Capitulo 44: Jengibre

 

good shoes

  Hace dos días soñé que estaba cerca de la playa. Una playa de arenas finas y de olas que revolvían el agua con su espuma blanca y cambiante. Hace un día soñé que me encontraba en un enorme campo de flores amarillas, el cielo estaba azul, tan azul que parecía irreal y que la brisa soplaba lenta y fresca. Ahora en la madrugada soñé que estaba en la llanura tras mi habitación, contemplando un hermoso atardecer (¿O era amanecer?), y que las nubes se teñían de los colores del sol y que justo antes de que el gran círculo brillante desapareciera en la lejanía, todo se volvía gris, y desperté.

Hoy es quince de diciembre.

Hoy es mi cumpleaños.

Me sigo sintiendo igual de estúpido que hace un año.

En fin, el asunto es que, a pesar de que ya soy un año mayor—ya hace varias horas que lo soy—, eso no me hace sentir diferente. Dicen que cuando llegas a los dieciocho ya eres todo un adulto, sin embargo yo me siento igual que siempre, ni más maduro y serio, ni menos chico e inseguro. Es extraño, pero eso no le resta importancia al hecho de que ya podré al menos comprar cervezas con mi propia identificación. Eso es un punto a favor de mi cumpleaños. Ahora, si le encuentro su punto en contra, desgraciadamente sigo virgen. Aunque si me detengo a pensarlo con mucho cuidado, tener sexo no es lo más importante en esta vida, creo que la cura contra el SIDA tal vez lo sea.

Son cerca de las dos de la tarde, y he regresado con Darién y Carol de pasar el día juntos. Como le he prometido a Carol, para su cumpleaños le he llevado a bastantes lugares a pasear. Hemos ido a comer panqueques a la pastelería Puffle y luego fuimos a patinar en la pista de hielo. También hemos ido al cine, por sugerencia de Darién. Ella dice que escuchando la película se puede imaginar perfectamente las escenas. Era la primera vez que ambas iban a ver una, así que parece que la han disfrutado. Pasamos por la librería y compramos varios libros. Darién escogió dos en braille. Carol escogió muchos sobre cuentos y para colorear, aunque también escogió uno llamado “El diario de Ana Frank”. La verdad es que a mí no me parece una lectura muy digerible para una niña de seis—o bueno, ya tiene siete—años. Aunque en algo debo de darle razón en estos momentos a mi madre. Ella siempre decía “No puedes negarle las palabras a un niño, y más si éstas llegan a través de un libro”. En cierta manera ella estaba en todo lo correcto supongo, ellos jamás me negaron ni un solo libro que quise leer, pero ni tan siquiera la enciclopedia de la sexualidad que cuando estaba más pequeño me daba más risa que morbo. Al final, mi padre agregaba “¿Qué sentido tiene no permitirte un libro de chico, si al final de grande vas a leerlo de cualquier manera?”. Tengo que admitir que sus puntos de vista eran muy sólidos, y es de reconocérselos en donde sea que se encuentren.

Cuando tenía catorce les pregunté qué diablos era el Kama Sutra. Mi padre se echó a reír y tuve por primera vez esa conversación tan incómoda sobre el sexo. Aunque se quedó a medias la charla porque ese día llegaron a cenar los padres de Cori. Era la primera vez que los veía, y a Emily también. De no ser porque Cori era unos años mayor que su hermana, entonces ambos hubiesen podido pasar por gemelos. Emily era una niña muy guapa, y de no haber sido por la leucemia seguramente hasta estas fechas tendría muchos pretendientes—y Cori se hubiese visto en muchas molestias al ver quien la pretendía. Él la cuidaba mucho—.

Al mediodía almorzamos comida china y cuando creímos que no nos cabía nada más en el estómago, de glotones pasamos por la tienda de crepas y nos tomamos también un café con esencia de almendras y crema batida. Nos la pasamos bastante bien la verdad y sería bueno repetirlo.

—¡Diablos!—exclamo, mientras conduzco. Acabo de recordar algo que pasamos por alto—.

—¿Sucede algo?—me pregunta Darién.

—Olvidamos comer pastel.

Darién se echa a reír y no puedo evitar reírme con ella, pero nos callamos rápidamente al recordar que Carol está dormida en el asiento de atrás. No sé qué cumpleaños se celebra sin pastel, ni tampoco me explico cómo he podido pasarlo por alto. Me merezco un zape en la nuca. De esos fuertes.

