Capítulo 49: Eureka

Primero que nada, mil y un millón de disculpas por mi ausencia u.u he tenido unos cuantos contratiempos personales pero ya todo se ha normalizado n.n aquí está el capítulo 49 de Sasha, espero sea de su agrado, y como siempre me encantaría saber sus comentarios. No olviden también que el audio-prologo está publicado ya para descargar para quien quiera escucharlo :3. ¡Un enorme abrazo para todos! y… La novela  corta de Cori y Karla va en progreso *__*

Loving dark purple ©

Primero fue un grito.

Segundo, fue un chillido.

Después fue una patada en mi chimpinilla y luego se hizo la luz.

Finalmente lancé una maldición y un desquiciante quejido de dolor.

Una chica pelirroja que sostiene un palo de escoba polvoriento a la defensiva me mira con bastante desprecio y pareciera que se me va a lanzar encima en algún momento y me va a reventar el cráneo con esa cosa. He tenido que agacharme del dolor y ahogar un gemido porque la patada que me ha dado me ha dolido casi tanto como un mal golpe en los testículos.

Levanto mi mirada, y ella sigue ahí, con ese palo de escoba en sus manos. Ahora ya ni siquiera parece molesta, sino que ha suavizado su gesto y parece solo observarme con un aire de desconcierto.

—¡¿Qué demonios pasa contigo?!—exclamo con mi pierna adolorida.

—¿Conmigo?—enarca una ceja—. ¡Has sido tú quien me ha asustado!

—Buscaba el interruptor—gruño tratando de ponerme de pie. El dolor me hace hacer una mueca—.

—¿Te encuentras bien?

—No—rezongo molesto.

Trato de caminar, pero cojeo un poco. Y la verdad es que no estoy tan molesto que se diga, solo adolorido, y eso me irrita.

Ella me coge del brazo y me ayuda a sostenerme de pie. Me recuesto en la pared un poco e intento poner el pie de manera correcta sobre el suelo, pero duele. No esperaba venir a recibir una patada de una chica extraña en un evento de aniversario de una guardería.

—Lo siento, me asusté y yo… bueno, lo siento.

Suspiro. Y entonces mientras mis ojos se terminan de ajustar a la luz del pequeño cuarto de utilería, reparo en que me encuentro ante una chica de cabello rojizo obscuro, casi como bronce, de ojos azulados y tez pálida. Es delgada y bueno, sigue sosteniendo el maldito palo de escoba.

—¿Quieres soltar esa cosa?—pregunto mientras espero apoyado en la pared a que la molestia en mi pierna se calme un poco—. Me siento ligeramente amenazado.

—¡Oh!—lo tira a un lado y se limpia las manos en su pantalón—. Perdón.

La observo detenidamente. Parece estar nerviosa. Seguramente creerá que voy a vengarme y le daré una patada. Ni que fuera tan estúpido.

—En serio, lo siento—vuelve a disculparse—. Me asusté. Estaba aquí sola y bueno, tú apareciste sin hacer ruido y tocaste mi mano.

—Genial, ahora me van a golpear por cada vez que le toque las manos a alguien—digo con sorna—.

Ella se cruza de brazos y vuelve a ese gesto la defensiva.

—Debería de haberte dado una patada en el culo—me dice con desdén—. Seguro te la merecías.

Suelto una carcajada. Creo que se lo ha tomado en serio cuando yo realmente solo bromeaba. A ella no parece hacerle gracia porque frunce su entrecejo. La chica pelirroja se mira peligrosa.

—Vamos, no te molestes—le digo intentando calmarla—. Que aquí el lesionado soy yo.

—Ya te dije que lo sentía.

—Sí, sí. Lo sé. Solo bromeaba—me encojo de hombros—. Mejor me voy—digo dando unos cuantos pasos. Ya no cojeo… mucho—. Me esperan allá arriba.

—¿Quieres que te ayude?—me pregunta.

—Puedo solo.

—¿Y qué buscas aquí exactamente?

Me toma desprevenido porque buscaba una desgraciada escalera que no veo por la habitación. Miro a mis espaldas pero tampoco encuentro nada que pueda servirme.

—Una escalera.

—La están ocupando en la entrada. Si te esperas unos momentos podrán prestártela luego—advierte. Y sonríe—. Ya no tardarán.

Genial. Primero me dan una patada, y ahora no puedo marcharme con la escalera a quejarme del dolor a otro lado donde la chica no me vea porque la están ocupando. Bien, bien, admito que no quiero que note que me duele demasiado. Es un poco vergonzoso que una chica me vea hacerlo. Por un demonio, me he lanzado del último piso del instituto y no puedo creer que sea hasta ahora que me dé pena demostrar cuanto me duele. No es lo mismo hacerlo frente a mis amigos que ante una pelirroja que bien podría burlarse y tildarme de llorón.

—Tú sangre—musita.

Levanto la mirada y la miro fijamente a los ojos. Parece preocupada cuando nuestras miradas azules se interceptan y luego me señala. O más bien señala algún punto debajo de mí.

—Genial, ahora eres un vampiro.

—No—se agacha y me toca la pierna.

—¡Ay!

No he podido evitar encogerme y soltar un gemido.

—Estas sangrando—dice.

Se pone de pie y me enseña sus dedos manchados de un color carmesí. Entonces bajo la mirada y noto que efectivamente estoy sangrando, justo en el lugar donde el dolor aún persiste. Mi pantalón tiene una pequeña mancha roja pero la sangre que sale no es demasiada. Parece más bien un rasguño.

