Capitulo 52: Nunca me olvides.

 

sky in the earth ©

Mis abogados. ¿Qué abogados?

Es decir, ni siquiera sabía que tenía abogados.

Es lo primero que pienso cuando recibo el último mensaje de Lucas. ¿De qué estará hablando? Bueno, supongo que lo averiguaré cuando llegue a casa. Solo espero no sea algo serio. ¿Habré cometido delito de estado al intentar… suicidarme? ¡Nah! No creo que sea por eso.

En fin.

Luego de almorzar, Simón nos da un trozo generoso de pie de limón a Karla y a mí. Luego de eso se sirve uno para él y se sienta a la mesa con nosotros.

—¿Y bien?—nos dice.

Karla toma su tenedor y lo hunde en el suculento postre, coge un trozo de pie y se lo lleva a la boca. La imito, y justo cuando mi lengua entra en contacto con el pie, una explosión de sabores inunda mi boca.

¡Esto está sabroso!

Karla arranca otro pedazo y lo saborea. Hace unos momentos había silencio y luego de comer otro trozo más, ella señala a Simón con el tenedor.

—Admito mi derrota—dice con la boca llena—. Esta cosa está sabrosa.

—¡Lo sabía!—exclama él contento.

—Eres…—traga y vuelve a llevarse otro trozo—… un…—otro bocado y finaliza—… salvaje.

—Lo sé.

—Esto está delicioso—admito.

—Un día haré de manzana—dice él—. Deben de probarlo.

—Con gusto—manifiesto atiborrándome de más pie.

—Por cierto Simón—comenta Karla—. Necesitábamos pedirte un favor.

Ella vuelve a verme e inmediatamente sé a qué se refiere. La llave. También venimos por eso.

—¿Qué sucede?—inquiere él.

Saco el pequeño objeto metálico de mi bolsillo y se lo muestro. Él lo toma de mi mano y lo observa con detenimiento.

—¿Qué es esto?—pregunta.

—Una llave—dice Karla.

Él pone los ojos en blanco y hace una mueca de desdén.

—Eso ya lo sé.

—Es la llave de una de las habitaciones de arriba—aclaro.

Simón parece captar rápidamente de qué va todo porque se pone de pie de un salto.

—La habitación que nunca hemos podido abrir—dice un poco emocionado.

Se zampa de un solo bocado lo último de pie que queda en su plato y justo cuando acabamos el nuestro, retira los platos rápidamente, me devuelve la llave y nos dice que le sigamos.

Sé a dónde nos dirigimos una vez comenzamos a subir las escaleras. Vamos a la habitación de Cori. Lo sé porque pasamos todas las habitaciones sin detenernos en ninguna. En ninguna hasta que llegamos a la que mantiene su puerta cerrada y de la cual yo tengo la llave para poder entrar en ella.

Saben qué, no quiero hacer esto.

—Nunca pudimos abrirla—comenta Simón interrumpiendo mis pensamientos—. Cecilia dijo que alguien vendría a recoger lo que había dentro.

Karla vuelve a verme y asiente con su cabeza.

Finalmente sabremos por qué Cecilia me envió esta llave. Tiene que haber una muy buena razón. Lo sé. Lo presiento.

—¿Y qué hay dentro exactamente?—pregunta Karla

—No lo sé. Ni tampoco sabía que ese alguien eran ustedes—continúa el chico encogiéndose de hombros—. Aunque debí suponerlo, creo. Cecilia comentó en una ocasión que tú y Sasha solían venir aquí seguido.

Él se hace a un lado y me deja pasar hasta que me sitúo frente a la puerta. La habitación de Cori está al otro lado de ella, y estoy a tan solo unas pocas acciones de poder volver a entrar a ella, cosa que no hago desde hace mucho tiempo.

—El asunto es todo tuyo—dice él.

Miro a Karla y ella asiente con lentitud.

Voy a hacerlo.

Tengo que hacerlo.

Espero lograrlo.

