Capítulo 40: Avanzar.

Perdonen por la tardanza con el capitulo. La semana pasada no pude publicarlo por cuestiones de la universidad, pero aquí está sin más contratiempos (: Como siempre, sus comentarios serán bienvenidos.

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Kathy me quita los zapatos y me saca los calcetines. Luego se dispone a desabotonarme el pantalón y con cuidado me lo baja hasta que me lo saca y me quedo en camisa y en bóxer.

—Aún tengo serias dudas de esto—advierto.

—Podríamos intentarlo.

Ella toma mi camisa y me la saca bastante despacio. Una vez me he quedado en ropa interior, me observa de arriba abajo. Suspira.

—¿Estás segura?—inquiero.

—Sí, Sasha. Mira, no es muy difícil.

—Pero…

—¡No seas tan aguafiestas!—rezonga Kathy—. No sé por qué tanta pena.

Henos aquí, en mi habitación y con el típico problema que acarrearon ciertas situaciones desde que regresamos a casa.

El viento es frío, el día está nuboso, la casa está silenciosa—excepto en mi habitación—, pero sobre todo está bastante acogedora. Ya han transcurrido nueve días desde que pude abrir los ojos y recuperé de a poco mis fuerzas, y más o menos dos semanas desde que desperté de ese sueño tan vivido. Una despedida. Me encanta pensar que fue una despedida entre Cori y yo. Me hubiese gustado que Karla estuviese ahí, ella también merecía estar ahí.

Transcurrió todo un mes en el cual pasé acostado en una camilla de hospital sumido en un sueño que me pareció efímero, junto a Karla, que no estaba en mejores condiciones. André siempre estuvo ahí, haciéndome compañía. Tránsito y Kathy tampoco se fueron nunca. Y yo, bueno, yo no podía ir a ningún lugar aunque quisiera. Era extraño tener mis ojos cerrados y escuchar a todos a mi alrededor hablar, y aunque lo hicieran en susurros podía escuchar sus voces de manera clara, como si todo se viese aumentado; cada sonido, cada movimiento, cada vibración…todo.

—Iré por unas toallas—me dice ella—. Cuando venga te ayudo con lo que falta.

Tengo enyesados mis brazos y una pierna. Y hace poco me quitaron un yeso del tórax y el yeso de la pierna derecha. Karla aún tiene enyesada su mano, pero ella está mejor, y por suerte es su mano izquierda. En cambio yo, me veo demasiado inútil al estar todo quebrado sin poder moverme mucho, es por eso que Kathy me ayuda a sacarme la ropa cuando voy a bañarme. Es bastante vergonzoso. Una cosa es bajar sin camisa a desayunar, pero otra muy distinta es que me vean en bóxer, y que Kathy enarque una ceja cada vez que me mira y diga: “Suertuda será tu novia, picaron”. Ella dice que se divierte haciéndolo, yo le digo que a veces creo que su nivel de perversión es peor que el mío. Por suerte puedo bañarme en calzoncillos y sin necesidad de que me ayuden. Solo al principio me ayudaba Tránsito a enjabonar mi espalda, Kathy se ofreció, pero le tenía más vergüenza a ella que a mi querida Tránsito, pero ahora me toca un baño en la bañera. Será relajante. Pasaré al menos una hora zampado en agua tibia con jabón. Sin embargo debo de tener mucho cuidado con mis yesos. El doctor dice que si me bañaran con esponja, no tendría que cambiarlo cada cuatro días, pero no me resulta nada lindo que me estén manoseando las personas con las que convivo a diario. No podría verles a los ojos si lo hicieran.

Es diez de diciembre. Siento como si mi tiempo se hubiese distorsionado y como si mi vida hubiese sido cortada y reanudada en un punto totalmente distinto. Fue un gran salto de sucesos. Fue realmente una estupidez querer terminar con mi vida. Ahora no sé si siento remordimiento por haber querido hacerlo, o por no haberlo logrado. Pero entre una cosa y otra, hay un punto central que equilibra ambas sensaciones. Karla. Ella sigue aquí. Por eso sigo aquí. Por ella.