—¡Mierda!—exclama preocupada—. ¡Lo siento, yo no quería…!

—No te preocupes…

—¡Perdón por comportarme de esa manera, no suelo ser violenta, es solo que…!

—¿No sueles serlo?—digo esbozando una sonrisa burlona después de haber dejado escapar una leve carcajada—. ¿Quiere decir que eres violenta, pero no muy a menudo?

Ella corruga sus cejas y se sonroja, cosa que solo me causa más risa.

—Solo bromeo, vamos, no te alteres.

Sin decir nada me coge con fuerza—porque si tiene mucha fuerza— del brazo y me saca a trompicones de la habitación. Compruebo que por el movimiento la pierna aún me duele así que camino entre “auchs” de quejidos y cojeo un poco, cosa que trato de ocultar.

—¿A dónde vamos?

—A curarte esa cosa.

—Vamos no es tan grave.

—A curarte, dije—se detiene y abre una puerta y nos metemos sin pensarlo dos veces. A mí no me parece tan grave, aunque no digo nada porque ella parece tener una determinación de los mil demonios por ayudarme. No me quejo más porque creo que intenta disculparse, aunque yo ya le he dicho que lo deje—.

—¿Qué es este lugar?

—La enfermería. Ahora, siéntate—me indica, señalando un sofá de color azul pálido.

Así que sin decir nada más, dejo caer mi trasero sobre el acolchado mueble y espero mientras ella mueve botecitos de colores sobre un estante en busca de quién sabe qué. Echo un vistazo y compruebo que la enfermería es realmente espaciosa y está pintada y decorada con motivos infantiles. Hay una camilla al fondo y equipo para suturas. Una lámpara de quirófano cuelga del techo y una cantidad considerable de medicamentos yace tras una vitrina en la que la chica rebusca algo. Finalmente lo encuentra—es algodón—, y luego continua moviendo frasquitos de vidrio.

—¿Esto es una guardería o un hospital?—pregunto, intentando deshacer el silencio un tanto incomodo que se ha instalado.

La broma sonaba mejor en mi cabeza, y me parecía más graciosa en pensamientos que en palabras propiamente dichas.

—Es una guardería. Es solo que los niños a veces sufren accidentes y hay que curarlos.

Encuentra entre los frasquitos lo que buscaba, cierra la vitrina y luego pasa a lavarse las manos al grifo del lavabo. Yo solo me limito a observarla y me pregunto cómo fue que pasé de ir por una escalera a llegar a una enfermería. Luego recuerdo que todo ha sido por un fuerte punta pie. Lo único positivo de esto es que la chica que me dio la patada es linda.

Seguramente Maikel estará esperando a que llegue a seguir ayudándole.

—Y entonces…—la chica ha comenzado a hacer bolitas de algodón mientras se agacha frente a mí—… ¿Para qué querías una escalera?

—Maikel me ha mandado por ella. La necesitamos para arreglar el piso de la subasta.

—¡Oh! ¿Entonces tú eres de los amigos de Maikel?

Asentí con la cabeza. La chica pelirroja destapó un frasco y el olor volátil a alcohol hizo que me picara la nariz.

—Sasha—advirtió, empapando una bolita de algodón con el antiséptico.

—Sí. ¿Te lo ha dicho Maikel?

Toma entre sus dedos el dobladillo de mi pantalón y comienza a enrollarlo con cuidado por mi pierna. Puedo sentir el roce de la tela en la porción de piel lastimada pero ella es tan cuidadosa que la molestia es muy poca. Pareciera que lleva mucho tiempo haciendo esto.

—¿Tú que hacías en el cuarto de utilería?—pregunto.

—Buscaba una escoba.

—La encontraste—no he podido evitar sonreír—, pensé que me romperías el cráneo con ella.

La chica esboza una leve sonrisa y se pone de pie para sentarse junto a mí en el sofá. Con cuidado levanta mi pierna y la deja descansar sobre su regazo. No puedo evitar sentirme un poco incómodo porque estoy recibiendo demasiada atención tan solo por un rasguño. Sin embargo no digo nada. Aunque ahora que lo miro detenidamente, no es tan solo un simple rasguño. Parece un corte un tanto profundo.

—Voy a desinfectarlo, ¿Si?

—Hazlo con cui…

¡Ah, mierda! Lo ha puesto sin siquiera dar aviso. Suelto un quejido por el ardor y porque el desgraciado dolor regresa. Cierro los ojos con fuerza y el gesto de dolor en mi rostro seguramente ha de ser gracioso porque ella ríe por lo bajo. Trato de calmarme y respiro hondo. ¡Se un hombre, Sasha!

—Lo siento. Debí contar hasta tres—se disculpa.

—Estoy bien—no, no lo estoy, y ella parece notarlo porque sonríe—.

—No es necesario que te hagas el fuerte—se ríe—. Es normal.

—¿Entonces puedo llorar como un niñito?—bromeo.

Se encoge de hombros, asintiendo, y vuelve a poner el algodón en la herida.

—¡Maldición!—exclamo encorvándome un poco, apretado los puños.

—Ya, ya, he terminado.

—¡Tuviste que haber contado hasta tres!—rezongo.

—Deja de ser tan llorón.

—Me estoy quejando como un niñito—suelto una carcajada—.

Saca una gaza y un poco de esparadrapo y con cuidado cubre la herida que ahora, sin tanta sangre, se mira inofensiva. Supongo que no tardará en sanarme demasiado. Si tomo en cuenta la cantidad de veces que he estado en el hospital y que tan rápido he salido de él, entonces está herida no supondrá más que un día para curarse.

