Capítulo 56: Videocasete #2 “Cuando Sasha me abraza, no hay tristeza”

gray-sky

 

Encerrado en mi habitación me dispongo a meditar sobre muchas cosas. Sobre lo que Kathy me ha dicho, sobre lo que Gaby me ha dicho, sobre lo que yo les he dicho a ambas y sobre el hecho de que tal vez tenga que comenzar a preocuparme más por mí mismo.

La situación de hecho lo amerita.

Solo que no sé cómo hacerlo.

Mientras tanto, me dedico a divagar de un lado a otro entre mis pensamientos. Estar aquí me sofoca y lo único que quiero es un abrazo. Dormir. Apagarme. Despertar mañana y que todo esté bien.

Quiero a Cori.

André y Lucas no han regresado aún. Ni siquiera contestan mis llamadas. Ni ellos ni Karla. Tránsito por su parte se ha dedicado a preparar la cena y pronto será hora de que baje a comer. ¿A quién demonios se le ocurre perderse en víspera de navidad?

A ellos, supongo.

Miro la hora en el reloj de mi mesita de dormir y me percato de que ya casi serán las nueve y no tengo noticias de ninguno. También advierto que sobre la mesita está la caja que el señor Donovan me ha dado con los videos de Cori y recuerdo que tan solo he visto uno de ellos.

Tal vez sea momento de proyectar otro recuerdo.

Otro Cori…

Cojo el segundo videocasete de la cajita y me observo su rotulación. La sensación de opresión en el pecho no tarda no tarda en aparecer.

 

“Videocasete #2: Cuando Sasha me abraza, no hay tristeza.”

 

No sé por qué demonios hago esto si tan mal me hace sentir; tan triste.

¿Es posible ser adicto a algún tipo de tristeza en particular?

Introduzco el videocasete en el reproductor que está sobre el televisor de mi habitación, presiono el botón de reproducir y aguardo paciente a que la pantalla azul cambie a algún tipo de imagen.

El cambio no tarda en llegar y tal y como en el video anterior, esta grabación comienza con el título del videocasete y luego de una pantalla negra, aparece él… aparece Cori.

«¿Ya está grabando?»

«Uy, pues claro que está grabando.»

«Hola Sasha»—Cori sonríe a la cámara y guiña su ojo—. «Por favor escucha atento»—dice él—. «Hoy voy a hacer algo muy importante. Más importante que cualquiera de las otras cosas que alguna vez he hecho. Hoy intentaré defender a mamá, porque ya me harté de papá.»

Cori respira hondo y noto como traga grueso.

«¿Puedes escuchar esos gritos?»—advierte. Y de repente a mi memoria se viene un día—. ¿Puedes?—claro que puedo escucharlos. En el video se oye a una mujer y a un hombre gritar afuera de la habitación de Cori.

Son sus padres.

Este día…

«Pues, llevo casi seis meses escuchando eso y comienzo a estresarme. De verdad siento haberte ocultado el hecho de que mi familia se esté yendo a la mierda, pero es que no quería preocuparte más»—él vuelve a sonreír a la cámara y siento como cada nervio de mi cuerpo transmite el dolor en mi pecho a cada uno de mis músculos—. «Deséame suerte, chico de ojos azules.»

Y dicho esto, se aleja de la cámara, sale por la puerta y la cierra tras de sí.

En el video lo único que se proyecta es la habitación de Cori, la noche tras su ventana y el vacío que ha dejado su salida.

Puedo escuchar como los gritos de sus padres de repente se ven interrumpidos por él. Escucho como intenta calmarlos, como les pide que paren y que no es justa una cosa o la otra. De repente escucho el nombre de Emily salir entre tanto grito y el estómago se me revuelve.

La voz del padre de Cori se eleva un tono más y escucho como un objeto se estrella contra la pared y se rompe en pedazos. Tal vez un vaso. Tal vez un plato o un jarrón. No lo sé.

Luego la madre de Cori comienza a llorar, a culpar a todos por la muerte de la hermana de Cori y a decir que merecen una vida miserable por no haber podido salvar a Emily, pero Cori parece interrumpirle y decir que nadie tiene nada por lo que sentirse culpable. Que esas son cosas que nadie controla. Que hicieron todo lo que pudieron. Que nadie quería que Emily se fuese para siempre…

Y a medias se queda Cori porque el grito de su padre logra apagarle la voz y de repente se escucha como algo se estrella contra la puerta de la habitación, como un quejido se escapa y como el grito de la madre de Cori desesperado le pide al padre de Cori que se detenga.

«Todo es tu maldita culpa»—el papá de Cori lo dice con un tono amargo.

Oh no… está sucediendo.

Escucho un puñetazo estrellarse contra algo, haciendo un sonido sordo.

«Es la maldita culpa de todos»—vuelve a gritar.

