Capítulo 51: Invierno. (Parte I: Frio)

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Es domingo por la mañana y el aire huele a bosque y a invierno. Ya hace un buen rato que vengo caminando por entre los árboles, dejando tras de mi pisadas marcadas sobre la nieve. Hoy me he levantado temprano para salir a dar un paseo porque ya tenía tiempos de no hacerlo y quería retomar mis viejas rutinas. O salir a correr, o salir a caminar. Al final opté por lo último y ahora me encuentro andando por el tramo de bosque que está pasando el instituto. Bien pude haberme perdido en el que está tras mi casa, pero preferí cambiar de escenario esta ocasión.

Un cambio siempre sienta bien. Es como empezar de nuevo, y lo único que no cambia eres tú… la mayor parte del tiempo.

El suelo y los árboles están cubiertos por un manto blanco brillante, y el cielo se encuentra pintado de gris. No hay azul por ninguna parte y el verde se rinde ante los colores del invierno. O es gris, o es blanco. Nada con lo que deleitar los ojos, pero no por eso esta época del año me parece menos bonita.

Me detengo unos momentos y apoyo mi mano en el tronco de un pino para poder cruzar sobre una raíz que sobresale del suelo y luego continúo andando. Mi aliento se deja escapar en nubes blancas que se disuelven en el aire frío. Mi nariz debe de estar tan roja como la del reno de Santa Claus, Rudolph, y la punta de los dedos de mis manos están un poco adormecidos, así que froto mis palmas para poder calentarlos un poco.

Creo que hubiese sido una buena idea venir con guantes, pero solo he traído el gorro que Karla me ha regalado y el suéter que le pertenecía a Cori. Si, ese que le regalé para su cumpleaños. Ahora ya no huele más a él porque Tránsito lo ha lavado. Sin embargo, sigue siendo mi suéter favorito.

Cori era una de mis personas favoritas.

—Oye, ¿Cuánto más piensas caminar?

André, que viene caminando tras de mí, se detiene unos momentos para descansar.

Volteo a verle y noto cuán lejos nos encontramos de la calle. Tanto que ya no puedo verla.

—No sé. Hasta que me canse—respondo.

—Yo ya me cansé—bufa.

—Te dije que te quedaras en casa, André.

El niega con su cabeza, respira hondo y hace un esfuerzo por seguir hasta que logra alcanzarme. Creo que tal vez haré una pequeña parada para que recobre las energías. No quiero que de un momento a otro caiga con hipoxia. Pesa demasiado y arrastrarlo hasta la calle sería todo un problema.

—Quería venir—dice con la respiración entrecortada. Tiene las mejillas y los labios bastante rojos, seguramente del frío—. Además, dejarte solo es un poco peligroso.

—Ni que fuera a perderme.

—Contigo nunca se sabe—se encoje de hombros.

Mientras descansamos, saco mi móvil y miro la hora: son las siete de la mañana. Y pensar que salimos a las seis de casa y ya hemos avanzado bastante. Y hablando de avanzar, acabo de recordar que después de navidad, justo dos días antes de año nuevo, es la feria de logros en Longmont Sunset. Con los chicos hemos progresado mucho en cuanto a la antología se refiere. Ya solo nos queda llevarla a la imprenta para que saquen el tiraje de copias, cosa que haremos el lunes por la tarde con Karla luego de clases. Solo espero el señor Donovan no me entretenga demasiado cuando le entregue mi proyecto del semestre. Esta madrugada terminé de pasar las anotaciones de mi diario a la libreta que presentaré, solo me faltan tres anotaciones para la versión en digital. No sé para qué demonios quiere una copia en digital del diario. Solo espero que me ponga una “A++” por esto. La graduación se acerca a velocidad vertiginosa y lo último que quiero es que al final me diga que mi trabajo es insuficiente.

¡Es que mando a castrar a Donovan si me pone una nota menos!

