Capítulo 41: Panqueques.

 

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Es trece de diciembre y volvemos del hospital. Los constantes chequeos médicos desde que desperté y regresé a casa son bastante tediosos, pero al menos me han quitado el yeso de la mano derecha y el de la rodilla. Ahora solo tengo el de la mano derecha, y a pesar de que puedo caminar con bastante normalidad, el doctor ha dicho que tenga cuidado y que no fuerce demasiado las extremidades. A Karla le han quitado el yeso de su mano y André fue a su último TAC para comprobar que todo está bien en su cabeza y cuerpo. André dice que no era necesario el examen y que se sentía bien, pero insistimos con Karla en que no estaba demás asegurarnos, por si las moscas.

Pasado mañana tendremos que ir al aeropuerto. Lucas viene de visita y se quedará dos semanas. Luego se regresará con André para Nueva York por cuestiones de la universidad. Se suponía que para estas fechas ellos ya tendrían que estar zampados en ese reformatorio, pero Lucas dice que decidieron suspender a último momento el seminario de orientación y las clases comenzarán entonces hasta enero. Menos mal que sucedió eso, o sino André se hubiese atrasado un buen montón a causa del accidente. A mi tía Bianca casi le da un infarto cuando se dio cuenta de lo sucedido y se le subió el azúcar hasta desmayarla, o al menos eso me cuentan. Según Tránsito durante el funeral de mis padres las cosas estuvieron muy tensas. Las discusiones respecto a lo que iba a suceder de ahí en adelante conmigo, con la casa, con todo… cada sugerencia, a criterio de Kathy fue desagradable.

Curiosamente, he quedado bajo la tutela de André y Tránsito, según dice en el testamento de mis padres. La verdad es que no me sorprende que no me hayan dejado bajo el cuido de mis tíos. No hubiese encajado para nada con ellos. Además, la confianza que le tenían a André y a Tránsito era de cantidades incalculables. Se supone que estoy bajo su cuidado hasta los 18. André dice que debería de cuidarme hasta los 21 porque soy bien torpe y Tránsito lo secunda, yo le digo que para hacer eso no es necesario un testamento, que puede hacerlo de cualquier manera. En cuanto a lo que mis padres dejaron por sentado en ese papel, aun no me entero de mucho. Se supone que hasta que cumpla la mayoría de edad podré saber más al respecto. Mientras tanto, André y Tránsito andan en vueltas de todo el asunto.

Aún no he podido visitar la tumba de mis padres, ni mucho menos me han permitido ver las fotografías. Tránsito las tiene guardadas en su habitación, y dice que aún no es momento para que yo las observe. Por mi parte, creo que está bien. Aun no sé si quiero verlas, ni tampoco estoy seguro de querer visitar la tumba de mamá y papá. Me entristece, en cierta medida, el no tenerlos más y podrá sonar cruel, pero posiblemente me sienta triste solo porque eran mis padres. Lejos de eso, el aprecio que les tenía era muy limitado. No puedes querer a alguien más de lo que debes si el tiempo que convives con esa persona se limita a unos pocos suspiros y abrazos. Extraño más a mi abuela y a Cori. Con ellos es diferente. Los echo de menos de manera distinta y con más fuerza. Lo que he vivido con ellos ha marcado mi vida, y a pesar de que mis padres trataron en toda medida de hacer lo mismo… no lo lograron. Estuvieron a punto, siempre a un paso de poder lograr que sintiera que estaban ahí conmigo, pero siempre lo echaban a perder. En la vida se cometen errores, y posiblemente ellos no eran conscientes del que estaban cometiendo. A veces necesitamos de tiempo para darnos cuenta de ello. No digo que el tiempo sea un factor crucial para determinar cuánto amas a alguien, lo único que digo es que con el tiempo determinas cuantas cosas importantes viviste con esa persona. Así de simple. Pueden ser un mes, una semana, unos cuantos días, un par de horas, pero si fue realmente especial, entonces así será ese momento toda tu vida: un recuerdo especial.

Creo que me merezco una bofetada, y una muy fuerte.

Llegamos a casa y almorzamos espagueti con albóndigas y verduras. Tránsito nos hizo flan, y luego de zamparnos casi todo el molde de este, nos echamos a descansar un rato en la sala. Kathy ha salido, no sé a dónde carajos, pero salió porque dijo que tenía algo que hacer. André se fue a su habitación y Tránsito duerme en la mecedora con un libro en su regazo: Mapa de un cielo nocturno. Me pregunto de quién será.

