Capítulo 57: Vaho de invierno.

Cloud Espectrum

       El techo es un lugar bastante frío en estos días. En especial después de una tormenta de nieve, claro, pero qué se le puede hacer. El chocolate caliente da una solución bastante buena a la situación. Abajo, puedo ver a Lila salir a caminar con André, a Kathy sacar la basura y a Tránsito remover la nieve de la entrada.

Es 26 de diciembre, y pasé navidad sin ver a Karla. No he recibido noticias de ella. Por más que he intentado llamarle, enviarle mensajes, ir a su casa a buscarla, ella no responde mis llamadas, no me escribe de regreso ni tampoco parece estar en algún sitio que se me ocurra cada vez que voy a buscarla.

Si su objetivo es evitarme, lo está logrando.

—Se te congelará el culo si no bajas de ahí.

Lucas asoma su cabeza por la ventana y exhala una enorme nube de vaho.

—Tal vez morir no sea tan malo.

—Supongo que no, si estuvieses solo. Pero estoy seguro que se pondría triste la casa entera si te mueres.

Lucas saca su pie por la ventana, se apoya en el marco para impulsarse y sin mucho esfuerzo logra salir al techo para sentarse a mi lado.

El cielo está gris, como suele siempre estarlo en diciembre. El bosque tras la casa está cubierto por un manto blanco que hace parecer a los pinos enormes fantasmas alzándose desde el suelo. A lo lejos, una columna de humo se eleva hacia las nubes, perdiéndose y confundiéndose con su gris.

Es de la chimenea de la casa de Darien.  

—¿Aún no tienes noticias de Karla?—pregunta Lucas, con una mirada que otea la distancia.

—Nada.

—Qué fuerte—suspira—. ¿Crees que se le pase?

—No lo sé. Parecía muy molesta.

—Yo también lo estaría, supongo, si mi mejor amigo no me hubiese contado todo lo que sucedía con mi otro mejor amigo.

—Gracias, tus palabras me ayudan—mascullo sarcástico.

—No seas un llorón—dice encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no vas a su casa y hablas con ella?

—Lo he intentado y parece nunca estar cada vez que llego.

No sé si la señora Bonnet habla en serio cada vez que le pregunto o si solo lo hace para cubrir a Karla porque ella se lo ha pedido, pero de todas maneras, por cualquiera de las razones que sea, es evidente que lo hace para evitarme.

—Entonces ve en un momento en el que ella esté ahí.

¿Qué?

—Tienes que estar bromeando—replico, desdeñoso—. Te estoy diciendo que cada vez que voy ella no…

—Karla duerme como todos nosotros, no es un vampiro ni un búho que salga de noche a hacer sus cosas, así que supongo que en la noche o madrugada la encontrarás ahí en su habitación.

Oh, eso no se me había ocurrido.

—De todas maneras, aunque vaya en la noche ella no querrá verme—suspiro, y siento como la ilusión se desinfla en mi pecho—. Siempre me evitará.

—Pues te cuelas en su habitación.

—¿Qué?—vuelvo a verle desconcertado.

—Eso. Te cuelas en su habitación. Y ya adentro, tendrá que verte por la fuerza.

—Estoy seguro que entrar a la casa de alguien sin permiso es ilegal.

—André lo hacia todo el tiempo cuando iba a visitarme.

—Tú querías que André te visitara. Eso es distinto.

—¿Quieres hablar con Karla o no?—se queja Lucas—. Además, seamos sinceros, ella no va a demandarte por colarte en su habitación.

—Eres una mala influencia—lo miro de soslayo—, pero tu idea me agrada.

Y es que de hecho, no se me ocurre ninguna otra forma. Creo que si no lo hago por la fuerza, jamás conseguiré que Karla siquiera me mire. Realmente quiero que me diga algo, pedirle disculpas, aclarar las cosas, responder sus preguntas, no sé, hacer lo que sea que solucione las cosas para que volvamos a ser los de antes.

Su ausencia comienza a sofocarme.

