Capítulo 47: Copos de nieve.

Land to vintage

Hoy ha amanecido nevando. Es un día, como todo los de invierno, gris y frío. Los del canal del clima habían dicho que no nevaría sino hasta la siguiente semana. No sé por qué les he creído si nunca le atinan a nada. En fin, el punto es que todo está cubierto de un manto blanco que suaviza las asperezas del paisaje y lo vuelve todo más ameno a la época. Así como íbamos llegué a pensar que este invierno sería sin nieve, pero para mi sorpresa y gracia me he equivocado. He estado esperando por esto con ansias.

Es dieciséis de diciembre y hemos comenzado a asistir al instituto junto con Karla. Ya habíamos perdido demasiado así que es hora de ponernos al día si queremos salir a tiempo para la graduación que según el señor Donovan están planeando para finales de febrero o inicios marzo. Me emociona un poco pero a la vez me pone en qué pensar. Será algo muy importante para todos porque eso marcaría el final de una etapa importante de nuestras vidas, pero me da miedo pensar que algo tan grande como esto se acabe en algún momento y tenga que comenzar otra cosa. Siendo más específico, no me da miedo comenzar algo nuevo, temo más bien fallar en el proceso y no lograr nada. Cosas de adolescente supongo… o de adulto según se entienda. Algunos psicólogos creen que la adolescencia abarca hasta los 21 años, no lo sé, yo me sigo sintiendo igual. Acabo de recordar que sigo siendo virgen. Maldición.

Pronto será la feria de logros en Longmont Sunset, donde todos los clubes presentaran algo para todos los estudiantes del instituto en sí mismo, y para los demás institutos que se animen a visitarnos. A pesar de que no hemos asistido por un largo rato a clases, Kathy, Khana y nuestros amigos alemanes se han encargado de ciertas actividades necesarias de nuestro club de literatura y lectura. He tenido también suficiente tiempo en casa para escribir las historias para el recopilatorio que al final hemos decidido que será una antología. Ya llevo tres escritas. La mayoría basadas en cosas que me han pasado. ¿Recuerdan la primera? Se llamaba “Octubre”. La segunda que he escrito es un poco más corta, pero me gusta cómo me ha quedado, así que la he llamado “Lluvia de estrellas”. Aun no se las muestro a los chicos, así que estoy un poco nervioso por saber que me puedan decir. La tercera la he divido en dos partes… solo que no estoy muy seguro de ella. Es un tanto… porno. Si, esa es la palabra correcta. Y, considerando que siempre utilizo nuestros nombres para las historias, puede llegar a ser un poco incomoda. Me da incluso vergüenza mostrarla, pero Khana dice que entre más sincero sea con lo que escribo mejor me saldrán las cosas. Mañana tendremos nuestra reunión para terminar de integrar lo que falta. Khana y Kathy harán dos historias cada una y Nixon y Jennel harán una en conjunto. Karla estará a cargo de la ilustración y del prólogo y epilogo.

Faltan veinte minutos para que la primera clase del segundo bloque comience. Hoy nos toca la de cocina con la señorita Ella. Se supone que hoy cocinaremos camarones en tempura. Sigo pensando que a Khana le queda más deliciosa la comida que a la señorita Ella, aunque ella no lo acepte y siempre le encuentre un pero a todo.

¡Oh! Se me olvidaba, la tercera historia para la antología se llama “Amigos: Equivalente de felicidad”.

Cuando entramos por la mañana al instituto todo fue un caos de esos en los que deseas que te trague la tierra o que te coma un zompopo gigante. Ok, lo del zompopo suena algo descabellado, pero el punto es desaparecer, porque todos cuchicheaban cosas sobre nosotros. Llegué a escuchar incluso a un chico decir que el motivo de que mis padres muriesen fue porque alguien de la mafia nos tenía vigilados y a causa de represalias—no sé qué represalias—habían matado a mis padres. Hice caso omiso al comentario porque me pareció ridículo y luego no pude evitar reírme. Luego tuve que callarme cuando recordé que mis padres realmente estaban muertos. No es nada agradable reírte cuando alguien muere, aun si esa persona que se fue no significara tanto para ti como lo hubieses querido. Una chica comentó que todas esas cosas malas nos habían sucedido fueron porque con Karla practicábamos ritos satánicos chafas y que algo nos había salido mal y habíamos quedado malditos. Quien se rió fue Karla, pero luego tuve que llevármela lejos porque después de un par de carcajadas recapacito respecto al comentario e intentó írsele encima a la chica que no paraba de hablar estupideces. Uno de nuestros compañeros incluso dijo que el motivo de que yo estuviese en el hospital todo quebrado fue porque quise suicidarme tirándome desde el techo de mi casa. ¡Es que esta gente no se cansa de decir mentiras! Intente suicidarme del techo de la escuela, no del de mi casa. Luego de eso hemos llegado a darnos cuenta de dos cosas curiosas que en nuestra ausencia se dieron en Longmont Sunset:

Primera, que estuvimos con Karla a punto de ser echados del instituto por lo que sucedió, pero que no nos sacaron por el alto rendimiento que siempre tuvimos y nos lo dejaron pasar.

Yo estoy muy pero muy seguro que André, Tránsito y la señora Bonnet tuvieron que haber hecho algo porque el director no es tan flexible. Prefiero no saber el qué exactamente, con ellos nunca se sabe. Así que eso primero no termino de tragármelo.

Y segundo, ha resultado que ahora nos miran con lastima, y bueno, no los culpo. No sé de qué otra manera podrían verme si soy un lastimero chico huérfano que luego de perder a su mejor amigo— y persona que más amaba— y luego a sus padres intentó suicidarse cosa por lo cual casi mata también a su mejor amiga. Karla parece sobrellevarlo. A mí me irrita que todos me traten como estúpido. No sé si creerán que estoy mal de la cabeza o qué, porque pareciera que todo el mundo me habla con bastante cuidado como si no fuese a captar lo que me dicen. Tengo más cerebro en mis testículos que todo el desgraciado club de química junta.

