Archivo del Autor: Luis F. López Silva

Capítulo 58: Lo que realmente nos importa.

 

Road to neverland

 

—¿Karla?—mi voz se escucha áspera.

La oscuridad en este cementerio engulle las lapidas que no alcanzan a ser iluminadas por la lámpara que Karla carga consigo.

Es todo tan siniestro.

—Vine a disculparme—dice ella—. Con Cori.

Karla se mantiene con su mirada fija en la tumba que tiene en frente. No ha volteado a vernos todavía y pareciera que no quiere hacerlo.

—¿De qué hablas?

—Le debo una disculpa—su voz se escucha rota. Casi dolorosa—. Por todo lo que ha sucedido. Por ti.

—No lo entiendo—titubeo con desconcierto—. Mira, aquí hace demasiado frío. Mejor regresemos a casa.

Ella se cambia la lámpara hacia la otra mano, respira hondo y se da la media vuelta. Su rostro tenuemente iluminado denota unos ojos cansados, rojos, llorosos y tristes.

—Le prometí que cuidaría de ti—se sorbe la nariz y se relame los labios—. Y lo estoy arruinando todo. Porque eres un idiota. Porque Cori era un idiota—hace una breve pausa que solo sirve para asentar el desconcierto dentro de mí—. Porque siento que hace mucho tal vez ya no éramos nosotros tres.

Y eso último me destroza. Porque tal vez sí soy un idiota, y me hace sentirme culpable por no haberlo notado a tiempo.

—Lo supe todo el tiempo—se encoge de hombros y se abraza a sí misma—. Supe lo mucho que Cori te amaba y sabía desde un principio que él haría todo lo posible porque tú le amaras.

—Karla, yo lo siento tanto, no quería…

—Y, es que, la única razón por la que yo lo sabía—continúa hablando—, era porque yo también te amaba de la misma manera.

Comienzo a sentir esa sensación tan agobiante que tienes cuando la respiración te falta. Es como si te desinflaras. Como si el alma se te escapara por los poros.

Como cuando la felicidad y la tristeza se mezclan y resultan en algo inexplicable que duele.

¿Cómo es que nunca pude darme cuenta de esto?

—Y la única razón por la que jamás dije nada, era porque tampoco podía destrozarle la felicidad a Cori—musita, y la voz se le desquebraja entre sollozos—. Porque él también se merecía ser feliz. Porque con quien fuese, tú también merecías serlo.

Y tú te lo has merecido siempre, Karla.

Lo siento tanto.

—Siento mucho no haberte contado nunca la verdad sobre Cori y sobre mí—ella coloca la lámpara en el suelo y se sienta en el borde de la tumba de Cori.

Me hace un gesto con la cabeza para que me siente a su lado, así que lo hago y me mantengo en silencio, intentando procesar cada una de sus palabras.

Lucas parece haberle perdido el miedo al lugar así que se ha sentado también tres tumbas lejos de nosotros para darnos un poco de espacio. Y si no le ha perdido el miedo, al menos hace el esfuerzo, y le agradezco mentalmente por ello.

Karla aguarda en silencio por unos minutos, hasta que finalmente alza el rostro y pierde la mirada en la obscuridad que se cierne frente a nosotros, hablando con mucha calma.

—Por alguna razón, a veces pasan cosas que no comprendemos—comienza Karla, con su voz suave y melancólica—, cosas que no entendemos y que son incontrolables. Como tú—sonríe—, como Cori.

Karla se frota las manos y se recompone las mangas de su suéter.

Suspira, dejando escapar su aliento en forma de nubes.

—¿Sabías que Cori y yo estuvimos saliendo un tiempo?—dice, y se le escapa una leve sonrisa que me sabe a nostalgia.

La noticia me deja en un estado de shock que seguramente se nota en mi rostro porque Karla me da un leve empujón con el hombro y me guiña un ojo.

—Impactante, ¿no?—advierte.

—No sé qué decir—respondo, titubeante.

 —No creo que debas de decir algo—se encoge de hombros—. Solo es algo que sucedió y en su momento fue importante.

Por alguna razón saber esto no se siente tan mal.

Solo es extraño.

—¿Hace cuánto Cori y tú…?

—Fue hace varios años. Te acababas de mudar a Longmont. Fue justo en el semestre en el que te trasladaste a Longmont Sunset.

—No puedo creer que no me di cuenta—digo perplejo.

—Nadie más que él y yo lo sabíamos—se vuelve a encoger de hombros—. Y Cori a penas te conocía, y bueno, yo… yo no tengo excusa. Solo no sabía cómo decírtelo.

—Me habría alegrado de ello—trato de sonar lo más sincero posible. Porque… realmente me habría sentido feliz por ambos.

—Yo también me habría sentido feliz por ti y por Cori si lo hubiese sabido.

—Pero tú ya lo sabías—replico.

—No de ti, Sasha. Y me habría hecho muy feliz si hubieses confiado en mí—vuelve a verme con unos ojos compasivos y llenos de culpa—. Pero yo tampoco puedo culparte, porque hice lo mismo que tú. Ocultarlo.

—Pero… ¿por qué?—inquiero confundido.

—Porque no sabía qué tanto podían cambiar las cosas—ella respira ondo, exhala con lentitud y agacha su rostro—, como tú, supongo.

Touché.

—Y para cuando me di cuenta que tal vez las cosas no iban a ser tan malas si lo sabíamos los tres, ya era tarde.

—¿Tarde?—pregunto, dudoso.

Karla se acomoda un mechón de cabello tras la oreja y vuelve a verme con sus preciosas pupilas negro azabache.

—Cori y yo ya nos habíamos de alguien más—muerde su labio intentando controlar esa sonrisa que de todas maneras se le escapa.

Oh, Dios…

—De ti.

Por alguna estúpida razón siento como el rostro se me calienta y seguramente he de tener las mejillas rojas.

Oh, Dios.

—Y hablamos ambos del asunto, claro—se remueve un poco incomoda—, y concluimos que no podíamos seguir juntos por eso mismo.

Todas las ideas que tenía en mi cabeza comienzan a arremolinarse y a estrellarse unas con otras, tanto que me quedo en blanco. Siento que es demasiado para digerir.

—Lo siento mucho—Karla recuesta su cabeza en mi hombro e instintivamente recuesto la mía sobre su cabello.

Nos quedamos así por un largo rato, viendo la nieve teñirse del anaranjado de la lámpara.

Lucas mantiene su atención en la obscuridad y simplemente se limita a darnos nuestro espacio.

Amo a este chico como si fuese mi familia. Tiene una habilidad nata para hacer que este tipo de cosas funcionen. Y aquí están los resultados.

Aquí estamos Karla y yo.

Karla, Cori y yo…

—Éramos apenas unos niños que creían que el amor funcionaba de alguna manera comprensible—susurra Karla—, hasta que llegaste tú.

—Tal vez las cosas entre Cori y tú habrían funcionado, de no ser por mí.

—No lo sé, Sasha. Tal vez estábamos destinados a esto.

—Tal vez.

Karla hace el amago de ponerse pie, coge su lámpara y vuelve a ver a la tumba de Cori. Está cubierta de una fina capa de nieve, pero su nombre grabado en una pequeña placa dorada yace descubierto.

—Le hice una promesa a este chico—ella señala con su mentón hacia la tumba—, y le dije que cuidaría de ti si algo le sucedía. Él haría lo mismo por mí. Y supongo que debo cumplirlo.

—Siento mucho no haberte dicho lo de Cori. No quería hacerte sentir de lado. Es solo que, no sabía cómo demonios manejarlo.

—Yo tampoco supe cómo manejarlo en aquella ocasión. Creo que solo no tenía derecho a molestarme contigo, Sasha. Hice lo mismo que tú, y no te veo haciendo un berrinche por ello.

—Es algo que ya sucedió. No puedo cambiarlo—le digo poniéndome de pie, volviendo a ver a ese amigo que tanto extraño, que está aquí pero que de alguna manera eso tampoco es del todo cierto—. Y el mundo no se acaba por eso.

—Cori me dijo lo mismo cuando él quiso decirte en una ocasión lo que había pasado entre nosotros y yo le pedí que no lo hiciera.

—¿Ah, sí?

—Sí. Recuerdo que fue unos días antes de tu cumpleaños 17, pero por alguna razón él accedió a lo que le pedí, pero me hizo prometerle que yo te lo diría en algún momento. Que estaríamos ahí los tres para hablar de ello.

Tal vez Cori en el fondo solo trataba de tener a Karla siempre con nosotros. Algo que yo por alguna estúpida razón no pude hacer. Y como su amigo, fue fiel a ella. Mantuvo su secreto. Porque era típico de él proteger a alguien cuando esa persona tenía miedo.

Así como él me protegió a mí todas esas veces en las que yo estuve asustado del mundo.

—Y henos aquí—sonríe Karla—, los tres juntos, como solíamos pasar nuestros días. Y cumpliré mis promesas ¿sabes? Y ya van dos de tres.

Karla se quita sus guantes y sus pequeñas manos quedan expuestas al frío. Toca mi rostro y no puedo evitar cerrar mis ojos y disfrutar de la calidez de sus manos. Es algo que no cambiaría por nada del mundo.

—Esta ha sido mi última promesa, Sasha—su voz suave se cuela entre mis oídos y me reconforta—. Decirte la verdad. Mi verdad.

Ella quita sus manos de mi cara y de repente me siento vacío sin ellas. Como si algo muy preciado me fuese arrebatado y solo quedara el gelidez del invierno.

Abro mis ojos y todo lo que logro contemplar es a Karla mirándome con ojos vidriosos y con una preciosa sonrisa en su rostro.

—Sasha Alexander Leader—ella se inclina un poco y el mundo se detiene cuando sus labios tocan los míos. Una calidez me invade el cuerpo; ese tipo de calidez que haría arder la nieve y convertiría el invierno en un verano con un precioso cielo añil—, eres el chico con los ojos azules más precioso que pueden existir, y te amo.

Por unos momentos se me corta el pensamiento y siento como si una cortina de bruma blanca y espesa se instalara en mi cerebro, provocándole cortocircuito.

