Capítulo 53: Invierno (Parte II: Calidez)

Perdón por la tardanza amig@s, tuve unos problemas con el registro de este capítulo en SafeCreative, pero ya lo solucioné ^^ que lo disfruten.¡Ah! Y respondiendo a la pregunta que algunos me han hecho respecto a las fotografías del inicio de cada capitulo: Si, las imágenes son mías ^^ yo tomo las fotografías y yo las edito. Es por eso que en cada fotografía miran la firma “BY FRANK” en alguna margen de la imagen. Deberían de verme como demente buscando siempre a qué tomarle foto para hacerla acorde a los capítulos, seguramente les daría risa xD jajajaja.

Aqua heaven, cotton cloud ©

Había una vez un cuento de hadas que tenía un hermoso final feliz. Pues bueno, este no es el caso. Ni siquiera es el fin de nada, ni mucho menos el comienzo, así que da igual como lo vean. Aunque si puedo decir que ha sido algo realmente emotivo, y en gran medida, tristemente nostálgico. Volver a escuchar la voz de Cori es bastante agradable, pero ha removido en mi ciertos recuerdos que creí haber asentado en algún sitio donde no me doliera más recordarlos. Ahora son como un agua turbia que tardará un buen rato en aclararse.

Alzo mi mirada para ver cómo se encuentra Karla, pero ella mira en estos momentos hacia un vacío ubicado en algún punto de otro vacío que no logro distinguir. Aun así, parece estar calmada, o eso espero. A veces se me hace difícil saber qué es lo que está pensando exactamente.

—¿Te encuentras bien?—pregunto sin apartarle la mirada.

Ella asiente levemente y parpadea un par de veces.

La grabadora está posada en mi mano, acunada por mis dedos y ha dejado de emitir sonido alguno desde hace al menos diez minutos. Supongo que esa era la última grabación que tenía, y si no me equivoco, Cori lo ha hecho a propósito. Esperaba que lo escucháramos. Sabía que lo haríamos, y es muy probable que esto ni siquiera lo haya escuchado aun Cecilia.

Conociendo a Cori, le habrá dicho a su madre que nos entregara simplemente esta caja. Tampoco me equivocaría al decir que Cecilia ni siquiera la ha tocado por la misma situación en la que nos encontrábamos nosotros hasta hace tan solo unos minutos: por miedo a remover un pasado que iba a recordarle que su hijo ya no estaba más en éste mundo.

Es casi toxico pensarlo.

Nocivo para mi felicidad.

Hago el amago por ponerme de pie, no sin antes ordenar nuevamente los objetos que hemos sacados de la caja. No podemos quedarnos todo el día aquí sin movernos y además ya hemos hecho lo que teníamos que hacer. Hemos revisado lo que Cori nos había dejado y creo que es bastante justo que aceptemos lo que él quería. Si deseaba que nos quedáramos con algunas de sus pertenencias, entonces así va a ser. Es como tener otra parte más de Cori conmigo, algo que siempre me hará recordarlo. Aunque ¿Saben algo? Jamás he necesitado de un objeto para recordar a alguien a quien tanto aprecio. O apreciaba. Y mucho menos a Cori. A él lo tengo presente cada día de mi mugre vida y creo que será así por el resto de tiempo que tengo por delante.

Le tiendo la mano a Karla para que pueda pararse. Ella me mira desde el piso durante unos segundos con sus profundos ojos negros y luego de pensar un poco, se apoya en mí y se pone de pie. Me agacho para coger la acartonada caja que pesa un poco más de lo que parece y echando una última mirada a una habitación vacía, salimos del lugar y nos dirigimos a la planta baja.

Pasará un buen tiempo hasta que vuelva a regresar a esa habitación.

O quien sabe. Tal vez nunca lo haga. Ya no tengo motivo alguno para volver.

Mientras caminamos por el pasillo hacia las escaleras, pienso que esto debimos de haberlo hecho desde que Cecilia nos envió la llave. El mismo día que la recibí. No sé por qué nos tardamos tanto. Darle tiempo a esta situación solo nos inquietaba mucho más. Ahora me siento más a gusto sabiendo que lo que creí que sería doloroso, no lo ha sido tanto. Aun así, ha dolido, aunque de manera mínima. Pero es un dolor agradable.

A veces el dolor solo te recuerda que también hay cosas buenas.

También te recuerda que las cosas buenas pueden causarte dolor.

—Pensó en todo—musita Karla una vez comenzamos a bajar las escaleras. Sus palabras me sacan de mis cavilaciones y le presto la atención debida.

—Pensaba en nosotros—le digo.

—Tal vez éramos su “todo”—agrega ella.