***

Caminamos el tramo que hay entre mi casa y la casa de Karla, con la punta de la nariz fría, con los dientes castañeando y exhalando nubes de vaho. El alumbrado de la calle a penas y ajusta para iluminar unos cuantos metros cada cierta distancia de calle, pero es suficiente como para no tropezarnos en la oscuridad.

Lucas es quien me acompaña. Fue su idea, así que se ha ofrecido a venir conmigo.

Aun no puedo creer de hecho que estemos haciendo esto.

Creo que este chico ha pasado demasiado tiempo con Kathy. Le han robado su inocencia… o la poca que cargaba.

—¿Tienes idea de cómo subir a la habitación de Karla?—Lucas se sacude un poco de nieve de sus guantes y se sorbe la nariz.

—Hay una malla de metal en la parte de atrás de la casa que llega hasta el techo. Se puede subir por ahí.

—Perfecto, mientras no te rompas el cuello.

—Creo que debimos venir en auto—le digo, extrañando la calefacción de casa.

No siento las puntas de los dedos de mis manos y comienzan a acalambrarse mis pies. Son cerca de las dos de la madrugada, y si no nos mata el frio, seguramente lo hará Tránsito si se entera que andamos fuera.

—¿Y que se diera cuenta André?—masculla él.

O nos matará André, pienso.

—Hablando del auto, ahora que recuerdo, el día que fueron por Lila al aeropuerto, ¿en qué auto fueron?

—Karla nos llevó.

Entonces Karla ya sabía lo de Lila. No puedo creer que no me lo… bueno, está molesta. Creo que debí de haberlo supuesto. Ella no iba a decírmelo. No habría tirado su orgullo al trasto por algo que al final no iba a hacerle daño a nadie.

—Era una sorpresa—dice Lucas, notando mi incomodidad—. Y por si te lo estás preguntando, Karla no ha mencionado nada de ti en todo el camino.

—¿Parecía molesta?—inquiero.

—En lo absoluto. Pero suspiraba muy seguido.

No sé qué tan malo sea suspirar, pero si Lucas lo notó supongo que es importante. ¿Se puede suspirar de enojo?

A veces siento que el alma se le puede escapar a la gente entre suspiros. O la felicidad, que es lo mismo.

—Tal vez debimos traer a Kathy—y ahora que lo pienso, estoy seguro que le habría encantado venir, con tal de ser parte de este desorden.

Ella es una aventurera nata.

—La he dejado vigilando a todos en casa. Le pedí que me llamara si alguien se despertaba y descubrían que no estábamos.

Que inteligente. Ya decía yo que Kathy faltaba aquí, pero Lucas ya lo tenía planeado con ella.

—André va a matarme si se entera que te he sacado de casa a estas horas—agrega, riéndose.

Lucas parece disfrutarlo.

—Se fastidia con mucha facilidad. No lo sé—se encoje de hombros—. Pero se preocupa mucho por ti, y solo intenta protegerte.

—Creo que se molestaría también conmigo por dejarte ser parte de esto. Le preocupas también.

—Lo sé. Pero fastidiarlo es algún tipo de actividad lúdica que practico a menudo. Se molesta y a veces verlo hacer berrinche me hace gracia. Parece un niño.

Como Cori, pienso, cuando me hacía enojar pero al segundo estaba dándome un abrazo y quitando mi ceño fruncido con facilidad.

—Él es como la parte madura de nuestra relación y yo el niño que hace cosas estúpidas. Creo que sería un inútil si André no estuviese.

—Creo que André sería un inútil sin ti también—declaro, recordando lo mucho que André me decía que extrañaba a Lucas cada vez que lo sorprendía con la mirada perdida en la nada—. Son el complemento perfecto.

—Sin mencionar que tengo uno de sus riñones.

—Sin mencionar eso—advierto riendo.

Ya hace un buen rato que sucedió lo de la operación de Lucas. Creo que les he hablado del asunto, y a estas alturas mi tía Bianca sigue molesta por eso. Es notorio que solo soporta a Lucas por guardar las apariencias, pero estoy seguro que en el fondo ella no lo acepta, no lo quiere cerca.