Como no hay una calle que lleve hasta la casa de Darién, aparco el auto cerca de la casa del señor Hamilton, porque de aquí queda más cerca la casa de ella. Les ayudo a llevar las cosas a casa, y me toca cargar a Carol que duerme como piedra. Luego de despedirme y de prometer que regresaría más tarde, me voy a casa.

Ahora por la mañana estuve hablando con Maikel y me comentó que en lo que quería que le ayudara era como voluntario en una guardería en la ciudad. Tal parece que un familiar de ellos la administra y se están preparando para celebrar el aniversario del lugar. Me explicó también que Simón se vestirá de oso panda y que él se encargaría de otras cosas sorpresa—y no me quiso decir cuales—. Se lo comenté a Karla y ella dijo que quería ir, así que ambos iremos a ayudar este fin de semana próximo.

Luego de mañana, tendré que regresar al instituto. Ya no puedo seguir perdiendo más asistencias. A pesar de que el puntaje que tengo para poder graduarme es prácticamente más que suficiente, las asistencias son importantes, es por eso que regresaré. Sin embargo, eso no me va a librar de reponer los dos meses siguientes mis demás inasistencias.

¡Oh, por poco lo olvido! Tengo algo para Karla. Antes de meterme a casa me he tenido que regresar al auto para sacarlo de la cajuela, y me lo escondo bajo el suéter, porque no tengo idea de si ella está acá y no quiero que lo vea. Es una sorpresa. Y no les diré qué es hasta que ella lo abra. Solo puedo decir que es algo que ella ha querido desde hace un buen tiempo, pero me falta agregarle algo que lo complementará, cosa que haré en mi habitación cuando esté solo.

Abro la puerta con bastante cuidado, y miro a mi alrededor. ¡No hay nadie! Perfecto, así no me preguntarán por este gran bulto. El que está bajo mi suéter, y no bajo mi pantalón. Ok, estoy bromeando y siendo egocéntrico. Es mi cumpleaños, déjenme ser.

—¡Sasha Alexander Leader!

¡Igh!

Veo a mi costado y parado tras de mí, sin saber de dónde carajos ha salido, está André, de brazos cruzados y parece un poco—o muy—molesto. No sé por qué pero un escalofrío me sube por la espalda y siento el amenazante presentimiento que me van a regañar.

—¿Qué… qué sucede?—titubeo.

—¿¡Dónde diablos te habías metido!?—rezonga.

—Estaba en la ciudad—me excuso—.

—¿Y tú que hacías allá?

—Cosas

El enarca una ceja y me dirige una mirada no sé si de sarcasmo o de irritabilidad por mi respuesta.

—Bien, bien. Estaba con Carol y Darién ¿Si?—me reacomodo el bulto bajo mi suéter y trato de seguir mi camino. La verdad es que no es momento para explicarle estas cosas, y quiero hacerlo cuando estemos todos juntos. Ellos aún no saben lo de Carol y yo, y lo más justo es que se los diga cuanto antes.

Resopla con desdén y poco satisfecho baja sus brazos y quita ese gesto de preocupación de su rostro. No parece menos molesto pero al menos está más tranquilo de saber lo que hacía.

—Te lo he dicho muchas veces Sasha—advierte él. Pone una mano en mi hombro y me mira a los ojos. Su gesto se me antoja, en cierta medida, familiar y extraño a la vez—. Si vas a algún lado, dínoslo. Me preocupas.

Ahora caigo en cuenta qué es lo familiar en esto y por qué de André se me hace aún más parecido. Una vez, cuando estaba más chico y vivíamos aun en Nueva York, fuimos papá y yo a una tienda enorme por unos materiales para reparar el grifo de la cocina. La tienda era enorme. Recuerdo que mi padre estuvo buscando por largo rato las cosas indicadas y yo me aburría. Tenía tan solo siete años, y bueno, una ferretería gigantesca no tenía mucho con lo que pudiese entretenerme. Sin embargo, en uno de los pasillos vi algo y solté la mano de mi papá por unos momentos para poder ver mejor esa cosa de color verde que captó mi atención. Mi padre, tan ensimismado en sus cosas no se percató que me alejé. Cuando por fin llegué a esa cosa verde supe que era una esponja gigante con forma de helado de pistacho. Me quedé largo rato mirándola y uno de los señores, ya anciano, de los que trabajaban en la tienda, me contó para que se utilizara esa esponja. No recuerdo muy bien en qué la ocupaban, pero el que me lo contara llamó mi atención y me mantuvo ahí quieto, escuchándolo hablar. No supe cuánto tiempo pasó, pero luego apareció mi padre sofocado y con los nervios casi deshechos.