Mientras esperamos en el pasillo que pase el rato, el señor Donovan se nos acerca y se planta frente a nosotros con dos fólderes rojos en sus manos. Le da uno a Karla y uno a mí. Se cruza de brazos y suspira.

—¿Sucede algo, señor?—pregunto.

—Si—advierte con tono serio.

—¿El qué?—inquiere Karla.

Nos señala los acartonados fólderes con su huesudo dedo para que los abramos.

En el interior se encuentra una nota de la universidad de Nueva York en la que nos informan que es necesario que viajemos a principios de enero para el curso de aptitudes que se impartirá obligatoriamente a los ingresados que obtuvieron notas altas en el examen piloto. En la mitad inferior del folio hay otra nota de color amarillo pálido en la que nos explican algo sobre un proyecto de ingreso que debemos de presentar para que nos puedan asesorar y asignar correctamente nuestros docentes de especialidad. Esperen. ¿Docentes de especialidad?

—¿Qué es eso de docentes de especialidad?—pregunta Karla que se me ha adelantado.

—Ustedes no recibirán clases con los demás estudiantes Karla.

—¿Por qué no?—interrogo.

—Por sus notas. El problema son sus notas.

—No sabía que se podían tener problemas por sacar notas buenas—se queja Karla.

—En si no es un problema—se apresura el señor Donovan, que con su índice nos indica la notita amarilla—. Sino más bien una oportunidad única chicos. Recibirán clases personalizadas durante toda su carrera, sea cual sea la que escojan. El asunto es que deben de preparar un proyecto para presentar ante el comité académico de la universidad y de eso dependerán en la universidad.

—Pensé que ya estábamos dentro—advierto algo confuso.

—Lo están—se encoge de hombros—, el proyecto es solo para poder ingresar al grupo de clases especiales.

—¡Oh! Entonces presentaremos el proyecto—exclamo emocionado—. No perdemos nada con intentarlo.

—Claro que van a presentarlo—dice con tono mandón.

—¿Y para cuando tendríamos que presentar el proyecto?—inquiere Karla.

—He hablado con uno de los integrantes de la directiva y conseguí tiempo hasta mayo. Sus clases comienzan hasta junio así que tendrán tiempo para ello. El caso es que deben de escoger pronto la carrera que estudiaran. Su proyecto se basará en eso.

—¿Y debería de estar escogida para…?—Karla deja la pregunta a medio terminar, pero el señor Donovan la complementa.

—Enero. Dos de enero.

—Genial—refunfuño—más presión. ¡Ni siquiera sé qué quiero estudiar!

—Pues apresúrese a saberlo señor Leader—nos quita los fólderes de las manos y se los coloca bajo el brazo—. El tiempo es más que un simple tic tac.

—¿Una pastillita de menta?—le bromeo.

—Muy gracioso—dice enarcando una ceja—. Ahora, lo más importante. Tienen cuatro días para entregarme su proyecto de clases.

—¡Está demente!—exclama Karla.

—¡Chist!—le acalla él—. Y téngame más respeto.

Karla se encoge un poco algo apenada, pero cuando va a disculparse el señor Donovan la interrumpe.

—Me encantaría verlos lo más pronto posible—advierte dando media vuelta para irse—. Sasha, por favor ven a la sala de profesores luego de clases. Necesito hablar de unas cosas contigo.

—¿Conmigo?

—Es importante, por favor que no se te olvide.

El señor Donovan desaparece doblando a la izquierda en uno de los pasillos y volvemos a quedar solos con Karla, frente al salón de cocina, esperando por la señorita Ella que seguramente como siempre vendrá con diez elegantes minutos de retraso. Me pregunto qué querrá el señor Donovan hablar conmigo. Me imagino que tendrá que ser algo referente a la universidad, porque si mal no recuerdo he pasado por alto entregarle desde hace un buen tiempo mis propuestas de estudios universitarios. Es una hoja donde se anotan al menos tres carreras universitarias que deseamos estudiar. El caso es que con mis problemas existenciales sobre qué quiero ser luego de Longmont Sunset no he logrado darle absolutamente nada. Si para el festival de deportes no rodaron cabezas, esta vez sí lo harán, y será la mía por ser un dejado.

—Donovan ha estado un poco histérico últimamente—dice Karla, tuteándole.

—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera hemos estado aquí por un largo mes.

—Oh, cariño, es que no te lo he dicho aún. Hace dos semanas llegó a mi casa y no se miraba muy contento.

—¿Y qué era lo que necesitaba?—pregunté.

—Mamá me dijo que eran cuestiones de la escuela, con el consejo de padres y maestros. Nada que tuviese que ver con nosotros.

—De seguro les han recortado el presupuesto de nuevo—advierto un poco preocupado—. No me sorprendería si es por eso que está así. Ese hombre se ha desvivido por este lugar. Cerrarían muchos clubes que él asesora.

—Es probable—se encoge Karla de hombros—. Solo espero y no se metan con nuestro club, sería una pena que lo cerraran.

Hace un par de días Kathy nos mostraba varias solicitudes de ingreso para el club de literatura para el siguiente año. Como estamos a punto de salir de Longmont Sunset tenemos que dejar a nuevos integrantes encargados de todo. Hay al menos veinticinco personas interesadas y lo lógico sería comenzar a buscar desde ya quien sea que lo dirija. Esperamos dejar las cosas en orden justo antes de la graduación para que todo funcione perfectamente. En un principio Cori era el encargado de todo esto, pero sin él, ahora es Kathy quien se mueve por conseguir nuevos integrantes. A mí me toca asistir a las aburridas reuniones. Es un poco tedioso, pero lo vale por un par de buenos libros que nos asignan cada semana.

