Capítulo 50: Intentarlo.

Queridos lectores, muchísimas pero muchísimas gracias por la paciencia y por su espera, con este capítulo reanudo la publicación de Sasha. Siento haber tardado demasiado, pero la universidad me absorbía, y bueno, en mis espacios libres he podido escribir los suficientes capítulos para no atrasarme. espero sea de su agrado y como siempre, sus comentarios serán bienvenidos :3

Undermorning

No importa cuántas veces lo medite, ni cuantas haga el intento por encontrarle un sentido diferente a sus palabras, jamás podré cambiar esa sensación tan abrumadora que ha logrado instalar en mi conciencia. Es como si esa oscuridad que sale narrada de sus labios me envolviera y me hiciese desaparecer por unos momentos; es agradable. Es plenamente perfecto.

Eureka alza su mirada y observa a un público que se ha quedado enmudecido. Nadie murmura, nadie se mueve. Lo único que rompe el silencio es mi propia respiración. Y cuando creo que nada va a suceder, levando mis manos por inercia y dejo escapar leves aplausos. Primero uno, luego tres, luego seis, y al final todo el salón completo aplaude de manera ensordecedora llenando el aire de sonido.

Eureka sonríe, asiente levemente con su cabeza y da las gracias. Parece radiante y satisfecha. Su lectura ha sido preciosa y realmente se merece los aplausos. Me pareció profunda, real y sobre todo reflexiva. Y pensar que me dio un punta pie esta mañana. Un me duele un poco.

La lectura para los padres termina con Eureka y todos quedan libres luego para andar por ahí en la exposición de trabajos manuales de sus hijos. Los chicos se dispersan por doquier y van a curiosear por el lugar con Jennel, Nixon y Khana que recién han venido a ayudar. Yo me quedo sentado en el pasillo de la entrada sin muchos deseos de andar caminando. Igual y de aquí puedo observar a través de la puerta de vidrio la nieve caer allá afuera. Es bastante agradable. De otro momento se realizará la subasta con la que va a finalizar toda actividad de la guardería. Me pregunto si alguien comprará el dibujo de oso panda que hicimos con Lucas. Bueno, él lo dibujo, yo solo lo pinté.

Mientras dejo pasar el tiempo, Eureka aparece con un pequeño cuaderno bajo su brazo y un cupcake en cada mano. Parecen ser de esos que estaba reglando Simón en la entrada. Eureka se sienta a mi lado y me pasa uno, se lame un poco de crema batida que se había untado en uno de sus dedos y luego sonríe.

—Me encantan los cupcakes—dice mordiendo el suyo—. Son pequeños, dulces y bonitos.

—Si, como yo.

Ella vuelve a verme y dejando escapar una risa de entre sus rojos labios. Un rojo que me parece bastante bonito.

—¿Siempre eres así de gracioso con las chicas?—pregunta, ladeando su cabeza—. Seguro las traes locas.

Así que ella sabe cómo jugar sucio también. Una chica interesante.

—Ya, ya, no te burles—no puedo evitar esbozar una sonrisa—. ¿Y tú, siempre le das patadas en la chimpinilla a cada chico que conoces?

Ella abre la boca como si fuese a decir algo pero al final, solo se limita a darle una mordida a su pastelillo y a encogerse de hombros. Su cabello de color bronce cae sobre sus hombros y desciende hasta su cintura. Algunos mechones se escapan y se posan sobre sus mejillas, dándole un matiz bastante delicado a su rostro.

—Eres tan peculiar— advierte mirándome a los ojos—. No sé cómo es que tienes cara bonita.

—Sí, sí, lo sé. Enamoro.

Ella suelta una carcajada y luego pasa su dedo por mi mejilla y me limpia un poco de crema batida que no sabía que tenía.

—Sí, puede ser—ella se pone de pie y lame su dedo—. Bien, Sasha, termina mi descanso. Ha sido un placer compartir contigo un pastelillo.