—Mira, papá—le dije señalando la esponja verde. Su cara estaba roja y respiraba agitado—. Parece un helado de pistacho.

Se agacho y me abrazó, sin decirme nada más ni tan siquiera darme o negarme la razón que la esponja tenía forma de helado. En mi vida tuve pocas oportunidades de haber podido abrazarlo o abrazar a mi madre, que yo recuerde. Sin embargo hay cosas que no se me olvidan, como el olor de papá, que siempre era a cítricos o el de mamá, que siempre olía con bastante tenuidad a vainilla con menta. Era un olor agradable.

Es un olor que solo me queda para recordar.

— Si vas a algún lado, dímelo—advirtió mi padre tomándome por los hombros. No estaba molesto. No estaba exasperado ni decepcionado. Solo se sentía aliviado—Me preocupas.

Es por eso que André me recuerda ligeramente a él. En cierta medida, André también se parece en su físico. No me extraña, teniendo en cuenta que André es mi primo por parte de mi papá.

Sonrío y asiento. André me devuelve la sonrisa y me da unas palmadas en la espalda y luego desaparece hacia la cocina. Ahora que veo a André no sé por qué pero me acuerdo que mañana estará Lucas acá. Tendremos que ir por él al aeropuerto para reco… ¡Mierda! No podré ir. Mañana tendré que ir al instituto. Bueno, supongo que lo veré hasta la tarde que regrese.

Aunque André no lo demuestre, sé que está impaciente por verlo y bueno, no es de menos. Ya tendrá un buen rato que no lo mira y supongo que tiene que hacerle mucha falta. Lo bueno del caso es que se quedará por dos semanas más o menos y regresarán hasta principios de enero a Nueva York. Esta navidad estará muy animada, al menos aquí. Mi tía Bianca estará como loca porque solo la pasará con su esposo, y creo que a estas alturas ya sabe que Lucas vendrá a visitarnos, cosa que la carcome más. A pesar de que acepta con más o menos razón que André sea gay, todavía no le pasa ni por un poro que Lucas esté con él. Aclaro, no es odio a Lucas, es odio a la relación entre André y Lucas.

Me meto a mi cuarto y coloco debajo de mi cama la sorpresa de Karla con sumo cuidado. Una vez que creo que no la encontrará nadie ahí, me quito el suéter y la demás ropa para ponerme cómodo. Justo cuando me he quitado la camisa y voy por el pantalón, escucho un ruido. Me detengo a medio desabrochar el pantalón y me quedo inmóvil, esperando que el sonido se repita.

Ya no se escucha nada. Esto es extraño.

—Shhh.

¡Otra vez! ¡Aja! Ese ruido de nuevo. Me abrocho el pantalón de nuevo y comienzo a buscar el origen de ese sonido. Si no me equivoco es de… ¡Kathy! Salta desde adentro del armario y se me lanza encima haciéndome caer sentado sobre el piso. ¡Diablos! Si me que me asustó.

—¡Feliz cumpleaños Sasha!—me dice con tono alegre. Presiona un bote de spray que trae consigo y me llena de serpentina.

—¡Vas a matarme de un susto!—le digo riendo.

Nos quedamos un rato tumbados en el suelo y me ataca con cosquillas hasta que siento que me voy a ahogar y le imploro que se detenga. Las cosquillas son peores cuando estas sin camisa que cuando la llevas puesta. Ella se pone de pie y me ayuda a pararme.

—¿Desde qué horas estás metida ahí dentro? —le interrogo.

—No llevo mucho. Cinco minutos tal vez—se encoge de hombros y dibuja una sonrisa maliciosa en su rostro—. Si me hubiese esperado más, hubiese presenciado un muy envidiable “Streap Tease”—me mira de arriba a abajo y enarca una ceja—. ¿Continuarás?

—No.

—Vamos, es tu cumpleaños.

No puedo evitar soltar una carcajada por ello. Estoy seguro que si Karla estuviese aquí, hubiesen conspirado ambas contra mí.

—Pues porque es mi cumpleaños quien debería de hacerlo eres tú.