Y otro gemido más, otro grito más y una sensación de desesperación me invade.

Está… golpeando a Cori.

Los músculos de mi mandíbula se tensan y las uñas se me clavan en las palmas de mis manos. Las lágrimas comienzan a salirse de entre mis parpados y el rostro se me crispa.

De repente quiero entrar en el televisor y aparecer del otro lado, abrir esa maldita puerta y matar a alguien.

Al padre de Cori.

Pero no puedo. Claro que ya no… porque, solo es un video. Solo es dolor hecho un maldito video.

Hay recuerdos demasiado tristes como para ser solo recuerdos.

Deberían ser bombas nucleares.

Que destruyen corazones.

Vidas.

Sanidades…

En el video transcurren alrededor de cinco minutos de gritos, golpes, llanto y reproches. No sé por qué demonios he dejado que se reprodujera todo eso. La tristeza se ha apoderado de mi cuerpo y me pesa tanto que me desinfla los pulmones, me destruye la felicidad y me desvanece entre sollozos.

Lo siento tanto Cori. No pude defenderte.

Lo siento…

Cuando finalmente mis neuronas comienzan a hacer mella en mis músculos para accionarlos y apagar ese maldito televisor, Cori vuelve a entrar a su habitación y su imagen se proyecta nuevamente en el video.

El ruido del fondo ha cesado y ya no hay más gritos.

«Siento haber tardado tanto»—y sonríe.

Esa sonrisa me destroza, porque está dibujada sobre un rostro golpeado, bajo unos ojos rojos y llorosos y en unos labios que están sangrando.

«Creo que lo logré, Sasha»—por favor, ya no sonrías así, pienso—. «Ahora… por favor…»—y de repente su rostro se contrae en una mueca de tristeza—. «¿Podrías darme un abrazo?»

Ya no puedo con esto. Es demasiado para alguien que aún está roto por dentro. Para alguien que intenta continuar con una vida que siente que no merece.

Para mí…

«Oh, mira, estás conectado en el chat»—dice Cori.

Ha sacado su celular y parece escribir algo.

Recuerdo que esa noche yo tenía insomnio y lo encontré despierto también.

«Espero que respondas que puedo ir a tu casa, ¿sabes? Porque realmente quiero un abrazo. Tu abrazo.»

«¡Oh, mira, has dicho que sí! »

«Bueno, te veo en un rato, Sasha. Y ahora que veas esto, que sepas que has sido la primera persona en la que he pensado. Porque, bueno… eres la única persona en la que siempre estoy pensando»—Cori desvía su mirada por unos segundos, como si estuviese avergonzado de lo que dice y luego, vuelve a mirar fijamente a la cámara. Se siente como si su mirada traspasase el televisor y me engullera—. «Es normal cuando quieres demasiado a alguien ¿verdad?»—advierte esbozando una media sonrisa.

«Hasta luego, chico de ojos azules.»

«Por favor siéntete orgulloso de mí. He podido enfrentar uno de mis miedos.»

Cori suspira, me dirige una última mirada y corta el video.

Por alguna razón me siento ligeramente abandonado cuando la pantalla se queda en negro y ya no veo más de Cori, pero en el fondo un dejo de agradecimiento se cuela, porque ya no veré más toda esa desagradable situación por la que él tuvo que pasar.

Cierro mis ojos unos segundos y dejo que la obscuridad tras mis parpados me engulla. Intento canalizar mi atención en algo que me de paz pero por alguna razón mi ansiedad no me deja.

Quisiera que por lo menos Karla estuviese aquí viendo estas cosas conmigo, pero así como están las cosas seguramente ni querría ni le agradaría. 

Justo cuando me dispongo a ponerme de pie y apagar el televisor, la pantalla negra que hacía casi cinco minutos se había instalado en el televisor, desaparece, sustituida otra vez por Cori que parece que va caminando; reconozco ese camino. Es el mismo tramo que hay entre su casa y la mía.

«Qué miedo esto de caminar a obscuras. Miedo y frío, Sasha. No sé cómo demonios es que los indigentes sobreviven con este clima.»

El rostro de Cori se ilumina y sus ojos verdes brillan con el resplandor blanquecino de la luz de lo que sea que le alumbre.

«Por cierto, estoy pensando seriamente en hablar contigo hoy sobre lo que siento por ti. Me da un poco de nervios, pero espero no tartamudear»—Cori saca su lengua y sonríe—. «Ya sabes cómo me pongo cuando estoy nervioso.»

«Espero que cuando mires esto las cosas entre nosotros dos de alguna manera estén bien, ¿sabes?»

«Es decir…»

«Si sucede que te digo lo que siento por ti, espero eso no arruine nada. Porque… no tienes idea de lo triste que me sentiría si eso sucede.»

«En especial porque ya no serías el mismo conmigo.»