Lo culpa de algo que no ha hecho.

André solo hizo lo que quería, y entrego—literalmente hablando—, una parte de sí mismo a alguien a quien tanto amaba.

Y si donarle un riñón a tu novio no es amor, entonces no sé qué será.

A veces llegan personas a nuestras vidas que son rompecabezas incompletos en busca de su pieza faltante. Y qué suerte las personas que encuentran la pieza que les hacía falta entre miles de millones que existen.

Le llaman milagro algunas veces.

Y cuando eres un soñador, como yo, le llamamos destino.

Llegamos finalmente a la casa de Karla. La luz del pórtico está encendida como es habitual y el auto de la señora Bonnet yace estacionado a un lado de la casa.

Pasamos directamente a la parte trasera, tratando de no hacer mucho ruido, y nos colamos en el patio agazapándonos tras un bulto de nieve que se ha formado sobre lo que creo que es la fuente para aves que la madre de Karla siempre suele pintar cada verano de un color distinto.

—Bien, tú subes, llegas a su habitación, hablas con ella y regresas tan rápido como puedas porque se me está congelando el culo.

—¿Y si no quiere?

—Pues haz que quiera. Yo esperaré por ti aquí.

Bueno Sasha, ya estás aquí—la vocecita en mi cabeza lo dice con tono nervioso—. Has pasado frío y has salido a estas horas a sabiendas que te pueden torcer el pescuezo si se enteran que andas tan tarde afuera, así que o lo haces o lo haces.

Comienzo a subir la malla de metal, teniendo cuidado de no resbalar y caer. Mis dedos entumidos no ayudan demasiado, pero con un poco de esfuerzo logro alcanzar el techo. Me muevo lo más despacio que puedo intentando no hacer ruido hasta que llego a la ventana de la habitación de Karla.

Por favor, habla conmigo.

Por favor…

La ventana no tiene pasador, así que logro abrirla con facilidad y una vez adentro mis ojos comienzan ajustarse a la total oscuridad. Camino con sigilo, esperando no tropezar con algo, hasta que se me ocurre sacar el móvil y alumbrar la habitación.

El brillo de la pantalla es el suficiente para ver por donde camino y para percatarme que en la cama de Karla no hay nadie.

¿Dónde demonios se ha metido?

¿Estará en la sala?

Me asomo al pasillo, abriendo la puerta del cuarto muy despacio y echo un vistazo desde las escaleras, pero compruebo que en la sala no hay nadie, así que regreso a la habitación nuevamente.

¿Dónde te has metido, Karla?

Tal vez está en la habitación de sus padres, aunque no veo por qué, y en todo caso, si está ahí no podría hacer nada.

O tal vez no se ha quedado en casa esta noche.

O tal vez… ay, no sé.

Creo que esto fue una mala idea. Mejor regreso a casa e intento esto cuando haya amanecido. Tiene que hacerme caso en algún momento. Las cosas no se pueden quedar así como así.

Tal vez solo debo insistir más, fastidiar hasta que por rendición o por rabia ella se digne a hablar conmigo, pero de alguna forma tendrá que ser.

Vuelvo a salir por la ventana, cerrándola con cuidado y me encamino hacia donde Lucas que sigue agazapado tras el bulto de nieve. Frota sus manos y sopla entre sus dedos para mantenerse tibio.

—¿Y bien?—me dice, cuando me agacho nuevamente junto a él.

—Karla no está en su habitación.

—¿Y qué hay de la…?

—No—le atajo, negando con mi cabeza—, tampoco en la sala.

Suspiro. Y suspirar me hace pensar en que sería genial si la tristeza se me escapase por entre mis nubes de vaho. Tal vez así sería más fácil lidiar con esto.

Miro una última vez la ventana de la habitación de Karla y la malla que conduce al techo, percatándome de algo que antes no habita notado. A un costado de la malla, cerca de mis pisadas en la nieve, hay otras pisadas que forman un camino que se pierde tras un pequeño cobertizo. Parecen recientes.