—Por cierto… ¿Cómo te llamas?

—Eureka—comienza a desenrollar el pantalón sobre la rodilla con el mismo cuidado que lo enrolló. La mancha diminuta de sangre en la tela puede notarse un poquito.

—Lindo nombre—advierto—. ¿Y trabajas aquí o simplemente vienes a ayudar como yo?

—Trabajo aquí a medio tiempo.

—Ya veo.

Ella baja con cuidado mi pie y vuelve a ponerse de pie. Se dirige nuevamente a las vitrinas y se pone a rebuscar, tal y como lo había hecho antes, algo entre los medicamentos.

—¿Conoces desde hace mucho a los gemelos?—me pregunta.

—Desde que se mudaron a Longmont. Somos… casi vecinos—digo, sopesando esa afirmación, considerando que vivimos a diez minutos de distancia—. Somos compañeros de clases.

—Ya.

—¿Tú los conoces desde hace mucho?

—Desde hace unos años—dice, pasando de una vitrina a otra porque al parecer no ha podido encontrar lo que buscaba—. A Maikel desde hace un año más o menos.

—¿A sí?—pregunto, curioso.

—Simón venía más seguido con su tía a la guardería. Por eso lo conozco desde hace más tiempo a él. Aunque ambos son bastante agradables.

Eureka susurra algo a regañadientes, molesta, porque no parece dar con lo que busca. Sin embargo, no desiste de seguir moviendo frascos para encontrarlo.

—¿Cómo supiste que yo era Sasha?—pregunté.

—Simón ya te había descrito. El chico de ojos azules, dijo.

—¡Ah! Bueno, de esa manera no nos confundirían supongo—advierto—.

—Supongo que no—se encoge de hombros. Vuelve a verme y se queda pensativa por unos segundos—. Habló de otros chicos, ¿También han venido?

—Sí, mis amigos. ¿También les dio un color de ojos a cada uno?

—Más o menos—rio ella—. Simón tiende a describir a la gente a base de detalles.

—Vaya, que observador—digo, recordando como él siempre suele quedarse viendo al vació, tal vez pensativo.

Eureka parece encontrar finalmente lo que buscaba porque ha sacado de las vitrinas un frasco de plástico con pastillas. Saca una y me la pasa junto con un vaso de agua haciendo un gesto para que me la beba.

—Ayudará a que no se inflame—dice—. Me sentiría peor si le pasara más a tu pierna.

—Ya dije que no te preocuparas.

—No puedo ir por ahí dándole punta pies a la gente—dice.

No puedo evitar reírme.

—No, no puedes hacer eso—sonrío. Eureka también sonríe—. Pero supongo que vale pasarlo por la situación. Cualquiera puede asustarse.

—Y lanzar una patada—bromea.

Me tomo la pastilla sin decir más y una vez ha llegado a mi estómago, me pongo de pie. El dolor ya casi ha desaparecido y ya no cojeo al menos, aunque la parte lastimada es un poco sensible a pesar de que la gaza la recubre. André y Lucas seguro se burlaran cuando les cuente que una linda chica pelirroja me hizo esto, así que procuraré todo lo posible porque no se me note la diminuta molestia ni la pequeña mancha de sangre en el pantalón. Esos dos podrían hacerme el rato un infierno, y si se les une Kathy, seguro se burlarían de mí hasta año nuevo.

La escalera ya ha sido desocupada así que me dispongo a cargarla hacia el piso donde está Maikel. Eureka se ofrece a ayudarme pero le digo que estoy bien, así que me voy por el ascensor—qué no sé por qué no había usado antes—, y estoy con Maikel en menos de cinco minutos.

Ya ha ordenado las sillas y preparado las cosas para la subasta. Ahí, a un costado del enorme salón está el dibujo que hicimos con Lucas. Me siento un poco culpable de saber que Maikel ha arreglado tanto en mi ausencia, y también siento un ligero nerviosismo de saber que van a subastar ese dibujo. Me pregunto por cuanto irán a comprarlo. ¿Noventa y nueve centavos… tal vez?

—Ahí estas—refunfuña desde el fondo—. ¿Por qué tardaste tanto?

Pienso detenidamente antes de responderle porque no estoy muy seguro de que sea buena idea decirle que me dejaron lisiado de una pierna en el cuarto de utilería. Sin embargo, alguien más se adelanta a mí y saca a flote la situación.

Eureka.

—Ya, deja de ser tan gruñón que ha sido mi culpa—dice, apareciendo tras de mi por las escaleras—. Se ha entretenido ayudándome.

Se para a mi lado y me guiña un ojo.

—Tú también llegas tarde—resopla Maikel con desdén—. ¿En dónde estabas?

—Buscando escobas. Hay que ordenar un poco el cuarto de utilería. Es una odisea encontrar algo ahí. Y si mal no recuerdo—Eureka se cruza de brazos y e dirige una mirada acusadora al chico—, alguien tendría que haberlo hecho hace una semana.

Maikel abre la boca como si fuese a decir algo pero parece claramente que Eureka le lleva razón así que no dice nada y se da la vuelta a seguir en lo suyo, picando papel para hacer figuras. No puedo evitar reírme por el asunto.

Eureka me da un suave codazo en el brazo y me susurra.

—¿Le has dicho lo del punta pie?—pregunta tan bajito como puede.

—No—contesto en el mismo tono.

—Genial—sonríe—. No me convendría que lo supiera. Me molestaría lo que resta de mi vida al saberlo.