La clase de cocina comienza quince minutos luego de la hora establecida. Hoy la señorita Ella se ha tardado cinco minutos más así que apresuradamente nos hemos puesto a cocinar saltándonos la introducción de la clase. Como ahora en nuestro grupo solo somos dos por falta de Cori, uno de los gemelos, Simón, trabajará con nosotros. Maikel ayudará a Khana. Luego de que los chicos se presentaran ante toda la clase ellos se han vuelto algo así como la cosa más genial que ha podido existir alguna vez en el instituto. No hay muchos gemelos por aquí que se diga, en especial unos que tengan ojos de diferente color. A todos parecen caerles bien, y me causa risa verlos todos aturdidos ante tantas preguntas que les hacen, pero ellos amablemente las responden. Quien se sofoca más es Maikel porque es quien suele hablar más, en cambio Simón es un poco más callado. Pareciera ser él encerrado en su propio mundo y me da curiosidad saber que piensa. He notado como a veces se queda perdido viendo a la nada, y cuando me descubre mirándolo me sonríe y vuelve a perderse en la nada. Maikel es más espontaneo. Hablar con él es bastante entretenido y casi siempre nos terminamos riendo. Sin mencionar el hecho de que siempre me pregunta por Kathy, y si no me equivoco este chico está interesado en ella.

A veces creo que soy demasiado observador. Me gusta pensar que todo a mí alrededor tiene algo de interesante, aunque si lo pienso detenidamente, todo es interesante, nuestra mente suele ser la predispuesta al aburrimiento.

—No olviden señoritas y caballeros—dice la maestra Ella mientras garabatea algo en el pizarrón—. Deslicen los camarones en tempura por los bordes de la cacerola. ¡Por los bordes!—enfatiza.

Simón coge uno por la cola con la punta de sus dedos, lo sumerge en la mezcla de tempura y con cuidado empieza a ponerlo en la cacerola. El camarón se desliza con suavidad y sin pringar nada de aceite comienza a freírse felizmente en la cacerola.

Karla no puede evitar darle un par de aplausos suavecitos porque lo ha hecho sin mucho esfuerzo y yo le doy unas palmadas en la espalda. Si, somos tan inútiles para este tipo de cosas que Simón nos ha caído como anillo al dedo. Salvará nuestros traseros de salir quemados con aceite de esta clase. Aunque Karla puede cocinar, las cosas con demasiado aceite nunca suelen salir tan bien. En mi caso soy demasiado torpe para estas cosas. Simón pone otros dos camarones en la cacerola y saca el primero ya frito. ¡Este chico es sorprendente!

—¿Qué más sabes hacer?—Pregunta Karla.

—¿A ti qué te apetece?—responde él con otra pregunta.

Karla vuelve a verme y yo me encojo de hombros. No sabría qué pedir en estos momentos. En una ocasión Maikel me comentó que era Simón el que se encargaba de la cena algunas veces. Supongo que es por eso que se le da bastante bien la cocina. En este aspecto él me recuerda ligeramente a Cori. Al muy desgraciado se le daban bien las artes culinarias. Pero jamás superó mi flan. ¡Jamás! Bien, estoy siendo demasiado egocéntrico. ¿En qué estábamos?

¡A sí!

—Pie de limón—dice Karla.

—Eres un poco exigente—advierte él, embadurnando otro camarón con tempura—. Pero nada que no pueda hacer. El domingo, dos de la tarde, ambos, mi casa. Lleguen con el estómago vacío—advierte.

¡Genialoso! Ya estamos invitados a comer pie de limón.

Escucho a Kathy soltar una carcajada porque a Nixon se le ha hundido uno de sus mariscos en el tazón con tempura y no encuentra como sacarlo. Khana acude a su rescate y como toda buena cocinera lo rescata rápidamente y con tanta delicadeza y naturalidad lo deja freírse sobre la cacerola.

Simón enarca una ceja, abre la boca como si fuese a decir algo, pero al final no hace nada. Esto es… extraño.

Aplausos para Khana por parte de los presentes y ella hace una leve reverencia. Estas cosas suelen suceder a menudo en estas clases, y terminan haciéndonos reír a todos y logran que la hora sea más amena. Extrañaré estas tonterías cuando salga del instituto. Los extrañare a todos. Quisiera poder llevármelos en una caja a donde quiera que vaya, pero estoy seguro que me sentiría bastante mal luego, porque ellos también tienen una vida, y sé que quieren llegar a vivirla para largo, hasta lo más lejos que puedan llegar. Y aunque me encantaría ser feliz por ellos y con ellos, no podré, así que tendré que conformarme con ser feliz ahora que me es posible, ahora que tenemos la oportunidad de estar juntos.

La clase de cocina termina con varios camarones fritos, una ensalada de patatas y crema de hongos. Como es habitual, lo que preparamos nos lo comemos en el almuerzo. Karla como siempre pensando en todo, ha traído consigo limonada para todos. Afuera todo está como si fuese el polo norte, así que vamos a almorzar al club de literatura. Los gemelos se nos han unido, y como es costumbre, hablar babosadas mientras comemos logra animar el rato. Nixon se ha sentado junto a Karla. Maikel ha optado por sentarse junto a Kathy. Simón, Khana, Jennel y yo quedamos uno seguido del otro, todos en un perfecto círculo sentados sobre el suelo compartiendo los camarones.

—…y entonces el señor Donovan pisó caca de perro y la señorita Marina dijo: “¿Es mi nariz o acaso la sala de profesores apesta a mierda?”.