Y cuando creo que mi estado de desconcierto se quedará por largo rato, hay algo que hace que mis neuronas se recompongan con bastante rapidez.

Y ese algo es el hecho de ver a Karla desplomándose en el suelo.

 

Capítulo 57: Vaho de invierno.

Cloud Espectrum

       El techo es un lugar bastante frío en estos días. En especial después de una tormenta de nieve, claro, pero qué se le puede hacer. El chocolate caliente da una solución bastante buena a la situación. Abajo, puedo ver a Lila salir a caminar con André, a Kathy sacar la basura y a Tránsito remover la nieve de la entrada.

Es 26 de diciembre, y pasé navidad sin ver a Karla. No he recibido noticias de ella. Por más que he intentado llamarle, enviarle mensajes, ir a su casa a buscarla, ella no responde mis llamadas, no me escribe de regreso ni tampoco parece estar en algún sitio que se me ocurra cada vez que voy a buscarla.

Si su objetivo es evitarme, lo está logrando.

—Se te congelará el culo si no bajas de ahí.

Lucas asoma su cabeza por la ventana y exhala una enorme nube de vaho.

—Tal vez morir no sea tan malo.

—Supongo que no, si estuvieses solo. Pero estoy seguro que se pondría triste la casa entera si te mueres.

Lucas saca su pie por la ventana, se apoya en el marco para impulsarse y sin mucho esfuerzo logra salir al techo para sentarse a mi lado.

El cielo está gris, como suele siempre estarlo en diciembre. El bosque tras la casa está cubierto por un manto blanco que hace parecer a los pinos enormes fantasmas alzándose desde el suelo. A lo lejos, una columna de humo se eleva hacia las nubes, perdiéndose y confundiéndose con su gris.

Es de la chimenea de la casa de Darien.  

—¿Aún no tienes noticias de Karla?—pregunta Lucas, con una mirada que otea la distancia.

—Nada.

—Qué fuerte—suspira—. ¿Crees que se le pase?

—No lo sé. Parecía muy molesta.

—Yo también lo estaría, supongo, si mi mejor amigo no me hubiese contado todo lo que sucedía con mi otro mejor amigo.

—Gracias, tus palabras me ayudan—mascullo sarcástico.

—No seas un llorón—dice encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no vas a su casa y hablas con ella?

—Lo he intentado y parece nunca estar cada vez que llego.

No sé si la señora Bonnet habla en serio cada vez que le pregunto o si solo lo hace para cubrir a Karla porque ella se lo ha pedido, pero de todas maneras, por cualquiera de las razones que sea, es evidente que lo hace para evitarme.

—Entonces ve en un momento en el que ella esté ahí.

¿Qué?

—Tienes que estar bromeando—replico, desdeñoso—. Te estoy diciendo que cada vez que voy ella no…

—Karla duerme como todos nosotros, no es un vampiro ni un búho que salga de noche a hacer sus cosas, así que supongo que en la noche o madrugada la encontrarás ahí en su habitación.

Oh, eso no se me había ocurrido.

—De todas maneras, aunque vaya en la noche ella no querrá verme—suspiro, y siento como la ilusión se desinfla en mi pecho—. Siempre me evitará.

—Pues te cuelas en su habitación.

—¿Qué?—vuelvo a verle desconcertado.

—Eso. Te cuelas en su habitación. Y ya adentro, tendrá que verte por la fuerza.

—Estoy seguro que entrar a la casa de alguien sin permiso es ilegal.

—André lo hacia todo el tiempo cuando iba a visitarme.

—Tú querías que André te visitara. Eso es distinto.

—¿Quieres hablar con Karla o no?—se queja Lucas—. Además, seamos sinceros, ella no va a demandarte por colarte en su habitación.

—Eres una mala influencia—lo miro de soslayo—, pero tu idea me agrada.

Y es que de hecho, no se me ocurre ninguna otra forma. Creo que si no lo hago por la fuerza, jamás conseguiré que Karla siquiera me mire. Realmente quiero que me diga algo, pedirle disculpas, aclarar las cosas, responder sus preguntas, no sé, hacer lo que sea que solucione las cosas para que volvamos a ser los de antes.

Su ausencia comienza a sofocarme.

***

Caminamos el tramo que hay entre mi casa y la casa de Karla, con la punta de la nariz fría, con los dientes castañeando y exhalando nubes de vaho. El alumbrado de la calle a penas y ajusta para iluminar unos cuantos metros cada cierta distancia de calle, pero es suficiente como para no tropezarnos en la oscuridad.

Lucas es quien me acompaña. Fue su idea, así que se ha ofrecido a venir conmigo.

Aun no puedo creer de hecho que estemos haciendo esto.

Creo que este chico ha pasado demasiado tiempo con Kathy. Le han robado su inocencia… o la poca que cargaba.

—¿Tienes idea de cómo subir a la habitación de Karla?—Lucas se sacude un poco de nieve de sus guantes y se sorbe la nariz.

—Hay una malla de metal en la parte de atrás de la casa que llega hasta el techo. Se puede subir por ahí.

—Perfecto, mientras no te rompas el cuello.

—Creo que debimos venir en auto—le digo, extrañando la calefacción de casa.

No siento las puntas de los dedos de mis manos y comienzan a acalambrarse mis pies. Son cerca de las dos de la madrugada, y si no nos mata el frio, seguramente lo hará Tránsito si se entera que andamos fuera.

—¿Y que se diera cuenta André?—masculla él.

O nos matará André, pienso.

—Hablando del auto, ahora que recuerdo, el día que fueron por Lila al aeropuerto, ¿en qué auto fueron?

—Karla nos llevó.

Entonces Karla ya sabía lo de Lila. No puedo creer que no me lo… bueno, está molesta. Creo que debí de haberlo supuesto. Ella no iba a decírmelo. No habría tirado su orgullo al trasto por algo que al final no iba a hacerle daño a nadie.

—Era una sorpresa—dice Lucas, notando mi incomodidad—. Y por si te lo estás preguntando, Karla no ha mencionado nada de ti en todo el camino.

—¿Parecía molesta?—inquiero.

—En lo absoluto. Pero suspiraba muy seguido.

No sé qué tan malo sea suspirar, pero si Lucas lo notó supongo que es importante. ¿Se puede suspirar de enojo?

A veces siento que el alma se le puede escapar a la gente entre suspiros. O la felicidad, que es lo mismo.

—Tal vez debimos traer a Kathy—y ahora que lo pienso, estoy seguro que le habría encantado venir, con tal de ser parte de este desorden.

Ella es una aventurera nata.

—La he dejado vigilando a todos en casa. Le pedí que me llamara si alguien se despertaba y descubrían que no estábamos.

Que inteligente. Ya decía yo que Kathy faltaba aquí, pero Lucas ya lo tenía planeado con ella.

—André va a matarme si se entera que te he sacado de casa a estas horas—agrega, riéndose.

Lucas parece disfrutarlo.

—Se fastidia con mucha facilidad. No lo sé—se encoje de hombros—. Pero se preocupa mucho por ti, y solo intenta protegerte.

—Creo que se molestaría también conmigo por dejarte ser parte de esto. Le preocupas también.

—Lo sé. Pero fastidiarlo es algún tipo de actividad lúdica que practico a menudo. Se molesta y a veces verlo hacer berrinche me hace gracia. Parece un niño.

Como Cori, pienso, cuando me hacía enojar pero al segundo estaba dándome un abrazo y quitando mi ceño fruncido con facilidad.

—Él es como la parte madura de nuestra relación y yo el niño que hace cosas estúpidas. Creo que sería un inútil si André no estuviese.

—Creo que André sería un inútil sin ti también—declaro, recordando lo mucho que André me decía que extrañaba a Lucas cada vez que lo sorprendía con la mirada perdida en la nada—. Son el complemento perfecto.

—Sin mencionar que tengo uno de sus riñones.

—Sin mencionar eso—advierto riendo.

Ya hace un buen rato que sucedió lo de la operación de Lucas. Creo que les he hablado del asunto, y a estas alturas mi tía Bianca sigue molesta por eso. Es notorio que solo soporta a Lucas por guardar las apariencias, pero estoy seguro que en el fondo ella no lo acepta, no lo quiere cerca.

Lo culpa de algo que no ha hecho.

André solo hizo lo que quería, y entrego—literalmente hablando—, una parte de sí mismo a alguien a quien tanto amaba.

Y si donarle un riñón a tu novio no es amor, entonces no sé qué será.

A veces llegan personas a nuestras vidas que son rompecabezas incompletos en busca de su pieza faltante. Y qué suerte las personas que encuentran la pieza que les hacía falta entre miles de millones que existen.

Le llaman milagro algunas veces.

Y cuando eres un soñador, como yo, le llamamos destino.

Llegamos finalmente a la casa de Karla. La luz del pórtico está encendida como es habitual y el auto de la señora Bonnet yace estacionado a un lado de la casa.

Pasamos directamente a la parte trasera, tratando de no hacer mucho ruido, y nos colamos en el patio agazapándonos tras un bulto de nieve que se ha formado sobre lo que creo que es la fuente para aves que la madre de Karla siempre suele pintar cada verano de un color distinto.

—Bien, tú subes, llegas a su habitación, hablas con ella y regresas tan rápido como puedas porque se me está congelando el culo.

—¿Y si no quiere?

—Pues haz que quiera. Yo esperaré por ti aquí.

Bueno Sasha, ya estás aquí—la vocecita en mi cabeza lo dice con tono nervioso—. Has pasado frío y has salido a estas horas a sabiendas que te pueden torcer el pescuezo si se enteran que andas tan tarde afuera, así que o lo haces o lo haces.

Comienzo a subir la malla de metal, teniendo cuidado de no resbalar y caer. Mis dedos entumidos no ayudan demasiado, pero con un poco de esfuerzo logro alcanzar el techo. Me muevo lo más despacio que puedo intentando no hacer ruido hasta que llego a la ventana de la habitación de Karla.

Por favor, habla conmigo.