En fin, dejando la violencia de lado, hoy le he enviado un mensaje a Eureka. Lo hice justo antes de salir de casa, y a pesar de que era muy temprano no me pareció mala idea hacerlo. No es como si le haya escrito la gran cosa. Fue algo así como:

Yo: —“Ammm, ¿Hola? 🙂 ¿Feliz domingo? (o_o)

Y cuando pensé que era muy temprano, viene ella y me sorprende con que tal vez no era así.

Eureka respondió inmediatamente: —“Enamoras con tus mensajes, Sasha. Ja-ja-ja-ja (^u^)”

A lo que luego no pude evitar contestar: —“Lo sé. Es que hago mi mejor esfuerzo (*3*).

Y ha sido de esa manera como hemos estado toda la mañana, o al menos desde que le envié el mensaje, tonteando. Es algo así como un estado de indecisión entre el coqueteo y la broma. Que al final creo terminará resultando en algo más que una broma.

A decir verdad, Eureka me agrada.

Volvemos a reanudar la marcha, pero esta vez es de regreso a casa. Tardaremos al menos cuarenta y cinco minutos en poder estar sentados a la mesa desayunando, así que no perdemos tiempo y comenzamos a irnos por donde vinimos. André ya no jadea y ahora camina a mi lado, y noto, por primera vez en un largo tiempo, que casi alcanzo su estatura. Me falta tal vez un centímetro para lograrlo, cosa que él no tarda en hacer notar.

—Pronto vas a ser tan alto como yo—dice, con una sonrisa en su rostro—. Creces rápido.

—Es por tanta fractura—digo, a modo de broma.

—Es curioso, ¿sabes?—André suspira y el aliento se escapa de sus labios con lentitud—. Hace unos años eras a penas un niño.

—Adolescente—le corrijo.

—Niño, Sasha—el me rodea con su brazo por los hombros y pareciera que es una de esas caminatas de padre e hijo. Pero no, solo somos André y yo. Y eso me parece bien—. Eras un niño, torpe y frágil. Pero sobre todo torpe. Alguien que trataba de ser independiente y a veces lo conseguía—él vuelve a verme y con una mirada cálida y una sonrisa que me calma—. Solo a veces

De repente pienso en cuanto necesito de Karla. De cuanto necesito de él. De cuanto necesito de Kathy y Tránsito. Y entonces las palabras de André me hacen sentir alguien indefenso nuevamente. Tal vez yo no esté creciendo. Tal vez no esté madurando. Tal vez me quedaré así para siempre.

—Pero ahora—agrega sin detenerse demasiado a pensar—, ahora lo logras todo el tiempo, y eso es bueno.

—Sigo dependiendo de ti, de todos.

—O tal vez todos dependemos de ti—se encoge de hombros—. La definición de dependencia es muy amplia. Y en el caso de las personas, comienzas a depender de alguien desde el momento en el que le miras por primera vez.

—¿A qué te refieres?

—Míralo de esta manera: cuando conoces a alguien, creas recuerdos, y la existencia de ese recuerdo depende del hecho de que conociste a ese alguien. En ese sentido, nadie es independiente de nadie.

Recuerdos. Diciéndolo de esta manera solo me hace pensar que en muchos sentidos, aun dependo de Cori.

—Vaya, se nota de que pasar tiempo con Lucas te ha servido de algo—digo con una sonrisa.

André suelta una carcajada que se pierde entre el bosque y no regresa. Pero dejando de lado mi ridículo comentario, él tiene razón. Y no es que no quiera en algún sentido dejar de tener algún lazo afectivo con ninguno de mis amigos, pero a veces necesito seriamente de una buena dosis de independencia, de ser solo yo y nadie más. De ser egoísta hasta hartarme. De ser narcisista hasta detestarme. Incluso de odiar a quien sea sin miedo al cargo de conciencia.

Pero no puedo.