—No te preocupes.

Eureka exhala un poco más calmada.

—Gracias, y, lo siento, otra vez.

Nos tiramos lo que resta de la mañana en preparar lo que hacía falta en el salón. Abajo ya han comenzado con las actividades del día así que para la hora del almuerzo nos tomamos un descanso para ir a mirar por ahí lo que hay. Maikel y Eureka no pueden acompañarnos porque tienen que hacer otras cosas, Simón por su parte sigue vestido de oso panda en la entrada, repartiendo globos y cupcakes y tal parece que lo seguirá haciendo mientras siga viniendo gente, aunque tal parece que a él no le importaría seguir en eso. Ama su traje de panda tanto como yo podría querer el flan que Tránsito prepara.

Khana y nuestros amigos alemanes han venido justo para ayudar al turno de la tarde. Por el momento se encuentran en el área de entretenimiento para los niños más pequeños. Nixon es especialmente bueno haciendo teatro de títeres junto a Jennel. Nos quedamos a ver una de sus funciones y me recordaron a la vez en la que mi abuela fue a una obra de teatro en la que actué como el príncipe sapo. Eso sucedió cuando yo vivía en Nueva York. André también asistió, él iba al mismo colegio que yo, y como ese día era libre para todos por ser feriado, pudo acompañar a mi abuela.

Tenía ocho años, y era un día caluroso de verano cuando mi profesora dijo que haríamos una obra de teatro para padres, así que sacando papelitos de una caja escogieron quien interpretaría su respectivo papel. Sin muchas expectativas más que a ser un árbol de fondo o a solo ayudar a colorear utilería, fui el primero en sacar su papelito. Como soy más salado (sin suerte) que la propia mala suerte, fui quien sacó el papel del “Príncipe Sapo” y la princesa escogida por suerte no fue otro chico. A decir verdad, fue una vecina, que por cierto hace tiempos no veo ni hablo con ella. Creo que un día le buscaré en Facebook. Hoy todo mundo tiene uno. Se llamaba Ally por cierto. Según André, ella y su familia se mudaron para Inglaterra hace unos años.

En fin, como les decía, me tocó hacer de príncipe sapo y a Ally de la princesa. Aunque yo esperaba que fuese Karla quien fuera la princesa, eso no fue posible, a ella le toco la suerte de ser un arbusto. Quise cambiar con ella de papel pero la maestra dijo que no, así que me vi obligado a hacer el dichoso personaje. Mi tía Bianca fue tan amable de confeccionar mi traje de príncipe que me quedó de maravilla y que aun he de tener guardado por ahí. Aprecie ese gesto de ella, tanto que a partir de ahí descubrí que mi tía podía ser alguien amable. Viniendo de ella hacia mi persona, era algo realmente de guardar para la historia. Si bien no soy su sobrino preferido ni nunca lo fui, seguramente en ese momento tuvo una debilidad y se ofreció a hacerme el traje… o tal vez mi abuela tuvo algo que ver y le dijo que la desheredaría. Nunca se sabe. Mi abuela era una abuela muy especial.

Se llegó el día de la obra de teatro y como era para padres yo supuse estaría solo porque papá y mamá no estaban. Ellos nunca estaban, así que ese día me fui como de costumbre solo en el autobús, con mis cosas y sin que nadie me ayudase a arreglarlas. Llegué a la escuela y me encontré con el perfecto cuadro en el que lo papás están tras vestidores arreglando a sus hijos. Karla estaba sentada sobre un taburete ajustándose sus bayas de gamuza color rojo cosidas a su traje de arbusto. La señora Bonnet cocía habilidosamente la tela sin vacilar. Derek, el papá de Karla, estaba jugueteando con una cámara de video para poder grabar la función. Alzó su mirada y me vio ahí parado, observándoles.

—¡Hola muchacho!—saludó con un asentimiento de cabeza.

La señora Bonnet y Karla volvieron a verme y no pude evitar sentirme un poco mal. No sé por qué exactamente, pero tal vez fuese porque al menos ella tenía alguien quien la acompañara en ese momento, en cambio yo estaba solo. Tal vez solo no quería que me vieran con lastima, y a pesar de todo lo que pude haber sentido, sé que no fue así. Jamás me han tenido lastima… al contrario, ha sido cariño, y agradezco por ello.

No quise parecer mal educado así que me acerqué de igual manera a saludar.

—Buenos días—salude—.

—Oh, querido, dame un segundo—la señora Bonnet cortó un trozo de hilo que salía del traje de Karla y le hizo un nudo—. Listo—advirtió, satisfecha—. Ahora, tesoro—volvió a verme—, ¿Podrías ponerte tu traje? Quiero que ambos estén perfectos.

¿Han sentido alguna vez deseos de llorar, no de tristeza, sino de algo diferente, porque alguien al menos ha tenido la amabilidad de preocuparse por ustedes? Pues bueno, eso sentí justo en ese momento. Algo dentro de mí se removió y fue una sensación parecida a la soledad mezclada con la felicidad, pero en dosis demasiado fuertes. Tenía ocho años, a mis ocho años ya llevaba cinco solo y casi ausente de padres, así que ese gesto tan simple de la señora Bonnet provoco que mientras me cambiaba en un vestidor improvisado se me salieran las lágrimas y llorara lo más calladito posible. Intenté lo más que pude retenerme, pero me fue imposible. Fue como si el hecho de que ellos se preocuparan aunque fuera un poco por mí me diera rienda suelta a pensar de que ni mis padres lo hacían tanto. Aunque de esto último no estoy tan seguro… mis padres posiblemente pudieron haberse preocupado lo suficiente de mí, tan solo es que no estuvieron ahí para que yo me diera cuenta.