Por favor…

La ventana no tiene pasador, así que logro abrirla con facilidad y una vez adentro mis ojos comienzan ajustarse a la total oscuridad. Camino con sigilo, esperando no tropezar con algo, hasta que se me ocurre sacar el móvil y alumbrar la habitación.

El brillo de la pantalla es el suficiente para ver por donde camino y para percatarme que en la cama de Karla no hay nadie.

¿Dónde demonios se ha metido?

¿Estará en la sala?

Me asomo al pasillo, abriendo la puerta del cuarto muy despacio y echo un vistazo desde las escaleras, pero compruebo que en la sala no hay nadie, así que regreso a la habitación nuevamente.

¿Dónde te has metido, Karla?

Tal vez está en la habitación de sus padres, aunque no veo por qué, y en todo caso, si está ahí no podría hacer nada.

O tal vez no se ha quedado en casa esta noche.

O tal vez… ay, no sé.

Creo que esto fue una mala idea. Mejor regreso a casa e intento esto cuando haya amanecido. Tiene que hacerme caso en algún momento. Las cosas no se pueden quedar así como así.

Tal vez solo debo insistir más, fastidiar hasta que por rendición o por rabia ella se digne a hablar conmigo, pero de alguna forma tendrá que ser.

Vuelvo a salir por la ventana, cerrándola con cuidado y me encamino hacia donde Lucas que sigue agazapado tras el bulto de nieve. Frota sus manos y sopla entre sus dedos para mantenerse tibio.

—¿Y bien?—me dice, cuando me agacho nuevamente junto a él.

—Karla no está en su habitación.

—¿Y qué hay de la…?

—No—le atajo, negando con mi cabeza—, tampoco en la sala.

Suspiro. Y suspirar me hace pensar en que sería genial si la tristeza se me escapase por entre mis nubes de vaho. Tal vez así sería más fácil lidiar con esto.

Miro una última vez la ventana de la habitación de Karla y la malla que conduce al techo, percatándome de algo que antes no habita notado. A un costado de la malla, cerca de mis pisadas en la nieve, hay otras pisadas que forman un camino que se pierde tras un pequeño cobertizo. Parecen recientes.

Y podrían ser de…

—¿Te has movido de acá?—le pregunto a Lucas.

—No.

—¿Seguro?—me pongo de pie y me dirijo hacia donde están las huellas.

—Tengo el cuerpo entumido y la mierda se me congela del frío. ¿Para qué me querría ir a otro lado?

—Para entrar en calor—pongo los ojos en blanco.

—Bueno, sí—refunfuña él, poniéndose de pie y siguiéndome—. Pero no, no me he movido de este sitio.

—Mira—le digo, señalando las pisadas.

—Sí, son huellas profundas de zapatos. Tuyas seguramente.

Niego con mi cabeza, pensativo.

—Esas son mis huellas—señalo las que están en el otro extremo de la malla—. Pero éstas van hacia allá—y señalo el cobertizo.

—No insinuarás que Karla ha salido a estas horas a dar un paseo, ¿o sí?

Me encojo de hombros, porque en labios de Lucas la idea que yo tenía en mente suena realmente estúpida, porque, ¿para qué querría Karla salir a congelarse a estas horas?

—Tal vez son de ahora temprano—sugiere él.

—No. Hace una hora dejó de nevar. La nieve las habría cubierto.

—¿Entonces qué piensas hacer?

Seguirlas, es lo único que se me ocurre, aunque la idea parezca descabellada considerando las circunstancias. Me encamino hacia el cobertizo y compruebo una de mis sospechas: las huellas no acaban aquí, sino que se pierden tras la verja que limita el jardín y continúan por el bosque.

—Puedes regresar a casa si quieres—Lucas se abraza a sí mismo y se mantiene encogido en el frío—. Seguiré yo—le digo.

—Ni creas que te dejaré ir solo.

—Pescarás una pulmonía.

—Y el puño de André en mi cara también si no te llevo de vuelta a casa en una pieza y vivo. Así que mueve el trasero, que entre más rápido terminemos mejor.

Bueno, al menos no caminaré solo.

Nos echamos a andar por el bosque, siguiendo las pisadas que serpentean entre los árboles. La pantalla de mi móvil alumbra lo suficiente en la oscuridad como para ver lo que se extiende frente a nuestras narices y así evitar chocar contra un tronco.

Lucas, que camina a mi lado, también alumbra con su móvil nuestro alrededor y noto en su rostro que no tiene idea de en dónde estamos. Pero este camino lo conozco de memoria. He recorrido este bosque tantas veces, solo y con los chicos, que cada árbol a mí alrededor me resulta familiar.

Si seguimos recto, llegaremos hasta la casa de Jennel y Nixon.

¿Podría ser que Karla esté con ellos?

De repente un chasquido se escucha a nuestro costado izquierdo y la nieve de uno de los árboles se desploma con un sonido sordo, desparramándose sobre la demás nieve tirada por el suelo.

Lucas pega un brinco del susto y me abraza con fuerza. Sus dedos se clavan en mis costillas y siento como tiembla, y no sé si es del miedo o del frío.

—¿Qué demonios ha sido eso?—me dice con una voz chillona.

Alumbro con mi móvil en la dirección del ruido y lo único que alcanzo a ver es a un venado que se pierde en la obscuridad que está más lejos.

—Solo ha sido un venado—le digo, y él suspira, recomponiéndose.

—Ya decía yo que era alguna cosilla—carraspea un poco—. De esas que no asustan.

Claro, Lucas. Claro. De las que no te asustan.

Finalmente salimos del bosque y aparecemos justo en frente de la casa de Jennel y Nixon. Todas las luces están apagadas, pero para nuestra sorpresa, las huellas no se dirigen al pórtico de la casa o a algún lado de la casa en particular, sino que continúan por un camino a nuestra izquierda y se pierden en la oscuridad.

—Mira—le digo a Lucas, señalando con mi mentón las huellas—, hay que seguir por ahí.

Comenzamos a caminar, esta vez un poco más rápido porque la nieve en esta calle no está tan alta.

—¿Hacia dónde va este camino?

—No querrás saberlo.

Lucas muerde su labio, como si sopesara la idea de insistir, pero al final opta por no hacerlo. Creo que realmente le asusta andar de noche por lugares así de oscuros, pero de todas formas no preguntar sobre el asunto no lo salva de saber hacia dónde se dirige este camino, porque cinco minutos después de caminar en línea recta, recibe la respuesta que tal vez no quería realmente saber.

Llegamos al cementerio.

A este sitio que me trae a la mente un recuerdo que me sabe ácido.

—No—Lucas se detiene en seco y se cruza de brazos.

—Las huellas siguen para adentro—le digo, señalando en la misma dirección que las pisadas.

—No, no y no—su ceño fruncido y su tono de voz tembloroso denotan el pánico que tiene de entrar ahí—. No pienso entrar a un cementerio a estas horas de la madrugada.

—Niña—rezongo.

—¡¿Estás loco?!—exclama alzando ambas manos—. Es un jodido cementerio, lleno de cientos de fantasmas y quién sabe qué otras cosas. ¿Ya viste siquiera la hora?—masculla, tragando grueso.

De hecho ni siquiera sé qué horas son, pero ahora que lo menciona me dispongo a informarme y para mi sorpresa son las tres de la madrugada.

—Pronto amanecerá—le digo.

—¡Es la hora de satanás, del chupa cabras, de los cultos satánicos y toda esa mierda de fantasmas!—se queja con una mueca compungida en su rostro.

—No venimos a rendirle culto al diablo, Lucas. Solo a buscar a Karla.

—¿Pero y qué tal si nos sale un jodido fantasma?—replica, nervioso.

Suspiro, me doy la media vuelta y comienzo a andar. Las huellas vuelven a ganar profundidad aquí y se pierden cementerio adentro.

—Si te quedas seguramente te saldrá uno—le digo, sin voltear.

Alumbro el suelo y sigo las pisadas que forman una línea delante de mí. Lucas parece pensarlo por unos segundos, pero el temor de quedarse solo le vence y se apresura a alcanzarme.

—Pero ni creas que participaré en tu exorcismo si se te mete el diablo—masculla, agarrándose de la manga de mi suéter.

Puedo escuchar sus dientes castañear.

Es un miedoso. Todo lo contrario a André. Encajan a la perfección.

Las huellas delante de nosotros dan un giro brusco y cambian su dirección hacia la derecha. Alzo la mirada por unos segundos y mi cerebro rápidamente asimila este sitio con imágenes un poco túrbidas, pero familiares.

En esta dirección está la tumba de Cori.

Se me seca la boca de solo pensar que estoy aquí, a estas horas, yendo en dirección de Cori, que ya está muerto. Suena descabellado.

Pero no me importaría encontrarme el fantasma de Cori aquí.

Realmente quisiera verlo.

A lo lejos, mis ojos captan una pequeña lucecilla anaranjada que parece flotar en el aire. Yace en un solo sitio y brilla sin titilar.

—¿Qué demonios es eso?—pregunta Lucas, con voz crispada.

—Una luz.

—Ay no, ay no—comienza a respirar rápido y profundo—. Seguramente es un fantasma. O están haciendo alguna ofrenda a lucifer.

—No creo que…

—Regresémonos o nos terminarán sacrificando a nosotros.

—¡Chist, guarda silencio!—vuelvo a verle, poniendo mi dedo índice en mis labios para que se calle.

Nos acercamos lentamente y la pequeña luz que veíamos desde lejos se hace más intensa, proyectando sombras entre las lapidas. No estaba flotando, sino que era sostenida por alguien que yace parado inmóvil. La sombra de su cuerpo se dibuja en la nieve, mezclándose con las sombras de otros objetos,

Reconozco a la persona inmediatamente. Se trata de Karla, y parece que no ha notado nuestra presencia.

También me percato del sitio en el que exactamente nos encontramos.

Frente a Karla está la tumba de Cori y sobre ella, hay un pequeño ramo de flores y una velita encendida.