«Oh, mira, ahí está tu casa»—Cori le da la vuelta a la cámara y tal y como él dice, ahí aparece mi casa, con la única luz encendida en la cocina—. «Bueno, guardaré esto y luego te cuento como me ha salido todo, aunque tú a estas alturas ya lo sepas de sobra, pero te lo contaré de nuevo.»

El video vuelve a cortarse y aparece la pantalla negra que obscurece el televisor.

De repente, fuera de mi habitación, escucho como en la sala las voces de André y Lucas hacen presencia en casa, cómo Tránsito sale a recibirlos y también escucho a Kathy bajar a saludar.

Por fin han regresado. Ya estaba comenzando a preocuparme y me alegro porque estén bien. Seguramente ya que han regresado nos dispondremos cenar, así que supongo que Tránsito no tardará en llamarnos. Pero, entre mi espera por la llamada a que baje y el hecho de que la pantalla negra del televisor desaparezca nuevamente, escucho una voz familiar que se agrega a las voces de antes.

Es una voz femenina.

Y no es de Kathy ni de Karla, ni de Tránsito ni tampoco la voz suave de Eureka. No es ninguna de las voces con las que interactuó cada día. Pero claro, es una voz que reconozco con bastante facilidad.

Una voz fresca y bonita. De alguien que es tan bueno como André y a quien hacía mucho quería ver.

De repente del televisor se escapa un sonido. Unas voces. La voz de Cori y la mía. Y reconozco justamente la plática. La pantalla aún sigue obscura pero parece que Cori ha seguido grabando únicamente nuestra conversación.

¿Qué crees que suceda con mis padres?—escucho la voz de Cori preguntar en la grabación.

No lo sé.

Ese tono de voz es mío. Sueno cansado.

Intento hacer memoria sobre si Cori cargaba consigo una cámara cuando vino aquella noche todo golpeado, pero no logro dar con una imagen concreta. Tal vez lo ha grabado también con su celular y seguramente lo tenía escondido en su bolsillo.

Entonces estamos igual—dice Cori, con una voz que se debate entre el suspiro y el cansancio—. ¿Lo sientes?—musita.

Claro que recuerdo tu corazón, Cori…

Está latiendo—contesto.

Pensé que mi corazón había muerto.

Era el corazón más hermoso que he tenido la dicha de conocer…

¿Por qué lo dices?

Porque me sentía triste—murmura con esfuerzo—, pero ahora me siento en paz… gracias a ti.

Quiero a Cori de vuelta conmigo. Porque también me siento triste.

¿Soy un estorbo para ti, Sasha?

Esa pregunta me descoloca y en un arrebato pienso en responderle que no sabe cuanta falta me hace, pero recuerdo que es tan solo un video. Una grabación. Algo que ya sucedió y que no voy a poder cambiar.

No, no lo eres—le contesto con una voz calmada que no sé realmente como pude sostenerla en esos momentos.

¿Lo seré para Karla?

Estoy seguro que no.

Si tan solo supieras el vacío que has dejado…

¿Quieres ir a dormir a la cama? La habitación de huéspedes está…

Por favor quédate—la voz de Cori es casi un balbuceo.

Recuerdo que le había dado un analgésico para el dolor y eso le estaba provocando sueño.

No estás solo, Cori.

Ahora soy yo el que parece estarlo.

Entonces quédate a mi lado—musita con esfuerzo, tratando de oponerse al sueño.

Cori… te necesito conmigo…

Solo por hoy ¿podrías?—él vuelve a pedírmelo—. Solo por hoy…

Y la verdad de las cosas es que… me hubiese quedado con él para siempre. Para lo que sea que los para siempre duren. Porque no ha habido cosa más hermosa que el amor de Cori.

Sasha…—musita unos minutos después.

Porque no ha habido nadie más a quién haya querido tanto como a Cori…

¿Qué sucede?—pregunto con una voz un poco torpe.

Porque no ha habido ausencia que más me duela que la suya.

Hueles bien

Y no lo soporto más. Las lágrimas acumuladas en mis pestañas se escapan y comienzan a caer, una a una, entre sollozos que por alguna tonta razón estoy conteniendo cuando sé que nadie podría escucharme llorar fuera de mi habitación.

Alguien toca la puerta y me llama por mi nombre, pero si respondo, mi voz va a quebrarse, voy a soltar el jodido llanto y seguramente preocuparé a todos.

Cuando finalmente me doy en valor de pronunciar un par de palabras, la puerta se abre de presto y en la entrada de mi habitación se mantiene parada una chica, que me observa con gesto confundido y con una mirada compasiva.

Ella me sonríe y se acerca hasta donde estoy, se pone de cuclillas y me da un abrazo que me sabe a calidez.

—Solo déjalo salir—me susurra al oído—. Todo está bien.

Lila está aquí.

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