Kathy lo cuenta con tanta gracia que casi me atraganto de tanto reírme. Si, lo sé, es un poco asqueroso hablar de caca de perro en el almuerzo, pero es que si se trata de nuestros maestros todo logra volverse gracioso, más si se tiene en cuenta que nuestro profesor está enamorado de la maestra Marina.

—¡Puaj!—exclama Nixon—. No puedo creer que no se haya dado cuenta.

—Tal vez no vio la caca—dice Khana, llevándose un trozo de lechuga a la boca—. A veces pasa.

—¡Naahh!—se apresura Karla—. Nada de que no se fijó ni qué panqueque. Es inevitable esa sensación tan fea de que pisaste caca. El señor Donovan ya está demasiado viejo para seguir viniendo a dar clases.

—A penas tiene treinta y cinco—advierto con desdén.

—Para mí es viejo—dice Jennel encogiéndose de hombros.

—Igual que la señorita Marina—dice Khana—. Deberían de estar jubilados.

—Deberian de estar casados—advierto—. No sé por qué demonios Donovan no le dice de una buena vez a esa mujer que gusta de ella.

—¿Quién es Marina?—pregunta Simón—.

—La maestra de Artes. Los dos son el uno para el otro.

—Claro que lo son—espeta Kathy—. Uno es el que pisa caca y la otra es la que le dice que apesta a mierda.

Soltamos una carcajada al unísono que dura un buen rato. Ya me hacía falta hacer esto. No es lo mismo almorzar con todos ellos que almorzar en casa, y aunque me encanta comer con mi familia, porque ahora eso son, Tránsito, André, Kathy, Karla, ellos son mi familia, también extraño comer con mis demás amigos. Es extraño, porque antes por familia solo entendía a Cori y Karla. Ahora mi familia es más numerosa.

Al final nos hemos acabado todos los camarones y la limonada, pero Jennel no se queda atrás y ella ha traído una lata enorme de fruta en almíbar. De un cajón de un escritorio sacamos unas cucharas de plástico que teníamos guardadas—desde una vez en la que nos hartamos un gran tazón de gelatina— y nos disponemos a cucharear la lata de frutas. Como siempre el melocotón es el que más como.

—¿A qué horas piensas ir con Donovan?— pregunta Karla, sacando con su cuchara un trozo de piña.

—Luego de esto. Espero y no me descabece porque le debo la hoja de propuestas.

—¡Scheiße!—exclama Nixon—. Yo tampoco la he entregado.

—Nosotros no tenemos que entregarla, tontito—le corrige Jennel—. Recuerda que luego nos trasladaremos.

Luego de la graduación es evidente que los chicos regresarán a Alemania. Será una pena, porque me encantaría que se pudiesen quedar más. Espero poder ir un día a visitarles. Tengo tantos lugares por visitar y tantos amigos a los que ver.

—A mi también me ha llamado a la sala de profesores—manifiesta Karla—.

—Me pregunto qué querrá—dice Khana. Introduce la cuchara en la lata y saca una buena cucharada de fruta—. Últimamente ha estado extraño.

—Querida, ese hombre siempre ha sido extraño—dice Kathy—. Se sofoca con poca cosa. Además no fue culpa de estos chicos sino de esa gente tonta.

Karla vuelve a verme con evidente desconcierto por lo que dice Kathy cosa a lo cual me apresuro a preguntar al respecto. Parece que en el tiempo que estuvimos fuera sucedieron más cosas de las que pensábamos.

—¿Culpa respecto a qué?—pregunto.

Kathy se remueve desde donde está sentada y parece sorprendida por la pregunta. Hay algo que está pasando y eso es lo que tiene a Donovan así, y es posible que por eso nos haya llamado.

—¿Kathy?—inquiere Karla.

Jennel y Nixon vuelven a verse y luego miran a Kathy. Si, en definitiva, algo están ocultando.

—No es nada Sasha.

—¿Segura?—la miro con el entrecejo fruncido. No molesto, sino más bien irritado. Otra vez a ocultarme cosas, y con secretos ya tuve suficiente—.

—No, no estoy segura—se pone de pie y coge sus cosas—. Mira, si Donovan no les dice nada ahora, supongo que lo haré yo ¿Si? No es justo para ti ni para Karla que no lo sepan.

—¿Saber qué?—exclama Karla con tono exasperado—.

—Cosas—dice Nixon—. Es respecto al señor Donovan y a ustedes. Últimamente el instituto ha sido un caos.

—¿A causa de nosotros?—inquiero—.

Nixon asiente y se encorva un poco sobre sí mismo. Supongo que es normal, considerando lo que sucedió. No sería bueno para la imagen de Longmont Sunset tener a uno de sus estudiantes con serios problemas contra la vida.

—Mantener las cosas como antes ha costado un mundo—musita Khana, que también se pone de pie—. Pero ha valido la pena. Ustedes solo déjenlo así y ya. No tiene por qué preocuparse.

—Bien, comienzan a desesperarme—masculla Karla—. ¿Alguien piensa decirme qué carajos es lo que sucede?

Todos vuelven a mirarse, midiendo la situación, pero nadie se atreve a decirnos absolutamente nada. Espero y sea por una buena razón, porque también comienza a picarme la curiosidad respecto a todo esto.

—Es cuestión más del señor Donovan—advierte Nixon—. Podría decirles, pero es mejor que él se los aclare. Pregúntale, Sasha—se encoge de hombros—, no creo que se niegue a darte explicaciones.

—Cierto—lo secunda Kathy—, al final al respecto sabemos muy poco, él solo nos pidió que le ayudáramos con unas cuantas cosas.