—Tengo deseos de caminar—advierte Karla, que se ha tumbado en el sillón. Me he sentado en la alfombra con la cabeza recostada en el borde del mueble mientras veo la televisión.

—Hace frío.

—No mucho.

—Se te congelarán los mocos—le bromeo.

—No me importa, quiero caminar—Karla se pone de pie y coge su abrigo.

Genial. No me queda más que acompañarla. No es como si aquí tuviese mucho que hacer, aunque ahora que tengo mi mano derecha libre, puedo comenzar a transcribir las clases que he perdido. A mediados de enero terminaremos el semestre. El señor Donovan dice que Karla y yo tendremos que asistir al curso de refuerzo porque hemos perdido tantos días que es obligatorio que lo hagamos, así que luego de salir de las clases normales, pasaremos un mes más metidos en el instituto. Eso me recuerda que cuando terminemos el semestre, Nixon y Jennel tendrán que regresar a su país. Será una pena realmente, con lo buenos amigos que nos hemos hecho. Los extrañaré la verdad. Esos chicos son geniales.

Caminamos en dirección del instituto, sin ningún lugar fijo al cual ir. El ambiente está frío, el cielo nuboso y los árboles han perdido todas sus hojas. Ahora son solo ramas puntudas que apuntan hacia el cielo. Aun no nieva como se debe, así que el suelo aún es posible verlo, pero según las predicciones meteorológicas en una semana más o menos puede caer nieve.

Mientras caminamos, puedo ver como las nubes de vaho se escapan de nuestra boca y como la punta de la nariz de Karla se pone roja, como Rodolfo el reno. Los campos de girasol del señor Hamilton están muertos, sin embargo, el bosque de coníferas se mantiene en pie, para resistir a este gélido invierno.

—Te dije que se te congelarían los mocos—le digo a Karla—. Hace frío.

Ella me toma del brazo—el que ya no tiene yeso—y sonríe. Una nube de vaho vuela en el aire y luego se disuelve.

—Si te sigues quejando del frío, se te congelara el semen de la próstata.

—Ok, punto para ti.

—Genial, punto para mí—vuelve a sonreír y otra nube de vaho vuela por unos instantes frente a su rostro.

Una caminata en invierno. Interesante actividad. La verdad es que no es la primera vez que lo hacemos. Cuando éramos más pequeños, de algunos catorce años tal vez, salimos a caminar un día como este, pero fue en dirección de la ciudad. A Cori y a mí se nos había metido en la cabeza la estúpida idea de que las ovejas que pastan en los campos que están camino a la ciudad, serían como una caliente bola de algodón andante. Como quisimos comprobar que así sería, caminamos por al menos media hora junto con Karla hasta que nos topamos con los dichosos animales. Ese día logramos sacar tres conclusiones: La primera, si, las ovejas son realmente agradables en temperatura cuando el frío es insoportable, la segunda, las ovejas apestan, y el olor se te pega a la ropa como si fuese chicle, y la tercera, abrazar a una oveja sin previo aviso puede causar una estampida masiva que es capaz de dejarte aplastado.

Si, bueno, éramos unos niños y la estupidez nos embargaba. Karla se había quedado en el borde del cerco, sentada sobre una gran viga, mirándonos correr colina abajo seguidos por las cabras, y cuando creímos estar a salvo de los animales, las cosas dieron un giro bastante drástico. Las enfadadas cabras se saltaron el cerco y comenzaron a perseguirnos por la calle, hasta que alcanzamos al lechero y nos subimos sin permiso en la escalerilla de la parte trasera de su camión, dejando atrás a las ovejas.

—Son…unos…idiotas—jadeó Karla que se aferraba a un hierro que atravesaba la puerta trasera del camión para asegurarla. Cori y yo íbamos agarrados de la pequeña escalera a un costado.

—Ovejas endemoniadas—farfulló Cori, pálido de la épica corrida.

—Jamás…volveré…a abrazar…—hice una larga pausa—… a una maldita oveja.

Dos paradas más adelante, y sin que el lechero se fijase, nos bajamos. Ese día lo bautizamos “El día del abrazo de oveja”. Jamás volvimos a abrazar a una.

Hemos llegado a casa de Karla, pero ella ha decidido pasar de aquí así que no nos detenemos y continuamos caminando. El bosque ha dado un cambio radical, y todo parece tan muerto que me cuesta creer que alguna vez estuvo verde.