Cuando pude abrir mis ojos en el hospital, lo primero que vi fue a Karla, sentada junto a mí y con su rostro lleno de sorpresa indescifrable al verme abrir los parpados. Luego André, que se acercó para comprobar que realmente había despertado. Seguido de eso, un mar de enfermeras y médicos que se pusieron a examinarme por un largo rato. Después llegó Tránsito y Kathy sofocadas que no sabían ni qué decirme cuando me vieron y les saludé como si nada. Luego todo fue lágrimas y disculpas. Disculpas que le debía a todos y cada uno de ellos por hacer estupideces como esas. Esperaba que alguien me reprochara algo, que me dijeran que estaba loco o que se enfadaran conmigo, sin embargo solo recibí miradas comprensivas, palmadas en mi espalda y agradecían de que estuviera bien. En ese momento no supe si sentí un ligero alivio o si me sentí enfadado porque no me estaban dando lo que me merecía. Sentía que tenían que decirme las cosas más crueles de todas. En especial Karla, que estaba en pleno derecho de echarme en cara el hecho que me había comportado como un malnacido hipócrita al hacer lo que hice. Pero no, no lo hizo. Ella simplemente me abrazó y lloró, diciéndome que no se quería quedar sola, que no la abandonase y que me necesitaba. La culpabilidad que sentí fue realmente desoladora. Me golpeó en el pecho como un puñal y me estrujó los pulmones. Quise llorar y gritar, pero no pude, y lo único que logré exteriorizar fue un lo siento con total sinceridad. No me fue suficiente y en los siguientes días hablé detenidamente con ella, le conté lo del sueño, sin embargo omití algunas cosas respecto a Cori y a mí, pero se las contaré, y será en estos días. No voy a ocultarle nada más. Se lo debo, eso y muchas cosas más.

—¿Estás listo?—me pregunta Kathy que ha asomado con las toallas.

—En serio, puedo hacerlo solo. No es necesario que me ayudes tanto.

—No te preocupes. Me encanta ayudar.

La miro con el entrecejo fruncido y enarco una ceja.

—Bien, bien—me dice levantando sus brazos—. No todos los días tienes la posibilidad de mirar a un chico lindo semidesnudo. ¿Quieres dejarme ser y ya?

—Un día de estos correré desnudo por la casa—le bromeo—. Seguro luego eres tan niñita y te cubres los ojos para no ver.

—Sasha, tesoro, hemos convivido tanto tiempo y pareciera que no me conoces. Te tomaré fotos y las mandaré a sacar en tamaño retrato.

Nos metemos al baño y Kathy cierra los grifos. La bañera está lista y no me queda más que meterme y dejarme mojar por la tibia agua. Kathy me coge de los brazos y con mucho cuidado me siento. El agua me cubre el abdomen, hasta uno o dos centímetro abajo del pecho. Es agradable. Está tibia y puedo sentir como se filtra por cada uno de mis poros y relaja mis músculos. Incluso la molestia del yeso se disuelve poco a poco en el agua.

Kathy me mira fijamente y se sienta en una silla, cruza sus piernas y apoya su codo en su rodilla, acomoda la cabeza en su mano y sonríe.

—¿Qué?—pregunto

—Esto se mira tan perversamente interesante—me dice con una voz incitadora—. Podría violarte.

Me sonrojo. Puedo notarlo por el reflejo de mi rostro en el espejo. Incluso mis orejas se han puesto rojas y la cara la tengo tibia. No sé si es por la temperatura del agua o por lo que Kathy acaba de decirme.

—No es gracioso—advierto.

Ella saca su móvil y se pone a trastearlo.

—¿Qué haces?—inquiero.

—Nada.

—¿Kathy…?

Ella lo alza a la altura de sus ojos y lo sostiene con mucho cuidado. Click. Un flashazo y la habitación se ilumina. ¡Carajo!

—¿¡Qué fue eso!?

—Di queso.

—¿Queso?

Click. Otro rayo de luz blanquecina que me atonta momentáneamente. ¡Maldición! Me está sacando fotos. Estoy a punto de decirle algo cuando su celular suena e interrumpe mi impulso de rezongarle.