Tengo miedo. Y el miedo tampoco es bueno cuando de encontrarte a ti mismo se trata, porque te limita a ser solo una parte de lo que realmente eres. Y en ese aspecto es que mi miedo se torna un demonio, porque temo encontrarme con un yo que sea todo lo que jamás quise.

Llegamos finalmente a la carretera y comenzamos a andar por su orilla. De aquí en adelante nos tomará al menos quince minutos en llegar hasta nuestra cálida sala. Mi estómago ya da señas de hambre, así que aprieto un poco el paso para comer lo más pronto posible. De cualquier manera, los pasos de André son más largos que los míos, así que tengo que caminar más rápido si quiero caminar a su lado.

—Oye, Sasha—musita, mirándome de reojo.

—¿Qué pasa?—pregunto.

—¿Qué harás esta tarde?—inquiere, mientras le da un punta pie a un montículo de nieve.

La pequeña montaña blanca de hielo se desparrama por todas partes y se convierte en un montón de nieve desperdigada por doquier. Aunque no es como si cuando nevara los copos cayeran ordenadamente, así que da lo mismo.

—A medio día iré donde los gemelos con Karla—respondo—. Simón nos ha invitado a comer pie de limón.

—Ah, ya.

—¿Sucede algo?—pregunto con curiosidad.

André suspira.

—Sí. A decir verdad, sí.

—¿Y qué es?—quiero saber.

Él se frota un poco las manos y las guarda en el bolsillo de su suéter. Luego voltea a verme.

—Pronto será enero Sasha, y sabes lo que eso significa.

Si, sé lo que significa. Y el solo hecho de pensar en Nueva York me provoca unas ligeras nauseas. No quisiera irme de Longmont, pero tendré que hacerlo de cualquier manera por la universidad.

—Donovan dijo que se encargaría de los papeleos restantes de Karla y míos—trato de aminorar lo que sea que esté sucediendo o lo que sea que André trate de decirme.

—Tengo tu vuelo—suelta sin más.

Y las náuseas se acentúan. Tanto que momentáneamente siento que la bilis me sube por la garganta, pero se atora en algún punto y trago grueso para regresarla a mi estómago.

—¿Ya lo has comprado?—exclamo con desconcierto y sorpresa.

Barbaridad. Es casi estúpida la situación. Sin embargo, André asiente con seriedad y su semblante se endurece un poco. Como si estuviese preocupado.

—La graduación es a finales de enero y lo que se tenía previsto para febrero y marzo también se mueve para ese mes—sigue diciendo, casi como si estuviese leyendo una nota de memoria.

—¿Qué demonios tratas de decirme?—le interrogo con un poco de disgusto, no con él, sino con todo.

—Terminas el instituto el otro mes—aclara secamente—. ¿No te lo dijo Donovan?

¡¡Desgraciado maestro cara de peine barato!!

Había dicho que faltaba mucho para que termináramos el año, y mi definición de mucho eran dos meses o tres. Se suponía que la graduación sería a finales de febrero o inicios de marzo, no en enero. Lo que significa que tendré que irme más rápido de lo que pensaba, y lo que también significa que Jennel y Nixon regresaran a Alemania más pronto de lo que jamás quise.

Hay tanta gente que no veré por un largo rato, a otra que no volveré a ver jamás, y aun no estoy preparado para esto. Es decir, nadie va ahí por la vida pensando que mañana alguien habrá desaparecido y a ninguno le importa un carajo. Muy en el fondo, todos queremos ser los primeros en desaparecer, porque tememos sentir el dolor de ver a alguien irse primero.

—No, no me lo dijo—respondo un poco desconcertado—. Pero, André… hay muchas cosas por preparar, es decir…—me corto por unos momentos en mis propios pensamientos, y titubeante, logro reanudarlos—…el apartamento donde nos quedaremos… mis cosas… los libros… ¡Ni siquiera sé que maldita modalidad escogeré!

—Calma, no te sofoques—intenta consolarme—, tengo la mayoría de esas cosas cubiertas.