Pareciese que tenemos un rumbo fijo, así que para salir de la duda, me decido por preguntarle. Karla se mira muy segura en cuanto al lugar a donde nos dirigimos.

—Querida Karla.

—Si querido Sasha.

—¿Hacia dónde nos dirigimos, querida?

—A comer panqueques, querido.

—¿Panqueques?

—¿Cómo que panqueques?—rezonga, frunciendo el ceño.

—Lo siento—respondo riendo—. ¿Panqueques, querida?

—Así está mejor—advierte con una sonrisa—. Si querido, panqueques. Nuestros queridos amigos Jennel y Nixon nos han invitado a comer panqueques.

—Que extraño. Comer panqueques en la tarde, querida, es de lo más raro.

—Pues los panqueques se pueden comer a toda hora, querido—se encoge de hombros y resopla—. No son solo para el desayuno.

Bien, otro punto para Karla. Cierto, los panqueques no son solo para el desayuno. A cualquier hora puedes comértelos y da igual, son sabrosos. En especial cuando les pones crema batida y chocolate o jalea. Ya me dio hambre otra vez.

Ahora que Karla menciona a Nixon…

—Karla, tesoro.

—¿Si, Sasha tesoro?

—Tengo una duda existencial, tesoro.

—Dime, tesoro, ¿Qué te agobia?

No sé si debería de preguntarle esto, pero me da curiosidad. Hace tiempos que Nixon me dijo lo que sentía por Karla, y dijo que se lo diría en el festival de otoño. Si mal no recuerdo Karla me comentó en una ocasión que aún no le daba una respuesta, pero a estas alturas no sé nada de nada respecto a ello. Pasamos frente a la casa de Cori y echamos un vistazo. Está cerrada. Seguramente la familia que acaba de mudarse está aún desempacando sus cosas. Avanzamos sin detenernos, sin decir ningún comentario al respecto y continuamos hacia donde nuestros amigos alemanes.

—¿Qué… qué sucedió con Nixon?—pregunto, mirándola a los ojos. Otra vez el vaho forma una nube frente a mi rostro y luego se disipa.

—Pues… nada—advirtió.

—¿Cómo que nada?

—Pues eso, nada—me dice, llenando de aire sus mejillas. Suspira—. No sucede nada.

—Pensé que le darías una respuesta—advierto, mirándola fijamente.

Karla aguarda en silencio por unos momentos, cabizbaja. El frio viento sopla y me provoca un escalofrío que recorre mi espalda, erizándome los vellos de los brazos. Ella finalmente se decide por verme a los ojos y me responde.

—Ya se la he dado—musita—.

Genial. Ya le ha respondido. Eso es bueno, supongo.

—¿Y cómo estuvo?

—Ni siquiera yo lo sé ¿Sabes?—Karla parece preocupada—. No sé si hice bien.

—¿Le has dicho que no?

—No.

—¿Entonces le dijiste que si?—advierto con emoción.

—Tampoco.

—Karla, te conozco desde toda mi vida y sabes que te quiero, pero a veces no te comprendo. ¿Qué carajos le has dicho a Nixon?

—Solo le respondí, y ya—masculla ella exasperada—. Y la respuesta fue lo más sincero que pude haberle dicho. Y para serte sincera, creo que hice mal en haberle dicho lo que le dije.

Ella levanta su mirada y puedo percibir la confusión en sus ojos negro azabache. Hay algo que seguramente salió mal y estoy seguro que tiene solución, pero la solución implica dañar a alguien y Karla tiene miedo de dañar a Nixon.

—Solo para estar seguro—le digo, mientras pateo una piedrecita en el suelo—. ¿Nixon comprendió lo que le dijiste, cierto? ¿No es como si jugaras con él, verdad?

—¡No, vamos, por supuesto que no!—exclama apresurada—. Se lo dije claramente. Le dije que no podíamos ser más que amigos porque él no era aquello que siempre he querido. Puede ser cruel de mi parte, sabes, pero sería más cruel estar con él y fingir que lo quiero. Nixon sabe eso. Es solo que, lo que él me dijo fue… más doloroso.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que haría cuanto estuviese en sus manos para ser lo que siempre he querido. Pero… ¿Sabes una cosa? Creo que eso es imposible. Y se lo he dicho a Nixon, sin embargo él se empeña en lograrlo. Me dijo que me expresaría nuevamente sus sentimientos un tiempo después, cuando él crea que ya se ha convertido en aquello que más quiero, y entonces se supone yo le daré la respuesta definitiva.