—Soy demasiado sensual para tus ojos. Puedes quedar ciego.

—Lo soportare—le bromeo.

—Me sentiría muy culpable—se ríe ella—. En fin, ten—me dice, sacando de su bolsillo un sobre—. Feliz cumpleaños, estúpido y sensual chico de ojos azules.

Vuelvo a reír. Ella siempre sacándome una que otra carcajada y alegrándome el día. De no ser por ella mis días serian demasiado depresivos. Ella siempre sabe qué hacer para animarme y siempre tiene las palabras indicadas para hacerme sentir mejor.

—¿Puedo abrirlo ya?

—Sí, hazlo.

Con mucho cuidado abro el sobre porque en frente tiene un hermoso dibujo hecho a mano con una linda dedicatoria que no quiero arruinar. Dentro, encuentro dos papeles rectangulares que tienen el logo de Puffle—la pastelería—. Y dice lo siguiente “Vale por un mes para repostería gratis”. ¡¡igh!! ¡Dios! ¡Comeré Baumkuchen hasta explotar! En el siguiente papel rectangular dice “Busca bajo tu almohada”.

¿Bajo mi almohada?

Levanto la mirada y Kathy mira hacia un costado, silbando. La curiosidad puede más que mi voluntad por no parecer emocionado y me abalanzo sobre la cama, quitando la almohada de un solo tirón. ¡¡Por Dios!! ¡Son tres cuadernos! ¡Tres hermosos cuadernos de empastado duro con mi nombre grabado en ellas! Uno es azul, el otro es negro y el tercero es verde. El azul tiene las letras grabadas en blanco, el negro las tiene grabadas en verde y el verde las tiene grabadas en rojo. Los tres cuadernos tienen el mismo tamaño que mi diario; ni muy grandes ni muy pequeñas. Sus páginas son de un suave color crema, de líneas cafés tenues y de grosor perfecto para poder escribir sin dañar la página siguiente. En el cuaderno azul encuentro un separador con unas palabras escritas con la letra de Kathy:

Los recuerdos hechos palabras son tan valiosos como los latidos hechos sentimientos

Kathy

—Pensé que a tu diario se le acabarían algún día las páginas, así que…

—¡Oh, Kathy!—no puedo evitar abrazarla—. Gracias… ¡En serio, muchas gracias!

Esto es estupendo. Ahora ya tendré bonitos cuadernos en los cuales seguir escribiendo. Una vez se me acabe el marrón que tengo creo que empezaré por el azul… o por el verde… ¡No! Mejor por el negro. ¡Ahg! Que difícil.

—Bueno, querido, me alegra que te hayan gustado—ella se pone pie y se dirige a la puerta—. Me voy porque tengo que hacer unas cosas. Feliz cumpleaños—me vuele a decir, dedicándome una sonrisa—. Disfrútalo.

Kathy se va y me quedo solo en el cuarto, contemplando mis nuevos cuadernos. Son muy bonitos la verdad, y no puedo evitar tomarles una foto y subirla a Facebook. En ese instante me doy cuenta que tengo muchos mensajes y publicaciones de mis amigos felicitándome. ¡Incluso tengo un mensaje de Azah! ¿Lo recuerdan? El chico de áfrica con el que intercambiamos correspondencia. Seguro que le ha costado un montón conseguir internet y enviarme el mensaje. Le respondo agradeciéndole por el bonito gesto y luego sigo revisando las demás publicaciones, dándoles Me gusta y respondiéndolas.

Me quedo solo en mi habitación por largo rato, contemplando los cuadernos de colores. Son bastante bonitos y ese empastado duro los hace ver bastante únicos, teniendo en cuenta que en su parte frontal traen en grande mi nombre. Kathy ha tenido el detalle de grabar una pequeña leyenda bajo mi nombre: “La vida de un adolescente”. Me gusta. En gran medida y como no pueden imaginárselo. Escribir un diario ya es algo que necesito hacer, no porque sea tarea, sino porque siento que es algo vital, y si no lo hago, voy a explotar de la peor manera.

Me quedo dormido un rato y cuando despierto son las tres treinta. Los cuadernos aun los tengo en las manos y al final no me cambie de ropa. Mi móvil suena pero no es la alarma, es Karla quien me llama. Antes de contestar noto que tengo otras llamadas perdidas. Veinte y tres en total, todas de André. ¡Con razón estaba tan molesto si ni siquiera me di cuenta cuando me llamó! Hago de lado el asunto y me apresuro a responderle a Karla.