—Pero…

—Confía en mí—exhala con bastante serenidad—. Lila y Lucas me están ayudando con todo.

No sé por qué sigo sin sentirme preparado. Es casi como un golpe en las bolas sin previo aviso. Y a pesar de que puedo confiar en André, sigue quedándome algo en lo que él ni ninguno podrá hacer nada por mí: escoger mi carrera en la universidad.

Ni siquiera tengo la más vaga idea de qué quiero ser.

—¿Por qué no me lo dijiste?—inquiero un poco irritado, luego de caminar un rato en silencio—. Pude haberlo hecho yo, sin molestar a nadie.

—Nadie se está molestando, Sasha.

—¿Sabes tan siquiera cuan ocupada debe de estar Lila en estos momentos con sus cosas como para ponerla a hacer tonterías? ¿Sabes siquiera en lo que Lucas debe de estar ocupado? Esto no está bien. Ellos no tienen por qué…

André se detiene y me coge por los hombros zarandeándome para que me calle, y al final lo logra. Cierro el pico sin perder tiempo y noto cuan enfadado parece estar él.

—¡Por un demonio, ya cállate y escucha lo que estoy diciendo!—grita furioso—. ¡No-estás-molestando-a-nadie!

—Es imposible que…—en mi menor intento por tratar de hacerle saber que tal vez si molesto a alguien, él me interrumpe, solo que esta vez ya me ha soltado de los hombros y me mira con dureza.

—Mira, Sasha, sé que quieres dejar al margen de lo que sea que te sucede a cuantas personas te sea posible, pero no puedes. Si Lila y Lucas están ayudando es porque ellos realmente te aprecian—hace una pequeña pausa y desvía su mirada tan solo unos momentos, lo suficiente para hacerme pensar de que André se siente mal, y creo saber por qué—. Deberías de estar agradecido por ello, y no quejándote—advierte negando con su cabeza con evidente desaprobación—.

Me siento incluso culpable. Mierda, André siempre tiene la maldita razón.

—Lo siento—musito apenado—. Yo no quería causar problemas…

—Ese es el problema, Sasha. Tú nunca quieres involucrar a nadie.

André comienza a andar y me tomo unos segundos antes de continuar con él, solo que esta vez, no voy a su lado, voy a un metro tras sus pasos. No sé por qué siento que si logro verlo a los ojos por unos instantes voy a sentirme peor.

Y aun así, con tan solo el tiempo transcurriendo, es suficiente para que todo el tramo hasta que llegamos a casa me sienta como un verdadero asco de persona. Necesito disculparme con André.

Tengo que hacerlo.

Pero no sé por qué no me doy en valor de hacerlo.

No sé por qué no lo hago.

***

Es medio día y vamos a la casa de los gemelos con Karla. Esta vez llevo la camioneta porque no tengo ni deseos de caminar ni mucho menos de ir aguantando el frío. La calefacción del auto es suficiente para hacernos sentir a gusto pero de cualquier manera traemos suéteres—no muy gruesos, claro— por cualquier cosa. Traigo conmigo la llave que me ha enviado Cecilia y los serios deseos de dar la media vuelta y regresar a meterme bajo mi cama también me acompañan, pero con Karla a mi lado, esos deseos se ven atenuados y es lo que me impulsa a mantener el pie en el acelerador y continuar yendo hacia adelante.

Debo de calmarme. No va a suceder absolutamente nada malo. Lo sé.

O intento convencerme de eso.

Solo entraremos a la habitación de Cori. He estado cientos de veces ahí, la conozco a la perfección de pies a cabeza y conozco incluso cada libro que había sobre la repisa o los posters pegados en la pared. Me los sé de memoria. Sé que en la pared frente a la cama están garabateados nuestros nombres con lápices de colores, y sé que siguen ahí. Sé que en el marco de la ventana hay pequeñas calcomanías con dibujos de panqueques porque Karla las pegó hace años y nunca nadie las quitó, y sé que siguen ahí.