—Pero… ¿Y si Nixon no lo logra?

—Es por eso que le he pedido que se detenga—advierte ella. Sus ánimos se han apagado un poco—. Tengo miedo Sasha.

—Todo va a salir bien—le digo, pasándole el brazo por los hombros, trayéndola contra mí, en un abrazo, todo sin dejar de caminar.

—Me hubiese ahorrado esto si le hubiese dicho que no desde un principio—me dice con tono culposo—.

—Pero entonces te hubieses mentido a ti y le hubieses mentido a Nixon. Si no dijiste que no, era porque no era entonces un no. Era lo que tenía que ser.

—¿En serio crees eso?

—Lo digo en serio—respondo, dedicándole una sonrisa cálida—. Todo saldrá bien, ya verás.

Karla sonríe y parece sentirse un poco mejor. Dejo mejor el tema de lado y caminamos en silencio lo que nos resta de calle hasta que llegamos a la casa de los chicos. El olor a panqueques llega hasta la puerta y provoca que el hambre me aflore con voracidad.

—¡Oh, hallo Sasha mein freund!—Nixon ha venido a abrirnos la puerta y me da un abrazo de esos de oso, como los que siempre suele darnos. Él siempre ha sido bastante enérgico—. Hola Karla—le sonríe y ella le devuelve la sonrisa. ¡ah, que lindos!

Pasamos al comedor y me topo con dos chicas que están cocinando y riéndose de quien sabe qué mientras cocinan panqueques. El olor a vainilla es más fuerte aquí.

—¡Así que aquí estabas!—rezongo, mirando a Kathy que vierte mezcla de panqueques en una cacerola.

—Sí, bueno, amo los panqueques.

Karla coge un delantal y se dispone a ayudarlas. Mientras, Nixon y yo esperamos sentados a la mesa. No es como si pudiese hacer mucho con un brazo roto, y Nixon, bueno, él es un tanto torpe en la cocina.

—Sasha, tesoro, ¿Quieres tus panqueques de vainilla o de mora azul?—me pregunta Kathy.

—¿Se puede de ambas?

—Perfecto, de ambas cosas—dice ella—. ¿Y tú, corazón?—pregunta refiriéndose a Nixon. A veces me da risa ver a mi amigo incomodarse cuando Kathy utiliza palabras dulces para referirse a nosotros.

—De mora azul.

—Bien.

—Por cierto Jennel ¿Dónde está Maikel?—pregunta Nixon.

—Fue a lavarse.

—¿Maikel?—inquiero con curiosidad—. ¿No es el chico que acaba de mudarse a donde vivía… Cori?

Todos se miran con cara de aflicción, como si mencionar el nombre de Cori fuese a matarme. Rápidamente les corto los pensamientos y les hago saber que todo está bien.

—Vamos, gente, que no voy a tomar veneno ni nada por el estilo. ¿Está bien, si?

Kathy se encoge de hombros y capta rápidamente, rompiendo ese momento tan incómodo.

—Sí, es el mismo. Los chicos lo han invitado a la Fiesta Panqueque. Será bueno para conocernos mejor.

—Es un chico agradable—señala Jennel—.

—¡Oh, Jennel! A que quieres con el chico de ojos marrones—se mofa Nixon. Todos nos echamos a reír, incluso ella—. Picarona.

—Mira, ya deja de hablar babosadas que no es cierto—rezonga Jennel entre risas—.

—Me preocupas Jennel, eso es todo—se ríe Nixon—. No puedo dejar que andes por allí con cualquier chico.

—Y yo me preocupo también—se defiende Jennel—. Últimamente pasas mucho tiempo con André. A que te atrae su hermoso trasero y ese gran paquete que se maneja.

Nixon hace un puchero y se queja a regañadientes de que no es cierto. Nos causa gracia la verdad verlo así. Jennel sabe cómo sacarlo de quicio.

—¡Oh, si!—advierte Karla—. André es muy guapo.

—¿Y lo has visto solo en ropa interior?—le pregunta Kathy—. Ese chico es hermoso.

—¿¡En ropa interior!?—exclama Jennel sofocada.

—¡Si, mira, mira!—Kathy saca su móvil y se ponen a ver fotografías de André. Por cada imagen sueltan un grito de emoción que ahogan entre suspiros.