Introduzco la llave en la cerradura y me detengo uno momentos para poder calmarme un poco. Estoy muy ansioso la verdad, Karla lo está, incluso Simón que no sabe exactamente ni qué estamos haciendo acá. Yo solo sé que si Cori quería que entráramos a su habitación, entonces era por algo realmente importante. Lo que aún no sé, es qué es eso importante exactamente.

Giro la llave con cuidado y el pestillo de la puerta cruje y tal parece que ya está desasegurada. Vuelvo a ver a Karla y ella pareciera que mantiene la respiración, expectante a lo que sea que vayamos a hacer.

—Nunca habíamos podido abrirla porque tenía seguro—comenta Simón—. ¿Qué tendrá Cecilia aquí dentro?

—No lo sabemos tampoco—respondo—. Desde el funeral de Cori jamás hemos vuelto a entrar.

—¿Cori?—Simón ladea su cabeza—. ¿Quién es Cori?

—Un amigo—musita Karla.

Y a pesar de que puede incluso agregarle más a su respuesta, no lo hace. Ni siquiera yo me siento con ánimos de hablar de Cori en estos momentos. No porque no me agrade, sino que simplemente sucede que me llevaría muchísimo tiempo decirle a Simón exactamente quién era Cori.

Vuelvo mi atención a lo que estaba y cojo la perilla entre mis manos, girándola lentamente hasta que logro entreabrir un poco la puerta. De repente pienso en muchas cosas respecto a este lugar y los deseos de dar marcha atrás me invaden. Ahora ya no estoy tan seguro de querer hacerlo. Es decir, ¿Qué es lo que me voy a encontrar exactamente ahí dentro? ¿Cómo sé que lo que voy a encontrar no va a hacerme sentir mal? Ya llevo un buen rato en el que mis ánimos son bastante agradables y no quiero volver a caer en esa sensación de vacío existencial nuevamente. Y será peor aún si entro y sucede que no me encuentro con nada. Será incluso más asfixiante, porque sé que quiero de alguna manera u otra, sentir la presencia de Cori en su habitación.

Sin embargo, mis manos se mueven casi por su cuenta y empujan la puerta hasta abrirla lo suficiente para que pueda asomar tímidamente mi cabeza. Mantengo mis ojos cerrados por si en algún momento me digno a dar marcha atrás. Sé que será menos doloroso de esta manera.

A paso lento, comienzo a atravesar el umbral y un olor agradable invade mis fosas nasales. Huele exactamente a la habitación de Cori, tal y como lo recuerdo. A canela y a libros. Y por unos segundos una oleada de recuerdos surca mi mente a una velocidad de vértigo, en donde Cori sigue tan presente que pareciera que nunca se fue.

Termino de entrar y tras de mí lo hace Karla y Simón. Los siento pararse a mi lado y aguardar en silencio. Un silencio que dura hasta que Karla ahoga un suspiro y me obliga a abrir los ojos para comprobar por qué lo hace.

La imagen es casi como un golpe en el pecho, en el estómago o incluso en mi cráneo. Tal vez en todo mi cuerpo, y esa sensación de mareo me abruma tanto que tengo que respirar al menos tres veces de manera profunda y lenta.

Aquí hay algo que falta. Y eso que falta es prácticamente todo.

Es Cori.

Es su presencia.

Son sus ojos verdes.

Son sus manos.

Son sus libros.

Son sus palabras.

Su sonrisa.

Y ha habitación es un espacio vacío. Sin absolutamente nada.

Nada más que una caja en puesta en el piso, justo donde antes solía estar su cama.

La caja tiene rotulado nuestros nombres, con marcador negro permanente y se mantiene cerrada. Ahí dentro tiene que haber algo que es mío, que es de Karla, y que en algún momento compartimos los tres. O tal vez sea algo que le perteneció solamente a Cori y que ahora ha pasado a nuestras manos. De cualquier manera… las pocas ganas de querer seguir aquí se han esfumado. Tal vez ni siquiera me digne a abrirla. Tal vez deje que lo haga sola Karla.