Al final, el papá de Karla tuvo que ayudarme a ponerme mi traje y a ajustarme los guantes y unas medallas de plástico al chaleco. Lo hizo con mucha paciencia y cada tanto se tomaba su tiempo para comprobar que todo estuviese bien y que no me desarreglara. Era como papá, solo que no lo era.

Para mí, en ese momento lo fue.

—¿Por qué lloras Sasha?—preguntó con una sonrisa.

Yo ya no lo hacía, pero mis ojos estaban un poco rojos.

—No es nada—mentí.

—¿Estás triste?

Negué con la cabeza.

—¿Seguro?—insistió.

Acomodó el cuello de mi camisa y le quitó una pelusa.

Volví a negar con la cabeza.

—Todo está bien ¿Si?—se agachó para mirarme a los ojos. Sonrió—.

Pareció por un segundo que me leyó el pensamiento porque me dio unas palmaditas en la espalda y revolvió mi cabello. A esto, él agregó:

—El hecho de que puedas sentirte solo no significa que lo estés.

Y acto seguido, salimos del vestidor hacia donde la señora Bonnet para que terminara de ajustarme al traje. Ese día nos tomaron tantas fotografías que incluso me maree por el flash continuo de la cámara, aunque pude olvidar lo que restó del día ese sentimiento tan vacío que sentía.

—Lindo traje—Karla me echó un vistazo de arriba abajo. Esbozó una amplia sonrisa y me besó la mejilla.

Me sonrojé.

—Eres un lindo arbusto—las palabras me salieron a trompicones.

—¿Te gusta?—modeló su traje dando una vuelta.

Sonreí.

—Me gusta mucho.

Ahora que lo pienso la escena pudo haber sido de lo más romántica, pero con solo ocho años ni se me cruzaba por la cabeza que eso se pudo haber visto como aquellos casos en los que dos niños se enamoran desde chicos sin saberlo y que luego de grandes quedan juntos. Karla y yo seguimos juntos, pero no enamorados.

¿Verdad?

Bueno, al final de la obra, que nos salió bastante bien por cierto, Ally y el príncipe—ósea yo—, quedaban en un “Y vivieron felices para siempre” aunque la maestra había decidido cambiar el beso del final por un abrazo. Y se preguntaran… ¿En qué encaja mi abuela y André en todo este asunto? Pues verán, al final de la obra, como no hubo beso, ambos parecían de lo más sincronizados porque al unísono gritaron “¿A dónde está el maldito beso?”

A mí me hizo tanta gracia como a todo el público presente. Las carcajadas no se hicieron esperar y luego de eso mi abuela se hizo bastante popular entre mis compañeros. Fue un año bastante gracioso. Aún tengo las fotos de esa ocasión, y mi abuela me dijo que me veía apuesto con el traje.

Almorzamos en el cuarto de descanso del personal que nos dejan utilizar. Nos han regalado de todo para zamparnos a la boca y como si estuviésemos en casa, nos atoramos hasta el cansancio de puré de patatas, carne y sándwiches de crema de maní con jalea. Incluso nos regalaron jugo de arándanos y Maikel nos consiguió más cupcakes con crema batida rosa y celeste.

Comí tanta azúcar que seguramente esta noche no dormiré, y me duele el estómago por haberme hartado tanto. Nos tendemos en los sofás unos momentos a esperar a que la comida nos rebaje.

—¿A que Simón es bastante guapo?—Karla comenta con Kathy.

—Sí. Se veía bastante tierno en ese traje de oso panda—le secunda Kathy—. Quiero un oso panda.

—Maikel también es guapo—comenta André.

—Alejado de él—espeta Kathy enfurruñada—.

Y como era de esperarse, André había abierto la boca solo para molestarla. Él sabía que Kathy reaccionaría de una manera u otra ante la mención de Maikel y lo había conseguido.

—Y entonces decían por ahí que Kathy gustaba de Maikel…—dije. No pude evitar aprovechar la oportunidad para molestarla.

—Maikel y Kathy, sentados bajo árbol, practicando el Kama Sutra—tarareó André.

Explotamos en risotadas por su ocurrencia, y el evidente tono rojizo de vergüenza en el rostro de Kathy no se hizo esperar. Ella abrió la boca para rezongarle algo a André pero esta vez había perdido como los grandes, así que solo se limitó a encogerse de hombros y a permanecer sonrojada.

—No entiendo por qué no se dicen nada si se gustan—comentó ya poniéndose más serio, André.

—Yo no he dicho que me gusta—masculló Kathy a regañadientes.

—¿Entonces no te gusta?—inquirió Karla.

Kathy volvió a verla con mirada suplicante para que no la obligara a responder a esa pregunta. Estaba más que claro que si le gustaba, solo que ella no quería admitirlo.

—Ya, ya—intervino Lucas, moviéndose de donde estaba junto a André a sentarse al lado de Kathy. Le pasó una mano alrededor de los hombros y le dio unas palmaditas en el brazo—. No la molesten que ustedes así se portaban de enajenados cuando gustaban de alguien.

—Blasfemia—reclama André.

—Te recuerdo que parecía que te iba a dar un ataque cuando me besaste por primera vez en aquella piscina—le contraataca Lucas a él, enarcando una ceja y con tono burlón—.