Pienso entonces que tal vez tenga razón. De la misma manera en que Cori y Karla constituían mi todo, tal vez Karla y yo éramos el todo de Cori. Es increíble a veces como ciertas personas llegan a volverse una extensión más de nuestra vida. Se tornan indispensables, como el oxígeno. Lo respiramos y lo suspiramos, y por cada suspiro que dejamos escapar intentamos afanosamente la siguiente vez recuperar en un respiro el aire perdido. Así tal vez funcionen esas personas. Los amigos por ejemplo. Los amigos a los que queremos como a nadie más podríamos querer. Por cada momento que perdemos separados de ellos, la siguiente vez que estamos reunidos intentamos recuperar el tiempo perdido. Al final, eso es lo que hacen los amigos que se quieren mucho ¿O no? Tratan a toda costa de estar juntos, aunque de sobra sepan que ya son inseparables.

Lo mismo sucede con la persona que amas, con la única diferencia de que cuando estás con esa persona suspiras más de lo que respiras. Y tal vez el principio del oxígeno no sea lo más indicado para explicar esta situación, porque normalmente tener cerca a esa persona te corta la respiración y el oxígeno nunca es suficiente.

Son principios naturales que por alguna extraña razón no han podido ser evadidos.

La vida es complicada a veces.

Cuando bajamos, Simón ya nos está esperando con tazas de chocolate en la sala. Este chico cocina tanto como parpadea. Ahora comprendo por qué Maikel dice que su hermano siempre es el encargado de la cena. Nunca deja de cocinar.

—¿Y qué tal ha ido todo?—pregunta.

Karla y yo tomamos asiento en el sillón y acomodo la caja sobre mis piernas. Simón nos pasa una taza de chocolate a cada uno y comenzamos a darle sorbitos.

—Pues bien—responde Karla.

No sé qué es lo que Karla define exactamente como bien, pero si ella parece no entrar en un estado de crisis emocional, entonces supongo que está bien. Al fin y al cabo, no es como si hubiese sido una tortura. Supongo que luego en casa revisaremos las cosas con más detenimiento, y ahí podré darme el tiempo necesario para asignarle un buen recuerdo a cada una.

—¿Algo interesante en la caja?—Simón se sienta frente a nosotros y comienza a beber de su chocolate.

—Cosas de Cori—respondo—. Fotografías, ropa, libretas y esas cosas.

—Seguramente son importantes—advierte él.

—Lo son—secunda Karla.

—Es increíble que la habitación pasara cerrada tanto tiempo por esto—comenta Simón con aire pensativo—. Cuando nos mudamos, Cecilia nos dijo que esa habitación no podríamos usarla hasta que fuese desocupada.

—¿En serio?—pregunto con curiosidad.

Simón asiente al mismo tiempo que muerde una de las galletas que ha traído y luego se limpia un par de migajas de la comisura de sus labios.

—Pensé que dentro habían muchas cosas. Ya saben, como una habitación ocupada por alguien. Nunca creí que solo hubiese una caja.

De repente pienso que yo también esperaba encontrarme con una habitación similar. Con la habitación de Cori, tal y como la recordaba. Fue un poco extraño entrar a un lugar casi vacío, cuando todo el tiempo supuse estaba lleno. Ahora ese cuarto en la segunda planta tiene un tinte un poco deprimente, pero creo que los gemelos ya podrán ocupar esa habitación para algo más y seguramente ese rincón de la casa que parecía inmutable al cambio de familia ahora se metamorfoseará y adoptará a sus nuevos habitantes.

—Yo pensaba también lo mismo—dice Karla, impertérrita—.Pero supongo que no es tan malo después de todo—se encoge de hombros y toma una galleta—. De cualquier manera, las cosas tenían que cambiar.

Escucharla decir eso me sabe un poco extraño, pero supongo que tiene razón. No podíamos estar enfrascados en el hecho de querer mantener las cosas tal y como siempre habían sido, porque, siendo honesto, esa sería la mayor falacia que podríamos haber cometido.

Avanzar; es una de las mayores mentiras que existen para dejar atrás algo que nos ha marcado y fingir que nos olvidaremos de ello.

La verdad, pienso que no muchos avanzan, no en la manera que ellos creen. El hecho de que ya no sientas dolor no significa que el problema se haya ido; también puedes acostumbrarte al problema y adoptar el dolor como la cosa más natural de toda tu existencia.

—Creo que debemos de irnos—digo, mientras miro la hora en mi móvil—. Ya es un poco tarde.

Son cerca de las tres y se supone que debo de estar en casa pronto porque llegaran, según Lucas “Mis abogados”. Que por cierto, no sé quiénes diablos son ellos. Ni siquiera sabía que los tenía, pero tiene que ser algo importante.

Terminamos nuestro chocolate y las galletas, que por cierto estaban bastante buenas.

Simón nos acompaña a la puerta y nos despedimos de él y le decimos que lo veremos mañana en el instituto. Nos apresuramos a meternos al auto, acomodando la caja en el asiento trasero, y luego de eso, emprendemos camino de regreso a casa sin mucha prisa por llegar. Mientras conduzco, pienso en qué vamos a hacer ahora con las cosas de Cori. Me pregunto si Karla…

—Voy a quedarme en casa—dice, interrumpiendo mis pensamientos.

—Pensé que irías de regreso a la mía.

—Hoy no. Tengo algo que hacer—dice.

—¿Segura?

—Segura.

—Quisiera que vinieses conmigo—comento.