—¿Hola?

—Te quiero en mi casa en diez minutos.

—¿Sucede algo?

—Te quedan nueve minutos con cincuenta.

—¡Ahora mismo!

Me pongo una camisa limpia, el mismo suéter y el gorro que Karla me regaló el año pasado y salgo volando. Antes de salir, Tránsito me llama y me dice que tengo correspondencia de Cecilia, cosa que me intriga y me atrasa otros dos minutos entre le evidente sorpresa y los deseos de abrirla. La meto a mi bolsillo y sigo hacia la casa de Karla.

André ha salido y me va a tocar caminar. O más bien correr. Por suerte esta mañana antes de que fuésemos de paseo con Carol y Darién pasé por el hospital para que me terminaran de quitar el yeso de mi brazo. La libertad de tener mis extremidades sueltas me sienta bastante bien. Al menos ahora podré utilizar ambas manos para masturbarme. Si me canso con una, sigo con la otra.

Soy un chico.

¿Qué esperaban?

En fin, me la paso corriendo todo el camino hasta que llego a donde Karla. Como hace frío no sudo en lo más mínimo, pero el vaho se condensa frente a mis narices como un manto de neblina. Me doy unos momentos para recuperar el aliento. Antes de que se me olvide le envío un mensaje a André diciéndole que estoy donde Karla. No vaya a ser que se moleste de nuevo conmigo por salir sin avisar, aunque Tránsito ya supiese que venía para acá. Miro que me quedan dos minutos más pero prefiero tocar ya el timbre. La señora Bonnet sale a abrir la puerta, y como siempre, me regala una enorme sonrisa.

—¡Sasha, tesoro!—me da un fuerte abrazo y unas palmaditas en la espalda—. Feliz cumpleaños tesoro. Cada día te conviertes en todo un adulto, y uno bien guapo.

—Gracias señora Bonnet.

—Pasa, ven. Aquí hace mucho frío—me dice tomándome de la mano.

Dentro, la casa está bastante cálida y huele a galletas de… ¿Jengibre? ¡Ihg! ¡Galletas de jengibre! Me encantan esas cosas, en especial si las acompaño de chocolate.

—Ten, tesoro, come unas cuantas—me dice la señora Bonnet. Me ha leído el pensamiento y me pasa un puñado con una taza de chocolate con malvaviscos. ¡Schibe! Como diría Nixon. Este cumpleaños está resultando bastante sabroso. ¡Wuju! Ok, me emociono demasiado por unas galletas… pero es que están sabrosas.

Me siento un rato al comedor a acabármelas. Al fin y al cabo ya estoy en casa de Karla así que el cronometro ya no cuenta aquí dentro. Ahora que se espere, que las galletas me suplican que me las coma. Una vez me las zampo todas y me bebo la taza con chocolate, le agradezco a la señora Bonnet por la merienda y pregunto por Karla.

—En su habitación, cariño—me dice—. Pronto habrá más galletas por si quieres otras cuantas.

—Por supuesto—advierto sonriente. No sé si soy glotón o peco de gula, ¡pero son de jengibre!

—¡Annell, tesoro!—le llama ella desde la cocina—. ¡Sasha está aquí!

—¡Dile que suba!—grita ella.

—Ya la escuchaste. Cuando estén las galletas te aviso.

Subo a la habitación de Karla. Está al fondo a la izquierda, justo pasando una pintura de la torre de pisa. En la puerta hay un pequeño letrero que dice “Photography is my soul”. El letrero está hecho en un cuadro de madera no muy grande que le hizo Cori a Karla para cuando ella cumplió años. Yo tengo uno en la puerta de mi habitación que dice “Blue Eyes…blue life”.

Abro la puerta sin tocar, como es costumbre, y me encuentro a Karla sentada en el alfeizar de la ventana.

—Te has tardado diez minutos más—advierte ella.

Paso, cerrando la puerta tras de mí y me tiendo en su cama. Las sabanas huelen a Karla. A fresas mentoladas. Es agradable.

—Me quedé abajo comiendo galletas con chocolate.

—Glotón.

—Límpiate la cara que tú tienes migajas en las mejillas—le digo riendo. Ella se la limpia con el dorso de la mano y ríe—. Mira que llamarme glotón cuando tú también eres una glotona no es nada sano. No sé cómo carajos comes tanto y no engordas.