Capítulo 56: Videocasete #2 “Cuando Sasha me abraza, no hay tristeza”

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Encerrado en mi habitación me dispongo a meditar sobre muchas cosas. Sobre lo que Kathy me ha dicho, sobre lo que Gaby me ha dicho, sobre lo que yo les he dicho a ambas y sobre el hecho de que tal vez tenga que comenzar a preocuparme más por mí mismo.

La situación de hecho lo amerita.

Solo que no sé cómo hacerlo.

Mientras tanto, me dedico a divagar de un lado a otro entre mis pensamientos. Estar aquí me sofoca y lo único que quiero es un abrazo. Dormir. Apagarme. Despertar mañana y que todo esté bien.

Quiero a Cori.

André y Lucas no han regresado aún. Ni siquiera contestan mis llamadas. Ni ellos ni Karla. Tránsito por su parte se ha dedicado a preparar la cena y pronto será hora de que baje a comer. ¿A quién demonios se le ocurre perderse en víspera de navidad?

A ellos, supongo.

Miro la hora en el reloj de mi mesita de dormir y me percato de que ya casi serán las nueve y no tengo noticias de ninguno. También advierto que sobre la mesita está la caja que el señor Donovan me ha dado con los videos de Cori y recuerdo que tan solo he visto uno de ellos.

Tal vez sea momento de proyectar otro recuerdo.

Otro Cori…

Cojo el segundo videocasete de la cajita y me observo su rotulación. La sensación de opresión en el pecho no tarda no tarda en aparecer.

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Capítulo 55: Elegir.

 

The begining of sea

Tomo mi móvil por décima vez y reviso si tengo algún mensaje de texto y para mi exasperación, no hay ninguno.

Abro el chat de Whatsapp y tampoco hay nada.

Abro la bandeja de entrada de Facebook y está más vacía que mis ganas de levantarme.

Comienza a entrarme pánico. Es víspera de navidad, ya casi serán las tres y desde el día domingo Karla no ha respondido mis llamadas, mis mensajes de texto, mis toques en Facebook ni tampoco las notas de voz que le he dejado en Whatsapp.

Nada.

Y he ido a buscarla esta mañana y la señora Bonnet me ha dicho que salió desde temprano y que no sabía a qué horas regresaría, cosa que solo acrecienta mi exasperación porque me queda muy en claro que me está evitando.

Tal vez hice mal en contarle lo de Cori.

No.

Es que lo malo fue ocultárselo. Ella ya lo sabía. Cori se lo había dicho. ¿Cuán idiota tuve que haber sido yo para no haber hecho lo mismo?

Es decir, no es como si Cori y yo estuviésemos realmente atados de manos y con la boca cosida como para no contárselo.

Realmente soy un idiota.

Alguien toca la puerta de mi habitación y al tercer toque, Kathy entra con su teléfono en la mano y con un papel en la otra.

—Querido, tenemos que ir a la ciudad para comprar las cosas de la cena de esta noche.

—¿Y si André va contigo?—realmente no quiero salir.

—Ha salido con Lucas a hacer otras cosas, así que solo somos tú y yo.

Que flojera, pienso.

—Está bien, pero al regreso vamos a pasar comprando donas.

—Como gustes, tesoro—dice, dándose la media vuelta y saliendo de mi habitación.

Diez minutos después vamos camino a la ciudad. El paisaje es blanco como las nubes y los árboles se han tornado esqueléticos y grises a causa de la nieve, pero de repente ese paisaje esquelético desaparece y los edificios de la ciudad comienzan a aparecer poco a poco, volviendo más cutre el paisaje.

—Así que… ¿saliste con Eureka?

Kathy lo suelta de repente y logra desconcentrarme.

—¿Quién?

Hazte el idiota, Sasha, que eso te sale muy bien.

Ella pone los ojos en blanco y resopla.

—Yo—su tono de ironía es bien marcado.

—¿Acaso eres lesbiana? Pues, que eso no me lo esperaba.

—Desgraciado—ella suelta una risotada.

—Solo para que lo sepas, yo te apoyo.

—No soy lesbiana—se mofa.

—¿Pansexual?

—Casi no me gusta el pan.

Esta conversación no podría ser más tonta. Pero siendo sincero, me encanta pasar el rato así, riéndome. Casi como si en esta vida terrenal no existiera nada por lo que debiera preocuparme.

—¿La pizza?

—No es mi favorita.

—¿Entonces las hamburguesas?

—Qué vergüenza, Sasha Alexander, ni siquiera sabes lo que me gusta.

—Maikel. Pero ese no se come…

—¡Serás un mal parido!

No puedo evitar soltar una carcajada.

—O bueno, sí se come, pero no en el sentido literal de la palabra—me encojo de hombros.

—No, pues que lo mismo debería de decir de Eureka. ¿No?

—No sé de qué hablas.

—La chica pelirroja.

—¿Cuál pelirroja?

—¡La de la guardería! ¡La de tu jodida cita!

—¿Cuál cita? Ay, creo que te estás volviendo loca.

Ella suelta un bufido de exasperación y me da un pequeño empujón en el hombro, cosa a lo cual no puedo evitar reírme. Fastidiarla es tan estimulante.

—Bien, bien—le digo entre risas—. Me ha ido bien.

—¿En serio? ¿Tendrán otra cita?

—No lo sé. Supongo.

—¿Supones?

—Espero…

—Parece una chica linda y agradable.

—Lo sé—y de verdad que lo es, pienso—. ¿Y qué hay de ti?

—Ya te dije que no era lesbiana—ella hace una mueca de desdén.

—Hablaba de Maikel.

Noto de reojo como Kathy se pone nerviosa y como mejor decide perder su mirada por la ventana del auto. Es que era más que obvio que algo pasaba entre estos dos, que sería casi un delito que me estuviese equivocando.

—Oh, bueno… no sé de qué hablas.

—Te gusta.

—Estás loco.

—Y te he visto mirándolo cuando él no se da cuenta.

—Son imaginaciones tuyas.

—Este martes en el instituto te he visto mirarle el culo cuando caminaba.

—¡Hijo de puta! ¿Ya no puede tener una un poco de privacidad?

—¡Aja, hija de satanás! ¡Lo sabía! Tienes pensamientos lujuriosos con el chico.

—Yo no…

—Y seguramente se miran a escondidas.

—Claro que n…

—Y se toman de la mano y se besan.

—Nunca ha…

—¡Y se escriben hasta quedarse dormidos!

—¡Jesucristo, deja de hacer eso!

—¡Sexo!

—¿¡Qué!?—Kathy suelta una carcajada.

—Niégalo—advierto con sorna.

Kathy se cruza de brazos y me taladra con la mirada. Quisiera volver a verle y enarcarle una ceja pero si lo hago iríamos a chocar.

—No me he acostado con nadie.

—Hablaba de que te gusta Maikel—mascullo con desdén.

—Oh…—ella ablanda su gesto—. Bueno. Sí me gusta. Pero eso creo que ya lo sabías.

—¿Y qué es entonces lo que no sé?

Logro ver de reojo como Kathy baja su rostro y se remueve incomoda en el asiento. Aprieta sus labios y pareciera como si va a dejar el asunto en el aire, pero al final se decide por hablar.

—Ayer salimos solos los dos y fuimos a Puffle…

—¡Santa mierda!—exclamo sorprendido.

Bien. Esto no me lo esperaba.

—¡Cállate, no te burles!—dice, cubriéndose el rostro con ambas manos.

—¿¡Y qué tal estuvo!?

Ella separa los dedos de sus manos en su rostro y deja entre ver sus ojos que van de un lado a otro, nerviosos.

—El chico es lindo.

—¿Y?

—Y no es un idiota.

—¿Y?

—Y me pidió que volviéramos a salir el otro fin de semana.

—Lo verás en el instituto—advierto, pensativo.

—Hablaba de otra cita.

—Creo que me estás ocultando algo.

—No.

—Kathy…

—¡Ay, está bien! ¡Nos besamos!

¡Ihg! ¡Casi que me atraganto de la sorpresa!

—¡Lo sabía!—exclamo emocionado.

—Solo fue un beso, pequeñito.

Realmente me emociona que Kathy esté interesada en alguien y que ese alguien esté interesada en ella. Digo, es que es una chica linda y una muy buena persona. Se merece a alguien igual de bueno.

—Espero y funcionen las cosas—advierto, con una sonrisa en el rostro—. Hablo de Maikel y de ti. Y de Simón.

—¿Simón?

—Khana, querida, está viéndose con Simón.

—¡Tienes que estar bromeando!

—Juro por mi trasero que digo la verdad.

—Estoy impactada—dice ella, con un tono de emoción en su voz.

La verdad es que yo quedé igual cuando me enteré. Un día Khana me comentó que últimamente hablaba bastante con Simón y que hacía unos días habían quedado para ir por un café. Si mal no recuerdo ella me comentó que han quedado de ir por otro café luego de navidad.

Vaya cosas estas las que suceden. Ya decía yo que por algo un día el chico, luego de haberlo sorprendido mirando a Khana, me había abordado con una sonrisa en su rostro y me preguntó por ella.

Simón parece alguien muy callado, pero supongo que con Khana ha de ser distinto, se ha de sentir más a gusto, y considerando lo activa que es ella es casi como unir el ying y el yang, haciéndolos encajar en perfecta armonía.

Llegamos finalmente al supermercado y como siempre nos encontramos a Eunice que está repartiendo muestras de salchichas con aderezo. Nos detenemos unos momentos a platicar con ella y luego de una charla bastante extensa sobre lo que hemos hecho últimamente nos decidimos por ir a conseguir lo del listado de compras.

Me pregunto dónde estarán André y Lucas. No los he visto en todo el día. De hecho, ni siquiera estuvieron en el desayuno.

—¿Ha dicho André a dónde iba?—le digo, mientras reviso la etiqueta de unos chicharos enlatados.

Nope. Solo ha salido esta mañana sin decirnos nada—ella empuja el carrito de los comprados y se pone a husmear entre las mayonesas.

—Qué raro. No ha de andar muy lejos, considerando que no se ha llevado el auto.

—De hecho, sí iba en auto.

—¿Qué auto?—inquiero.