—Lo mismo digo—le dedico mi mejor sonrisa y al instante Eureka enarca una ceja. Sé que ella está intentando contener también una sonrisa porque las comisuras de sus labios vacilan en un forzoso intento por no levantarse—. ¿Qué?—le pregunto.

—Deja de intentar algo conmigo, ¿quieres?—al final se rinde y no puede evitar reírse.

—No lo hago—me encojo de hombros.

—Sí, claro, aja.

—Tú deja de coquetear conmigo. Me estás enamorando a base de cosas dulces—declaro intentando no reírme—. Primero el helado, y ahora un pastelillo. Quieres engordarme, y seguramente luego vas a comerme.

Y cuando parecía que Eureka iba a irse, no lo hace porque se cruza de brazos y me mira, tanteando sus siguientes palabras. Sin decir absolutamente nada, toma asiento y se queda a mi lado en silencio, mirando hacia la pared de en frente. Mientras tanto, yo me limito a observarla. No sé exactamente qué estamos haciendo, pero sé que esto no es una discusión para nada seria. A esto se le llama tontear.

—Te podría empanizar y luego freír—dice finalmente, rompiendo el silencio—. Una vez estés gordito sería lo mejor, aunque luego no sé quién querría comerte.

—No insultes mi carne, que he de saber sabroso—me quejo.

—Sí, definitivamente—advierte riendo mientras niega con su cabeza—. Estás ligando conmigo. No lo niegues.

Me limito a encogerme de hombros. Puede que ella tenga razón.

Ok, no lo sé. Por eso digo que puede que la tenga. Además, ¿Qué tendría de malo?

—Tomaré eso como un “me enamoré de Eureka, la más hermosa del mundo”—masculla alzando sus manos y asintiendo con bastante vanidad.

Suelto una carcajada que no logro contener a lo cual salta ella con una risa bastante agradable. Es suave, como sus palabras. Vuelvo a verla y noto que me observa detenidamente mientras escruta con su mirada mi rostro.

—Hay que agregarle a eso que Eureka también da patadas de respeto—advierto sin dejar de reír.

—Ya, no me lo recuerdes. Al menos tendrás algo que contarles a tus nietos cuando ya estés viejo.

—Claro, les diré que una vez me dieron un punta pie en un cuarto de utilería y que me sobornaron para que guardara silencio con un helado de pistacho.

—Maikel no puede saberlo—se encoge de hombros—. Puede ser una bestia cuando se propone fastidiarte con cosas como esas.

—¿Ah, sí?

Ella asiente

—Le encanta molestarme. A veces parece que es tarea la que se toma.

Oh, miren que casualidad. Así que es como Kathy. Esto solo da la pauta para pensar que esos dos son el uno para el otro. Eso me recuerda que ella aún me debe muchas de las que me ha hecho. Aun me falta vengarme por haberme tomado una foto aquella vez en la que me ayudaba a meterme a la tina cuando tenía el cuerpo enyesado.

—Me recuerda a alguien—musito con desgano—. Y créeme, sé que es vivir con algo como eso.

—Sí, es un poco… interesante—hace una mueca de desaprobación y vuelve a ponerse de pie—. Bien, hoy si tengo que irme si no quiero llegar tarde. ¿Te veo luego?

Sonrío y me hundo en su mirada.

—Te veré luego—respondo.

Eureka comienza a caminar de espaldas, mirándome, sin desdibujar una sonrisa que se esboza en su rostro de rasgos frágiles. Unos cuantos metros luego, se da la media vuelta y avanza con paso rápido, pero justo antes de desaparecer por una puerta, vuelve a verme. Vuelve a sonreírme. Y Eureka remueve algo en mí, algo extraño pero agradable.

Y eso tan agradable se queda conmigo incluso un buen rato después de que ella se ha ido.

Que curioso.