Ella se levanta del alfeizar y hurga en su armario por algo. Luego se tiende a mi lado en su cama y nos quedamos mirando hacia el techo por largo rato. No sé por qué en este momento se me viene a la cabeza el recuerdo de la primera vez que me quedé a dormir en casa de Karla, aquí en Longmont claro. Mis padres como siempre no estaban en casa, y Karla y su padre me invitaron a cenar. La señora Bonnet andaba de visita donde unos familiares, así que solo fuimos nosotros tres en toda la casa. El padre de Karla, Derek—no sé por qué diablos a él lo llamo por su nombre y a la madre de Karla por su apellido. Tal vez sea que le tengo menos pena a él—nos dejó quedarnos hasta tarde tonteando. Viendo películas y jugando scrabble. No puedo recordar por qué fue que Cori no pudo ir a quedarse esa noche, pero hizo falta porque él era quien siempre se inventaba palabras de quién sabe dónde para poder acumular más puntos, cosa que nos hacía reír.

—Yo voy a dormir ya—dijo Derek. Se levantó y justo antes de desaparecer por las escaleras nos dijo—. Si se piensan quedar toda la madrugada jugando al menos bajen almohadas y cobijas.

Y así hicimos. Nos pasamos la madrugada viendo películas en blanco y negro, comiendo frituras y tomando té helado. Fui a orinar al baño por lo menos treinta veces por tanto líquido, pero aun así no dejábamos de zamparnos más té. Cuando se hicieron las tres de la madrugada y ya no pudimos más con el sueño, nos tumbamos en el sofá de la sala. Yo con mi cabeza para un lado, y Karla con la suya para el otro. Nuestros pies se enredaban unos con otros pero al menos estábamos cómodos. Nos arropamos con una cobija delgada y nos quedamos en silencio en la oscuridad.

Lo sé. Pensarán que eso es un poco extraño considerando que yo soy un chico y ella una chica y que no es muy cuerdo dejarnos solos acostados en el mismo puesto, pero verán, teníamos catorce años y a esa edad en lo único que piensas no es más que en lo divertido de todo el asunto.

—Karla…—le llamé, esperando que no se hubiese dormido aún. Pasó un corto rato antes de que me respondiera.

—¿Si?

—Gracias por invitarme hoy.

—De nada.

Volvimos a quedarnos en silencio y solo pude escuchar el susurro de la oscuridad durante otro largo rato. No podía ver nada a mí alrededor y por unos segundos sentí como si estuviese en mi habitación. Siempre oscuro, siempre solo, siempre silencioso… siempre solo yo. Saben, antes de que Tránsito, Kathy y André llegasen a casa, todo a mí alrededor estando ahí dentro era demasiado silencioso. Y hasta cierto punto me había acostumbrado. Pero la costumbre a veces sofoca y es demasiado hostil. Y debo decir que me desesperaba estando solo muchas veces, hasta que llegaba Cori, Karla o ambos a visitarme. Me gusta la soledad… pero también me encanta compartirla. Ahora que no vivo solo las cosas son distintas, porque cada mañana puedo conversar con alguien, las noches pueden llegar a volverse interminables y los amaneceres a veces no son tan solitarios. Es curioso, pero creo que ahora ya no podría sentirme a gusto sin ellos.

Sentí a Karla moverse y entonces regresé a donde estaba antes, a la sala de su casa, con ella, en la oscuridad y en el silencio. Ya no estaba más en el recuerdo de mi habitación solitaria.

En esos momentos, no sé por qué, sentí la necesidad de hablar y decirle a Karla algo que siempre había querido decirle pero que no lo hacía temiendo ser una carga para ella. Sin embargo, lo dije, y aun me pregunto qué fue lo que me impulso a hacerlo, más no me arrepiento de que sucediera.

—Karla…

—¿Sí?

Hice una breve pausa, debatiéndome en si continuar o parar. Sin embargo… no me detuve.

—Cuando me sienta solo… ¿Puedo venir a quedarme contigo?

Hubo silencio por unos momentos y sentí que el tiempo se me hizo eterno. Cuando creí que no obtendría respuesta sentí las sabanas moverse y alguien ponerse de pie y recostarse frente a mí. Sentí unos brazos delgados y unas manos pequeñas abrazarme y envolverme cálidamente. Sentí el silencio acogedor, la oscuridad la vi hermosa y el vacío de repente no estuvo tan vacío… ahí estaba Karla.