Nixon solo vuelve a verme y yo me encojo de hombros. A veces las chicas se comportan extraño. Ambos suspiramos, con desdén y llenos de incomprensión total hacia ellas. Ser chico no es fácil, eso de entender a las mujeres es un arte que todavía no se perfecciona.

—¡Eh, chicas, que se les queman los panqueques!—les riñe Nixon—. No se emocionen que André le da por otro lado.

—¿A caso estás celoso?—se mofa Jennel—. Ya cálmate que a veces es bueno recrear la vista.

—¿Cómo conseguiste esas fotos?—le pregunto a Kathy con curiosidad.

—El desgraciado de André modelaba ropa interior… ¿Sabías eso?—me dice casi con cierto dejo de enojo, como si haberlo mantenido en secreto fuese un pecado capital.

Ahora que Kathy lo menciona, si, recuerdo que hubo una ocasión en la que André me menciono que lo contrataron para modelar una línea de ropa interior masculina. Justamente ando puesto hoy un bóxer de esa marca. Calvin Klein. Al hijo de su madre le dieron varios paquetes de ropa interior y centros de camisa. Me regaló varios y ahora mi trasero está cubierto gracias a su trabajo. Ok, eso es muy radical.

—Sí, lo sabía. Se me había olvidado—le digo sin mucha importancia.

Kathy enarca una ceja y tuerce la boca.

—Me gustaría verte modelando ropa interior.

—Me has visto en ropa interior ¿Para qué quieres que la modele?—me quejo, recordando los momentos en los que ella me ha ayudado a meterme a la tina y se ha quedado ahí mirándome.

—No es mala idea—agrega Karla.

—Ni por joder—mascullo.

—A mi me encantaría verlo—agrega Jennel

—Nixon, amigo, ¿Quieres ayudarme?—imploro.

—Lo siento—se encoge de hombros y se ríe—. Estás en la zona letal.

Sueltan a reírse y yo me sonrojo, pero unos momentos después me contagian y me rio también. Las mujeres son, en muchos casos, impredecibles. Nosotros los hombres… bueno, nosotros solo somos hombres ¿Qué se le puede hacer?

El timbre de la puerta suena pero todos parecen ocupados, incluso Nixon que ha decido ayudarle a las chicas aunque fuese a comerse los panqueques recién salidos.

—Voy a ver quién es—digo, poniéndome de pie.

—Por favor—responde Jennel, mientras voltea un panqueque.

Me dirijo a la puerta y cuando la abro me llevo la sorpresa de encontrarme a Maikel parado en la entrada. ¿Qué no estaba en el baño?

—¡Oh, Maikel, hola!—le saludo, estrechándole la mano. Ahora si puedo estrechársela, aunque sea la derecha.

Maikel estrecha la mano y me sonríe. Solo que aquí anda algo realmente extraño. Sus ojos…

—¡Sasha, ya están tus panqueques!—grita Karla desde la cocina

—¡Ahora voy!—respondo—. Vamos, pasa—le digo.

Nos dirigimos a la cocina y nos sentamos a la mesa justo cuando las chicas nos sirven un par de panqueques. Kathy coloca una cantidad generosa de crema batida sobre los míos, luego sobre los de Nixon y a Maikel le sirve uno de Vainilla y Mora azul con jalea.

—Tus ojos…—digo, mientras cojo un trozo de panqueque.

Maikel atraviesa la puerta de la cocina, secándose la cara con una toalla y cuando me mira me saluda.

—¡Sasha!—exclama sonriente—. ¿Cómo va todo?

—Hola Maikel…—saludo—.

—Saben—advierte él—. Creo que jamás volveré a tocar una batidora. Me embarré tanto de mezcla de panqueques que creí que nunca me lo podría sacar del cabello ni de la…

—¡Barbaridad!—exclamo ahogándome y tosiendo fuertemente por un pedazo de panqueque que se me ha quedado atravesado en la garganta—. ¡Hay dos Maikel!

—¿Hola?—saluda el Maikel que tengo sentado a la par.

—¡Brujería!—se burla Kathy—. ¡Quémenlos en la hoguera!

Ambos chicos sueltan una carcajada. Sin embargo, yo no paso de la impresión, y puedo notar que Karla tampoco.

—Lo siento, creo que me confundes—me dice con una sonrisa el Maikel al cual le he ido a abrir la puerta—. Mi nombre es Simón, el hermano gemelo de Maikel. Sign para los amigos.

