Capítulo 58: Lo que realmente nos importa.

 

Road to neverland

 

—¿Karla?—mi voz se escucha áspera.

La oscuridad en este cementerio engulle las lapidas que no alcanzan a ser iluminadas por la lámpara que Karla carga consigo.

Es todo tan siniestro.

—Vine a disculparme—dice ella—. Con Cori.

Karla se mantiene con su mirada fija en la tumba que tiene en frente. No ha volteado a vernos todavía y pareciera que no quiere hacerlo.

—¿De qué hablas?

—Le debo una disculpa—su voz se escucha rota. Casi dolorosa—. Por todo lo que ha sucedido. Por ti.

—No lo entiendo—titubeo con desconcierto—. Mira, aquí hace demasiado frío. Mejor regresemos a casa.

Ella se cambia la lámpara hacia la otra mano, respira hondo y se da la media vuelta. Su rostro tenuemente iluminado denota unos ojos cansados, rojos, llorosos y tristes.

—Le prometí que cuidaría de ti—se sorbe la nariz y se relame los labios—. Y lo estoy arruinando todo. Porque eres un idiota. Porque Cori era un idiota—hace una breve pausa que solo sirve para asentar el desconcierto dentro de mí—. Porque siento que hace mucho tal vez ya no éramos nosotros tres.

Y eso último me destroza. Porque tal vez sí soy un idiota, y me hace sentirme culpable por no haberlo notado a tiempo.

—Lo supe todo el tiempo—se encoge de hombros y se abraza a sí misma—. Supe lo mucho que Cori te amaba y sabía desde un principio que él haría todo lo posible porque tú le amaras.

—Karla, yo lo siento tanto, no quería…

—Y, es que, la única razón por la que yo lo sabía—continúa hablando—, era porque yo también te amaba de la misma manera.

Comienzo a sentir esa sensación tan agobiante que tienes cuando la respiración te falta. Es como si te desinflaras. Como si el alma se te escapara por los poros.

Como cuando la felicidad y la tristeza se mezclan y resultan en algo inexplicable que duele.

¿Cómo es que nunca pude darme cuenta de esto?

—Y la única razón por la que jamás dije nada, era porque tampoco podía destrozarle la felicidad a Cori—musita, y la voz se le desquebraja entre sollozos—. Porque él también se merecía ser feliz. Porque con quien fuese, tú también merecías serlo.

Y tú te lo has merecido siempre, Karla.

Lo siento tanto.

—Siento mucho no haberte contado nunca la verdad sobre Cori y sobre mí—ella coloca la lámpara en el suelo y se sienta en el borde de la tumba de Cori.

Me hace un gesto con la cabeza para que me siente a su lado, así que lo hago y me mantengo en silencio, intentando procesar cada una de sus palabras.

Lucas parece haberle perdido el miedo al lugar así que se ha sentado también tres tumbas lejos de nosotros para darnos un poco de espacio. Y si no le ha perdido el miedo, al menos hace el esfuerzo, y le agradezco mentalmente por ello.

Karla aguarda en silencio por unos minutos, hasta que finalmente alza el rostro y pierde la mirada en la obscuridad que se cierne frente a nosotros, hablando con mucha calma.

—Por alguna razón, a veces pasan cosas que no comprendemos—comienza Karla, con su voz suave y melancólica—, cosas que no entendemos y que son incontrolables. Como tú—sonríe—, como Cori.

Karla se frota las manos y se recompone las mangas de su suéter.

Suspira, dejando escapar su aliento en forma de nubes.

—¿Sabías que Cori y yo estuvimos saliendo un tiempo?—dice, y se le escapa una leve sonrisa que me sabe a nostalgia.

La noticia me deja en un estado de shock que seguramente se nota en mi rostro porque Karla me da un leve empujón con el hombro y me guiña un ojo.

—Impactante, ¿no?—advierte.

—No sé qué decir—respondo, titubeante.

 —No creo que debas de decir algo—se encoge de hombros—. Solo es algo que sucedió y en su momento fue importante.

Por alguna razón saber esto no se siente tan mal.

Solo es extraño.

—¿Hace cuánto Cori y tú…?

—Fue hace varios años. Te acababas de mudar a Longmont. Fue justo en el semestre en el que te trasladaste a Longmont Sunset.

—No puedo creer que no me di cuenta—digo perplejo.

—Nadie más que él y yo lo sabíamos—se vuelve a encoger de hombros—. Y Cori a penas te conocía, y bueno, yo… yo no tengo excusa. Solo no sabía cómo decírtelo.

—Me habría alegrado de ello—trato de sonar lo más sincero posible. Porque… realmente me habría sentido feliz por ambos.

—Yo también me habría sentido feliz por ti y por Cori si lo hubiese sabido.

—Pero tú ya lo sabías—replico.

—No de ti, Sasha. Y me habría hecho muy feliz si hubieses confiado en mí—vuelve a verme con unos ojos compasivos y llenos de culpa—. Pero yo tampoco puedo culparte, porque hice lo mismo que tú. Ocultarlo.

—Pero… ¿por qué?—inquiero confundido.

—Porque no sabía qué tanto podían cambiar las cosas—ella respira ondo, exhala con lentitud y agacha su rostro—, como tú, supongo.