—¿No piensas acercarte a ver qué es?—me dice Simón, que luego de diez minutos estando de pie en ese espacio lleno de nada voltea a verme un poco desconcertado.

—Karla, ¿Por qué no lo haces tú?—musito, mirando hacia mi otro costado donde ella se encuentra.

Karla se mantiene con la vista fija en la caja y aguarda en silencio. Parece que no me está poniendo atención. Está absorta en sus propios pensamientos, y por unos segundos siento la necesidad de meterme en su cabeza y saber qué está pensando exactamente.

Mientras me digno a esperar a que algo suceda—no sé exactamente el qué—, me doy unos momentos para mirar a mi alrededor. Aunque la verdad, no hay mucho que mirar en estos momentos pues la habitación está en términos literales: vacía. No hay muebles, no hay estantes, no hay libros, no está el escritorio ni tampoco la pila de historietas que sabía apoyarse en una esquina al fondo. El piso de madera, antes cubierto por una alfombra, reluce en un bonito color marrón que se ve moteado por pequeñas manchas de luz que se filtran por una ventana desnuda que antes vestía unas cortinas blancas. Los árboles en la parte de afuera se ven cubiertos de nieve; se miran tan fríos como el aire que flota en esta habitación.

Vuelvo a ver a Karla por segunda vez, pero parece que ella no va a moverse. Y a pesar de que tampoco yo quiero, en un impulso que no me detengo a pensar, la tomo de la mano y la halo para que vaya conmigo a ver de qué trata todo esto. Me estoy cansando seriamente de ser un poco cobarde y de tenerle miedo a un pasado que sigue muy presente. Pero ¿Saben algo? No ganaré absolutamente nada negándome a avanzar y evitando que este tipo de cosas sucedan. Porque la verdad es que de una manera u otra tienen que suceder. Y van a quebrarme por dentro, van a hacerme sentir mal. Pero llegará un momento en el que voy a sentirme bien y avanzaré.

Esté lugar ya no es de Cori. Él ya no está aquí, y no voy a encontrarlo por ningún rincón de esta casa. Y por más que me duela aceptar que así ha sido desde que él murió y así va a ser por el resto de mi vida, tengo que adoptarlo como una de mis mayores verdades.

—Sasha, vámonos—dice Karla antes de poder dar los últimos pasos que me hacen falta para poder estar justo frente a la caja.

Sus palabras me saben a desconcierto.

De mi boca sale la negación por pura inercia.

—No.

—Sasha, no quiero quedarme—enfatiza, e intenta zafarse de mi mano, pero no la dejo.

No es justo para ninguno que nos mortifiquemos tanto. Si vamos a salir de ésta, es mejor que sea ahora.

—¡Sasha, quiero largarme!—exclama enfadada— ¡Quédate si quiere, pero yo no voy a hacerlo!

—¿Cuál es el maldito problema?—inquiero con mi entrecejo fruncido.

—Todo—musita con un hilo de voz casi imperceptible—. ¿Quieres volver a pasar por lo mismo?

Los ojos de Karla parecen vidriosos y no sé exactamente qué era lo que estaba pensando unos segundos atrás antes de que la cogiera de la mano, pero pareciera que la está afectando mucho. Tal vez más que a mí. Tal vez a ambos nos esté doliendo de la misma manera, pero en diferentes puntos de nuestra conciencia.

—¿Sabes siquiera cuanto me ha costado volver a ver una foto de Cori?—alza su mirada y me encuentro con unos ojos abatidos que piden auxilio. Sus labios tiemblan, y pareciera que va a llorar en cualquier momento—. Aun no puedo—murmura—. Esto me supera, Sasha.

—No eres la única persona a la que le afecta, Karla—no, claro que no lo es—. ¿Has pensado por lo menos cuanto me ha dolido a mí?—no, y aunque lo haya pensado, no sabe cuánto, porque desconoce el amor que le tenía a Cori. Un amor inmenso que me fue arrebatado sin pensarlo dos veces.