Me quedo un rato más en el pasillo hasta que se hace tarde y se llega la hora de la subasta. Decido ponerme de pie e ir hasta el salón donde se llevará acabo, así que cinco minutos despues me encuentro junto Maikel ayudándole a preparar los objetos a subastar. Hay tantas cosas que seguramente recolectarán mucho dinero. Esto me recuerda aquella ocasión en la que nos pusimos con Karla y Cori a recolectar dinero un día de marzo para poder salir por ahí a pasear. Verán, queríamos ir a almorzar a un restaurante francés que vende comida bastante buena en el otro extremo de la ciudad, el problema era que ni uno ni otro teníamos suficiente dinero para poder ir. Y por si se lo preguntan, sí, tenía la posibilidad de pedirle a mis padres que me dieran, pero jamás me gustó depender demasiado de ellos para este tipo de cosas. La verdad es que me fastidiaba un poco cuando me veía en la necesidad de pedirles dinero. Pero en fin, necesitábamos el dinero, así que se nos ocurrió prostituirnos.

¡Aja! Se la creyeron.

Pues no. No nos íbamos a prostituir, solo bromeaba—rio para mis adentros de solo pensar en sus caras cuando leyeron esto—. Lo que hicimos fue vender tareas. Así es, hacíamos tareas por un modesto precio de cinco dólares con noventa y nueve centavos. Aunque bueno, al final lo único que prostituimos fue nuestro esfuerzo. Nos llovieron un montón de trabajos de nuestros compañeros y recolectamos la impresionante cantidad de quinientos dólares y setenta y siete centavos. Hubiésemos recolectado más, pero en el proceso tuvimos que hacer gastos imprevistos y necesarios: compramos helado y gaseosas.

—Me duelen los dedos—esa noche los chicos se habían quedado en mi casa para terminar las tareas de nuestros compañeros que nos faltaban. Cori se puso de pie y se estiró un poco—. ¿Todavía tenemos helado?

—Tú te has comido lo último que quedaba—refunfuñó Karla.

—Oh, bueno.

—Hay yogurt—comenté mientras cerraba un folder con una tarea recién salida de mi cabeza y lista para ser entregada.

—Tú siempre tienes yogurt—advirtió Cori, mirándome de soslayo.

—Amo el yogurt, así como tus amas que Lena Wodlain te manosee.

—¿¡Lena!?—exclamó Karla, volteándose a vernos con incredulidad. Su mirada pasaba de mi a Cori y luego nuevamente a mí—. Tienes que estar bromeando—se cruzó de brazos.

—¿Cuál Lena? —dijo Cori a la defensiva.

—La chica condones—le tanteé. Cori se quedó pensativo por unos momentos pero no pareció dar con la chica que le hablaba. Por cierto, a Lena le pusieron la chica condones porque una vez llegaron a repartirnos al salón condones gratis durante una charla de educación sexual. Lena cogió un puñado, más de los que su novio podría haber necesitado alguna vez… supongo—.

Cori pareció captar de quien hablábamos, pero se encogió de hombros y se hizo el desentendido.

—No le veo problema—dijo sin darle mucha importancia—.

—No puedo creer que te dejes manosear de ella—reprochó Karla.

—¿Qué tiene de malo?—pregunté.

—Me dijo “puta desalmada” el semestre pasado solo porque rechacé a su hermano Harold cuando se me declaró a final de curso.

Cori soltó una carcajada que duró un buen rato y yo intenté retener una conmigo pero por más que quise se me salió y no pude detenerme luego.

—No puedo creer que ese chico te haya invitado a salir—advertí sin dejar de reír—. Tenía que estar demente si creía que le darías una oportunidad.

—Está demente—manifestó Cori poniéndose serio por unos momentos—. En serio. Solo a él podría ocurrírsele intentar algo contigo luego de lo que hizo.

Por cierto, lo que hizo Harold fue darle una nalgada a Karla, y cuando esta se dio la vuelta para ver quien carajos lo había hecho, le tocó los senos y la besó a la fuerza. Ese día regresé a mi casa con un cardenal en mi pómulo y Cori con una cortada en su labio inferior, pero valió la pena, porque le dimos una paliza a Harold a medio pasillo entre nuestro salón y la oficina del director. De cualquier manera no nos importó, se la merecía por pasarse de imbécil.