Y es la verdad. Es posible que hoy suceda algo extraño en casa y me gustaría estar con Karla para cuando suceda. Siento que así será más soportable.

—Lo siento, Sasha, hoy no puedo. ¿Iré mañana, si?

Karla no se siente bien. Lo sé.

Me detengo frente a su casa y nos quedamos unos momentos dentro del auto, en silencio e inmóviles. Nadie quiere decir nada ni hacer absolutamente nada, y es como si solo deseásemos dejar nuestra mente en blanco por un largo lapso de tiempo. Pero a veces me suceden cosas raras, como por ejemplo ahora.

De un momento a otro, sucede algo realmente extraño.

Estúpido y extraño.

Comienzo a hablar.

Y bueno, no es que hablar sea raro. Pero cuando digo “Hablar” es que prácticamente comienzo a vomitar toda la información, que sin premeditar, es expelida de mi boca hacia los oídos de Karla.

Todo. Desde lo primero hasta lo último. No sé en qué momento decidí soltar una verdad que llevaba guardada conmigo. Ahora ya no puedo detenerla.

—He estado mintiéndote—comienzo.

Y esas palabras me dejan un sabor amargo en el paladar. Trago grueso e intento no vomitar cuando Karla alza su mirada hacia mí en busca de una explicación.

Debería de callarme.

—¿Qué quieres decir? —inquiere ella.

Debería detenerme.

—Amaba a Cori, Karla.

—Yo también lo…

—No—la corto de lleno—. No me refiero a eso. Yo realmente… amaba a Cori—respiro hondo y hago el amago de ordenar unas ideas que rebotan por toda mi cabeza. No sé por qué estoy haciendo esto—. ¿Crees que es posible enamorarse de alguien, sea quien sea?

Y sin embargo, no me detengo.

—Es posible—musita ella, luego de unos momentos de silencio—. Entonces tú…

Karla parece un poco desconcertada. Esto va a salir mal.

—No, ambos—las manos me están temblando y la voz se me va a quebrar en cualquier momento—. Cori y yo… bueno, nosotros… él…

—Lo sé.

Eso me deja helado y cuando creo que he escuchado mal, vuelve a repetírmelo, con una mirada fija en la mía y un rostro sereno.

¿Qué es esto que está sucediendo exactamente?

—¿Qué es lo que sabes?—pregunto.

—Tengo que irme—abre la puerta del auto y el frío entra sin perder el tiempo.

Ella va a irse.

No voy a dejar que esto suceda. Si voy a decirle la verdad, entonces va a escucharla así sea luego me odie o no. Si ya abrí la boca entonces es tiempo de que lo sepa.

Extiendo mi mano y halo la puerta hasta volver a cerrarla de un solo portazo. Karla va a escucharme.

—No lo sabes—le digo, y puedo notar su sorpresa ante mi arranque de algo que ni siquiera yo sé qué es.

—Tú y Cori estaban saliendo ¿Qué es lo que tú crees que yo no sé?—inquiere irritada—. No querías que yo lo supiera, pues lo siento por haberme dado cuenta ¿Si?

—Es que no lo entiendes—mascullo inquieto—. ¿A caso crees que yo quería ocultártelo? Ni siquiera sé qué carajos estábamos haciendo nosotros Karla. Era complicado. Además… ¿Tú como lo sabías?

—¡Lo querías!—exclama contestando mi primera pregunta, pero evadiendo la segunda. Sus mejillas se han puesto rojas.

Está enfadada. Y no es la única persona molesta aquí.

—¡Lo amaba! ¿Si?—advierto exaltado—. Amaba a Cori como no tienes idea. No era solo mi mejor amigo, pero tampoco era como si me gustara él como chico. ¡Ni siquiera sé exactamente qué era lo que me gustaba de él!

Y el caos de un momento a otro nos invade. Hay pánico y hay disgusto. Lo único que me faltaba para terminar de joderme el día.

—¿Por qué no me lo dijiste?—La voz de Karla se rompe y ahora es casi un sollozo.

—¿Qué querías que te dijera? ¿Qué me gustaba mi mejor amigo?

Por unos momentos un silencio sofocante flota en nosotros y siento que voy a ahogarme. Esto tal vez fue mala idea. Tal vez nunca debí hablarle a Karla de esto.

—No lo entiendes, Karla—continúo—. Ni siquiera me gustan los chicos ¿Qué se supone entonces que debía decirte de Cori?—inquiero, más para mí mismo que para alguien en particular.

—Qué estaban saliendo—acusa—. ¿Qué podía pensar yo al respecto si tú no me lo decías?—me interroga efusiva.

—¿Qué quieres decir?

—¡Por un demonio, es que a veces te pasas de estúpido!—reclama enfadada—. ¿Te gustan las chicas o los chicos?

—¡Me gustan las chicas, por el amor de Dios!—grito exasperado—. La manera en la que quería a Cori no era física… era diferente.

—¿Y entonces como qué lo querías?—advierte con ojos vidriosos.