No sé qué es lo que me preocupa demasiado.

Cinco minutos luego de tanto tontear dentro de mi propia mente, estamos frente a la casa, bajando del auto y dirigiéndonos a tocar el timbre de la puerta. Ahora ya no podemos entrar a la casa como lo hacíamos antes.

Ya no más.

Una vez el timbre suena, esperamos pacientes a que alguien salga a abrir, y un minuto luego, asoma Simón con un delantal puesto y una cuchara en su mano.

—Hola chicos—nos saluda.

—Hola Sign—responde Karla.

Había olvidado que en un principio ese era el apodo por el que Maikel llamaba a su hermano gemelo. Si mal no recuerdo es una abreviación de sus dos nombres.

—Llegan justo a tiempo—comenta.

—Me congelo—digo, con los dientes castañeándome.

—¡Oh, pasen, pasen!

Y curiosamente, una vez dentro, incluso la casa huele diferente. Definitivamente el ambiente se metamorfoseó para adaptarse a la nueva familia que la habita, y el viejo espíritu de calidez ha sido sustituido por otro, no menos cálido, sino diferente. Sin embargo, los muebles siguen igual, en el mismo puesto, la alfombra que estaba en el centro de la sala fue sustituida por otra de color distinto y las repisas, que aunque siguen situadas donde siempre habían estado, ahora sostienen objetos diferentes; fotos de personas a las que no estoy acostumbrado a ver, recuerdos de lugares que jamás he visitado y pequeño cuadros de pinturas que en mi vida había visto.

Es como ser igual, pero a la vez diferente.

Es realmente extraño.

Nos dirigimos a la cocina tras Simón que apresurado avanza porque seguramente tiene algo sobre la estufa que debe de estar viendo constantemente, así que de un par de zancadas logramos llegar y sentarnos a la mesa en donde esperamos pacientes a lo que sea que vayamos a hacer. Comeremos pie de limón, pero supongo que no es todo lo que hoy va a suceder.

El ambiente de la cocina curiosamente es el mismo. Me siento por unos momentos en casa, pero luego recuerdo que quien me hacía sentir realmente como si estuviera en mi hogar ahora ya no está. Y eso rápidamente da paso para que regrese a mi realidad. Y en esta realidad ahora existen dos buenos amigos; Maikel y Simón.

—El pie se está enfriando—comenta Simón, mientras mueve un cucharon dentro de una cacerola.

El olor que despide lo que sea que esté cocinando es bastante agradable.

—Soy despiadada en cuanto a juzgar comida se trata—dice Karla con tono desafiante.

A Simón se le escapa una risita y niega con su cabeza.

—Esta vez ganaré yo—responde—. Siempre ganaré.

—Ya lo veremos—Karla esboza una sonrisa maliciosa—. Para superarme se requiere de mucha experiencia, querido.

—Recuérdame quien hizo los mejores camarones en tempura para la clase de cocina—se mofa él.

—Punto para Simón—advierto.

Chist—Karla me da un codazo en el brazo—. Cállate que no me estás ayudando.

—¡Ay!

Karla me dirige una de esas miradas asesinas, que luego suaviza y vuelve sus ojos hacia Simón que no deja de mover con bastante gracia lo que está cocinando. Pareciera que ha hecho esto toda su vida. Y seguramente es así. Yo por poco y puedo cocinar panqueques.

Ah, panqueques. Son sabrosos.

—Y Khana—agrega ella—. A Khana le quedaron sabrosos. Así que tienes competencia.

—Ummm.

—Hablando de Khana, creo que concursará en el reto del mejor platillo este año—comento pensativo—. Si mal no recuerdo, el año pasado ganó el primer premio.

—¿Concurso?—inquiere Simón.

—Sí. Para la feria de logros hacen concursos. La categoría de cocina está incluida. Deberías de participar—me encojo de hombros—. Podrías ganar.