Ella se limita a aguardar en silencio, pero ha dejado de forzar porque la suelte. Al final, solo ha aflojado su puño y me ha tomado de la mano. No se está rindiendo, simplemente intenta dejarse llevar. Quisiera hacer lo mismo, aunque la verdad de las cosas no sé exactamente qué estoy haciendo ni qué voy a hacer exactamente.

—Voy a dejarlos solos un rato—comenta Simón.

—No tienes por qué…

—Está bien—me interrumpe y sonríe. Él lo comprende, y en cierta medida me alivia—. Estaré abajo. Prepararé algo caliente para beber.

Simón desaparece por la puerta y quedamos solos Karla y yo en la silenciosa habitación. Puedo escuchar a Karla sorber su nariz mientras se pasa la manga de su suéter por sus cansados ojos. Se acomoda su precioso cabello color avellana, prácticamente castaño tras su oreja e intenta calmarse un poco.

—Lo siento—musito—. No quería gritarte.

—Está bien—dice, pero sé que no lo está.

—También tengo miedo Karla—vuelvo a verla a los ojos y le sostengo la mirada por un largo rato—. Extraño a Cori—musito, e intento detener un nudo que se me forma instantáneamente en la garganta. Hago una pequeña pausa antes de seguir hablando, porque siento la voz me saldrá pesada y tosca.

Esto es desquiciante.

—Quiero que vuelva—el timbre de su voz tiembla.

Y es curioso, porque quien debería de estar casi al borde de una crisis nerviosa soy yo. Sin embargo, no me siento tan mal como supongo que tendría que estarlo. Es más, poco a poco me van entrando más deseos de querer saber que hay en esa caja.

—Él no va regresar—digo con voz seca. Decirlo me duele tanto como a Karla le duele lo suficiente escucharlo—. Y poco a poco me acostumbro a no tenerlo cerca. ¿Pero sabes una cosa? Soy bastante estúpido—hago el amago de esbozar una sonrisa que supongo me ha de salir más como una mueca mal lograda—, me aferro al hecho de querer tenerlo a mi lado. Y lo que avanzo por acostumbrarme al hecho de que ya no está, lo retrocedo en creces cada día cuando deseo volver a verlo.

Suelto la mano de Karla y me agacho frente a la caja. Está cerrada con cinta adhesiva transparente y tiene rotulada en una de las caras laterales nuestros nombres. No es la letra de Cecilia, es la letra de Cori, y eso solo me da la pauta para pensar que él ya veía venir esto. En cierta medida eso me duele un poco. Tal vez él se hizo desde hace mucho una idea sobre una muerte en la que dejaría atrás una vida donde estábamos nosotros. Eso ha de ser triste. No veo una vida sin Karla y Cori, mucho menos mi muerte a donde sea que luego me dirija y no encontrármelos en mi lugar de llegada.

¿Y si Cori está solo? ¿Y si se siente triste? ¿Y si está llorando? ¿Qué tal si no tiene a nadie que lo consuele?

De repente se me viene a la mente de que mis padres tal vez estén con él. Que seguramente se hacen compañía los tres, junto con mi abuela. Tal vez no esté tan solo después de todo.

Tal vez se llegue el día en el que los tres podamos estar juntos de nuevo.

Tomo un extremo suelto de la cinta que sella la caja y la halo hacia un lado, arrancando trocitos de cartón en el proceso y al final soltando las solapas que mantienen ocultas tras si las cosas que la caja contiene. Hago bolita la cinta que acabo de arrancar y la meto a mi bolsillo. Karla se agacha a mi lado y aun con serias dudas sobre si continuar, se arma de valor y distiende hacia los lados las solapas.

Nos sentamos en el suelo y la caja queda entre Karla y yo. Aun no muy seguro de querer ver que hay dentro, me acerco un poco y en su interior descubro finalmente de qué va todo este asunto. Karla hace lo mismo, y cuando pensamos que no podríamos hacerlo, hemos finalmente descubierto qué hay en esta caja.