—Lo quería como te quiero a ti—musito—. Lo amaba, de la misma manera que te amo a ti. ¿A caso no lo ves? Cori pasaba por lo mismo. Y no es como si de un momento a otro hubiese despertado y pensado “Oh, me gusta Cori” —aprieto el volante con fuerza y tengo deseos de estrellar mi cabeza contra el parabrisas, sin embargo, me contengo—. Fue realmente… extraño—le digo—. No es como si vaya por ahí y vea a un chico y piense que me gusta o lo vea lindo. Con Cori fue algo diferente.

Karla levanta un poco la comisura de sus labios y parece que soltará de un momento a otro una risa histérica, pero simplemente se limita a negar con su cabeza.

Definitivamente está molesta.

—No sé por qué estoy peleando por esto contigo—se queja—. Esto yo ya lo sabía. Lo entendí hace mucho, no soy tonta. Ya ni siquiera tiene caso discutirlo contigo.

—¿Cómo que ya lo sabías?

—¿A caso crees que Cori no me lo dijo?—exclama con tono seco.

Bien, esto es nuevo para mí. Si Karla ya lo sabía, no entiendo por qué nunca me comentó algo. Aunque la verdad es que yo tampoco puedo reprocharle nada. También se lo estuve ocultando por mucho tiempo.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Por la misma razón que tú no me lo decías a mí, Sasha. Creo incluso que supe más antes que tú lo que Cori sentía por ti. Esto es como un Deja Vuh ¿Sabes? Tuve esta misma desgraciada conversación con él.

—Entonces…

Karla asiente levemente y restriega la manga de su suéter en sus ojos.

—Supe todo el tiempo que en algún momento Cori iba a decirte algo y que tú, bueno… tú eres tú y sabía que no le dirías que no. Por el amor de Dios, era lo más lógico que se podía esperar de ti. Hubiera dado igual si te lo decía alguien más.

—¿Qué quieres decir?

Karla alza sus manos a modo de demostrar una obviedad que yo no acabo de comprender. No hasta que ella lo dice.

—Quieres demasiado a la gente y te enamoras con facilidad porque ves en los demás lo que llevan dentro sin importarte lo de a fuera. ¿Cómo demonios dejas de lado los prejuicios?—resopla con evidente enfado—. A veces te envidio ¿Sabes? Y envidiaba a Cori en ese sentido porque él tuvo el valor de hacer a un lado cualquier miedo a que pudieses rechazarlo con tal de hacerte saber cuánto te quería.

—No quería perder a Cori—musito.

—Pero tampoco le tuviste lastima, Sasha. Es a eso a lo que me refiero. No le dijiste a Cori un “Sí” por lastima.

Karla abre la puerta del auto y esta vez no hago el intento de detenerla. Sé que esta conversación aún no termina. Sé que hay más que decir. Sé que ella tiene mucho que escuchar.

—Piensa esto…—agrega una vez está fuera del auto—. ¿Qué hubiese sucedido si hubiese sido yo quien te hubiese dicho que me había enamorado de ti?

Y dicho esto, cierra el auto y se mete rápidamente a su casa, dejándome solo en aquel silencioso espacio lleno de aire de calefacción. Su pregunta me toma desprevenido, pero tiene razón. No acepté a Cori por lastima. No me enamoré de él por lastima. Pero tampoco tuve otras razones para enamorarme de él. Simplemente sucedió, y ya. ¿Me hubiese sucedido lo mismo con Karla? ¿Qué tan diferente es ella de Cori? No me refiero a lo físico, pues en eso me sobran de más diferencias, sino en los otros aspectos. En esos aspectos que me hacían querer a Cori cada día más. ¿Me habría enamorado entonces de Karla?

¿Y que hubiese sucedido si Cori jamás se hubiese enamorado de mi ni yo de él?

***

Me estaciono frente a mi casa e intento calmarme un poco antes de entrar. Aun no sé exactamente en qué hemos quedado con Karla al final de la conversación. No sé si está molesta. No sé si soy yo quien está molesto. Ni siquiera sé exactamente qué piensa de mi justo ahora. Seguramente cree que soy alguien raro, alguien asqueroso y odioso.

Ni siquiera sé qué carajos quiso decirme con eso último.

Me siento fatal.

Bajo del auto a toda prisa y me meto a casa antes de congelarme como paleta. Cuando estoy dentro, noto que todo está silencioso y no escucho el habitual sonido de las cacerolas en la cocina ni tampoco a André o a Lucas peleando con Kathy como normalmente hacen. Más sin embargo, parece que se nota que he llegado, porque una vez paso por la sala, las miradas de todos se alzan y se posan sobre mí.

Trago grueso porque me inquieta el hecho de que todos me observen con detenimiento. Es un poco desquiciante. Alzo la mirada y miro la hora en el reloj de la pared. Son las tres con cinco minutos.

—Siento la tardanza—digo.

