mucho con tanto nombre.

—Por cierto—advierte Maikel—. ¿Cómo has sabido que era yo quien corría?

Bien, ahora que este chico lo menciona, no tengo ni la menor explicación de cómo carajos hice para saber que era él. Tal vez fue por la estatura… o el cabello. Umm, no, no lo creo. Si ambos son idénticos a excepción de los ojos.

—Quién sabe—le digo, encogiéndome de hombros—. Solo supe que eras tú, y ya.

—Interesante—me dice con tono pensativo.

—¿A sí?

—Sí. Hasta ahora solo mi padre era capaz de diferenciarnos, y algunas personas que nos conocen desde hace un buen tiempo. Incluso mis tíos nos confunden.

—Pues supongo que algo los hará diferentes. Igualmente diferentes.

Él levanta sus cejas y frunce sus labios. Resopla, aceptando con resignación mi teoría.

La bruma de la mañana flota al ras del suelo y empapa el pasto seco de las llanuras donde pastan las ovejas y caballos. Poco a poco se puede escuchar el cantar de los pájaros que despiertan la perezosa mañana a todo ser quien escuche su canto. Las acuarelas del cielo se siguen atenuando y el sol asoma lentamente por las montañas.

—¿Y cómo van las cosas con la mudanza?—le digo, interrumpiendo un silencio bastante cómodo.

—No me quejo. Ayer en la noche terminamos de desempacar el último trasto. Ahora solo vamos a pintar por fuera la casa.

—Eso es genial—sonrío—. Seguro que se les ha hecho cansado tanta cosa.

—Un poco. Como solo vivimos con mi padre se nos hacen difíciles los asuntos de la cocina. Aunque Simón cocina bastante bien. Es un flojo, pero sabe lo que hace cuando de cocinar se trata.

—¿Qué hay de tu madre?

—Separada de mi padre—me dice, sin tomarle mucha importancia.

Agacho la cabeza, un poco avergonzado por haberle preguntado tan directamente por ella. A veces debería de mantener mi bocota bien cerrada.

—Lo siento, no era mi intención.

—No te preocupes—me sonríe. Me da unas palmadas en el hombro y le resta importancia—. No es como si fuese algo realmente malo. Sucedió hace mucho tiempo.

—Ya veo.

—¿Qué hay de tus padres?

Mis padres. ¿Qué hay de ellos? Es la primera vez que me lo preguntan y me siento ligeramente extraño por ello. No incomodo, sino extraño. Supongo que es porque nadie me lo había preguntado antes. Al fin y al cabo todos aquí saben qué sucedió con papá y mamá, pero Maikel es nuevo. ¿Cómo debería de responderle?

—Ellos… murieron—genial, la explicación no fue tan difícil. La última palabra me dolió un poco, pero la molestia se disipa enseguida—. Hace un mes más o menos, en un accidente.

—Siento escuchar eso, hermano. ¿Y tú como te encuentras?

—Estoy bien. Lo digiero poco a poco, pero estoy bien. Con un brazo quebrado—le bromeo—. Lejos de eso, sigo funcionando.

—Me alegra escucharlo. No es fácil—Maikel levanta su mirada hacia el cielo. Los colores pasteles han desaparecido—. Pero eso tampoco significa que todo el tiempo será difícil.

Ok, punto para este chico. Tiene razón en ello. No todo el tiempo será difícil, y cuando pueda sobrellevarlo de manera más fácil entonces posiblemente las cosas fluyan con más naturalidad. Posiblemente hasta entonces acepte tantas situaciones a las cuales me opongo… como el hecho de que ellos o Cori ya no estarán conmigo. La gente dice que las personas a quienes amamos pueden vivir eternamente en nuestros corazones, lo que la gente no toma muy en cuenta al decirlo es que el corazón es puro musculo, y creo que los recuerdos serían más útiles que los ventrículos y las arterias.

Ok, broma de mal gusto. Continuemos.

Hemos llegado hasta donde comienza el último tramo de bosque que luego, un kilómetro más adelante, da paso hacia la entrada de la ciudad. Desde aquí decidimos dar la vuelta y regresar al mismo paso. El cielo ha perdido su tono grisáceo y ahora es puro azul. El sol ya ha salido de entre las montañas y su calor se siente agradable en mi rostro. La bruma poco a poco se disipa y los pájaros ya han alzado vuelo, en busca de qué comer.