—O empatar—dice Karla.

—Yo no empato—él adopta una pose vanidosa que solo logra hacerme reír.

—Hermano, con Khana te las ves difícil—digo entre risas—. Créeme, es una despiadada en ese aspecto.

—Eso ya lo veremos—murmura en tono misterioso.

Diez minutos después, son las doce con treinta de la tarde, y cinco minutos luego, estamos almorzando solo nosotros tres. Tal parece que Maikel y su padre se encuentra en la guardería ayudando, así que prácticamente estamos solos en toda la casa.

Esto me recuerda un poco a la vez en la que Cori cocinó para nosotros un día de enero por la mañana. Que por cierto, lograr comernos ese desayuno fue toda una proeza. A veces hacíamos cosas estúpidas. Demasiadas estúpidas la verdad.

Era 1 de enero y ese día amanecimos en casa de Cori porque habíamos decidido que pasaríamos juntos, solo nosotros tres, año nuevo. Y así fue. Era la primera vez que lo hacíamos porque las veces anteriores siempre nos la pasábamos en familia. O bueno, Karla y Cori lo hacían.

Hubo muchos años nuevos que fui solamente yo.

Los padres de Cori habían salido a visitar a unos familiares así que teníamos la casa solo para nosotros.

Yo estaba tendido en la alfombra de la sala hecho un ovillo, Cori estaba en el otro extremo de la alfombra y Karla acostada en el sofá, todos pensando en qué carajo íbamos a comer. Nadie quería levantarse y parecía que teníamos resaca, pero no por tomar alcohol, sino por haber pasado despiertos sin pegar un ojo la noche anterior.

Y a pesar de estar en un estado que se debatía entre el sueño y la agonía inducida, hablábamos tonterías.

—A ver, ahora me toca preguntar a mí—decía Cori mientras rodaba por la alfombra. Desde las cinco de la madrugada habíamos comenzado un juego de preguntas un poco extrañas—. ¿Si por alguna extraña razón, fuéramos los dos únicos hombres en el mundo y tú la única mujer, y por alguna razón aún más extraña, necesitaras satisfacer tus… bueno… deseos carnales…?

—A veces eres tan sucio—masculló Karla.

—Aun no termino de formular mi pregunta—se quejó él—. Bueno… el punto era… ¿Con cuál de los dos te acostarías?

La pregunta me causo risa al principio. Unos segundos después me provocó ansiedad por saber la respuesta que Karla podría darle.

—Ummm—ella se mantuvo un momento pensativa y al final concluyó algo peor que lo que Cori le había preguntado, cosa que me sacó otra carcajada—. Pues he sido dotada por la naturaleza de dedos en mis manos—se rió—. Saca tú tus propias conclusiones.

—Interesante respuesta—terció él—. Muy inteligente.

—No sé si sentirme ofendido por habernos rechazado o si darte la razón por tan inteligente deducción—me burlé.

—Ahora me toca a mí—dijo ella mientras se sentaba en el sofá—. Veamos… ¿Quién va a hacer el desayuno?

—Buena pregunta—advirtió Cori.

—Es la casa de Cori, es su cocina—aclaré.

—Ni siquiera lo pienses—se quejó él—. Como mucho comeremos algo de recalentado.

—Ni loca—exclamó Karla—. Si como algo más que sea salado voy a vomitar. ¿Por qué no cocinas panqueques?

—Mucho trabajo para alguien tan sexy como yo.

—Me la suda tu sensualidad—rio ella.

—Me la suda que te sude mi sensualidad—contraatacó él.

—A mí me la sudan ustedes dos—dije dejando escapar un suspiro—. Bien, Cocinaré yo—dije poniéndome de pie. El hambre podía más conmigo que las ganas de discutir por el desayuno—. A este paso nunca vamos a comer.