André está sentado con Tránsito en el sofá, y entre ambos se encuentra sentada Darién. Carol también está aquí, pero ella está sentada sobre el regazo de Kathy en uno de los sillones a los costados. Por su parte, Lucas se encuentra al margen de todo, observando desde el marco de la puerta de la cocina a todo el grupo reunido en la sala, y cuando digo grupo es porque debo de adicionarles a dos personas más vestidas de saco color negro sentados frente a todos ellos y con unos portafolios cargados de papeles que se acomodan sobre la mesita central.

—¿Sasha?—inquiere Darién, que es la única que no me mira porque, bueno, evidentemente no puede.

—Qué bueno verte, Darién.

Ella me dedica una bonita sonrisa y asiente con su cabeza.

Carol se baja de las piernas de Kathy y corre a abrazarme. La alzo en mis brazos y beso su mejilla. Me alegro de verla, ya me hacía falta.

—¿Cómo ha ido todo?—le pregunto con voz suave

—Bien—ella me sonríe, y por unos segundos me veo reflejado en sus profundos ojos azulados—. Mamá dice que podré quedarme a jugar contigo y con Kathy al té esta noche.

—Me parece divertido—advierto devolviéndole la sonrisa.

—¿Jugará Lucas con nosotros?

—Esperemos que sí—respondo.

—¿Y André?

—También.

Solo que antes tengo que hablar con André, y creo que le debo una disculpa.

—Ven, Sasha, tesoro, siéntate con nosotros—me dice Transito.

Bajo a Carol para que regrese con Kathy y paso a sentarme junto a Transito. André me observa, no con enfado, pero sí parece estar esperando a que diga algo. ¿El qué? No lo sé. Vuelvo a ver a Lucas y el simplemente se encoge de hombros.

No entiendo ni un pepino lo que sucede.

—Bueno, creo que podemos comenzar—anuncia con tono formal uno de los señores que lleva puesto un elegante saco—. ¿Sasha, verdad?—me pregunta.

—Sí, señor.

—Perfecto—comenta—. Pues, ¿Sabe por qué estamos aquí, verdad?

Oh, y miren que cosas, no me está tuteando. Tiene que ser realmente algo serio todo este asunto.

Cuando abro la boca y estoy a punto de contestarle un rotundo no, me veo interrumpido por André que se apresura a decirme con tono bastante plano e inmutable por qué era que me quería en casa a las tres.

—Van a leerte el testamento de tus padres—masculla.

El estómago se me encoge sin mucho esfuerzo.

—¿Testamento?—inquiero—. ¿Qué testamento?

—Tus padres hicieron un testamento hace unos años—comenta el otro señor de saco—. Hace un año tu padre le agregó otro par de cláusulas por aparte, pero nada que alterara lo ya acordado.

—Nunca está demás preparar las cosas por si algo malo sucede—dice el otro.

—Y como ya tienes dieciocho, es tiempo de que puedas hacerte cargo de estas cosas—vuelve a decir el otro señor. Como no sé sus nombres y parecen iguales, por momentos sus voces se me hacen un poco confundibles a pesar de que hablan uno a la vez. Sin embargo, entre sus palabras hay una sincronía curiosa, como si hubiesen ensayado quién iba a decir qué en cual momento—. Ya no necesitas de tutores.

—¿Qué clausulas y qué tutores?—pregunto confundido.

—Nosotros, querido—explica Tránsito—. André y yo éramos tus tutores legales hasta que cumplieras los dieciocho.

—¡Oh!

—Hasta ahora, ellos administraban tus bienes—explica el señor de saco de la izquierda. Lo llamaré Señor 1. Al de la derecha será Señor 2.

—No sabía que mis padres habían hecho algo como esto—digo con sinceridad—. ¿Por qué no me lo habían dicho?—pregunto, casi en general.

—Nadie lo sabía—interviene André—. Nadie excepto Tránsito y yo, y creímos que era lo mejor. Ni siquiera lo sabía Darién.

—¿Por qué?

—Te lo dije una vez Sasha—responde—. No era necesario agregarte más peso del que ya tenías. Tú no estabas en condiciones de hacerte cargo de nada en esos momentos.

—De cualquier manera—agrega Señor 1. Me parece ridículo que aún no se haya presentado, pero me da igual—, serías capaz de hacerte caro hasta los tener dieciocho, así que saberlo o no, no hubiese sido de mucha ayuda en nada en esos momentos.

Si, tal vez él tenga razón, así que al final termino por aceptarlo y dejo de lado el asunto. Las cosas suceden por algo, así que es mejor creer que era por algo realmente bueno.

—Bien, comencemos—dice Señor 2.

Saca de uno de sus portafolios un sobre blanco lo suficientemente grande para guardar un folleto. El sobre, que tiene grabado en el anverso el logo de algún bufete de abogados que no conozco y unos cuantos sellos que parecen ser importantes, tal parece que contiene el dichoso testamento y compruebo que no me equivoco cuando Señor 2 lo abre frente a nosotros y extrae de él varias cuartillas de papel bien ordenadas que juntas logran un grosor bastante considerable. ¿Qué tanto tendrán mis padres para decirme en él?

—Comenzaremos con la señora Anabella Dover ¿Está bien?—dice Señor 1, cogiendo el testamento entre sus manos.