Miro la hora en mi móvil. Las siete. Falta una hora para que el desayuno esté listo, y estoy seguro que a este paso llegaré a tiempo. El primer autobús que va desde las afueras de Longmont hacia la ciudad pasa a nuestro lado, y Leo, el conductor, nos saluda.

Tenía un buen rato de no ver a Leo. La última vez que lo vi fue cuando en una ocasión vine con Cori a la ciudad a patinar. Leo siempre me lleva de gratis y por más que le insista en darle el pasaje del autobús, dice que amigos son amigos. A Leo lo conozco porque en una ocasión mi padre le pasó un poco de gasolina cuando su auto se quedó varado a media calle. En esa ocasión nos pudimos dar cuenta que Leo vive un poco más adelante del claro donde celebran el festival de otoño. Él es dueño de una de las ruedas de la fortuna que ponen a disposición para el festival. Cuando más pequeños, íbamos a veces con Karla y Cori a jugar donde él, con su hijo, que por cierto también se llama Leo y es compañero nuestro, y siempre nos daba vueltas hasta hartarnos en el juego mecánico.

—¿Cómo es el instituto?—me pregunta Maikel, sacándome de mis pensamientos.

Me lo pienso por unos segundos antes de responderle. La verdad es que no sabría cómo resumirlo.

—Es… genial. Supongo que a mí me parece genial. Hay muy buenas personas.

—Estaremos en el mismo salón. Supongo que será genial—sonríe.

—Lo será.

—¿Qué hay de Nixon y Jennel?

—Ellos también son compañeros de salón—le respondo. El vaho sale con menos espesura ahora que el sol ha comenzado a calentar el aire—.

—¿Y Kathy? ¿Ella también?

—Sí. Ella también.

Maikel esboza una enorme sonrisa. Pareciera más feliz.

—Genial—advierte animado—. Tendré muy buenos compañeros.

Llegamos finalmente a la casa y tal y como lo sospeché, justo a tiempo para el desayuno. Kathy está en la entrada cogiendo la leche que Ronny, el lechero, le entrega como siempre. El hombre se sube al camión, se despide y sigue su camino hacia las demás casas.

—¡Sasha!—dice Kathy sorprendida—. ¿De dónde diablos vienes?

—De caminar.

—Me hubieses dicho y hubiera ido contigo.

—Buenos días Kathy—le saluda Maikel, asomándose a mis espaldas. Se ha puesto unos lentes de sol. ¿De dónde los sacó?

Kathy se queda por unos segundos un tanto pasmada y luego saluda apresuradamente.

—Buenos días Maikel. ¿Cómo va todo?

Ñeee—refunfuña—. Bien, no me quejo.

Ambos ríen.

Yo solo me limito a observarlos. Ahora tengo cosa con qué vengarme de Kathy, metafóricamente hablando. Ya creo que ustedes que se darán cuenta de qué hablo. Maikel se ha quitado los lentes y los ha guardado en su bolsillo.

—¿Y Simón?—pregunta Kathy, cambiando el tema.

—Sigue durmiendo.

—¡Oh, ya veo!—advierte ella sonriente—.

—Me has… identificado—dice Maikel un poco sorprendido. Vuelve a verme y yo me limito a encogerme de hombros. Supongo que Kathy también distingue ese no sé qué de estos chicos que los hace diferentes. ¡Oh! ¡Un segundo! ¡Entonces ha sido por eso que Maikel se ha puesto los lentes, para ver si Kathy podía diferenciarlo también.

—¿Por qué te confundiría?—inquiere Kathy.

—¿Porque con Simón somos gemelos?—contesta él con otra pregunta.

—Son diferentes—refunfuña ella.

Otra vez él vuelve a verme y no puedo hacer más que encogerme de hombros. Algo los hace diferentes. Qué carajos es ese algo, no lo sé.

—¿Quieres quedarte a desayunar?—le pregunto a Maikel.

—¡Buena idea! Acompáñanos—me secunda Kathy.