—¿Qué tipo de cosas?—interrogo. Trato de mantenerme en mi tono normal, pero comienzo a creer que a estas alturas ya he de sonar desesperado.

—Cosas respecto al incidente contigo y Karla—hace una pausa y suspira—. Solo reunimos a personas, y hasta donde sabemos es que esa reunión fue a causa de ustedes. Quisimos estar ahí, pero no nos lo permitieron. Ni siquiera mamá ni André han querido decirme nada al respecto. Además, lo poco que podría decirte puede que sea incorrecto y lo he averiguado por fuentes poco confiables.

Lo sabía. Sabía que ellos habían metido mano en todo esto, y estoy seguro también que la señora Bonnet está metida en el asunto. Lo que no me explico es lo que el señor Donovan pinta en toda la historia. Supongo que se lo preguntaré ahora que vaya a verlo. O más bien, ahora mismo. La hora del almuerzo ha terminado y tengo una hora libre, así que supongo que me sentaría bien ir y ver para qué era que me ocupaba.

Nos terminamos de comer las frutas en almíbar y los chicos se quedan en el salón del club mientras yo voy con el señor Donovan a la sala de maestros. Tuve la intención de pedirle a Karla que viniese conmigo, pero siento que si voy a preguntarle a él respecto a lo que pasa me será más sencillo estando yo solo. Además, si ha habido problemas por lo que sucedió entonces quien debería de ser culpable soy yo, Karla no tiene nada que ver con esto.

Llego a la sala de maestros y toco la puerta esperando que me den permiso para entrar. Un par de segundos después escucho al señor Donovan decir que pase y entro esperando encontrarme a todos los demás profesores ahí metidos, mirándome de manera extraña como siempre suelen hacerlo, pero para mi sorpresa no hay nadie más que él. La sala de maestros parece un espacio agradable. Es amplia y hay una enorme ventana de cortinas blancas semitransparentes al fondo que da vista a la entrada del instituto. Los escritorios, uno para cada profesor, están distribuidos de manera tal que se pueda caminar con libertad por el lugar y hay cuadros con pinturas de lugares bonitos. Hay uno justo detrás del señor Donovan que se me hace bastante familiar en el que están plasmados unos árboles en un pequeño campo con unas montañas al fondo y una enorme nube flotando sobre ellas. El cuadro está hecho a tonos amarillos, casi retro, que le da un toque agradable a la vista.

Un segundo… este cuadro es…

¡Esa fotografía es de Karla! ¡Ihg! ¡Recuerdo perfectamente cuando la tomó! Fue en un verano, hace dos años exactamente cuando fuimos al lago a nadar con Cori. Es una hermosa fotografía, y me sorprende un poco que el señor Donovan la tenga con él considerando que es muy exigente con todo.

—Ven, Sasha, siéntate— dice señalando la silla justo frente a él.

Tomo asiento y me acomodo en la silla. El señor Donovan me ofrece café y gustosamente lo acepto, dándole un sorbo y dejando que su sabor amargo me llene las papilas gustativas. Su olor es agradable y me recuerda ligeramente a mi padre. A él le encantaba tomar café en la tarde, en su estudio, mientras leía el periódico. Casi siempre solía estar con él mirando alguna cosa en la tv mientras eso sucedía.

—¿Sucede algo, señor?—pregunto, dejando la tacita sobre el escritorio.

—Sí, verás. Necesitaba hablar contigo sobre unas cosas de la universidad, Sasha.

—Siento no haber entregado aún la hoja de propuestas señor—me apresuro a disculparme—, lo haré en esta semana.

El señor Donovan saca un folder rojo de una de las gavetas de su escritorio, similar al que nos mostró a Karla y a mí, y lo abre justo frente a mí, mostrándome su contenido. Hay una ficha llena, con una fotografía de Cori pegada a un lado. Es la respuesta del examen de Cori. Pensaba que Cecilia la podría tener.

—Quería mostrártela, Sasha—dice casi en un susurro—. Pensé que te gustaría saber qué había sido de esto. Sé que Cori era alguien especial para ti y para Karla.

Cojo la hoja entre mis manos y la leo de pies a cabeza. Las notas son excelentes. En todas y cada una de las áreas evaluadas ha sacado puntajes honoríficos, y como era de esperarse al final está la nota de que ha sido aceptado para poder entrar a la universidad. La nostalgia de no tener a Cori junto a mí en estos momentos me saca una sonrisa, pero esa sonrisa lejos de ser de felicidad es más bien de tristeza. Desde que Cori no está, la necesidad de que él regresara había sido casi sofocante pero poco a poco había comenzado a acostumbrarme a ello. Ahora esa necesidad comienza a acentuarse de nuevo.

—Si te soy sincero, chico, yo jamás esperé menos de ninguno de ustedes—advierte el señor Donovan, pasándose una mano por su frente—. Ha sido por eso que los propuse para este proyecto.

—Pudimos haber fallado, señor.

—Pero no lo hicieron Sasha. Y la verdad es que es una pena que esta oportunidad se vaya al trasto por una tragedia tan lamentable.

Miro con detenimiento la fotografía de Cori. Es tal y como lo recuerdo, con su cabello un poco largo que dejaba escapar mechones sobre su frente, con sus ojos verdes y con su mirada tan viva y de un brillo singular. Siento un escozor en la cara y recuerdo, nuevamente desde hace un largo tiempo, que Cori no va a regresar.

—Es una pena que Cori no esté acá—musito—.

—Lo siento, Sasha. Sé cuán importante era él para ti.

—Está bien, señor Donovan. Gracias por mostrarme esto.

—Hago lo que creo correcto hijo.