—En serio, esto no es necesario—dice Darién.

—No te preocupes, querida—le dice Tránsito—. Te mereces esto. Robín conocía sus responsabilidades y no iba a abandonarte tampoco.

—A la señora Dover se le conceden los siguientes bienes—comienza a recitar Señor 1—. “Quinientos mil dólares bajo su nombre en una cuenta bancaria para la manutención de la niña “Carol Isabella Dover” hasta que cumpla los dieciocho años. Anabella Dover también podrá disponer del dinero según convenga para su bien como para el de la niña. Dentro de este marco se han agregado tres apartados más respecto a Carol Isabella Dover: se le concede a Sasha Alexander Leader, por vías legales y a opción del susodicho la otra parte de la tutoría y manutención de la niña hasta que esta cumpla los dieciocho, y pueda ella hacerse cargo de sí misma y del bien monetario que se le ha concedido”

Me atraganto con mi propia saliva al escuchar esto último porque no puedo creer que mi padre haya confiado en mí para cuidar también de Carol. A parte, ¡Son quinientos mil dólares! Medio millón. Es… bueno, increíble. Me alegra al menos saber que a Carol no le faltará nada.

—Señor Leader—dice Señor 2—. ¿Acepta usted ser tutor legal de la niña Carol Isabella Dover?

Ni siquiera lo pienso antes de responder.

—Si.

—Bien, por favor firme el siguiente acuerdo legal.

Me pasa una hoja y una pluma en donde plasmo mi firma. Tres para ser exacto. Las manos me tiemblan un poco por esto, pero al menos me alegra que mi padre haya pensado en Carol y Darién. Tránsito tenía razón, papá no era una mala persona al final de todo.

Una vez firmado el papel, le colocan un sello y prosiguen a la lectura.

—Perfecto—dice Señor 1—. Habiendo aceptado esto, se le suman Quinientos mil dólares más a disposición de la niña Carol Isabella Dover que administrará el señor Alexander Leader como más crea conveniente para la manutención y toda gestión que implique a la niña.

¡Carajo! Es un millón de dólares a disposición de Carol.

—¿¡De dónde demonios sacaban tanto dinero mis padres!?—exclamo alarmado.

—¿A caso crees que ganaban una miseria?—dice André—. Vienen ahorrando desde hace mucho, Sasha.

—Hasta aquí termina la intervención de la señora Darién Anabella Dover en la lectura del testamento—Señor 1 pasa la hoja y lee la siguiente—. Ahora proseguiremos con el señor Alexander Leader: “La casa, el apartamento en Nueva York, todo bien material a nombre de Robin y Victoria Leader, y toda patente registrada a sus nombres pasan a ser propiedad de Sasha Alexander Leader, estando estos bienes a total disposición del susodicho y bajo su administración según más le convenga. La cuenta bancaria número XXX—0145—XX—185033XXX que advierte un bien monetario de Tres millones trescientos setenta y tres mil doscientos ochenta y dos dólares pasa a nombre de Sasha Alexander Leader para su entera disposición, dinero del cual, trescientos setenta y tres mil dólares están destinados sin espacio a cambio para los gastos universitarios del susodicho y de los siguientes: André Tobias Leader y Kathy Helena Saens. Este presupuesto también presta entera disponibilidad para el pago de los estudios básicos de la niña Carol Isabella Dover y el pago posterior de sus estudios universitarios se realizará con la mitad de los ingresos obtenidos mensualmente por las patentes registradas bajo el nombre de Robin Leader, los cuales serán depositados en una cuenta por aparte hasta que sean requeridos para tal situación. La otra mitad de los ingresos por patentes del señor Robin Leader y la totalidad de ingresos de patentes de la señora Voctoria Leader se depositarán mensualmente a la cuenta bancaria común antes mencionada a nombre de Sasha Alexander Leader”.

¡Por un jodido demonio! ¡Es muchísimo dinero! Me he de haber puesto incluso pálido porque Kathy me pregunta si me encuentro bien y no sé si asiento o niego a modo de respuesta. Siento que la bilis me subirá en cualquier momento por la garganta y vomitaré.

—¡Jesús!—exclama Kathy—. ¿Eso quiere decir que… tengo pagada mi universidad?

—Así es señorita—responde Señor 1.

Tal parece que ni André se esperaba esto porque agrega:

—¡Barbaridad! Mi tío… él… ¡Barbaridad!

—Necesitaremos lo más pronto posible sus cartas de ingreso universitarios y/o constancias de estudio para poder gestionar los desembolsos bancarios que se realizaran para comenzar los pagos hacia las respectivas instituciones educativas a las que asistirán—Señor 1 nos mira a Kathy y a mí, y asiente—, o asisten, como es su caso señor Tobias—le dice a André.

Oh, por cierto, había olvidado decirles que el segundo nombre de André es Tobias y que el segundo nombre de Kathy es Helena.

—En caso de que alguno obvie la universidad, los fondos destinados para él o ella se repartirán entre los restantes que estudien—agrega Señor 2—, y si llegase a sobrar dinero al final de los estudios, este se repartirá entre los mismos para disponer a su conveniencia de éste.