—Gracias a todos los cielos—Karla alzó sus manos y exhaló profundamente—. Me muero de hambre. Por favor haz la caridad de alimentar a esta mujer—se señaló así misma y parpadeó varias veces agitando sus largas y crespas pestañas.

—Te engordaré y luego te hornearé—mascullé riendo.

—Pues que sea luego de que vaya al baño—se paró del sofá y se perdió por el pasillo hacia el cuarto de baño.

A la vez, Cori chasqueó la lengua y se puso de pie más rápido de lo que pude haber pensado y al final, se ofreció él antes de yo poder dar paso alguno hacia la cocina.

—Bien, cocinaré yo—dijo al final—. Tú eres muy torpe y terminarás quemándote en la estufa.

—No es cierto—le reñí.

—Te recuerdo que la última vez que cocinaste se incendió la cortina de la cocina.

Abrí la boca para poder contradecirle algo pero me quedé a medias porque al final de cuentas él tenía razón. Hubo una vez en la que, ni siquiera cocinaba, solo calentaba una sopa y no sé cómo carajos la cortina de la ventana se prendió en llamas.

Fue… ridículo. Ya olvidemos el asunto.

—A veces eres despreciable—rezongué.

—Así me quieres, pedazo de baboso.

Y por segunda vez, tuve que volver a cerrar el pico. Él tenía razón.

Pasamos a la cocina y Cori sacó del refrigerador leche, huevos y mantequilla, y de la alacena sacó una caja de harina para panqueques. Cogió un tazón enorme y comenzó a mezclarlo todo sin perder demasiado el tiempo.

—¿De qué quieres tus panqueques?—preguntó mientras batía la mezcla.

—Vainilla.

—Bien—sacó un pequeño botecito de un cajón con un líquido de color blanco y se lo añadió a la espesa masa.

Yo me limitaba a observarlo desde la mesa mientras él parecía disfrutar de lo que hacía. Era realmente extraño verlo cocinar, pero en cierta medida agradable. Pasó un buen rato hasta que Cori notó que lo observaba y no dudó en preguntar al respecto.

—¿Qué?—dijo un poco incómodo.

—Nada.

—¿Tengo algo en la cara?

—Sí. Una fealdad de respeto—bromeé.

Cori rió y cuando lo hizo, sus ojos parecieron achinarse un poco. Eran unos bonitos ojos. Era una bonita sonrisa.

—Debería de dejarte sin panqueques.

—La maldad te corre por las venas Cori Summer.

Cori cogió un poco de masa y lazó una cucharada por los aires que dio directamente en mi cara, embarrándome todo de mezcla para panqueques. Un poco de maza se resbaló de mi nariz y me cayó en la boca; el sabor a vainilla no tardó en hacerse notar.

Cori soltó una carcajada al verme en ese estado y no pude evitar reírme también, pero no iba a vérselas fácil. Así que me levanté y cogí la bolsa de harina y comencé a lanzársela por montones hasta dejarlo tan blanco como un fantasma. Lo único que resaltaba de su rostro eran sus ojos verdes.

Cori tosió un par de veces y las nubes de harina se elevaron por sobre su cabeza.

Cuando entró Karla a la cocina, se armó el Armagedón.

De un momento a otro todo era masa de panqueques, harina y leche volando por los aires y dándonos de lleno en la cara o en el cuerpo. Yo escondido tras la mesa, Karla tras el refrigerador y Cori tras el desayunador que separaba la cocina del comedor. El piso era un verdadero desastre, y todos estábamos hechos un asco embadurnados de harina y leche.

—Por la paz, sugiero que bajes ese tazón con mezcla para panqueque—advertí agazapado tras la mesa.

—En tus sueños Alexander—dijo Cori con tono desafiante.

—Si ambos bajan lo que tienen en sus manos, yo me deshago de esta leche—masculló Karla.

—Nunca, bruja de la leche—renegué.

—¿A quién le llamas bruja?—se quejó Karla.