Harold luego necesitó de una endodoncia y de puntadas en su mentón. Pobre. Pero se lo merecía. Sigue sin hacerme gracia lo que hizo.

¡Ah! Y nos suspendieron por un mes. Fue un lindo mes.

—De cualquier manera—dice Karla, retomando un hilo anterior—. Hablábamos de la chica condones y de que te manosea. No puedo creer que lo permitas. Ten un poco de decencia.

—Ni siquiera es cierto—se queja Cori—. Sasha lo dice solo porque en una ocasión ella me dio…

Cori se queda a medias y parecía que no quería decirlo, pero como los amigos están para muchas cosas, ahí salí yo y le di el empujón que necesitaba. Casi como una patada en el culo.

—Le tocó las bolas en un entrenamiento de futbol—me reí—. Lo hubieses visto.

—No es cierto—refunfuñó—. Me golpeó. ¡La chica me golpeó las bolas!

—Pues metió mano y se quedó así por un largo rato—me encogí de hombros—. Con eso tuvo que haber sacado conjeturas sobre grosor y longitud—me burlé—. No sé si llamarte suertudo por conseguir una manoseada gratis o si decirte que tienes muy mala suerte porque te tocan sin tu permiso.

—Preferiría suertudo.

—Así que grosor y longitud…—terció Karla, pensativa.

—Qué grosor ni qué nada. De cualquier manera lo hizo accidentalmente—se apresuró él, intentando aminorar su evidente vergüenza—. Ella me marcaba y cuando quiso bloquear mi paso accidentalmente me tocó, nada más.

—Sí, ajá—me burlé con sarcasmo—. Ajá.

Karla le hizo una mirada de esas en las que le dice “Tú no me engañas, a ti se te paró” y Cori pareció incomodarse porque arrugó su frente y negó efusivamente. Al final terminamos dejando el tema porque en un principio lo había sacado solo para matar el rato, así que bajamos a comer yogurt a la cocina hasta saciarnos. Dos días después fuimos a comer al restaurante francés y descubrimos que Lena trabajaba ahí. La chica cada vez que miraba a Cori parecía emocionarse, pero él jamás la instó a nada—y ahora comprendo por qué. Aun me parece increíble que Cori se haya… bueno, ¡ejem!, enamorado de mí—. En ese aspecto tal vez Cori era más serio de lo que parecía.

Amaba realmente a Cori.

Lo extraño.

La subasta fue concurrida. Asistieron muchos padres y se lograron vender todos los objetos que se presentaron. Increíblemente el dibujo del oso panda se vendió por cuarenta dólares, así que me siento realizado por ello y Lucas parece bastante contento también. Al final de la jornada, se da un discurso a los padres y les agradecen por llevar a sus hijos a la guardería, hacen un recuento de cuantos logros han obtenido en lo que va del año y anuncian una que otra actividad nueva que se implementarán el año que viene. Para las siete de la noche ya no queda absolutamente nadie más que los trabajadores y nosotros los voluntarios. Solo nos falta terminar de limpiar, así que nos apresuramos para poder irnos a casa a descansar. A Karla y a mí nos toca ordenar el cuarto de la subasta y los demás van abajo a terminar lo que falta.

—¿Dónde estuviste después de la presentación de lectura?—me pregunta ella, mientras apila una silla sobre otra.

—Oh, pues, abajo, cerca de la entrada.

—¿Solo?

—Sí. Bueno, no. Eureka me hizo compañía un rato, luego me quedé solo.

Karla vuelve a verme, dejando escapar un suspiro.

—Te estuve buscando, Sasha.

—¿Ah, sí?—inquiero—. ¿Para qué?

Ella niega con su cabeza y prosigue apilando las sillas. De repente ella parece exhausta y un poco alicaída. Me pregunto si será porque hemos estado ocupados todo el día. O si será por Nixon. Me pregunto cómo irán las cosas entre ellos. Y la verdad es que no sé qué ha sucedido al respecto. Debo de preguntarle a Karla. Realmente me interesa saber cómo va todo.