Y podrían ser de…

—¿Te has movido de acá?—le pregunto a Lucas.

—No.

—¿Seguro?—me pongo de pie y me dirijo hacia donde están las huellas.

—Tengo el cuerpo entumido y la mierda se me congela del frío. ¿Para qué me querría ir a otro lado?

—Para entrar en calor—pongo los ojos en blanco.

—Bueno, sí—refunfuña él, poniéndose de pie y siguiéndome—. Pero no, no me he movido de este sitio.

—Mira—le digo, señalando las pisadas.

—Sí, son huellas profundas de zapatos. Tuyas seguramente.

Niego con mi cabeza, pensativo.

—Esas son mis huellas—señalo las que están en el otro extremo de la malla—. Pero éstas van hacia allá—y señalo el cobertizo.

—No insinuarás que Karla ha salido a estas horas a dar un paseo, ¿o sí?

Me encojo de hombros, porque en labios de Lucas la idea que yo tenía en mente suena realmente estúpida, porque, ¿para qué querría Karla salir a congelarse a estas horas?

—Tal vez son de ahora temprano—sugiere él.

—No. Hace una hora dejó de nevar. La nieve las habría cubierto.

—¿Entonces qué piensas hacer?

Seguirlas, es lo único que se me ocurre, aunque la idea parezca descabellada considerando las circunstancias. Me encamino hacia el cobertizo y compruebo una de mis sospechas: las huellas no acaban aquí, sino que se pierden tras la verja que limita el jardín y continúan por el bosque.

—Puedes regresar a casa si quieres—Lucas se abraza a sí mismo y se mantiene encogido en el frío—. Seguiré yo—le digo.

—Ni creas que te dejaré ir solo.

—Pescarás una pulmonía.

—Y el puño de André en mi cara también si no te llevo de vuelta a casa en una pieza y vivo. Así que mueve el trasero, que entre más rápido terminemos mejor.

Bueno, al menos no caminaré solo.

Nos echamos a andar por el bosque, siguiendo las pisadas que serpentean entre los árboles. La pantalla de mi móvil alumbra lo suficiente en la oscuridad como para ver lo que se extiende frente a nuestras narices y así evitar chocar contra un tronco.

Lucas, que camina a mi lado, también alumbra con su móvil nuestro alrededor y noto en su rostro que no tiene idea de en dónde estamos. Pero este camino lo conozco de memoria. He recorrido este bosque tantas veces, solo y con los chicos, que cada árbol a mí alrededor me resulta familiar.

Si seguimos recto, llegaremos hasta la casa de Jennel y Nixon.

¿Podría ser que Karla esté con ellos?

De repente un chasquido se escucha a nuestro costado izquierdo y la nieve de uno de los árboles se desploma con un sonido sordo, desparramándose sobre la demás nieve tirada por el suelo.

Lucas pega un brinco del susto y me abraza con fuerza. Sus dedos se clavan en mis costillas y siento como tiembla, y no sé si es del miedo o del frío.

—¿Qué demonios ha sido eso?—me dice con una voz chillona.

Alumbro con mi móvil en la dirección del ruido y lo único que alcanzo a ver es a un venado que se pierde en la obscuridad que está más lejos.

—Solo ha sido un venado—le digo, y él suspira, recomponiéndose.

—Ya decía yo que era alguna cosilla—carraspea un poco—. De esas que no asustan.

Claro, Lucas. Claro. De las que no te asustan.

Finalmente salimos del bosque y aparecemos justo en frente de la casa de Jennel y Nixon. Todas las luces están apagadas, pero para nuestra sorpresa, las huellas no se dirigen al pórtico de la casa o a algún lado de la casa en particular, sino que continúan por un camino a nuestra izquierda y se pierden en la oscuridad.

—Mira—le digo a Lucas, señalando con mi mentón las huellas—, hay que seguir por ahí.

Comenzamos a caminar, esta vez un poco más rápido porque la nieve en esta calle no está tan alta.

—¿Hacia dónde va este camino?