Y de un momento a otro, los ingredientes para un buen desayuno comenzaron a ser lanzados nuevamente a través del aire y se impactaban por doquier. Harina y leche, masa e incluso huevos.

Uno de ellos se impactó con mi cabeza y se destripo sobre mi cabello. Fue realmente asqueroso, pero a Cori le pareció hacer gracia, por lo cual bajó la guardia por unos momentos; tiempo suficiente para contraatacar.

Miré a Karla y ella pareció pensar lo mismo que yo, y entre ambos salimos de nuestros escondites y nos abalanzamos sobre Cori, que desprevenido lo tomaron nuestros movimientos e intentó lanzarnos más masa, pero ya se le había acabado.

Este es tu fin, Summer—gritó Karla.

Pero nuestro intento se vió frustrado cuando intentamos apresarlo contra el suelo y embadurnarlo de leche y harina porque resbalé en un pegote de masa y caí de bruces sobre Cori, llevándome en el camino a Karla que cayó encima de mí.

Todos soltamos al mismo tiempo un quejido de dolor seguido de un “Auch” bastante sincronizado.

Nos quedamos tendidos unos sobre otros por un rato, y luego de un silencio un poco extraño, soltamos en carcajadas y nos tendimos a los costados y nos quedamos mirando al techo mientras no parábamos de reír. Nos mirábamos los unos a los otros todos embadurnados de masa y leche y nos parecía incluso más gracioso.

Éramos como niños luego de una travesura.

Éramos nosotros.

Y ese nosotros era perfecto.

Luego de eso, nos llevó dos horas limpiar todo el desastre, y dos horas más lograrnos sacar de encima toda la porquería. Nos metimos a la tina los tres—con ropa claro está—, y dejamos a la regadera que nos lavara sin mucha prisa. Ahí estuvimos mojándonos y hablando más tonterías hasta que nuestros estómagos volvieron a dar señales de hambre y decidimos ducharnos y desayunar de una buena vez. Cori se duchó primero y bajó a preparar los panqueques. Luego Karla y por ultimo yo. Y esa mañana, diez minutos antes de mediodía, estábamos sentados la mesa comiendo panqueques.

Fue el mejor año nuevo de todos.

Con Karla y Cori a mi lado, cualquier día se convertía en el mejor de todos.

Hemos terminado de almorzar y finalmente comeremos pie. Simón preparó un delicioso almuerzo. Era sopa de hongos con pollo. Karla debió de admitir que al chico se le da bastante bien esto de cocinar.

Ya falta poco para que sea la una y treinta de la tarde. Y mientras espero a que Simón sirva los trozos de pie, recibo un mensaje de Lucas en mi móvil. Me pregunto de qué tratará.

Lo abro sin perder tiempo y el texto se despliega en mi pantalla.

Dice lo siguiente:

Dice André que te necesita de regreso a las tres acá. Vienen personas importantes”

Ummm. Que extraño. Me pregunto por qué no me lo habrá enviado André. Seguramente sigue molesto conmigo. Le debo una disculpa aunque la verdad no estoy seguro como ni por qué debo disculparme exactamente. Suelo ser demasiado distraído con este tipo de cosas.

Bien, trataré de llegar a tiempo”—le respondo, y el mensaje se envía rápidamente sin perder tiempo.

Sin embargo, su respuesta es bastante rápida. Lucas es veloz escribiendo mensajes de texto.

—“¿Qué le sucede a André?”—me pregunta—. “Parece enfurruñado”

—“Es mi culpa, lo siento”—contesto.

—“Bueno, igual tienes que venir temprano ¿Si?”—dice al final.

—“¿Quiénes llegarán?”—inquiero con curiosidad.

Esta vez Lucas se tarda un poco más en responder, y cuando creo que ya no va a hacerlo, recibo su último mensaje.

—“Tus abogados.”

Continuará.

Próximo Capítulo: Domingo 3 de Noviembre de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

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