—¡Bang! ¡Directo a las bolas!—se mofa Karla a carcajadas—. Recuerdo que Sasha me contó una vez como sucedió eso. Pero… ¿Ustedes ya se gustaban, cierto?

—Sí—afirma Lucas, contundente—. Era solo que no lo sabíamos y ninguno quería decirlo por miedo a lo que pudiera pensar el otro.

—¿Por qué?—pregunta Kathy, que ha comenzado a recuperar su color normal.

—Somos chicos—señala André, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo crees que lo podría ver el otro en caso de que no sintiera lo mismo?

—¿Anormal?—no pude evitar pensar en Cori y en mí. Alejé esa idea rápidamente de mi cabeza. Había una abismal diferencia entre lo que sucedía con Lucas y André a lo que había sucedido con Cori y conmigo. A diferencia de ellos, a nosotros no nos gustaban los chicos, lejos de nosotros mismos. André y Lucas podrían violarse fácilmente a Maikel o a Nixon… o bueno, tal vez podrían pensarlo.

—Una tosca manera de definirlo, pero sí—asiente Lucas—. Y considerando que éramos mejores amigos—otra vez pensé en Cori—, las cosas podían salir mal y nadie quería perder a nadie.

—Lo mismo sucede con los mejores amigos que son chico y chica—agrega André encogiéndose de hombros. Y entonces no puedo evitar pensar en Karla, y tal parece que ella ha pensado lo mismo porque vuelve a verme por un breve instante. Sacudo mis ideas porque eso no sería posible… nosotros no nos gustamos. No… —, el miedo a perderse el uno al otro siempre está, pero bueno, no puedes quedarte a esperar a que alguien pase ese miedo por ti. Solo te lanzas y miras que sucede.

—¿Y si las cosas se arruinan?—pregunta Karla.

—Pues las arreglas—asevera Lucas, regresando a su asiento—. Si pudiste arruinarlas, entonces puedes arreglarlas. Tampoco puedes quedarte ahí sin hacer nada y creer que dejándolo atrás va a solucionarse. El hecho de que las cosas vayan quedando en el pasado no quiere decir que van a desaparecer.

—Me perdí—comenta Kathy desconcertada—. ¿Dejarlas atrás?

—Sí, ya sabes, si algo se arruina hoy y tú no haces nada para arreglarlo, mañana va a seguir igual de arruinado.

A veces creo que estos chicos son una eminencia en cuanto a la filosofía y reflexiones profundas se refiere, pero una vez los veo hacer estupideces—como la de ayer por ejemplo, que hicimos competencia de ver quien tenía más bello en las piernas y que por cierto quedamos empate, los tres somos casi lampiños—, entonces vuelvo a la realidad y me doy cuenta que solo son chispazos de inteligencia rezagada que sale a flote.

Alguien toca la puerta y por ella aparece una chica de cabello rojizo.

—¿Sasha?

Todos voltean a ver a Eureka que ha asomado su cabeza por la entrada. El silencio se torna de un segundo a otro demasiado denso que bien podría cortarse con cuchillo mientras todos observan a la chica de ojos azulados buscarme con la mirada. André me da un codazo en las costillas.

—¿Qué sucede?—me pongo de pie y me acerco a donde ella.

—Ten—me dice, pasándome un helado.

—Oh, gracias. No tenías que hacerlo.

—No te preocupes, quería regalártelo. Es de pistacho.

¡Ihg! Me encanta el pistacho.

—Delicioso—sonrío, probando una cucharada.

—Me alegra.

Eureka mira por sobre mi hombro y se percata de que los chicos y las chicas están conmigo. Recuerdo entonces que aún no les he mencionada sobre ella, así que me apresuro a hacerlo pero omitiendo lo del punta pie.

—Amigos, les presento a Eureka. Eureka, mis amigos—comienzo a señalar a uno por uno mencionando sus nombres.

—Un gusto conocerlos. Gracias por ayudarnos el día de hoy—dice ella con gesto dulce.

—De nada, querida—advierte Kathy—. Gracias a ustedes por tomarnos en cuenta.

—Sí, considerando las razones por las cuales Kathy está aquí—advierte André con sorna—. Y comienza con M…

Todos echamos a reírnos, excepto Kathy que vuelve a sonrojarse y Eureka que no sabe ni de qué hablamos.

—¡Mierda!—exclama Eureka.

—No, Maikel—le corrige Lucas.

—No, no, se me hace tarde—dice ella—. Ya casi comenzará la hora de lectura para los padres.

—¿Se pondrán todos a leer?—pregunto con curiosidad.

—No—se ríe—. El personal ha escrito sus poemas o historias cortas para narrarlas al público. Deberían de asistir—nos anima.

No dudamos en aceptar así que un par de minutos después, vamos encaminados hacia el cuarto de audiovisuales. Vaya que esta guardería tiene de todo. Los niños que se quedan acá no han de pasar aburridos. Ya hay muchas personas y todo tiene una luz bastante tenue que hace que todo sea bastante acogedor. Las siluetas de las personas se confunden unas con otras y la única parte iluminada es una pequeña tarima al fondo en donde supongo quienes han escrito pasaran a leerle a los presentes.

—¿Tú también has escrito algo para leer?—le pregunto a Eureka.

Ella asiente, un poco tímida.

—Genial—advierto con una sonrisa—. ¿Ha sido sobre el punta pie de esta mañana?

Ahora es ella quien sonríe.

—No, pero hubiese sido una buena historia.