—Mira—digo introduciendo la mano entre los objetos. Saco de él un manojo de fotografías en donde estamos los tres, y en la primera imagen del montón, estamos en la entrada del instituto con un cono de helado cada uno. La fotografía es de cuando recién comenzaba mis clases en Longmont Sunset, justo después de mudarme del centro de la ciudad hacia las afueras—. ¿Lo recuerdas?

Karla coge la fotografía y la observa con aire nostálgico. La observo mientras lo hace, y parece estar calmada. Tal vez lo esté sobrellevando bastante bien.

—Nos la tomó mamá—dice finalmente, con una sonrisa en sus labios—. Éramos unos niños

—Fue la segunda semana de clases. Ya me llevaba bastante bien con Cori—comento—. Ese día él me regaló una bola de su cono doble porque la mía se cayó.

Karla ríe un poco y luego suspira. Es agradable recordar.

—Mira esta otra—digo, mientras le paso la siguiente fotografía. En ella estamos solo Cori y yo en casa de Karla. Es de un día de Julio cuando hacía mucho calor, lo recuerdo. Ese día usamos la alberca para refrescarnos un poco. En la acartonada instantánea nos encontramos con Cori sentados en unas sillas de plástico color blanco, solo llevamos puestas unas bermudas, sin camisa y estamos listos para meternos a nadar. Él sonríe, yo sonrío, y fue un hermoso verano.

—Esta la tomé yo—comenta Karla mientras la mira detenidamente—. Esa tarde hicimos malvaviscos asados y bebimos chocolate. Tengo una copia en casa enmarcada.

—Son muchas fotografías—digo, mientras reviso las demás. Todas y cada una con un recuerdo diferente.

—¿Qué más hay?—pregunta ella.

Meto mi mano y extraigo un par de libros con anotaciones de Cori. Él siempre tenía la costumbre de escribir con lápiz sus comentarios sobre la lectura en la página del libro que se encontraba leyendo. Incluso hay notitas adhesivas y líneas subrayadas con marcador. Uno de los libros se titula “Cuando te diga que te amo”. Y recuerdo que Cori me lo contó una vez, y le dije que quería leerlo. Él me dijo que cuando lo terminara de leer, me lo regalaría. Ahora lo tengo en mis manos. Y si mal no recuerdo trata sobre un chico y una chica que se enamoran, pero algo trágico sucede y el chico muere. Por como Cori me lo relató, era un poco triste. Sin embargo, no les arruinaré la lectura. Un día sé que lo leerán.

En la caja también hay un álbum de recortes y otras pertenencias de Cori, como gorros, guantes y sus lentes. El gorro y los guantes aun huelen a él. Cori olía bastante agradable. La mayoría de cosas van en pares, supongo que para que nos quedemos con una cosa cada uno. Hay dibujos y notitas que solíamos pasarnos en clases y que Cori ha guardó consigo. Incluso hay cuadernos donde están escritas algunas que otras conversaciones tontas que tuvimos la idea de plasmar. Todas y cada una de las cosas pertenecen a un recuerdo bastante agradable.

—Son muchas cosas—dice Karla.

—Son muchos recuerdos—advierto.

—¿Crees que Cori… bueno… ya sabes…?—hace una pequeña pausa y vuelve a verme a los ojos—. ¿Crees que esto lo tuviese planeado desde hace mucho tiempo?

—Es posible—digo sin mucho ánimo.

—Es un tonto—dice un poco molesta—. No puedo creer que hiciera este tipo de cosas a nuestras espaldas.

—Es un idiota de primera—sonrío negando con mi cabeza—. Pero me alegra que lo haya hecho ¿Sabes?

—A mí también—dice ella. Ahora ya no parece inquietarle el hecho de haber venido después de todo—. Me alegra… mucho.

Terminamos de sacar las cosas, una por una, deteniéndonos a rememorar el recuerdo que le pertenece a cada una de ellas y a dejar que la nostalgia nos invada por cada poro de nuestro cuerpo. Es una mezcla extraña, ¿saben? Se debate entre lo feliz y lo triste, lo doloroso y la cosa más preciosa de todas. Casi como una soledad llena de compañía.