—Cuando te sientas así, entonces estaré contigo Sasha. Aquí… en tu casa… donde sea.

A veces pienso que hay ciertas situaciones en la vida que son decisivas para formarte como persona, y esa, sin duda, fue un de las tantas necesarias para hacer de mí lo que soy ahora. Esa noche reprimí las ganas de llorar y me limité a abrazar a Karla lo más fuerte que pude, como si temiese a quedarme solo si ella se movía. Lo que restó de la madrugada no lo sentí y por la mañana la extraña sensación de haber logrado algo grande no desapareció. Fue realmente gratificante.

Mis recuerdos son interrumpidos por la voz de Karla y entonces regreso al presente. Sigo en su habitación, mirando el techo, junto a ella.

—Feliz cumpleaños, míster dieciocho.

Logra hacerme sonreír.

—Deja de recordarme que tengo dieciocho, que me hace sentir más viejo.

—Los derechos de los niños te han dejado de proteger—se burla.

—Diablos. Ahora ya no podré andar por ahí tratando de verme tan inocente.

Ella se echa a reír y no puedo evitarlo hacer yo también. El olor a galletas de jengibre se cuela desde la cocina hasta su habitación. Si entraran acá se darían cuenta que todo es la viva representación de Karla. Fotografías pegadas en la pared, lentes y cámaras en una repisa y varios libros de todo tipo en un estante. Sobre un escritorio hay varias instantáneas y unos cuantos portafolios con fotografías hechas por ella misma. Karla en una ocasión nos mostró un portafolio hecho a base de blancos y negros en el que salíamos Cori y yo. Las fotografías son bastante buenas y debo admitir que no me di cuenta en qué momento las tomó, porque todas se miran bastante naturales. En unas sonriendo, en otras bastante serios y en varias salimos con Cori bromeando o comiendo.

Ella es buena con la cámara.

—Ten, este es tu regalo—me dice sentándose. Me pasa una caja rectangular y delgada, envuelta en papel de color verde y con un listón rojo que termina en un bonito moño en la parte superior.

Lo agito un poco con la esperanza de escuchar las cosas moverse dentro y adivinar de qué se trata pero no logro nada.

—¿Puedo abrirlo ya?—pregunto emocionado.

—No

—Pero…

—Es broma, tontito—se ríe—. ¡Ábrelo de una buena vez!

Y como si fuese niño de cinco años, despedazo el envoltorio—pero no la tarjetita de enfrente, esa la despego con mucho cuidado—y saco lo que está dentro de la caja. En un principio no sé cómo reaccionar, pero parece que mi impresión puede más que con mi desconcierto porque Karla sonríe. He de tener los ojos abiertos como platos y una sonrisa de oreja a oreja porque incluso me cuesta respirar.

—¡Karla, hija de los kiwis!—me aviento sobre ella abrazándola fuertemente, riendo emocionado—. ¡Eres… eres…! ¡Gracias, Karla!

¡Esto es estupendo! ¡Karla me ha regalado un cd de Florence & The Machine! Pero… ¡Es que es un álbum que todavía no sale ni a la venta! ¡igh! ”Ceremonials. Así se llama el álbum. ¡Y viene firmado hasta con dedicatoria por la vocalista Florence Welch! ¡Dios! No sé ni qué carajos pensar.

—¡Eres la mejor!—le digo, sin poder evitar abrazarla con fuerza.

—Sí, sí, eso lo sé tesoro. Dime algo que no sepa.

La miro a los ojos y no puedo evitar soltar una carcajada no sé si de emoción o de felicidad. Pero no es solo el cd, sino también un reproductor de mp3 y una pequeña nota que dice «Dentro viene el álbum en digital y también el álbum anterior, Lungs»

¡Barbaridad! Es que no me lo puedo creer todavía… es… es… ¡Wuju!

—¿¡Pero como lo has conseguido!?—le exclamo impresionado.

—Mi hermosura me abre muchas puertas—me dice haciendo la pose de muchacha de revista. Luego no puede evitar reírse y me suelta la sopa de cómo consiguió—. O tal vez me ayudaron—advierte encogiéndose de hombros—. ¿Recuerdas a mi tía , la de la sesión de fotos?

—Si claro, como olvidarla—le respondo. En una ocasión una tía de Karla que es fotógrafa nos hizo a Cori y a mí una sesión de fotos para un portafolio—.