—El de…

Kathy de repente corta sus palabras y se queda callada por un largo rato, tanto que volteo a verle esperando que termine de decirme lo que estaba por decirme, pero cuando me topo con su rostro consternado, vuelvo mi mirada hacia donde la suya apunta y entonces me percato de qué es lo que ella mira con tanto detenimiento.

Parada, a unos diez metros, justo frente a una enorme pila de latas de duraznos, se encuentra una chica, vestida con un suéter que le llega un poco arriba de las rodillas, con unas botas de color negro y con su cabello de color azul.

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando la miro es una máscara.

Un antifaz.

Un chico.

Una obscura habitación.

Dolor…

Gaby parece percatarse de que alguien la está mirando y voltea su rostro hasta que por fin se topa con nosotros. Noto como Kathy se tensa y aprieta los músculos de su mandíbula, su entrecejo se frunce y respira hondo.

—No pasa nada—le advierto, casi en un susurro. Ella vuelve a verme y me dedica una mirada de aflicción, pero le vuelvo a decir que todo está bien. Que no tiene que preocuparse.

Mientras tanto, Gaby se queda parada mirándonos, sin moverse ni un ápice, y entonces recuerdo lo que me dijo la última vez que la vi. Que iba a estarme esperando, y hasta ahora había pasado por alto la cuestión porque tenía otras cosas más importantes en las que pensar.

El instinto de ir hasta donde ella se cuela entre mis nervios, accionando eléctricamente mis músculos y comienzo a caminar.

—Sasha…

—Por favor, espérame aquí—le digo a Kathy.

Si no hablo con Gaby ahora, no será nunca. Y tengo que saber realmente la verdad. La parte de su verdad.

Una verdad que fue más dañina de lo que cualquiera podría haberse imaginado.

La imagen de Liam cruzando mi cabeza me deja un sabor amargo en el paladar y me hace pensar que tal vez no quiera saber más del asunto, pero aun así algo dentro de mí me mantiene en movimiento, y por alguna razón ese algo intenta hacerme creer que ésta chica debería de pasar por lo mismo que he pasado yo.

Que se lo merece.

 Aun así, me opongo al pensamiento, porque… por alguna razón… el rencor que pude haberle tenido se canalizó en Liam y se ha quedado con él. Incluso si no ha sido el único que me ha hecho daño.

—Hola—me dice, con una mirada vacía que se consume en sí misma—. Finalmente volvemos a vernos.

—Eso parece—respondo.

Gaby se frota sus manos y las mete en los bolsillos de su suéter, dirige una mirada por sobre mi hombro y suspira.

—No parece muy alegre de verme—advierte, refiriéndose a Kathy.

—No creo que vaya a alegrarse nunca—musito.

—Es normal. No sé quién querría ver a alguien que fue parte del casi asesinato de uno de sus amigos.

Asesinato.

Se siente cómo acido en mis tímpanos.

—Te he estado esperando todo este tiempo—advierte ella, regresando su mirada hasta mí—, y no sé realmente por qué creía que vendrías.

—No estaba seguro de querer hacerlo.

Ella sonríe. De una forma melancólica. Casi dolorosa.

—No tenía tantas esperanzas de que lo hicieras. Pero de todas maneras conservaba algunas pocas.

Por alguna razón mi mandíbula, que en un principio estaba tensa, comienza a relajarse y mi respiración se enlentece. Veo a Gaby y miro en ella el rostro de Benny, y algo dentro de mí se estruja, recordándome que incluso las personas por las que te juegas la vida te apuñalan por la espalda, y aún así, no puedo odiarle.

—Siento mucho lo de Benny—trato de sonar lo más sincero posible, aunque tal vez ella no lo crea.

—Yo siento mucho lo de tu amigo Cori.

Y tal vez sea yo quien no le crea a ella.

—Y de verdad siento mucho lo que sucedió—continua hablando—. Sé que merezco que me odies, que odies a Benny… a todo el mundo que te hizo daño. Pero todo este tiempo he querido explicarte muchas cosas que posiblemente te parezcan una mala excusa.

—¿Son realmente una excusa?—inquiero.

Ella baja su mirada y niega con su cabeza.

—Son la verdad—responde.

—Te escucho, entonces.

Noto como Gaby se remueve un poco dentro de su suéter y traga grueso. Esto no parece ser tan fácil para ella.

Tampoco lo es para mí.

—Varios meses antes de que todo sucediera… Liam comenzó a formar un nuevo grupo de chicos. Ni siquiera sabíamos lo que realmente hacían, pero tratábamos de mantenernos alejados de ellos. Creo que a estas alturas has de saber que Benny y yo éramos hermanos.

Ella alza su mirada, esperando que yo esté entendiendo todo, así que me limito a asentir con mi cabeza.

—Y una vez el grupo se convirtió en lo que Liam esperaba, lo primero que hizo fue buscar a Benny. Al igual que tú nosotros también nos habíamos mudado para evitar que alguien intentara hacerle algo a mi hermano por lo que sucedió aquella vez en la que tú lo salvaste. Y aún así… Liam lo encontró. Y en ese jodido proceso de cazar a Benny me vi involucrada yo, por querer protegerle de algo que era más grande de lo que pensaba.

—¿Por qué demonios no lo hablaron con alguien?—mascullo, un poco confundido.

—Porque teníamos miedo ¿sabes? No tienes idea de lo horrible que es vivir cada día de tu vida acosado por alguien que puede hacerte daño. Te vuelve débil. Te hace creer que no tienes a nadie. Te vuelve una persona sumida en el abandono. Y sintiéndote así, ¿cómo esperas tener las fuerzas para pedir ayuda?

—Estaban a tus padres…

—No tienes tampoco idea de lo que son papá y mamá—y su rostro se ensombrece más—. Con ellos… es casi como criarse solo.

Extraño a mamá y a papá, pienso.

—No tuvimos elección, Sasha, nadie quería salir lastimado… y de verdad siento que al final fueses tú. Liam nos amenazó con hundirnos si no le ayudábamos con lo que él quería alcanzar.

—Y todo lo que él quería…

—Eras destrozarte a ti—ella completó a frase con un hilo de voz apenas perceptible—. Siento haber sido parte de esto. De verdad lo siento mucho. Me disculpo en nombre de Benny, pero juro que cada cosa que hicimos, cada cosa que dijimos y las que callamos fueron una mentira. Nunca lo quisimos…

“Nunca” a veces es una palabra muy pesada

—Y cuando ya no lo soporté… tuve que hundirnos a todos para evitar que algo peor sucediera—la voz de Gaby se quiebra—. Aun así… llamar a la policía no fue suficiente.

—Entonces fuiste tú—la información se estrella contra mí, casi como una bala.

—No merecías nada de lo que pasó—ella respira hondo y se sorbe los mocos—, nadie se merecía nada de esto. Y a veces tenemos que dejarnos caer al abismo a pesar del miedo, porque tal vez logremos volar.

—Y lo conseguiste—advierto.

Alzó vuelo, y si no hubiese sido porque ella se dio en valor de detenerlo todo, posiblemente no estaríamos teniendo esta conversación. Ni tan siquiera respirando.

—Tarde—se le escapa un sollozo—. Al final de cuentas extendí las alas… y ha sido tarde.

Oh, Benny.

—Creo que es suficiente—una voz a mi lado se materializa y me saca de mis ensimismados pensamientos.

Kathy ahora está al lado mío. ¿Cuánto habrá escuchado de todo?

—Sasha, es hora de irnos.

—Pero aún no  hemos…

—Sasha, nos vamos—Kathy me dirige una mirada bastante dura, dando por zanjada toda la situación.

Gaby le dirige una mirada en la que se acumulan pequeñas lágrimas y se remueve un arrepentimiento que pareciera más grande que la voluntad de seguirse manteniendo de pie.

—Lo siento—Gaby lo dice con una voz que se desvanece entre un sollozo y un nudo en la garganta—. De verdad lo si…

Plafff.

El sonido de una bofetada se ahoga entre los estantes del pasillo y provoca que el corazón me dé un vuelco.

—Cállate—Kathy lo masculla con la voz entrecortada y con su mano aún en el aire.

Gaby, perpleja, se mantiene con su vista perdida en la dirección en la que la bofetada le ha dejado el rostro.

—No tienes idea de todo lo que hemos tenido que pasar por tu maldita culpa—la voz de Kathy es dura—. Puedes disculparte todo lo que quieras y conseguir que este chico te perdone, pero ambas sabemos que no te lo mereces. Que solo lo conseguirías porque Sasha es demasiado bueno como para odiarte.

—Kathy…

—Esta será la última vez que le diriges la palabra a Sasha—ella ni siquiera me deja hablar y mantiene su mirada fija en Gaby—, porque si en todo este tiempo la culpa por lo que hiciste no te ha matado entonces lo haré yo si te le vuelves a acercar. Y yo no sentiré culpa… no, porque yo sí te odio. Porque yo no soy tan buena persona como Sasha. Porque realmente te lo mereces.

Porque yo tal vez sea muy débil incluso para cuidar de mí mismo.

Porque lo soy.

Porque siempre lo he sido.

***

De camino a casa el ambiente es un poco tenso. De reojo miro a Kathy que va sentada en el asiento del copiloto, con su mirada perdida en algún punto del blanco paisaje.

Jamás la había visto tan molesta. Y me asusta. Porque se siente como si yo he tenido la culpa de que esté así.

Aunque tal vez así sea.

—¿Vas a estar así todo el camino?—le pregunto.

—Tal vez.

—No ha sido tan malo—trato de restarle importancia a lo que ha sucedido en el supermercado—. Es decir, ella ya me ha dicho lo que tenía que decirme.

—¿Y eso a quién demonios le importa?—voltea a verme.

Su entrecejo fruncido y su voz dura provocan que me tense.

—¿Acaso crees que sus disculpas son suficientes, Sasha?

—No sé si…

—¡Deja de excusarla!—chilla—. Siempre haces lo mismo cuando intentas verle el lado bueno a alguien que te ha hecho mucho daño.

—¡Ella no tenía elección, Kathy!

—¡Todos tenemos una maldita elección!—vocifera—. Y ella eligió hacerte daño para salvarse.