—Karla…—musito.

—¿Qué sucede?

—Mañana iré donde los gemelos. ¿Vendrás conmigo, verdad?

—¿Dónde los gemelos?

—La llave ¿Lo recuerdas?—la miro a los ojos y ella asiente.

Se muerde su labio y luego baja su mirada.

—Me pregunto qué es lo que habrá en la habitación de Cori—dice, mientras se acomoda un mechón de cabello tras su oreja—. Sabes, no estoy segura de poder soportarlo. Yo…—hace una pequeña pausa entre sus palabras. La entiendo—… simplemente no quiero volver sentir esa angustia de que ya no está con nosotros.

—Yo tampoco—musito—. Pero es importante.

—Lo sé.

—Tal vez esa angustia no regrese Karla.

—Eso espero—murmura—. Eso es lo que realmente espero.

Comprendo a Karla a la perfección. Yo más que nadie sé qué tan doloroso es estar sumergido en esa sofocante tristeza de haber perdido a alguien. ¿Pero saben una cosa? Tal vez Karla se equivoque. Tal vez ella simplemente esté obviando algo que no ha desaparecido del todo. Esa angustia tal vez sigue ahí, en alguna parte, pero sucede que nosotros nos acostumbramos a ella. Suele sucedernos, a todos, es casi lo mismo que el dolor. El dolor nunca se va, siempre está ahí, pero nos familiarizamos tanto con él que al final se convierte en algo tan natural. ¿O díganme, alguno de ustedes ya olvidó la primera vez que les rompieron el corazón? No, creo que no, y cada vez que lo recuerdan se sienten mal por ello. ¿Lo ven? Ese dolor sigue ahí, es solo que ahora saben sobrellevarlo. Y no es que haya dejado de importarles, es solo que tal vez ahora tienen cosas más importantes en las que pensar o por las cuales sentir.

Terminamos de ordenar lo que nos resta y luego nos dirigimos abajo a ayudar a los chicos para así terminar todo más rápido, pero para cuando llego abajo me encuentro con que ya todo está en orden. Al final podremos irnos a casa temprano, o bueno, no tan temprano porque ya casi serán las ocho treinta. Seguramente todos los demás están más que cansados y no es de menos. Ha sido un día bastante agitado, pero divertido y entretenido al menos en lo que a mí respecta—obviando claro está la patada en mi chimpinilla—.

Supongo que es hora de que nos vayamos, así que cuando vemos que no hay nada más en lo que podamos ayudar, decidimos regresar a casa, así que comenzamos a desear buenas noches, a agradecer a todos por dejarnos ayudar y a despedirnos, de la tía de Maikel, Lena, y de las demás personas que trabajan en la guardería y de las que han asistido de voluntarios. Maikel y Simón nos acompañan hasta la salida, y por si alguien se lo está preguntando, Simón aún no se quita su traje de oso panda, tal parece que le gusta demasiado y comienzo a creer que si pudiera, iría así vestido al instituto. Y hablando del instituto, nos queda poco tiempo en él.

Oh, desgraciada universidad, te acercas demasiado rápido para mi gusto.

—…Y entonces Karla dice que no deberíamos de hacer pastel para navidad, que es mejor comprarlo en Puffle—dice Kathy mientras camina delante de mí con Lucas. André y Karla van delante de ellos junto con Simón, y Maikel va con migo tras de todos.

—Es mejor comprarlo—comenta Lucas—. Así nos ahorramos tiempo que podemos emplear para preparar los flanes.

—¿Qué flanes?—pregunta André.

—Pues los flanes—reitera él—. Habíamos quedado en hacer flanes y gelatinas.

—No me acuerdo—dice André, ladeando su cabeza.

—Tú te estabas quedando dormido cuando hablábamos de eso—le reprocha Karla—. Por eso no te acuerdas.

—Oh.