Logramos sentarnos en las filas de en medio justo cuando van a comenzar. Los murmullos de las personas se acallan en un instante y las luces que estaban tenues se apagan, quedando iluminado únicamente un perfecto circulo en el centro de la tarima. Noto que todas las personas presentes son adultos, así que doy por sentado que todos excepto los chicos y yo son padres de algún niño que es cuidado en la guardería.

Un chico sube a la tarima, da tres toquecitos al micrófono y se presenta ante todos.

—Buenas tardes a todos y gracias por venir. Primeramente, nos honra que les pique aunque sea un poquitín la curiosidad por saber qué chorradas son las que nosotros escribimos—todos ríen. El chico sabe cómo hacerla de presentador—, así que haremos todo lo posible por leerles cosas que lleguen hasta lo profundo de su alma. Y bueno, en caso de que no lo logremos, ustedes apláudannos de cualquier manera—todos vuelven a reir.

El chico se baja de la tarima y sube otro que se sienta sobre un banquillo frente al micrófono y en sus manos lleva una hoja en la que supongo tendrá escrito lo que va a leer.

Declama. Simplemente, declama, pero es un hermoso poema que habla sobre lluvia y sobre nubes. Me parece tan precioso que la idea de grabarlo me obliga a sacar mi móvil, pero para cuando lo hago él ya ha terminado y todos aplauden.

Ha sido una pena no lograrlo.

Pasan así, cuatro chicos más, unos con cuentos cortos, otros con poemas. Uno de ellos lee el prólogo de una novela corta de la cual nos regalan una copia anillada y con un lindo separador. Parece una de esas presentaciones de obras literarias de un autor reconocido, es solo que aquí parece más bien una antología de autores e historias, cada uno con un estilo propio y bastante interesante.

El quinto en pasar es un oso panda.

Parece que Simón quiere mantener su anonimato porque no se quita el traje ni la cabeza de panda de encima, cosa que me causa gracia, pero supongo que eso mantendrá las expectativas en todos.

Carraspea un par de veces, y con bastante parsimonia susurra sus palabras. No es un poema, no es una novela… es Bajo la lluvia.

Bajo la lluvia.

La última vez que nos vimos fue hace dos veranos. Puedo recordar la última vez que tomé su mano; estaban tibias.

Hace cinco minutos esperaba a que regresara. El viento soplaba frío, olía a lluvia.

Las espigas luminosas a lo lejos bajaban a la tierra y brillan como hermosos dragones plateados; pero solo me quedaba esperar.

Hace cuatro minutos llegó el autobús y traté de verme lo más paciente posible, ella estaría aquí, conmigo. Les seré sincero… la extraño. Es simple, pero es la verdad.

Hace tres minutos el autobús se fue y comenzó a llover fuertemente pero no iba a importarme. Es curioso como por amor hacemos cosas, como quedarnos parados bajo la lluvia. Puede que no sea la gran cosa… pero sigue siendo por amor.

Todo porque la amo.

Hace dos minutos recibí un mensaje. Era de ella. El corazón se me aceleró porque la ilusión de verla crecía tanto en mí que las gotas de lluvia me sabían dulces y el frío me era cálido.

El amor es cálido.

Hace un minuto leí el mensaje. Comprobé también que la lluvia me sabía salada.

Los haces de luz se volvieron sonido y se llamaron truenos, que trinaban a lo lejos y en coro creaban una melodía hermosa y triste con eco en la infinidad del mundo.

Hace treinta segundos terminé de leer el mensaje, por décima vez, y comprobé que ya no la vería. Comprobé que lo salado no era lluvia y que el frío era como el hielo.

Hace diez segundos entendí que dos veranos pueden ser eternos; tan eternos como para dejar de amar a alguien.

Ahora sé que ella no vendrá…

No me ama…

Y la lluvia sigue siendo salada.

Se hace un silencio bastante prolongado en la sala de audiovisuales. Simón ya ha terminado de leer lo que ha escrito, pero nadie dice nada, ni tan siquiera se mueve o deja escapar algún suspiro.

Miro a mi costado a Karla, y noto como ha llevado sus manos a su pecho y se queda ahí, con un gesto en su rostro lleno de total empatía. Ha sido algo precioso. Algo triste. Algo bello.

Lucas comienza a aplaudir y luego todos se le unen, volviendo el momento una estridente melodía de aplausos. Vuelvo a ver a los chicos y parece que les han ganado su atención, porque están pendientes de la segunda persona que va a subir. Simón hace una reverencia antes de bajar y luego de eso se escabulle hasta la salida, seguramente a ocupar otra vez su puesto en la entrada.

Espero no olvide que luego le pediré que me pase ese bonito… ¿Qué era? ¿Historia corta?

Lo que sea. Se lo pediré.

La siguiente en subir es Eureka. Pero ella no carga en su mano ningún papel así que doy por sentado que se lo sabe de memoria. Se sienta sobre el banquillo y acomoda el micrófono de manera tal que le quede justo a la altura de su mentón.

—Psss—Lucas me susurra al oído—. Es la chica pelirroja que te llevó el helado.

—Sí, es ella—le respondo también en susurros.

—Solo a ti te llevó helado—refunfuña.

—Tenía sus razones—le digo encogiéndome de hombros. No puedo evitar recordar que me dio un punta pie y luego me da risa.

Me pregunto que irá a leer… o decir de memoria más bien, Eureka, pero tal parece que mi pregunta está a punto de ser respondida. Ella respira hondo y se acomoda un mechón de su cabello tras la oreja. Levanta la mirada y acerca sus labios al micrófono para poder dirigirse al público.