Tal vez Kathy tenga razón…

—Sé lo que piensas, Sasha—continúa Kathy—. Sé que crees que porque Liam amenazó a su hermano y a ella no tuvieron elección, y que porque ella al final decidió llamar a la policía para detenerlo todo tal vez se merezca una oportunidad para ser menos miserable.

Tal vez yo me esté equivocando…

Pero el miedo no es una excusa para hacerle daño a alguien que no te ha lastimado—Kathy respira hondo y exhala lentamente, volviendo a perder su mirada por la ventana. 

Porque…

—Incluso si es por proteger a alguien más—musita.

¿Realmente se puede perdonar a alguien que lastimó tu mundo?

—Incluso si es porque no quieres salir lastimado tú mismo.

No… tal vez no sea posible, pienso.

Kathy vuelve a verme, esta vez con un semblante más sereno. Parece estar triste.

—¿Le habrías hecho tú lo mismo a ella si hubieses estado en su posición?—su pregunta tiene un tono acusador.

Quiero llorar.

—No lo sé—respondo.

Y por mi mente cruza Cori y Karla en el lugar de Benny y de repente dudo… dudo de si habría hecho o no lo mismo que hizo Gaby por salvar a su hermano.

—No pareces estar seguro—Kathy logra leerme el pensamiento.

Un pensamiento que se debate entre lo que es correcto y lo que no. Y cuando creo que tengo una respuesta, las ideas se me fugan, una a una, hasta que por impulso se materializan en mi voz.

Sin ningún sentido.

Sin ningún orden.

Solo siguiendo el instinto de explotar lo que realmente siento.

—Yo también tengo a quien proteger—mi voz es casi un susurro—. Por favor ponte en mis zapatos—le pido—. Por favor—y vuelvo a verla con unos ojos vidriosos que escuecen—. No puedo odiarla, Kathy—y de repente comienzo a llorar como un niño de cinco años, por lo que tengo que detenerme unos momentos a media carretera—. Porque si hubieses estado tú en el lugar de Benny, yo habría matado a quien fuese por evitar que te lastimaran.

Tal vez por esto mismo, a pesar de todo el daño que Gaby causó, es que no pueda odiarla. Tampoco puedo perdonarla del todo. Porque Kathy tiene razón. Todos tenemos una elección y somos responsables de ella. Incluso si implica lastimar a alguien más para proteger a otros. Tenemos que cargar con eso, vivir con eso, y sentirnos culpables si lo merecemos.

Y aunque las razones de esa elección sean por una buena causa, para proteger lo que amamos… para protegernos, aún así, si le causamos daño a alguien más, debemos remendarlo.

E incluso si el remiendo no nos concede el perdón, tal vez, solo tal vez, nos exima del odio.

Porque… nadie se merece el odio por intentar proteger lo que ama.

Nadie…

 

Capítulo 54: “Videocasete #1: Él”

The begining of heaven

Son las tres treinta de la madrugada del día lunes y seguimos en la sala, acostados en el sofá con Carol porque hacía rato que mirábamos películas de Disney. Se quedó a dormir acá así que nos pusimos a jugar toda la noche hasta el cansancio. Ahora ella se ha quedado dormida así que he tenido que apagar el televisor e intentar dormir, pero no lo consigo. Le sigo dando vueltas a lo que Karla me dijo y aun no termino de enterarme si al final estaba molesta conmigo o qué. Y en caso de que lo esté, tiene toda la razón. Le oculté cosas por tanto tiempo y fue algo que incluso me dolió a mí. Además, no me esperaba que Cori le dijese que estábamos juntos. Es decir, pensé que él no se lo diría a nadie más, pero entonces, ¿por qué a Karla? ¿Por qué decidió decírselo a ella sin antes decírmelo?

El brazo en el que Carol está recostada se me comienza a dormir, así que hago el amago por levantarme y llevarla mejor a la cama a que descanse más cómoda. La levanto con mucho cuidado intentando que no se despierte y la cargo por las escaleras hasta llegar a mi cuarto.

Carol no pesa demasiado, así que no se me dificulta en nada subirla y recostarla en mi cama. La acomodo con cuidado y la cubro con las sabanas. Un beso en su frente y un “buenas noches, Carol” y la dejo dormir a gusto. Creo que hoy me tocará pasar el resto de la madrugada en vela. Ya no tengo sueño así que mejor me pondré a revisar lo que le entregaré a Donovan ahora.

Hoy será el día en el que le dé mis anotaciones del diario. Se las entregaré todas y cada una, sin omitir absolutamente nada y sin agregarle tampoco algo innecesario. Aun no puedo creer que vaya a darle mis vivencias a mi profesor de curso. Vaya que mierda de vida esta.

Cuando me dispongo a buscar la libreta donde he estado pasando las anotaciones, sobre la mesa me percato que justo en ésta se encuentra la pequeña caja que el señor Donovan me entregó aquella ocasión y que me dijo que Cori me había dejado. Aún no he tenido el tiempo para revisarla, así que ahora que no puedo dormir creo que sería una buena idea hacerlo. Me pregunto de qué tratará todo esto, y me intriga el hecho de que Cori dejara esto con mi profesor y no conmigo si desde un principio quien lo iba a tener iba a ser yo.

Cojo la pequeña caja y me dirijo a la sala con ella para ver de qué trata todo el asunto. Me siento en el sofá con las piernas cruzadas y me dispongo a revisar de arriba a abajo el paquete pero no parece tener anotado absolutamente nada en ninguna de sus caras, así que mejor doy paso a abrirlo y hurgar en su interior. No es una caja demasiado grande la verdad, cabe perfectamente en mis manos, así que lo que debe tener dentro es pequeño, y efectivamente cuando la abro me topo con varios casetes de video ordenados en fila y por volúmenes.

Ummm, que extraño.

Cojo el primero de ellos que dice: “Proyecto escolar de fin de año: Él” y lo examino por todos lados pero no encuentro más anotación que esa, así que me dispongo a meterlo en la videocasetera para ver qué video contiene. Mientras la cosa esa carga, decido que tal vez debería acompañar mi insomnio con un poco de chocolate, así que dejo al pequeño aparato configurarse y me voy a la cocina a preparármelo. Una vez está listo, cojo unas magdalenas de la alacena y me dirijo nuevamente a la sala, pero me doy cuenta que ya no estoy solo.

—Oh, Kathy.

Ella alza su mirada y me sonríe.

—No podía dormir—me dice con voz somnolienta—. He dado más vueltas que un trompo en mi cama pero no lo consigo.

—Yo tampoco podía dormir.

—¿Puedo hacerte compañía?

—Claro—me siento junto a ella y le paso una magdalena.

Kathy la coge y la moja en mi taza de chocolate para luego comenzar a comérsela a pequeños mordiscos.

—¿Veras una película?—me dice.

—No, esto es otra cosa.

—¿Video casero?

—Ni la menor idea—me encojo de hombros—. Es de Cori. Donovan me lo ha dado.

—¿Donovan? ¿Y él qué hacía con videos de Cori?

—Parece que Cori le pidió que me los diese.

Le paso la pequeña cajita a Kathy y ella la examina minuciosamente. Una vez parece satisfecha con su investigación, me la regresa y suspira.

—¿Quieres que los vea contigo o prefieres quedarte solo?—me pregunta.

—Quédate—advierto con una sonrisa—. No es como si quisiera estar solo a esta hora.

El televisor pasa de ser una pantalla completamente azul al negro y entonces nos callamos y ponemos atención al video que ya ha comenzado a correr.  La pantalla oscura dura apenas unos segundos y luego en ella aparece Cori sosteniendo un papel en sus manos.

De repente quiero meter mis manos al televisor y abrazarle.

El papel dice “Proyecto escolar de fin de año: Él”, tal y como se titulaba el casete. Cori sonríe y luego baja el papel y mira fijamente a la cámara. Muerde su labio inferior y luego comienza a reírse como si estuviese nervioso.

—Bien, este, ammm ¿Cómo debería de comenzar esto?

Cori hace una breve pausa mirando hacia los costados, luego vuelve a enfocar su mirada de ojos verdes en el lente de la cámara y vuelve a sonreír.

Oh, su sonrisa. Quiero a Cori de regreso conmigo.

—Este es mi proyecto de fin de curso y supongo que debería de ser específicamente un Diario. Sí, como el tuyo, Sasha…

Menciona mi nombre y algo dentro de mí se estruja. 

—…Escrito. Pero bueno, mi letra es fea y soy un flojo para escribir, así que mejor lo grabaré. Además, me salen de asco los cuentos y me parece que tengo tanto para decir que llenaría miles de cuadernos de esa manera. Pienso también en los árboles. Pobres. Terminan convertidos en páginas. Por cierto, señor Donovan, sea paciente con mis videos, ¿sí? Y Sasha, sé que verás esto, así que te contaré de qué trata. Mi proyecto escolar no es para mi profesor: Es para ti. No quiero una nota por esto, solo quiero que tú lo veas—Cori sonríe y sus ojos se entrecierran de una manera preciosa—. Pero señor Donovan, no vendría nada mal una “A” por esto, ¿sabe? No sea tan tacaño. En fin, el punto es que te contaré lo que suelo hacer a diario. Supongo que ya lo sabes, pero bueno, quiero contártelo. Comencemos.

El video vuelve a tornarse una pantalla negra y sale un título en letras blancas que dice de la siguiente manera “Cuando Sasha sonríe, yo sonrío

Luego de eso la pantalla negra cambia nuevamente a un video y esta vez aparece Cori frente a la cámara. O bueno, creo que no es una cámara. Parece un video grabado con…

—¡¡Holaaaassss!!—dice con una amplia sonrisa—. Bueno, como quiero que esto funcione grabaré con mi móvil los videos—ah, entonces era su celular—. Sasha, te acosaré por un largo rato, ¿sí? Aunque tú no te des cuenta, pero bueno, es que me encanta verte. Además, quiero que todo salga lo más natural posible. Ahora, señor Donovan, comenzaré por explicarle. ¿Ve a ese chico de allí?—Cori mueve su móvil para enfocarme a mi sentado en el pasillo con Karla hablando. Parecemos no percatarnos de que Cori nos está grabando. La verdad es que no recuerdo en ningún momento de que Cori nos grabara—. Pues bien, señor Donovan, ese chico se llama Sasha. Usted ya ha de conocerle, por un carajo si nos da clases a diario. El punto es que, ese chico que ve ahí sonreír, sí, ese de ojos azules y de sonrisa bonita, sí, él, bueno, él es la persona que me hace sonreír.