—Pues ella estuvo encargada de una sesión de fotos para la banda. Parece que se hizo bien amiga de la vocalista y mira, me consiguió el cd e hizo que lo autografiara y le pusiera la dedicatoria.

—¡Impresionante!—le digo anonadado.

—Mucho diría yo.

—Gracias, en serio—advierto sin poder dejar de sonreír—. Esto es… no sabes cuánto me hace feliz.

—Me alegro—me devuelve la sonrisa y me abraza—. Lo mejor para mi chico de ojos azules.

Nos ponemos un audífono cada uno y escuchamos las canciones en el reproductor de mp3. Son realmente buenas y como era de esperarse, me fascinan. Karla también parece disfrutarlo porque cierra sus ojos y sonríe al escuchar la melodiosa voz de Florence resonar en sus oídos. ¡Ah, qué buena música!

Cori se hubiese vuelto loco si…

Un segundo…

Acabo de recordar la correspondencia que recibí de Cecilia. ¡No la he abierto aún! Saco el sobre blanco de mi bolsillo y lo alzo, mirándolo fijamente por unos segundos.

—¿Qué es eso?—me pregunta Karla con curiosidad.

—Un sobre.

—No me digas—advierte con sarcasmo.

—Qué quieres que te diga—mascullo riendo—. Lo he recibido esta mañana, es de Cecilia.

—¿En serio? No he podido comunicarme con ella por un largo rato—me dice con preocupación— ¿Y qué dice?

—Eso voy a ver ahora mismo.

Rasgo el sobre por un lado y del interior saco un papel doblado en tres partes. Parece ser una carta y cuando lo desdoblo compruebo que es una, escrita a mano. Reconozco la caligrafía y es evidentemente de Cecilia.

—¿Qué dice la carta?—me pregunta Karla.

Me dispongo a leerla en voz alta y firme.

La carta dice lo siguiente.

“Querido Sasha:

Espero te encuentres bien y que la estés pasando genial en tú cumpleaños. Perdón por no poder estar ahí para darte un abrazo enorme y felicitarte, pero las circunstancias no me lo permiten.

El motivo de escribirte podrían ser muchos, pero seré directa porque siento que escribir esto me remuerde un poco la conciencia. Siento que los he abandonado, a Karla y a ti, al irme tan silenciosamente, dejando atrás tantas cosas importantes, pero por el momento siento que es lo mejor para mí. Necesito recuperar mis fuerzas de voluntad y hacerme la idea de que me queda algo importante en esta vida… necesito encontrar ese algo importante, porque quienes movían mi mundo ya no están.

Tal vez una llamada telefónica hubiese sido lo más indicado, pero soy una cobarde Sasha, y lo último que quiero es desmoronarme de nuevo. Tú y Karla me recuerdan a mi hijo, y ese recuerdo aún duele. Y al menos de esta manera siento que le hablo al papel. Perdón si estoy siendo egoísta.

A veces me pregunto tantas cosas respecto a Cori, ¿sabes? , y siento que en muchas ocasiones llego a puntos ciegos que no conocía respecto a él. Respecto a ti. Respecto a Karla. Sin embargo, hay una tan sola cosa que he podido comprender tras su muerte, y es el amor y aprecio que él les tenía. Siempre pensando en ustedes. Siempre ustedes siendo quienes movían su vida.

Se los agradezco. No saben cuánto se los agradezco, porque sé muy bien que Henry y yo jamás fuimos suficiente para él. Estoy en deuda con ustedes por darle la felicidad que yo jamás alcancé a darle, y a la vez me disculpo por haberlos hecho cargar con algo que me correspondía a mí. Lo siento…

En verdad, lo siento mucho.

Cori quería esto Sasha, y yo no me opuse y no me opondré, porque él siempre lo dijo y tuve que aceptarlo. En el sobre encontrarás una llave. Es la del cuarto de Cori.

Cori quiso dárselos, y no podré negarme a ello. Así que por favor, Sasha, te lo pido, ve con Karla.

Lo que está ahí dentro ahora te pertenece.

Le pertenece a Karla.

Les pertenece a ambos.

Cecilia”

CONTINUARA…

Ending:

CONCURSO EN EL BLOG

Recuerden que el sorteo es este primero de Mayo. ¿Se apunta? :3

Próximo Capítulo: Viernes 10 de Mayo de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

¿Qué tal te pareció el capítulo? :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s