Regreso la hoja al folder dándole una última mirada a la fotografía y cierro la carpeta. El señor Donovan la guarda en su cajón y coloca sus manos entrelazadas sobre el escritorio, seguramente esperando a que le diga algo. ¿Pero qué voy a decirle exactamente? Ni siquiera sé qué pensar en estos momentos. Sin embargo una duda me viene a la mente. ¿Y Karla?

—Disculpe, señor.

—¿Qué sucede?

—¿No debería de ver Karla también esto?

Él toma una gran bocanada de aire y suspira, como si lo que viniese a continuación fuera algo difícil de sacar a colación.

—Sí, pero a ella se la mostraré en otro momento. Te llamé a ti porque hay otras cosas que necesito que hablemos.

—¿Qué cosas?

—Es respecto al proyecto que debes entregar. ¿Tienes alguna idea de por qué quiero ver ese proyecto lo más pronto posible?

Niego con mi cabeza al tiempo que tomo un sorbo de café. Sigue estando igual de amargo. Supongo que eso no va a cambiar.

—Kathy me comentó que le habías dicho que ya casi te terminas la libreta en la que escribes tu diario.

—¡Oh, sí!—exclamo con un pequeño dejo de satisfacción en mi voz—. No me falta demasiado y comenzaré otro una vez me acabe ese. Kathy me ha regalado unos cuadernos nuevos en los cuales seguir.

—Me alegra escuchar eso.

—Pero supongo que no es solo para decirme eso que me ha llamado—manifiesto impaciente—. ¿Hay algo más?

—Sí, estás en lo correcto. Me encantaría sinceramente que tu diario fuese tu proyecto de ingreso a la universidad Sasha. Leí las primeras páginas que me entregaste en la primera y única revisión—dice con su entrecejo fruncido. Sí, un mes después de comenzar mi diario le entregué unas páginas como prueba de que iba avanzando en mi tarea, pero luego de eso he optado por saltarme las demás revisiones porque me ha dado un poco de cosa que lea lo demás que he escrito—. Sería un estupendo proyecto.

Bien, esto me descoloca un poco. ¿Mi diario? ¿¡Mostrarles toda mi vida a personas desconocidas en un auditorio a manera de exposición!? Es que de seguro me he puesto pálido porque el señor Donovan me pregunta si me encuentro bien. Trato de calmarme y respiro hondo, doy otro sorbo al café e intentando controlar mi tono de voz, le respondo.

—Pe… pe… pero señor. ¡Es mi diario! ¿No es acaso una locura?

—¿Por qué lo dices, muchacho?

—¡Son cosas privadas!

—Es por eso que te lo estoy diciendo a modo de sugerencia Sasha. Además, ese diario voy a leerlo yo.

—Sí pero solo será usted.

—No veo la diferencia—advierte con desdén—. He tenido la oportunidad de leer tus reportes de la clase de literatura y me parecen estupendos.

—Los reportes son una cosa—rezongo—. Mi diario no es un reporte.

—Es una tarea—contraataca él enarcando una ceja.

Acaba de dar en el blanco. Si, ese diario es una tarea, o más bien lo era. Ahora ese diario es parte de mí.

—Dejó de ser una tarea hace mucho tiempo, señor.

—¡Es mejor aún!—exclama emocionado—. Solo te lo propongo Sasha. Siento que sería un proyecto con buen potencial. Te expresas bien y eso es fundamental para muchas situaciones.

—¿Y qué tal si fracasa?—inquiero, dudoso de que me dé en valor de hacerlo.

—No lo sabrás si no lo intentas. No puedes vivir preocupándote por el futuro si no te encargas primero de lo que sucede en tu presente.

Punto para el señor Donovan. Eso es algo tan cierto como que respiramos aire. Sin embargo, me da miedo. Exponerme así al mundo es un poco arriesgado. Mi vida no es la cosa más interesante en este mundo, pero en mi mundo mi vida es la historia central de todo. Y si lo pienso detenidamente, exponerme de esa manera es exponer a Karla y también exponer a Cori en muchos aspectos. Y en caso de fracasar en el proyecto… ¿Significaría que mi vida también es un fracaso?

—Solo piénsalo, por favor—dice con una sonrisa bastante agradable—. Tienes potencial Sasha, no lo desperdicies. Me encantaría ver ese diario pronto y dar por sentado que no me equivoco con lo que te propongo.

—¿Y en caso de equivocarse, qué hará?

—No tengo plan B, chico, contigo sé que no será necesario.

—No lo comprendo señor. Si le soy sincero, en un principio me pareció estúpida la idea de un diario.

—¿Y qué piensas ahora de ello?

Sonrío. Y esa sonrisa parece provocar en el señor Donovan algo que lo hace sentir a gusto porque él también sonríe.

—Ahora pienso que es lo mejor que he hecho en mi vida.

El señor Donovan se pone de pie y coge un manojo de llaves de un estante y se dirige hacia un archivero que está al fondo de la sala de profesores. Mientras intenta abrirlo, la conversación continúa con fluidez, como si las verdaderas razones por las cuales yo esté aquí con él no han terminado aún.

—¿Sabes por qué propuse un diario como tarea, Sasha?

—¿Para ponernos una nota?—respondo con otra pregunta.

El me mira con una mueca de desaprobación y resopla con resignación. Estoy seguro que no era esa la respuesta que se esperaba.

—A tu edad todos tenemos muchas cosas que decir—apunta con voz calmada. Logra abrir el archivero y empieza a rebuscar en él—. El problema es que no todos estamos dispuestos a escucharles, y sé cuán difícil es que nadie se detenga a ponerte aunque sea una pizca de atención.

—¿Y el diario era para tener un sustituto de persona que nos escuche?—pregunto desconcertado.