—Bien, tal parece que soy la última—sonríe—. No sé exactamente en qué clasificar lo que he escrito, podría bien ser un poema, o una historia, podría ser tan solo una reflexión o una verdad… no lo sé. Un día por la noche mientras no podía dormir, surgió de la nada, así que será la primera vez que le muestre a alguien lo que escribo. —hace un breve silencio y pasa su mirada por todos los presentes, hasta detenerse en un punto. Me está mirando, y su mirada es tan azul como el cielo—. Estas son mis palabras, esta posiblemente sea la historia de alguien… esto es “Bajo la oscuridad”.

Bajo la oscuridad.

Oscuridad.

¿Qué es la oscuridad?

No es más que el antagónico de la luz. No es más que una negrura que te engulle. No es más que yo, que tú, que él o ella.

Miro mi reflejo en el espejo y noto una cara cansada y una expresión que está a punto de quebrarse para desfallecer. Necesito que me envuelva la oscuridad, como siempre lo ha hecho, que me asfixie y que me desvanezca para poder ser una sola cosa con ella.

Las personas dicen que la maldad sea una extensión más de la oscuridad, pero la verdad es que la maldad puede llegar a ser incluso más blanca que las nubes. Todo depende con qué ojos lo mires.

Escucho a alguien aporrear la puerta. Mi hermano. Dice que no haga una estupidez, pero si les soy sincera, mi vida es una estupidez, no creo que pueda contra eso.

La navaja sobre el lavabo se mira tan tentadora. Al principio eran cortes poco profundos en las muñecas, hilos de sangre bajando por mi antebrazo y goteando sobre la bañera. Había dolor. Siempre había un rojo dolor, pero eso me recordaba que estaba viva.

La oscuridad también está viva.

Mi hermano ha comenzado a golpear con bastante violencia la puerta.

No voy a abrirla.

Cojo la navaja entre mis dedos y cierro mis ojos un momento. El frio del metal recorre mi cuerpo y libera las endorfinas que logran hacerme pensar que lo que hago no es correcto.

Pero no me importa.

La oscuridad jamás fue la cosa más correcta.

Mi vida no es correcta.

“Solo un corte en el cuello” pienso. Si, solo eso, y podría mi mundo apagarse en un instante.

No me malinterpreten, pero todos llegamos hasta un punto de estar en la oscuridad. Unos más sumidos en ésta que otros, como yo por ejemplo. No puedes brillar en la luz, y la luz no puede oscurecerse. Simplemente te vuelves a la oscuridad para poder brillar, y entre más caes en esta más alto llegas.

Siempre ha sido así.

La oscuridad siempre ha sido de la manera que más te convenga verla.

Las bisagras de la puerta crujen. La van a derribar. Si no me apresuro no lo lograré.

Estaré seguramente loca, porque morir… siendo honesta, no quiero morir, nadie quiere morir. Pero es de la única manera que alcanzaré esa oscuridad que tanto anhelo. De esa manera podré brillar y llegaré a donde quiero.

Luego seré luz.

A veces tienes que rendirte y comenzar de nuevo.

No voy a sufrir más, no dejaré que mi familia me golpee más, no dejaré que me utilicen como se les plazca. Dicen que la familia es quien sostiene tu vida en todo momento… en mi caso mi familia es quien la ha sumido tanto que no podré sacarla.

Tal vez la oscuridad siempre ha estado ahí, esperando por mí. Si dejo que me envuelva podré liberarme, podré dejar esta vida atrás y brillaré, a donde sea que vaya.

Tienes que estar en la oscuridad para poder brillar.

Pongo la cuchilla en mi cuello y la mantengo firmemente presionada, sin deslizarla. La puerta cruje con fuerza, está a punto de ser derribada, no voy a permitir que me detengan.

Justo antes de entregarme a la muerte tres pensamientos vienen a mi cabeza: Primero, mi padre acostándose conmigo cuando tenía doce años.

Por primera vez vi la oscuridad.

Luego mi madre golpeando mi rostro repetidas veces, diciéndome estúpida, tan solo porque quería un libro para leer para mi cumpleaños

Descubrí que también desear cosas inocentes era oscuridad.

Por ultimo mi hermano, obligándome a acostarme con sus amigos para ganar dinero…

Dar por sentado que de esa manera no brillaría en ninguna parte me llevó a entregarme a otro tipo de oscuridad.

Mi oscuridad.

Esta oscuridad.

Una oscuridad que no va a dañar a nadie más que a mí.

La navaja se desliza por mi cuello y el dolor color carmesí destila por mi pecho.

Escucho el sonido de la puerta quebrarse.

Siento mi mundo nublarse.

Siento a la muerte tocarme

Y la oscuridad por fin, me dejará brillar libre, lejos de acá.

La libertad es luz, la luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad te engulle como la bestia más salvaje que pueda existir.

Me desvanezco.

Pienso.

Reflexiono… también es posible elegir, la muerte no es el único tipo de oscuridad… todo depende de dónde y como quieras brillar.

Continuará.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 21 de Julio de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

2 pensamientos en “Capítulo 49: Eureka

  1. Karen

    Eres muy cruel al cortar la historia aqui D:… Creo que morire lentamente hasta octubre, pero mi cuerpo se aferrara a mi alma pues no pienso dejar este mundo sin saber la continuacion de la historia

    Responder
  2. Annie

    Frank, muero por leer el capítulo 50, necesito leerlo pronto, quiero saber que paso con Eureka! Ya casi es Octubre:)… Por cierto tu novela me encanta, eres oficialmente mi autor favorito:D

    Responder

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