—No querrás saberlo.

Lucas muerde su labio, como si sopesara la idea de insistir, pero al final opta por no hacerlo. Creo que realmente le asusta andar de noche por lugares así de oscuros, pero de todas formas no preguntar sobre el asunto no lo salva de saber hacia dónde se dirige este camino, porque cinco minutos después de caminar en línea recta, recibe la respuesta que tal vez no quería realmente saber.

Llegamos al cementerio.

A este sitio que me trae a la mente un recuerdo que me sabe ácido.

—No—Lucas se detiene en seco y se cruza de brazos.

—Las huellas siguen para adentro—le digo, señalando en la misma dirección que las pisadas.

—No, no y no—su ceño fruncido y su tono de voz tembloroso denotan el pánico que tiene de entrar ahí—. No pienso entrar a un cementerio a estas horas de la madrugada.

—Niña—rezongo.

—¡¿Estás loco?!—exclama alzando ambas manos—. Es un jodido cementerio, lleno de cientos de fantasmas y quién sabe qué otras cosas. ¿Ya viste siquiera la hora?—masculla, tragando grueso.

De hecho ni siquiera sé qué horas son, pero ahora que lo menciona me dispongo a informarme y para mi sorpresa son las tres de la madrugada.

—Pronto amanecerá—le digo.

—¡Es la hora de satanás, del chupa cabras, de los cultos satánicos y toda esa mierda de fantasmas!—se queja con una mueca compungida en su rostro.

—No venimos a rendirle culto al diablo, Lucas. Solo a buscar a Karla.

—¿Pero y qué tal si nos sale un jodido fantasma?—replica, nervioso.

Suspiro, me doy la media vuelta y comienzo a andar. Las huellas vuelven a ganar profundidad aquí y se pierden cementerio adentro.

—Si te quedas seguramente te saldrá uno—le digo, sin voltear.

Alumbro el suelo y sigo las pisadas que forman una línea delante de mí. Lucas parece pensarlo por unos segundos, pero el temor de quedarse solo le vence y se apresura a alcanzarme.

—Pero ni creas que participaré en tu exorcismo si se te mete el diablo—masculla, agarrándose de la manga de mi suéter.

Puedo escuchar sus dientes castañear.

Es un miedoso. Todo lo contrario a André. Encajan a la perfección.

Las huellas delante de nosotros dan un giro brusco y cambian su dirección hacia la derecha. Alzo la mirada por unos segundos y mi cerebro rápidamente asimila este sitio con imágenes un poco túrbidas, pero familiares.

En esta dirección está la tumba de Cori.

Se me seca la boca de solo pensar que estoy aquí, a estas horas, yendo en dirección de Cori, que ya está muerto. Suena descabellado.

Pero no me importaría encontrarme el fantasma de Cori aquí.

Realmente quisiera verlo.

A lo lejos, mis ojos captan una pequeña lucecilla anaranjada que parece flotar en el aire. Yace en un solo sitio y brilla sin titilar.

—¿Qué demonios es eso?—pregunta Lucas, con voz crispada.

—Una luz.

—Ay no, ay no—comienza a respirar rápido y profundo—. Seguramente es un fantasma. O están haciendo alguna ofrenda a lucifer.

—No creo que…

—Regresémonos o nos terminarán sacrificando a nosotros.

—¡Chist, guarda silencio!—vuelvo a verle, poniendo mi dedo índice en mis labios para que se calle.

Nos acercamos lentamente y la pequeña luz que veíamos desde lejos se hace más intensa, proyectando sombras entre las lapidas. No estaba flotando, sino que era sostenida por alguien que yace parado inmóvil. La sombra de su cuerpo se dibuja en la nieve, mezclándose con las sombras de otros objetos,

Reconozco a la persona inmediatamente. Se trata de Karla, y parece que no ha notado nuestra presencia.

También me percato del sitio en el que exactamente nos encontramos.

Frente a Karla está la tumba de Cori y sobre ella, hay un pequeño ramo de flores y una velita encendida.

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