—A la señora Tránsito Saens se le confiere una cantidad de quinientos mil dólares a su disposición y puede ser utilizado en su totalidad o por partes según más le convenga a la implicada—dice contundente Señor 1, y cuando creo que ha terminado, me demuestra que no es así. Comienzo a marearme de escucharlo hablar tanto—. En cuanto a los bienes monetarios del señor Sasha Alexander Leader, serán conferidos en depósitos mensuales de tres mil dólares para el uso que más considere conveniente.

Dicho esto último, reacomoda las paginas dándole unos golpecitos sobre la mesa y la deja a un lado. Señor 1 suspira y parece satisfecho de haber concluido con su trabajo.

—Bien, señor Leader, esto ha sido lo que sus padres han dejado establecido en su testamento.

Todos nos quedamos callados y un silencio extraño flota en el aire. Esto es casi ridículo. No sé cómo carajos ni de dónde demonios ha salido tanto dinero y tampoco me explico cómo lograron hacer tanto plan mis padres sin yo haberme dado cuenta. Los mareos aún prevalecen en mi cabeza y trato de apaciguarlos un poco, pero cuando lo intento solo logro que me duela la cabeza.

—Son… muchas cosas las de ese testamento—advierto pasmado.

—Dinero, si—dice Señor 2—. Pero no se preocupe, las instituciones bancarias y las gestiones necesarias para administrarlo están siendo cubiertas y supervisadas para poder mantenerlo seguro mientras usted requiera de él. Ahora, solo necesito que nos firme esta hoja en donde establece que el testamento ha sido leído y que los implicados han estado presentes en el momento de dicha lectura.

Cojo la hoja y la leo con detenimiento, y efectivamente, el documento establece que hemos escuchado lo que el testamento tenía para nosotros y que de ahora en adelante nos haremos cargo de lo que nos corresponde. Es un poco extraño firmar esta cosa, digo, es que, es demasiado importante y no es algo que suceda a menudo. Una firma basta entonces para dar por sentado que adquiero la responsabilidad de todo lo que me pertenece. Cada uno firma su correspondiente hoja y en el caso de Darién, coloca su huella digital. Una vez están todas las firmas recolectadas, los señores abogados vuelven a guardar los papeles dentro de sus portafolios, no sin antes entregarme una copia de cada uno de los documentos. Es tanto papel que tiene un peso considerable en mis manos. La tentación demencial de tirarlo a la estufa para que arda es bastante tentadora, pero solo es un pensamiento ridículo que se me cruza por la cabeza y que me quita un poco de estrés de encima.

Luego de eso los señores se retiran, pero antes de desaparecer por la puerta me comentan que tendrán que volver otro par de veces más para terminar de llenar otros documentos que serán necesarios para terminar de pasar las cosas a mi nombre. Yo les digo que está bien y que cualquier duda que se me cruce se las haré saber. Ellos parecen un poco más amables luego de todo esto pues me dicen con tono bastante comprensivo que me ayudarán en lo que sea necesario.

No sé por qué pienso que solo están más amables ahora porque recibirán su pago por hacer esto. Y estoy seguro que será un asqueroso buen pago.

Para las seis de la tarde, ya no hay más abogados en mi casa y solo estamos nosotros. Seguimos reunidos en la sala hablando respecto a todo el asunto y no dejamos de darle vueltas al hecho de que fueron demasiadas cosas para ser un simple testamento.

—¿Qué se supone que voy a hacer con tanto dinero?—pregunto inquieto.

—Utilizarlo—dice Kathy.

—¿Ah, sí? No me digas—mascullo con sarcasmo.

—Se productivo—comenta Lucas—. Solo ocupa lo que necesites y no te excedas.

—Él tiene razón—advierte Darién—. Solo tienes que seguir haciendo lo que normalmente haces. Piensa que el dinero estará ahí para cuando lo ocupes y nada más. No es como si tuvieses que hacer algo realmente grande con él.

—Aunque si puedes arreglarle el cerebro a André, sería bienvenida tu obra—dice Kathy encogiéndose de hombros.

—Que graciosa—se queja él mirándola de soslayo—. A ti deberían de arreglarte ese cerebro de alpiste que tienes.

—Qué alpiste ni qué nada—rezonga ella—. Pura inteligencia, tesoro.

—Inteligencia mi trasero—le responde André.

—Tu trasero tiene inteligencia únicamente para foll…

—¡Oh Dios mío, ya casi es hora de la cena!—Tránsito se pone de pie, interrumpiendo lo que creo sería la palabra “Follar” que Kathy estuvo a punto de decir, y marcha hacia la cocina.

—¿Necesitas ayuda?—pregunta Darién justo antes de que ella salga de la sala.

—Oh, querida, por favor.

Y Darién también se va con ella a hacer lo suyo a la cocina, dejándonos solos a Lucas, Kathy, Carol, André y yo en la sala. Sin embargo, André también se pone de pie y se pierde por las escaleras seguramente a su habitación. Tal vez aún sigue molesto conmigo. Debería de ir a disculparme.