Cori mueve su celular y vuelve a enfocarse a sí mismo. Parece estar en el salón de clases. Lo noto por los muebles que aparecen a su alrededor.

A Sasha lo conozco desde hace un buen rato. No tanto tiempo como yo quisiera, pero me parece suficiente. Digo, es que con él mi tiempo no es perdido. Me encanta pasar tiempo con Sasha. Y por si se lo está preguntando, sí, él chico me gusta. Ahora, déjese de babosadas y no piense cosas erróneas antes de tiempo. Poco a poco iré explicándole.

El video se corta sin previo aviso y el escenario cambia. Ahora Cori está en el exterior. Estamos en clase de deportes y andamos trotando por el campo. Cori va grabándonos a Khana y a mí corriendo adelante. Karla va atrás de nosotros charlando con Emma, una compañera que está loca por los gatos.

Supongo que Cori tiene que ir solo, porque va hablando con la respiración entrecortada mientas corre. Sigo sin saber cómo diablos es que no me he dado cuenta cuando nos grababa.

—Por cierto, señor Donovan, ¿sabía usted que Karla tiene un lunar cerca de su nalga izquierda? Pues bueno, si no lo sabía, ahora lo sabe. Y mejor no me pregunte cómo lo sé porque no pienso decírselo. En fin, ese era un dato de poca relevancia en todo esto, pero de alguna manera tenía que introducir a mi mejor amiga en este diario-video. A Karla la conocí mucho antes que a Sasha y debo decir que esa chica es una gran cosa. Ella es como la molécula de oxigeno que flota por ahí cerca de mí. Sasha también es la otra molécula de oxígeno. Ahora, clase rápida de química: El aire que respiramos está compuesto de dos moléculas de oxigeno… y otros elementos que me da flojera mencionar. El punto es que Karla y Sasha son mis dos moléculas de oxígeno. ¿Lo capta?

»Karla es una buena chica, y es como una hermana. Cuido de ella como ella cuida de mí, y entre ambos cuidamos de esa cosa que va corriendo en frente de ella, sí, de Sasha. Él es demasiado torpe y un poco silencioso. Me gusta que Sasha sea así. Me gusta pasar tiempo con ambos. Me gusta Sasha.

»Por cierto, señor Donovan, creo que debería de decirle algo muy importante: Sasha no sabe hasta el momento cuanto me gusta. Aun no se lo he dicho, porque bueno, no sé cómo hacerlo y no sé qué va a suceder si lo hago. ¿Algún consejo?

Oh, Cori. ¿Cómo es que pudo mantener esto tan guardado para sí mismo? Yo no lo hubiese soportado.

Vuelvo a ver a Kathy y noto que me mira de soslayo. Como si esperase alguna reacción de mi parte ante el video, pero la verdad es que no sé ni cómo debería de comportarme. En algún punto de mí un pensamiento oscuro florece y me hace pensar una tan sola cosa: Es como si Cori ya supiese que iba a morir y quería que le recordáramos.

Intento alejar ese pensamiento de mí, porque duele. Porque simple y sencillamente es demasiado egoísta. Porque solo me provoca ganas de querer llorar.

—Sasha… ¿Estás bien?

Kathy me frota la espalda y me mira preocupada.

Asiento levemente pero no hablo. Si lo hago, mi voz va a quebrarse. No quiero.

Mi garganta es un nudo, y no quiero que se deshaga en sollozos.

El video vuelve a cortarse y ahora Cori aparece en un escenario diferente. Lo reconozco inmediatamente. Es su habitación. Cori yace sentado en su cama y la videocámara seguramente está apoyada sobre su mesita de noche mientras le graba.

»¿Alguna vez le ha sucedido, señor Donovan, que el día no le es suficiente para ciertas cosas? Porque a mí me ha sucedido exactamente eso ahora. Me sucede de hecho muy seguido. Y es que, con estos chicos 24 horas me suelen resultar muy pocas. Ya casi es media noche, y pronto me iré a la cama. Me siento muy cansado de grabar clandestinamente a Sasha, pero no importa.

Cori suspira y se tiende en su cama, y por unos momentos la cámara se mantiene grabándolo ahí, recostado, mirando un techo que solía mirar junto a él.

Unos minutos después él vuelve a levantare y le sonríe a la cámara.

Esa sonrisa que tanto extraño se materializa en el televisor, y como cualquier cosa hermosa que queremos con nosotros y que ya no podemos tener, la sonrisa, esa tan bella sonrisa de Cori… me desarma.

»Y ahora lo más importante. Querido Sasha, un día verás este video, y no sé si estaré para presenciar tu reacción, pero, ¿puedo confiarte un secreto importante?—Cori desvía su mirada hacia el suelo unos segundos, se muerde su labio inferior y como si su sonrisa no me doliese tanto, ahora es su mirada fija en la mía la que me destroza—. Había una vez un chico que se enamoró de su mejor amigo—Cori vuelve a sonreír—. Y tal vez ese chico sea yo…

»Lo siento…

Y de repente, el video se corta, pasa a ser una pantalla negra durante unos segundos y al final, el típico tono azul chillón se proyecta en el televisor, indicando que ese casete ya no tiene más grabación que mostrar.

Estoy a punto de llorar, de soltar un sollozo y de hacer notar que este video ha hecho pedazos con mucha facilidad una sensación de bienestar que comenzaba a tener, pero cuando estoy por abrir la boca para decirle a Kathy que no puedo creer lo que acabo de ver, la miro a ella y noto su rostro crispado, sus ojos llorosos y las lágrimas bajando por sus mejillas.

—No sé qué hacer con ésta sensación de vacío—advierte ella—. No sé cómo hacerte sentir mejor, Sasha.

—Yo tampoco sé cómo hacerme sentir mejor—intento esbozarle una sonrisa que al final ha de resultar una mueca lastimera.

—Cori, él te amaba.

—Lo sé.

—¿Cómo lo soportas?

Me encantaría responderle que tengo una forma de hacerlo. Sin embargo…

—No lo soporto—contesto, regresando mi mirada a la pantalla azul frente a mí—. Yo también me siento roto por dentro.

***

Toco la puerta de la oficina del señor Donovan y escucho una voz que desde adentro me dice que puedo pasar. Una vez estoy dentro, observo a mi profesor sentado tras su escritorio, bebiendo una taza de café y leyendo unos papeles que sostiene en su mano.

Él alza su mirada y tras sus gafas se percata que soy yo quien ha entrado y me hace una seña con la cabeza para que pase a sentarme frente a él.

—¿Y bien?—me dice, dejando los papeles sobre el escritorio.

Le da un sorbo a su café y lo saborea.

—Pues, aquí estoy—me encojo de hombros.

—¿Qué es eso que traes en tus manos?—me dice, señalando una bolsa de papel amarilla que cargo conmigo.

—Es mi tarea, señor.

Es prácticamente mi vida hecha palabras, pienso.

—Eres el único que no ha entregado su tarea en la clase. ¿Por qué has esperado hasta esta hora para hacerlo?

—Quería hablar con usted sobre esto, señor.

—Bien, dime, ¿qué querías decirme?

Le extiendo la bolsa de papel y el la coge, sacando de su interior la libreta que contiene la copia a mano de mi diario. Por unos segundos siento un dejo de culpa por darle a él algo tan importante, y de repente siento el impulso de quitárselo, pero me controlo y me digo a mí mismo que esto debe de ser así, que era lo correcto.

Que era mi deber.

—Señor Donovan—comienzo, y respiro hondo—, ¿por qué ha propuesto mi diario como trabajo de ingreso en la universidad?—inquiero.

El señor Donovan abre el diario y se posiciona en la primera página, justo en el título. Noto cómo su mirada recorre las palabras sin detenerse.

—Porque me parece que tienes el potencial de hacer cosas grandes con tus palabras, Sasha.

—Es el diario de un mocoso cualquiera—digo, sin mucha convicción.

—Cori hizo un diario también, y me ha parecido que el suyo no era el de un mocoso cualquiera.

—Él y yo éramos personas muy diferentes—advierto, desviando mi mirada, para que no note lo mucho que me desinfla el hecho de que me recuerde que Cori grabó esos videos.

—Tienes razón—pasó otra página del diario—. No los estoy comparando. Solo estoy diciendo que tus palabras también tienen el mismo valor. Y si aún crees que eres un mocoso cualquiera, pues entonces eres un mocoso cualquiera que tiene mucho que contar y que sabe cómo hacerlo.

Me limito a resoplar y a cruzarme de brazos.

Por alguna razón sus palabras transmiten una serenidad que me hace sentirme etéreo. Como si contrarrestaran la actitud a la defensiva que recién me entero que había adoptado.

—He leído tus historias, las que escribes para el periódico escolar y las que entregas en tus tareas—dice él, dándole otro sorbo a su café—. Y he notado lo mucho que te gusta escribir, leer o incluso saber cosas que muchos pasan por alto. Lo dicen tus ensayos de literatura. Por eso creo que explotar lo que te gusta es una buena forma de sacar lo mejor de ti. Cori amaba leer, tú amas escribir. Eran muy distintos, sí, pero a ambos les apasionaba algo en común: las palabras.

—¿Por qué entonces un diario?—mascullo.

—Te contaré un secreto, Sasha—me dice, mirándome fijamente a los ojos—. Esa tarea era especialmente para ti.

—¿Qué quiere decir?

—He sabido desde un principio que el único que no había escogido un proyecto final habías sido tú, y me ha parecido la oportunidad perfecta para sacar lo mejor de ti. Por eso, ese mismo día temprano, antes de que todo el mundo llegara, he ido a colocar esa hoja de proyecto de un diario al pizarrón.