Salimos del pasillo y la noche fría nos envuelve. Instantáneamente siento el cambio de temperatura que me provoca escalofríos y me eriza los vellos de la piel. Las nubes de vaho comienzan a escaparse de mi boca y puedo ver mi aliento diluirse bajo la luz de las lámparas de los postes de energía. No nos tardamos demasiado en llegar hasta donde André has estacionado el auto. Por cierto… ¿Les conté que tenemos un nuevo auto? Creo que lo había olvidado. Después del accidente, el convertible quedó hecho un asco y la aseguradora nos dio otro. Ahora cabemos más porque es una camioneta y no un auto pequeño. Es bastante bonita, pero sigo diciendo que detesto viajar en auto cuando puedo ir caminando.

Los chicos comienzan a acomodarse dentro para así poder marcharnos. André conducirá así que podré ir tonteando con los demás en la parte trasera. Khana, Nixon y Jennel se han ido antes con el padre de los gemelos, ellos tenían que llegar más temprano a su casa por otras cuestiones, así que no han podido venir con nosotros.

—Bien, nos veremos mañana—dice Simón—. Les debo un pie de limón.

—No tendré piedad evaluándote—advierto.

—Estoy preparado—expresa, colocándose su cabeza de oso panda y haciendo el saludo de los soldados.

—Hasta luego chicos—Maikel se despide y después de esto, ambos se van.

André enciende la camioneta y comienza a ir de retroceso para poder salir a la calle, pero justo antes de que logre salir por completo, se detiene y dejamos de avanzar. La calle está a unos pocos metros y muy solitaria. A esta hora seguramente todos estarán ya en sus casas preparados para ir a dormir, al menos de este lado de la ciudad, porque más al centro todo es muy concurrido. André suspira y vuelve su mirada hacia atrás, con su entrecejo fruncido.

—¿Y bien?—dice, luego de estar un rato sin movernos—¿Qué estás esperando?

Todos volvemos a verle y luego volvemos a vernos entre nosotros.

—¿A quién le hablas?—pregunta Karla.

—Al zopenco de ojos azules—me señala—. ¿Qué estás esperando?

Ah, era a mí.

—¿Qué estoy esperando de qué?—inquiero, confundido.

—Mira por la ventana—me ordena.

Como voy en medio de Karla y Kathy, tengo que removerme un poco en el asiento para poder asomarme, y cuando finalmente lo hago, logro divisar a alguien parado en la entrada de la guardería. Entrecierro mis ojos y logro enfocar mejor a esa persona: Eureka.

—¿O te bajas o te bajo?—me dice André.

—Tal vez está esperando otra cosa—manifiesto sin mucho revuelo.

Karla me da un codazo en las costillas y resopla con, no sé si resignación o irritación. Abre la puerta y el frio nos invade. Se remueve un poco y al final no sé cómo he terminado fuera del auto. Genial. Lo han logrado.

—Mira Sasha, a veces en ocasiones como esta me sacas de quicio y en estos momentos no sé por qué quiero ahorcarte—dice con tono serio y su entrecejo fruncido. Pareciera que está…—. Tú solo ve, que se nota a kilómetros que mira el auto y te busca a ti.

Suspiro con evidente desdén y cuando alzo la mirada, miro que todos me observan.

—Bien, iré—digo finalmente.

—Ve, antes de que te suba al auto por la fuerza—me dice ella con tono serio.

Creo que está hablando en serio.

Y sin más, me doy la media vuelta y comienzo a andar. No sé por qué presiento que no ha salido exactamente a buscarme a mí, aunque cuando mira que me acerco, alza su mano, me saluda y sonríe.

Ok, tal vez los chicos tenían razón y me estaba buscando a mí.

No tardó más de cinco minutos en atravesar el estacionamiento y llegar hasta donde ella. Tiene las mejillas y los labios de color rosa por el frío, pero a su rostro le dan un matiz bonito que combina con su cabello de color bronce. Ya no lleva puesto el uniforme de la guardería e incluso me parece un poco más alta, aunque está usando los mismos zapatos converse.

Eureka se mira preciosa.