Es extraño, lo sé. Pero es de ese tipo de sensaciones que logran que esboces una sonrisa y que al mismo tiempo quieras llorar.

O en mi caso, derrumbarme y reconstruirme cientos de veces por dentro.

Al final, solo ha quedado una pequeña caja gris de plástico dentro de la caja. No es muy grande, pues cuando la cojo cabe perfectamente en la palma de mi mano. Rápidamente me doy cuenta que no es una caja de plástico cualquiera. Es una pequeña grabadora.

¡Oh! Ya lo recordé. Cori la ganó en una rifa en el instituto hace un año. En ella grabábamos solo tonterías. Nunca la utilizamos para nada realmente productivo.

Me pregunto si…

Presiono el botón de encendido y el casete dentro de ella comienza a reproducirse.

—Apriétale ahí—dice Karla.

—¿Ahí donde?—pregunta Cori.

—Ahí—digo yo.

—Pero si… ¡Oh! Ya está grabando—Cori suelta una risita.

—¿Y ahora qué hacemos?—pregunto.

—Pues, no lo sé—advierte Karla.

—¡A Sasha le gustan las empanadas!—grita Cori.

Dejo escapar una carcajada que la grabadora no vaciló en ningún momento registrar. Escuchar mi voz en una grabación es bastante extraño.

—Cori tiene un tercer pezón en su nalga izquierda—dice Karla.

—¡Blasfemia!—exclama él.

—Si lo tienes—manifiesto yo.

—Dejen a mis nalgas en paz, que no tienen nada.

—Que el mundo sepa que tu trasero es una anormalidad—río sin poder contenerme.

—Sasha tiene tres testículos—se mofa Karla.

—¡Oye, no es cierto!

—Pues a mí no me consta—dice Cori.

—Eres una bestia—refunfuño.

—Y Karla…

—¿Yo qué?—rezonga ella.

—Te apestan los pies.

—¡Ihg! Mentira.

—A mí no me consta—digo yo.

Y luego de eso solo hay más carcajadas y la cinta termina, supongo, porque ya no suena absolutamente nada más por la bocina de la grabadora. Como dije, solo eran tonterías, pero al menos me trae recuerdos agradables. Karla se está riendo en estos momentos, así que supongo que ha sido buena idea hacer esto, después de todo. Escuchar nuevamente la voz de Cori es agradable. Provoca que me escuezan los ojos y me dan ganas de llorar, pero curiosamente no lo hago, solo sonrió como bobo y los deseos de soltar una carcajada me invaden.

Por cierto, ni Cori tenía su tercer pezón, ni a Karla le apestaban los pies, ni yo tengo un tercer testículo. Todo era una tontería para pasar el rato, que conste.

—Es como regresar en el tiempo—musita Karla.

Alzo mi mirada y noto que la expresión de su rostro es serena. Parece feliz.

—Eso parece—secundo.

Y cuando creemos que no encontraremos nada más, escuchamos un pequeño ruido. Como el de papel siendo arrugado.

Miramos a nuestros costados pero no encontramos nada, y noto inmediatamente el mismo sonido, pero esta vez me percato de que no proviene de ningún otro lugar más que de la grabadora. He olvidado apagarla, y parece que aún tiene más grabación por reproducir.

»“Ejem.”

Reconozco esa voz. Es cori.

»“Bien, esto es un poco extraño—comienza.”

Si, definitivamente es él.

»“La verdad es que no sé exactamente como se hace esto chicos, así que lo intentaré lo mejor que pueda. Emmm, pues, ¿Hola?”

»“Esto es ridículo—masculla

Hace una pequeña pausa y luego de unos segundos, su voz vuelve a aparecer por la grabadora. Debería de detener esto. Sin embargo, no lo hago.