—Lo entiendes todo mal, Sasha—dice él con aires de tristeza—. En este mundo terrenal, por más que nos duela aceptarlo, nuestro mejor amigo somos nosotros mismos. El diario es una extensión más de ti, y confiarle a ese diario tus cosas es confiarte cosas a ti. Nadie es capaz de traicionarse así mismo. Con esto no quiero decir que Karla no sea alguien de especial importancia en tu vida, es más, pienso que amigos como ella son la mejor cosa que te puede pasar en el mundo. Sé que son muy unidos, sin embargo también sé que como personas que somos hay cosas que preferimos mantenerlas guardadas para nosotros mismos, y que en algún momento nos vemos en la necesidad de desahogarnos al respecto. Pero hay algo que nos lo impide, y es el miedo a que nos juzgue el mundo—el señor Donovan saca una caja y la coloca sobre su escritorio, cierra el archivero y continúa hablando—. Si te pones a pensarlo detenidamente, ese diario eres tú, y podrás darte cuenta que confías tanto en ti mismo que ahora eres capaz de aceptar lo que te sucede y lo que sucede a tu alrededor, porque tienes el valor de mirarlo de frente y materializarlo, aunque sea por palabras, pero lo haces. Esa es la finalidad del diario. Descubrirte a ti mismo.

El señor Donovan se sienta en su silla tras el escritorio y coloca ambas manos sobre la caja que acaba de sacar, mirándome fijamente. Por mi cabeza cruzan palabras, sus palabras, y hacen click en muchos de mis pensamientos, recomponiéndolos de una manera brutal. Es tan cierto lo que dice, porque desde que comencé a escribir ese diario me siento más capaz de muchas cosas, siento que he dejado de ser tan retraído con el mundo y que ahora soy más abierto a lo que sucede a mi alrededor. La confianza que antes me tenía subió a velocidad de vértigo hasta niveles inimaginables y mi mundo se ha expandido hasta componer un universo entero. Es casi… imposible, pero ha sucedido.

Escribir sana el cuerpo y el alma a la vez que fortalece la mente y el corazón.

—Supongo que lo ha logrado, señor—digo mirándole fijamente a los ojos.

—Me alegra saberlo, Sasha—sonríe y empuja la caja hacia mí—. Me alegra saberlo.

Cojo la caja y noto que su peso es como el del diccionario que tengo en casa. Pero no creo que dentro de esta caja haya uno. ¿Qué será?

—Esto es para ti—me dice él.

—¿Qué es?

—Cosas de Cori, que me pidió que te las diera.

¿De Cori? ¿Qué hacían cosas de Cori con el señor Donovan? Y peor aun… ¿Por qué le pidió a él que me las entregara?

—Ya he terminado con ellas—agrega encogiéndose de hombros—. Tenía pactado con él dártelas una vez terminara de verlas. Esto me ha impulsado como no tienes idea a proponerte lo del diario como tu proyecto para la universidad.

—¿A sí?—mi evidente desconcierto se deja notar en mi voz pero no puedo evitarlo. Sigo sin entender nada—.

—¿Recuerdas cuál era el proyecto que Cori iba a entregarme, Sasha?—pregunta él, como si yo fuese a saberlo.

—Nunca lo mencionó él. Solo sé que cambió lo del huerto casero por otra cosa.

—Pues ahí tienes esa otra cosa—dice señalando la caja—. Es algo digno de admirar, sabes, porque logra hacer cambiar tu manera de pensar en ciertas cosas. Viniendo de Summer me sorprende, considerando que él jamás fue tan abierto con cosas de su vida personal.

—¿Vida personal?—de repente se me viene a la mente Cori y su sonrisa mientras me dice cuanto me quiere, y me sonrojo.

—Sí, ya te darás cuenta cuando lo revises.

El señor Donovan termina de explicarme otras cosas respecto a la universidad y me dice que espera que tome una decisión pronta sobre mi proyecto. No sé realmente qué hacer, pero sé que debo de decidirme lo más luego posible. Justo antes de salir de la sala de profesores, recuerdo que también tenía algo que preguntarle al señor Donovan, así que desde la puerta, formulo mi interrogante, y espero obtener la respuesta que necesito.

—Señor…

El alza su mirada de los papeles que tiene en su escritorio y me mira.

—¿Si, Sasha?

—Siento causarle muchos problemas.

—¿Por qué lo dices, muchacho?

—Parece ser que está sucediendo algo y sé que es por Karla y por mí, y parece que eso le está causando algunos inconvenientes.

Creo que he dado en el clavo porque él señor Donovan se mira descolocado durante unos segundos. Sin embargo, necesito saberlo. Necesito tener ese algo por lo cual dar las disculpas que debo.

—¿Te lo ha contado alguien?

Niego con mi cabeza.

—No, pero si fuese tan amable de decirme qué es lo que ha sucedido, se lo agradecería.

El señor Donovan se pone de pie y con paso algo cansino se acerca hasta donde estoy, deteniéndose frente a mí y posando su mano de peso agradable sobre mi hombro. Se quita sus anteojos y se frota las sienes. Suspira.

—Mantenerlos aquí dentro ha sido un infierno, Sasha—confiesa exhalante—. A Karla y a ti.

—¿A qué se refiere, señor?

El me mira por un largo rato, sopesando el hecho sobre si decirme o no, pero le insisto. No es un tema que me gustaría dejar pasar.

—¿Señor?

Aun no sé si lo que ha sucedido es tan grave, pero para que él se encuentre de esta manera, supongo que es algo de mucho cuidado.