—Pensé que no saldrías de esa cosa—lleva sus manos tras su espalda, y me sonríe—. Llevo un buen rato gritándote mentalmente que bajaras del auto.

—Tenía serias dudas—me encojo de hombros—. No sabía si era un llamado alienígena el que percibía o si eras tú.

—Gracioso—pone sus ojos en blanco.

—Lo sé. Soy tremendo.

Eureka suelta una carcajada y extiende su mano hasta coger la mía, colocando dentro un pequeño papel y cerrando mis dedos para que lo apuñe.

—Ten.

—¿Qué es?—pregunto.

—Papel.

—Oh, no me digas—advierto con sarcasmo, pero sin poder evitar reírme.

—Pues te lo cuento por si no te enteras—dice negando con su cabeza—. Bueno, en fin, venía a despedirme. Luego no te encontré y pensé que era necesario al menos decirle adiós a la persona a la que casi le fracturo la tibia esta mañana.

—Tienes bastante fuerza—le digo y no sé por qué carajos estoy sonriendo como estúpido.

—Me lo dicen seguido—comienza a caminar de espaldas, sin dejar de mirarme—. Nos vemos en alguna otra ocasión, señor Leader.

—¿Volveré a recibir otra patada?—le digo, antes de que cruce la puerta.

—Es posible—confiesa—. Nunca se sabe.

—Vendré preparado.

—Te esperaré entonces—dice, sonriente.

Y Eureka desaparece tras la puerta y vuelvo a quedarme solo, así que regreso al auto nuevamente. El camino a casa es un poco extraño, porque los chicos me miran de reojo y sonríen de vez en cuando. Miro a Karla en busca de una explicación, pero ella solo se limita a dedicarme una sonrisa y luego pierde su mirada por la ventana. Pero esta sonrisa es diferente. Se siente diferente.

***

Llegamos a casa justo a las nueve de la noche. Primero hemos ido a dejar a Karla a su casa y luego nos hemos regresado a la nuestra. Estoy tan cansado que podría caer doblado a medio camino entre mi habitación y las escaleras, pero hago un esfuerzo por llegar hasta mi cama y cuando lo logro, me dejo caer pesadamente dejando escapar un suspiro de alivio porque al fin podré dormir. De cualquier manera tengo que volver a ponerme de pie y cambiarme de ropa para ponerme algo más cómodo, aunque al final termino por quedarme en bóxer y dormir así. Tengo tanta flojera que no quiero ir al armario a buscar algo. Cuando saco mi móvil del pantalón, se cae de mi bolsillo el papel que Eureka me ha entregado y que he olvidado ver. Lo recojo del piso y me tiendo en la cama dispuesto a dormirme y mientras el sueño llega, me dispongo a ver de qué se trata.

Dos segundos después, una sensación extraña en mi cuerpo me arranca una sonrisa y no sé por qué me siento como su hubiese ganado algo bastante importante. Porque sé, incluso que aunque no lo aparentara, yo estaba intentando conseguir algo, solo que no sabía exactamente el qué. Ahora me doy cuenta de qué se trataba, y tal vez esto de comienzo a muchas cosas.

Tengo un “Siento lo de esta mañana” seguido de un número de teléfono escrito con lapicero azul en un pequeño papel amarillo sobre la palma de mi mano.

Eureka.

Sábado 18 de Diciembre de 2010

Aún tengo muchas cosas pendientes, y es bueno a veces tomarse un respiro para poder pensar como llevarlas a cabo. A veces tan solo necesitamos esperar a que llegue el momento indicado para poder hacerlas, pero de alguna manera u otra, se llegará el día en que necesitaremos que esas cosas estén listas. Puede ser cualquier cosa, desde un simple dibujo hasta unas pocas palabras. Puede ser incluso una idea, hasta tal vez ser una promesa. Solo es cuestión de intentarlo, intentarlo cuando sea posible y cuando menos lo creamos.

Sasha.

Próximo Capítulo: Domingo 27 de Octubre de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

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