—Gracias por la oferta chicos, pero temo que Sign va a matarme si no me como lo que él preparó. Será en otra ocasión ¿Si?

—Claro. Ya será otro día—le sonríe Kathy. Ella no parece conforme. Hija de su madre, ahora creo saber por dónde va esto.

—Bien. Nos vemos luego—se despide—. ¡Oh! Por cierto, Sasha, ¿Puedo venir más tarde? Hay unas cosas que… necesitaré de tu ayuda.

—Claro—respondo un poco extrañado. ¿De qué tratarán?

—Bien, vengo luego entonces. Adiós.

Se despide nuevamente y se va caminando hasta perderse en la curva de una cuadra más adelante. Una vez no podemos verlo más, entramos a la casa. El olor a beicon y a huevos fritos se cuela hasta mi nariz y me provoca un gruñido en el estómago. Vaya que si estoy hambriento. Puedo escuchar a Tránsito mover cacerolas en la cocina y llamar a Kathy que aún no lleva la leche.

—Kathy…

—¿Si, tesoro?—responde ella.

—Maikel y Simón son idénticos.

—No, no lo son.

—Eres una salvaje—le digo riendo—. De esta no te salvas.

Ella se queda un tanto perpleja. Abre la boca como si fuese a decir algo pero no dice nada, da la media vuelta y se va a la cocina. Si, si, ustedes también estarán en el aire sin darse cuenta de qué hablo, pero antes de sacar cualquier conclusión me esperaré un poco.

Subo a mi habitación a quitarme esta ropa sudada y me pongo algo más cómodo para bajar a desayunar. En las escaleras me encuentro a André que recién se despierta, estirando sus brazos para desperezarse.

—¿A dónde ibas tan temprano?—me dice, soltando un enorme bostezo.

—A caminar. ¿Cómo te diste cuenta que salí?

—Soy tu tutor temporalmente—bromea—. Y te he puesto un localizador en el culo por si te alejas demasiado.

—Eres un baboso—rio. Forcejeamos un poco en las escaleras, haciendo carrera a ver quién llega primero a la cocina, y como es costumbre, Tránsito nos riñe diciéndonos que hay comida para todos.

Nos sentamos a la mesa y nos disponemos a desayunar. Como siempre, hay tanta comida que en un principio me abruma, pero con el estómago mío y el de André esto no tardará en acabarse. Durante el desayuno hablamos, como es costumbre, de cualquier cosa interesante. Tránsito dice que un día de estos nos atragantaremos por hablar demasiado con la boca llena.

Suena mi móvil

Es Karla.

—¿Hola?—pongo en altavoz el móvil.

—¡Sasha, Sasha!—exclama ella sofocada.

¿Qué sucede?—pregunto extrañado. Suena un poco afligida.

¡He recibido una maldita carta!—dice eufórica.

—Karla, cariño, a menos de que sea de la lotería, entonces el correo no será emocionante—dice Kathy.

¡No, zopencos!—reclama molesta—. ¡Es otro tipo de carta! Sasha ¿Recuerdas el examen que fuimos a hacernos a Nueva York? ¿Aquél examen piloto de la universidad?

Caigo entonces rápidamente en cuenta a qué tipo de carta se refiere ella. ¡Barbaridad! ¡Es la contestación del examen! ¡Son los resultados! ¡Ihg!

—¡Dios! ¡Si, lo recuerdo, cómo olvidarlo!—exclamo.

—¿Has recibido el tuyo?—pregunta

—Aun no pasa el correo por acá—respondo—. No tardará supongo. ¿Y qué dice el tuyo? ¿¡Qué te dijeron!?

Ella da un enorme respiro y aguarda en un pasmoso silencio que incluso llega a sofocarme. ¡Diablo, me carcome la duda!

Yo… no… ellos…

Continuará.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 14 de Abril de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

2 pensamientos en “Capítulo 42: Cielo de acuarelas.

  1. Kamira Méndez

    Concuerdo con Naaad!!!! como nos dejas con ese intrigante suspenso….
    me dejaste con una ganas inmensas de saber que paso!!! solo queda esperar el proximo capitulo.

    Responder

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