»”Lo siento—musita—. En serio, siento abandonarlos de ésta manera, chicos. No quiero, créanme, no quiero hacerlo. Quisiera quedarme para siempre con ustedes, pero no voy a poder hacerlo. Pero ¿Saben una cosa? Voy a esperarlos en algún sitio, igual que como siempre suelo hacerlo cada vez que vamos al instituto—el suelta una pequeña risa. Esto va a dolerme, lo sé—. Ayer por la tarde fui donde el doctor, dijo que iba a estar bien, pero no le creo nada, porque últimamente el cuerpo me ha estado doliendo demasiado y me he sentido muy débil. Dicen que es por la quimioterapia, pero a mí se me hace que me estoy muriendo.”

»Ayer no pude acompañarlos de regreso a casa. Por cierto, siento haberles mentido. No tenía que ayudar a mamá. Iba a un chequeo con el medico por lo de mí leucemia. Mamá dice que debería de contarles al respecto sobre que ya estoy en tratamiento. Siento no haberlo hecho, pero es que sinceramente hablando, sé que no voy a lograrlo.

»Perdón por ser tan pesimista. Los quiero. Los quiero mucho.

»Perdóname Karla, por habértelo ocultado tanto tiempo. No quería preocuparte. No culpes a Sasha. A él también iba a ocultárselo. Pero ya sabes cómo es él, y siempre mira a través de todos con bastante facilidad. A él no puedo ocultarme nada. Es una muy buena persona. Me alegra que sea así. Te quiero Sasha. Te quiero Karla. Los quiero muchísimo a ambos.

»Hace como cuatro días descubrí que se me comenzaba a caer el pelo. No se me nota demasiado porque lo que se me cae es bien poco, por lo de la quimioterapia y esas cosas, ya saben. Espero no quedarme calvo—Cori vuelve a reír y luego suspira.

» Sasha, terminé de leer el libro que me regalaste. ¿Lo recuerdas? El que se titulaba “Ana”. Pues bueno, me encantó. Deberías de leerlo Karla. Es bastante bueno.

»Por cierto, chicos ¿Qué harán para navidad? ¿Ya saben qué van a cocinar? Si hacen crepas, coman muchas por mí. Pero no demasiadas o van a enfermarse.

»Oye Karla ¿Me harías un favor? ¿Podrías decirle a Khana que lo siento? No quería herir sus sentimientos. Dile que es una muy buena chica, que es alguien muy especial. Dile que espero que un día pueda encontrar a alguien que corresponda sus sentimientos. Dile que también la quiero. Por cierto ¿Cómo van tú y Nixon? Espero todo salga bien.

»Saben, ayer por la mañana me estuvo sangrando la nariz. No sé por qué. Y bueno, no les dije nada porque no quería preocuparlos. Aunque creo que a estas alturas ya no ha de importar. Si están escuchando esto es porque yo ya no estoy.

»Esta mañana me peleé con papá. Y no, no se preocupen, no me ha golpeado esta vez. Todo fue porque vomité a mitad de la sala. No sé por qué se molestó. No es como si yo quisiese hacerlo realmente. Vomitar no es nada agradable. Últimamente todo lo que como me está provocando nauseas.

»¡Oh! Sasha, Karla, casi lo olvidaba, Feliz Cumpleaños para ambos. No sé si se los estoy dando adelantados o atrasados. Ya tienen dieciocho. No anden por ahí de alcohólicos o voy a molestarme. ¿Qué les han regalado? ¿La han pasado bien? Espero que sí.

»Los quiero chicos. Voy a extrañarlos, pero sé que algún día volveré a verlos. Por favor, cuídense. Sasha, cuida de Karla. Karla, no dejes que nada malo le suceda a Sasha. Saluden a Kathy, a André y a Tránsito de mi parte.

»Los amo chicos. No me olviden.

»Los amo.

Continuará.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 10 de Noviembre de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

Un pensamiento en “Capitulo 52: Nunca me olvides.

  1. Karen

    Te odio a ti y a esta novela por hacerme amarla tanto. No se como lo logras, me haces sentir todo como si fuera parte de la historia. Llore demasiado, realmente fue algo hermoso… Eres un excelente escritor (:

    Responder

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