Lucas, que se ha sentado al lado mío advierte mi inquietud y me dice:

—Deberías ir. Ha estado extraño todo el día.

—¿Te ha dicho algo?—le pregunto.

El niega con su cabeza, pero agrega:

—No he querido preguntarle porque supuse que tú lo harías.

Lucas me sonríe y me da unas palmaditas en la espalda. No es como si tuviese ánimos de decir algo, porque no sé exactamente lo que voy a decirle a André, pero supongo que puedo intentarlo, así que me pongo de pie y me dirijo a su habitación.

Mientras camino por el pasillo trato de pensar en algo elocuente que decir cuando me encuentre con él pero no se me ocurre nada y cuando menos lo pienso, ya estoy tocando la puerta.

Tock, tock, tock.

Un segundo después, escucho un “adelante” por parte de André. Respiro hondo y giro la perilla de la puerta, abriéndola lentamente y asomando mi cabeza para dejarme ver.

André está acostado en su cama, leyendo. Levanta su mirada del libro, y cuando me mira, enarca una ceja.

—Oh, eres tú—dice, regresando a su lectura—. Pensé que era Tránsito. Ella es la única que toca la puerta.

—¿Podemos hablar?—pregunto.

—¿De qué?

—No lo sé.

Por unos segundos hay silencio y no sé qué más decirle, hasta que se me ocurre hacerle la pregunta más obvia de todas.

—André… ¿Estás molesto conmigo?

—No.

—No mientas.

Entro a su cuarto y me acerco a su cama, quitándole el libro de las manos y obligándole a que me mire y a que hablemos.

—¿Qué?—dice, luego de un rato de solo observarme.

—Lo siento, ¿Si?—digo intentando sonar lo más sincero posible—. No quería que pensaras esta mañana que no necesito de nadie ni que no quiero su ayuda. Es solo que hacen mucho por mí y siento que no puedo hacer nada por ustedes. Es un poco deprimente, ¿sabes?

—Nadie te está pidiendo que les regreses la ayuda, Sasha, y lo que hacemos por ti, lo hacemos porque queremos.

André se sienta en la cama y se hace a un lado para que me siente a su lado. Vuelvo a percatarme que ya me falta muy poco para alcanzarlo. Pronto seré igual de alto que él.

—Lo siento—me disculpo nuevamente—. No quería ser grosero esta mañana.

—Ya, déjalo así—advierte encogiéndose de hombros.

—Gracias por todo—digo.

André pasa su brazo por sobre mi hombro y me da un abrazo de esos de oso que me estrujan todo y luego me da unas cuantas palmaditas.

—Está bien.

—Hoy fui a la casa de Cori—le cuento—. Traje una caja conmigo. Él nos había dejado algunas de sus pertenencias a Karla y a mí.

—¿Y qué tal ha ido todo?

—Karla no está muy bien que se diga.

No lo está, ni conmigo, ni con nada, supongo.

—¿Y tú?

—No lo sé—me encojo de hombros—. Es un poco triste ¿Sabes? Extraño a Cori, y Karla también. Y a veces me siento vacío cuando pienso que él ya no está y que no lo veré de nuevo. Es como si una parte de mí se enfriara momentáneamente hasta que me causa dolor.

—A veces pasa, Sasha. Es lo que sucede cuando quieres de verdad a alguien. ¿Pero, sabes una cosa? A veces solo es necesario darse cuenta que los recuerdos también emanan calidez. Solo se necesita de un poco más de tiempo para que lo percibas—musita él—. Solo necesitas dejar que este frío invierno de nostalgia… se disipe con el transcurrir de los días.

Domingo 19 de Diciembre de 2010

Es curioso como a veces huimos de ciertas cosas y al final de cuentas somos nosotros mismos quienes terminamos regresando a aquello a lo que le huíamos. Es un círculo bastante vicioso, porque luego perseguimos a lo que nos persigue, y lo que nos persigue al final huye de nosotros porque ya no somos las mismas personas que en un principio fuimos. A eso se le llama “verdad” y la mayor parte del tiempo no es lo que esperamos que sea.

Amigo confidente, hoy comprendí que cerrar un episodio de nuestra vida no significa dejarlo atrás, sino aceptarlo y concluir que estará ahí lo queramos o no. También me di cuenta que avanzar no necesariamente es seguir adelante, ni que tampoco el dolor es la cosa más nociva que existe en esta vida, porque, después de todo, el único monstruo nocivo que existe es nuestro propio miedo.

Sasha.

PD: He recibido un mensaje de texto de Eureka. Le he dicho que me gustaría verla de nuevo.

Próximo Capítulo: Domingo 1 de Diciembre de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

Un pensamiento en “Capítulo 53: Invierno (Parte II: Calidez)

  1. karla

    muy bueno! he leído todos los capítulos!!!!!!!! pero donde esta el siguiente capitulo??😀 PORFA DIGANME

    Responder

¿Qué tal te pareció el capítulo? :)

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