—Miente—mascullo, incrédulo.

—Has sido el único que tampoco llenó el semestre pasado su boleta de opciones académicas universitarias y pensé que sería buena idea estimularte de ésta forma, considerando todo el potencial que tienes.

—Solo son unos mugres cuentos que…

—“Octubre” será publicado por una editorial, Sasha—me suelta sin más.

Y alzo la mirada de un solo golpe, con la saliva atorándome la garganta y provocando que tosa descontroladamente.

Este hombre tiene que estar bromeando.

—¿Perdón?—le digo, con vos pasmada.

—Tu historia corta, la que se titula “Octubre”, está lista para ser publicada en una sección de una revista en Nueva York.

—¿¡Cómo es eso posible!?—exclamo, hiperventilando, no sé si de la emoción o del hecho de que no me lo termino de creer.

—La directora de la revista es amiga mía, y lee el periódico escolar en la web y los ensayos que se publican ahí, así que ha sido ella quien ha pedido el permiso de publicación.

El señor Donovan desliza los papeles que hacía un rato lo había visto leer cuando entré y los señala con su índice para que los lea.

Me inclino a ver de qué tratan y descubro que el primero de ellos es un correo electrónico impreso en papel que tiene membretado el logo de la editorial y su nombre, y tal y como el señor Donovan ha dicho, ahí piden explícitamente los permisos necesarios para la publicación de la historia corta.

Paso a la siguiente hoja y me percato que lo que le sigue al correo es un contrato con la editorial donde se establecen los criterios bajo los cuales la historia se publicará, los derechos que les debo de ceder y los términos en los que yo como su autor debo de cumplir. Y claro, al final de todos esos párrafos con tantas clausulas, artículos y puntuaciones, hay una línea que bajo sí lleva mi nombre, esperando a que firme.

—Ahí lo tienes—el señor Donovan me saca de mi taciturno estado—. Lo han enviado justamente hoy. Llévalo a casa, léelo detenidamente y me dices qué piensas al respecto.

—Esto tiene que ser una broma—mascullo.

—No lo es, chico.

—No sé ni qué decir—cojo los papeles y los veo de arriba abajo, tratando de asimilar lo que está sucediendo.

—Creo que ya me has dado mucho de lo que tienes para decir en éste diario—me dedica una sonrisa que pareciera que es de satisfacción.

De repente pienso en que me encantaría contarle esto a Cori. Pienso en lo mucho que le emocionaría y en lo feliz que estaría por mí. En que me lo celebraría. En lo orgulloso que se sentiría.

Y de esa forma, esa sensación en mi pecho de momentánea felicidad comienza a opacarse.

—¿Por qué le permitió a Cori hacer también un diario, si la tarea la había pensado especialmente para mí?—suelto la pregunta de repente, encausando la plática en lo que inicialmente estaba.

—Porque era lo que él quería, Sasha. Y como su profesor mi deber es apoyarles con lo necesario para que ustedes puedan alcanzar lo que quieren.

—¿A qué se refiere?

—¿Aún no miras los videos que te di, cierto?

Y cuando me los recuerda, solo puedo pensar en la hermosa sonrisa de Cori que quedó plasmada en esa cinta. Es casi doloroso esbozarla en mi mente.

—Tan solo el primero.

—Bueno, entonces sigue con los demás—se pone de pie y se encamina hacia la puerta, haciéndome señas para que le siga—. Te darás cuenta de muchas cosas, muchacho, y por alguna razón ha dejado esas cosas para ti en esos videos, para que las mantengas como un recuerdo—me dice dándome unas palmaditas en la espalda.

La verdad es que me da un poco de miedo seguir viendo esas cintas de video. Me asusta encontrarme nuevamente esa sensación tan suicida de querer sacar a Cori de la pantalla y tenerlo conmigo y la frustración de no poder hacerlo es lo que me carcome.

Salimos de la oficina y me despido del señor Donovan que entra en el despacho del director, mientras que yo sigo camino hacia la salida del instituto. Kathy ha regresado a casa antes porque le he pedido que lo haga. No quería hacerla esperar y además Lucas había ido por nosotros al instituto.

Aun me siento un poco melancólico por haberle entregado mi diario, y aunque no era el original, me da tristeza despedirme de esas palabras, pero me digo a mí mismo que tengo esas mismas palabras aun en casa; todas las palabras completas, y que él solo se está llevando una parte, una copia, algo que solo es prestado.

Llego a casa y esa extraña sensación de sorpresa mezclada con nostalgia no me ha abandonado. Dejo los papeles del contrato de la editorial sobre la mesa y me dispongo a coger un poco de cereal de la alacena y leche del refrigerador.

Pronto será hora de cenar, así que me limito a comer tan solo un poco.

Escucho a André pasearse por la sala y en unos momentos lo veo entrar a la cocina junto con unas latas de soda vacías que tira en el basurero.

—Oh, has regresado—dice, mientras se lava las manos—. Es un poco tarde. ¿Trabajo extra en el instituto?

—El señor Donovan me entretuvo un poco—digo, obviando sin razón alguna lo de la editorial.

—Ya veo.

—¿Dónde están Kathy y Lucas?

—Con Tránsito, de compras en la ciudad.

—Oh…

—Por cierto, hoy ha venido Maikel. Ha preguntado por ti.

—¿Ah, sí? ¿Y qué necesitaba?

—Dijo que quería hablarlo contigo personalmente.

De repente la curiosidad me entra y me da por preguntarme qué será lo que quiere decirme. Tal vez es algo relacionado con la guardería.

—Le escribiré al móvil más tarde.

Subo a mi habitación y me tiendo en la cama a mirar el techo. No puedo dejar de darle vueltas a lo que el señor Donovan me ha dicho esta tarde. ¿Cómo es posible tanta casualidad como para que mi proyecto realmente haya terminado siendo algo que tanto necesitaba?

Es decir, mi diario es prácticamente una extensión más de mí. Con vida propia. Con alma propia. Algo que me mantiene a flote.

¿Tanta razón tendrá el señor Donovan al decirme que esto es lo mío?

Pero… ¿Qué es exactamente “esto”?

¿Escribir?

¿Contar algo?

¿Decir estupideces?

Por un segundo una idea titila en mi cabeza y la primera palabras que se me viene a la cabeza es “literatura”. La palabra no me sabe desagradable, ni tampoco desconocida. De hecho me resulta reconfortante. Luego la asocio con historia, y en mi mente ambas se ligan de tal forma que ya no logro separarlas.

¿Eso es lo que tú quieres, Sasha?, me pregunta mi conciencia.

—Es que quiero muchas cosas—me respondo a mí mismo, dejando escapar mis palabras en el silencio de mi habitación—. Y tengo tanto que contarle al mundo…

Cojo mi celular y busco entre los contactos a Maikel, le envío un mensaje preguntándole para qué me necesitaba y luego, mirando en la bandeja de los demás mensajes que he enviado, encuentro los de Eureka.

Es una gran cantidad de mensajes.

Son muchas palabras.

Me pregunto sí…

Hola Eureka. ¿Cómo va todo?

Presiono el botón de enviar y el mensaje se va. Lo he hecho casi sin pensarlo. Sin darme el espacio de arrepentirme, porque realmente quería hacer esto.

Oh, pero qué sorpresa. El chico de la tibia a medio fracturar hace presencia.

—Tengo que mantener el contacto con mis fans. Es que están pendientes de cómo me recupero, tú sabrás.

—Modesto el chico éste.

Logra sacarme una sonrisa.

—Y ante todo, encantador.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. Tonto.

Y me la imagino a ella riendo y pienso en como el blanco de sus dientes, el rosado de sus bonitos labios y sus ojos se vuelven una bonita mueca de gracia.

—¿Cómo ha estado tu día?

Eureka ha enviado otro mensaje, sin yo haberle podido aun responderle el anterior por estarme imaginando su rostro

—Pues, el instituto estuvo normal y justo ahora disfruto de la vista de mi techo.

—¡Oh, qué coincidencia!

—¿Tú también estás tendida en la cama?

—En la alfombra de la sala. Hace poco he terminado de aspirarla.

—Oh… que chica más limpia.

—Y hermosa, querido, que no se te olvide.

Eureka es única. No sé cómo demonios logra que suelte carcajadas. Pero de verdad que tiene razón.

—¡Cuanta modestia! Jajajajajajajaja—le respondo.

—Es una cualidad. Qué puedo hacer si nací con ella.

—Pues me estaba preguntando si dentro de tus cualidades habrá alguna que me conceda un poco de tiempo el día de mañana por la tarde. ¿Tengo que reservar cupo? ¿Mandar una carta por escrito?

—Déjame enviarte el papeleo por correo electrónico (>u<)

—¡Perfecto!—no sé por qué esto me hace tanta gracia—. Concertaré la cita en el papeleo para mañana a las dos de la tarde. ¿Está bien?

—¿Es una cita? (0_0)

—Una reunión, si quieres…

Tal vez esté tomándome demasiada confianza como para…

—Una cita está bien para mí…

…O tal vez no.

—Entonces será una cita (^u^)

—Te veo mañana, chico de la chimpinilla rota.

—Hasta mañana, Eureka. J

Hasta mañana…

Lunes 20 de diciembre de 2010.

Una oportunidad.

Es eso lo que merecemos darnos.

Una tan sola oportunidad más. A nosotros mismos.

Porque luego de rompernos por dentro necesitamos creer que podemos repararnos.

Nervio a nervio.

Latido a latido.

Vida a vida…

Nuestra propia vida.

Sasha.

 

firma volumen IV

¡Nuevo Blog!

9990

Sí, lo sé. He desaparecido por ahi… bueno, de hecho no. ¡Me he movido a otro blog!

Pero esperen 🙂 eso no significa que este blog desaparece. Se mantiene para la promoción de Sasha, pero creé un blog para promocionar todos los demás libros y claro para posts de alguna cosa que se me venga a la cabeza por compartirles.

¿Se dan una pasada por ahí? Y de paso se suscriben si desean 😀

WWW.LUISFLOPEZSILVA.WORDPRESS.COM