—¿¡Qué!? ¿¡Gemelo!?

—Sí, bueno, supongo—me dice encogiéndose de hombros—. ¿Un gusto?

—¡Oh, sí! Lo siento—farfullo acongojado—. Me llamo Sasha. Un gusto de conocerte Simón.

— Un gusto Sasha.

—¡Vaya que sorpresa!—señala Karla tan anonadada como yo—. Son… idénticos.

—Sí, suelen decirnos eso—advierte Maikel. Esta vez sí es el Maikel que conocí hace unos días—. Pero si te fijas—dice señalando a Simón—, sus ojos son color ámbar, los míos marrones.

—¿Es eso posible?—pregunto con curiosidad.

—Ni idea—dice Sign, encogiéndose de hombros—. La genética es extraña.

Vaya que es toda una sorpresa. De no ser por sus ojos, ambos serían la copia exacta el uno del otro. Bien, este día ha sido realmente extraño. Una fiesta de panqueques con un par de gemelos. Maikel y Sim…digo Sign.

Nos sentamos todos a la mesa a comer panqueques y a charlar un poco sobre todos. Los gemelos nos cuentan que se han mudado de Virginia a Longmont por cuestiones de empleo de su padre y que viven solo con él en la casa de Cori. Bueno, ellos no saben que era de mi mejor amigo, así que se refieren a la casa como la antigua casa de la señora Woller. Nos cuentan también que asistirán lo que resta del semestre a Longmont Sunset a lo que Nixon les pregunta si es todavía posible, debido a que quedan unas pocas semanas para finalizar. Sign nos explica que el instituto al que asistían antes en Virginia estaba afiliado a este y que como son los mismos planes de estudio no había problema. Comienzan esta semana que viene.

—¿Y por qué el nombre de Sign?—pregunta Karla con curiosidad—.

—Así abreviamos sus dos nombres—explica Maikel—. Se llama Simón Ignacio. Sign.

—Se escribe S-I-G-N—deletrea Simón…digo, Sign—. Y se pronuncia Sain.

—Me recuerda a la palabra Señal, traducida al español—advierte Jennel.

—En efecto—manifiesta Sign, llevándose un bocado de panqueque a la boca—. Significa Señal en español.

—Pero este de señal no tiene nada—se mofa Maikel—.

—Soy la clara señal de que a ti no te quieren las chicas—se apresura a burlarse Sign—. Todas me buscan a mí.

—Si claro—rezonga Maikel.

—Tengo… más atributos de belleza que tú—advierte Sign, imitando la voz de uno de esos señores de la alta sociedad.

—Somos idénticos, idiota, así que esa no te funciona.

Nos soltamos a reír ante las ocurrencias de ambos. La tarde se nos pasa realmente agradable entre pláticas y todo lo que va de presentaciones. Nos enteramos que seremos compañeros de aula y les explicamos de qué va todo. Ellos parecen emocionado y aliviados de tener amigos con quienes juntarse en el instituto. Nosotros nos alegramos de hacer nuevos amigos.

Se llega finalmente el atardecer, como es típico de la estación, frio, lento y en colores pasteles. Salimos un rato al corredor a tomar chocolate caliente y a ver cómo los últimos rayos del sol se extinguen hasta que se hace de noche. La Fiesta Panqueque nos ha servido para conocernos un poco más con los nuevos amigos que hemos hecho, que curiosamente son gemelos de ojos distintos.

Una lamparilla de la calle se enciende e ilumina con su blanquecina luz la oscura noche que ha caído como un manto negro sobre el lugar. La brisa, leve y lenta, sigue siendo fría y en cierta medida acogedora.

El tiempo pareciera eterno y nosotros incansables para seguir charlando. Hay tanto que contarnos… hay nuevos amigos a los cuales conocer y escuchar, tanto que contarles y explicarles. Hay tanto que conocer…

13 de Diciembre de 2010

Poco a poco a nuestra vida se unen nuevas personas con las cuales compartir nuestro tiempo; poco a poco nuestra vida se expande y nuestro mundo se junta con nuevos universos….

Sasha.

Ending:

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Próximo Capítulo: Martes 9 de Abril de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

Un pensamiento en “Capítulo 41: Panqueques.

  1. Kamira Méndez

    me gusto mucho el capitulo y como los anteriores siempre genial… y definitivamente quiero comer panqueques y el celular de Kathy igual lo quiero xD

    Responder

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