—Tú y Karla pudieron haber dejado Longmont Sunset desde el incidente de la azotea—dice, mirándome a los ojos. Me avergüenza un poco ese asunto porque lo que hice fue algo realmente propio de un imbécil—. A muchos de los del consejo de padres les pareció buena idea mantenerlos aquí, ni al director ni tampoco a varios del comité de maestros. Creen que lo que sucedió puede incitar a los demás estudiantes a hacerlo—hace una breve pausa, respira hondo y continúa—. Pero seamos realistas—advierte negando con su cabeza—, todos sabemos que eso no va a suceder y que las circunstancias por las que se dieron ciertas situaciones eran demasiado para una persona. Tú no eres la excepción, hijo, y me opuse desde un principio a su expulsión porque sabía que las razones por las que sucedieron esas cosas tuvieron que ser demasiado fuertes. Pensar que serías una mala influencia para los demás estudiantes era tan tonto como creer que la azúcar es salada. Quienes nos opusimos estuvimos a punto de perder nuestros empleos, pero mira la parte curiosa, a nadie le importó y continuamos oponiéndonos. Al final concluyeron que tu caso era un caso aislado, y que la señorita Bonnet fue una variable que estuvo en el momento y en el lugar menos indicado. No iba a dejar que mis mejores estudiantes se marcharan, no aún, y si lo pienso detenidamente, todos tenemos nuestros momentos de estupidez. Si me ves algo gruñón no es porque esté molesto contigo, sino con todas esas ancianas de crepito que siguen hablando tonterías en cada reunión. El tema ya fue zanjado y ustedes van a quedarse lo que resta del año y ya, y créeme, lograr que esto no llegara a oídos de la comitiva de la universidad fue toda una hazaña. La señorita Marina ha sido toda una profesional manejando el asunto para que no llegara más lejos de donde debía.

Los ojos comienzan a escocerme pero intento no llorar. Es que incluso me parece que el señor Donovan ha hecho demasiado, dentro de su testarudez y gruñona apariencia se ha preocupado por nosotros y eso realmente lo aprecio.

En un impulso un poco ridículo lo abrazo y le agradezco. Él me da palmadas en la espalda y me dice que todo está bien y que no pasará nada. No puedo evitar sentirme plenamente agradecido con él por todo lo que ha hecho. Tanto por mí como por Karla.

Saber que alguien se preocupa por ti en más de un sentido puede hacerte sentir alguien valioso, incluso cuando ya has olvidado lo que es sentirte valioso.

Luego de agradecerle repetidas veces al señor Donovan por todo lo que ha hecho, me retiro a mi última clase del día. Deportes transcurre con toda normalidad y nadie me pregunta más que lo necesario acerca de lo que quería el señor Donovan. Todos parecen aliviados de saber de qué se trataba y que no pasaría a más grave el asunto, aunque omito la parte de la caja que me dejó Cori. Me pregunto qué habrá dentro. Viniendo de Cori tiene que ser algo realmente importante pero no dejo de preguntarme por qué le ha pedido al señor Donovan que me lo entregue. Se supone que es su proyecto de clases, pero… ¿Cuál era su proyecto? Y más importante aún… ¿Por qué es su proyecto para mí?

Acabo de recordar que tengo que ir a la casa de los gemelos. Aún no sé qué hay dentro de la habitación de Cori. La llave que mandó Cecilia la tengo guardada en el cajón donde guardo mi diario en la mesita de noche.

Luego de la clase de deportes que la tenemos en el gimnasio a causa del frío, regresamos a casa caminando. El paisaje es blanco y hay nieve por doquier, y nuestro aliento se deja escapar en nubes de vaho. Los pinos están vestidos de blanco y el cielo sigue siendo gris. El invierno hace presencia en todo su esplendor, y me encanta.

Los primeros en despedirse son Nixon y Jennel que son quienes viven más cerca del instituto. Luego en el camino, diez minutos después, Khana es quien se queda en su casa y continuamos con Kathy, los gemelos y Karla caminando. Para entretenernos mientras caminamos hacemos bolas de nieve y hacemos guerra, patinando de vez en cuando en el asfalto congelado y cayendo sobre montículos blancos de hielo para raspado. Incluso el frío es pasable de esta manera, aunque bajo nuestros suéteres y gorros es evidente que no nos provocara escalofríos.

Nos despedimos de los gemelos y seguimos caminando hacia casa. Me pregunto si esta noche volverá a nevar y deseo en mis adentros que lo haga. Me encanta cuando sucede, y curiosamente, como si fuese un cuento de magia en los que los deseos se cumplen, el mío se hace realidad antes de tiempo porque justo cuando dejamos a Karla en su casa y seguimos con Kathy nuestro camino la nieve comienza a desprenderse del cielo y vuela en el aire hasta posarse en nuestros cuerpos. ¡Está nevando! Copos que aterrizan sobre mi rostro se derriten al contacto y ruedan como gotas de agua por mis mejillas. Kathy atrapa varios con sus manos y estos también se vuelven líquidos al instante.

El aire se ve invadido de lágrimas de hielo que caen de un cielo gris y se convierten en un manto blanco de suavidad helada que cubre las asperezas del paisaje. Es como caminar bajo pedacitos de cielo que bajan atraídos por la gravedad. Tal vez si sea posible llegar al cielo sin necesidad de volar.

Veo mi casa y ya solo falta una calle para llegar. Diviso a André que mete el auto en la cochera y noto que hay alguien parado afuera, esperando pacientemente con algunas maletas a sus costados. Entrecierro mis ojos y trato de ver de quien se trata y entonces recuerdo que hoy era un día importante.

Lucas ya está en casa.

Jueves 16 de Diciembre de 2010

Tal vez es posible que nuestra vida sea una historia ya escrita que vivimos sin ser capaces de evitarlo, y, que sin darnos cuenta, la mostramos al mundo de manera inconsciente. Al final de cuentas cada uno somos un mundo de infinitas posibilidades. Lo más interesante de nuestra vida es que como toda historia, podemos hacer correcciones en el proceso.

Sasha.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 16 de Junio de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

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