Touché.

—Y para cuando me di cuenta que tal vez las cosas no iban a ser tan malas si lo sabíamos los tres, ya era tarde.

—¿Tarde?—pregunto, dudoso.

Karla se acomoda un mechón de cabello tras la oreja y vuelve a verme con sus preciosas pupilas negro azabache.

—Cori y yo ya nos habíamos de alguien más—muerde su labio intentando controlar esa sonrisa que de todas maneras se le escapa.

Oh, Dios…

—De ti.

Por alguna estúpida razón siento como el rostro se me calienta y seguramente he de tener las mejillas rojas.

Oh, Dios.

—Y hablamos ambos del asunto, claro—se remueve un poco incomoda—, y concluimos que no podíamos seguir juntos por eso mismo.

Todas las ideas que tenía en mi cabeza comienzan a arremolinarse y a estrellarse unas con otras, tanto que me quedo en blanco. Siento que es demasiado para digerir.

—Lo siento mucho—Karla recuesta su cabeza en mi hombro e instintivamente recuesto la mía sobre su cabello.

Nos quedamos así por un largo rato, viendo la nieve teñirse del anaranjado de la lámpara.

Lucas mantiene su atención en la obscuridad y simplemente se limita a darnos nuestro espacio.

Amo a este chico como si fuese mi familia. Tiene una habilidad nata para hacer que este tipo de cosas funcionen. Y aquí están los resultados.

Aquí estamos Karla y yo.

Karla, Cori y yo…

—Éramos apenas unos niños que creían que el amor funcionaba de alguna manera comprensible—susurra Karla—, hasta que llegaste tú.

—Tal vez las cosas entre Cori y tú habrían funcionado, de no ser por mí.

—No lo sé, Sasha. Tal vez estábamos destinados a esto.

—Tal vez.

Karla hace el amago de ponerse pie, coge su lámpara y vuelve a ver a la tumba de Cori. Está cubierta de una fina capa de nieve, pero su nombre grabado en una pequeña placa dorada yace descubierto.

—Le hice una promesa a este chico—ella señala con su mentón hacia la tumba—, y le dije que cuidaría de ti si algo le sucedía. Él haría lo mismo por mí. Y supongo que debo cumplirlo.

—Siento mucho no haberte dicho lo de Cori. No quería hacerte sentir de lado. Es solo que, no sabía cómo demonios manejarlo.

—Yo tampoco supe cómo manejarlo en aquella ocasión. Creo que solo no tenía derecho a molestarme contigo, Sasha. Hice lo mismo que tú, y no te veo haciendo un berrinche por ello.

—Es algo que ya sucedió. No puedo cambiarlo—le digo poniéndome de pie, volviendo a ver a ese amigo que tanto extraño, que está aquí pero que de alguna manera eso tampoco es del todo cierto—. Y el mundo no se acaba por eso.

—Cori me dijo lo mismo cuando él quiso decirte en una ocasión lo que había pasado entre nosotros y yo le pedí que no lo hiciera.

—¿Ah, sí?

—Sí. Recuerdo que fue unos días antes de tu cumpleaños 17, pero por alguna razón él accedió a lo que le pedí, pero me hizo prometerle que yo te lo diría en algún momento. Que estaríamos ahí los tres para hablar de ello.

Tal vez Cori en el fondo solo trataba de tener a Karla siempre con nosotros. Algo que yo por alguna estúpida razón no pude hacer. Y como su amigo, fue fiel a ella. Mantuvo su secreto. Porque era típico de él proteger a alguien cuando esa persona tenía miedo.

Así como él me protegió a mí todas esas veces en las que yo estuve asustado del mundo.

—Y henos aquí—sonríe Karla—, los tres juntos, como solíamos pasar nuestros días. Y cumpliré mis promesas ¿sabes? Y ya van dos de tres.

Karla se quita sus guantes y sus pequeñas manos quedan expuestas al frío. Toca mi rostro y no puedo evitar cerrar mis ojos y disfrutar de la calidez de sus manos. Es algo que no cambiaría por nada del mundo.

—Esta ha sido mi última promesa, Sasha—su voz suave se cuela entre mis oídos y me reconforta—. Decirte la verdad. Mi verdad.

Ella quita sus manos de mi cara y de repente me siento vacío sin ellas. Como si algo muy preciado me fuese arrebatado y solo quedara el gelidez del invierno.

Abro mis ojos y todo lo que logro contemplar es a Karla mirándome con ojos vidriosos y con una preciosa sonrisa en su rostro.

—Sasha Alexander Leader—ella se inclina un poco y el mundo se detiene cuando sus labios tocan los míos. Una calidez me invade el cuerpo; ese tipo de calidez que haría arder la nieve y convertiría el invierno en un verano con un precioso cielo añil—, eres el chico con los ojos azules más precioso que pueden existir, y te amo.

Por unos momentos se me corta el pensamiento y siento como si una cortina de bruma blanca y espesa se instalara en mi cerebro, provocándole cortocircuito.

Y cuando creo que mi estado de desconcierto se quedará por largo rato, hay algo que hace que mis neuronas se recompongan con bastante rapidez.

Y ese algo es el hecho de ver a Karla desplomándose en el suelo.

 

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