—¿Hola?—responde.

Alguien en la otra línea responde y Kathy sonríe. Se quita el móvil de su oreja y lo pone en altavoz. Me pregunto quién será.

—Dime, Karla, cariño, ¿Dónde estás?

Llegando a casa de Sasha. ¿Dónde están ustedes?—inquiere ella.

También en casa. Zampados en el baño.

¿En el baño?—dice desconcertada.

—Estoy bañando a Sasha.

—¡No es cierto!—advierto sofocado. Ya me dio hasta vergüenza. No sé qué carajos hago metido en el baño con Kathy, o más bien por qué es que ella no se sale.

Se hace un breve silencio y pareciera que Karla ya no va a hablar más. Kathy por su parte se ha puesto a estar tocando la pantalla táctil de su móvil. Esto me sabe a conspiración. No sé por qué, pero siento que así es.

—Listo, tesoro—dice Kathy.

Aguardamos en silencio, y yo expectante a ver qué sucederá ahora. La verdad no me siento cómodo que me estén viendo empapado y en calzoncillos mientras tomo un delicioso baño que me veo forzado a acompañar con Kathy que un día de estos me llegará a violar. A parte, necesitaré que se salga cuando me pare. ¡Maldito bóxer! ¡Es blanco! Se me pega a la piel y se hace casi transparente cuando eso sucede. Si me pusiera de pie en estos momentos, ella, bueno… ella… me vería prácticamente como si estuviese desnudo. A Cori no le hubiese importado tanto, al final a él le encantaba andar por ahí en pelotas. Una cosa es que yo ande por la casa sin camisa o incluso que me levante por las mañanas olvidado de que ando una erección entre las piernas y que Kathy me vea y se ponga a reír. Pero que me vea desnudo supera ciertas situaciones. A parte, comienzo a tener una desgraciada erección que será bien notoria. Tengo mis manos enyesadas… no puedo hacer gran cosa en este estado. Ya sabrán ustedes a qué tipo de cosas me refiero.

¡Barbaridad!— exclama finalmente Karla por el móvil—. ¡Está desnudo!

—Ummm, técnicamente no, tiene puesto su bóxer—Kathy se asoma por el borde de la tina y sonríe socarronamente—. Pero tiene un bóxer blanco. Así que en términos prácticos y con suerte cuando se ponga de pie será como verlo desnudo.

—¡No dejes que se salga!—grita ella sofocada—Ahora mismo voy entrando a la casa.

—¿¡Qué!? ¡Ni se te ocurra, Karla!—exclamo, pero no alcanza a escucharme, ya ha colgado la llamada. De repente escucho pisadas. Alguien corre por el pasillo y luego siento a alguien que entra al cuarto.

La puerta del baño se abre de presto y entra Karla sofocada con el pelo revuelto y jadeando. Vuelve a verme y clava sus ojos en los míos durante unos segundos. Luego, poco a poco su mirada va bajando y se detiene en un punto. Mi pecho. Me quedo con la boca abierta de ver que ella se ha zampado sin qué ni para qué al baño y que me ha encontrado desnudo. De la nada se me hacen los colores en la cara y no puedo evitar revolverme en el agua para intentar cubrirme. Esto es realmente vergonzoso. Ambas vuelven a verse y se dedican una mutua sonrisa de complicidad. ¡Maldición! ¡Ya lo tenían planeado!

—En vivo es mil veces mejor que en la foto—dice Karla, acercándose de a poco a la bañera, echando un vistazo.

No puedo evitar tratar de cubrirme pero estos malditos yesos no me dejan. Esto de que te vean desnudo no es nada lindo… o bueno, depende de quién te vea desnudo supongo.

—Te lo dije—advierte Kathy. Vuelve a sacar su móvil y toma otra foto. ¡Diablos!—. Luego te las paso.

Karla le levanta su pulgar en señal de aprobación y vuelve a sonreír.

—Bien, tengo que irme. Pronto será hora de almuerzo y tengo que ayudar a mamá.

Kathy se pone de pie y sale del cuarto de baño, no sin antes volver a verme y dedicarme una sonrisa de lo más picara. A veces siento que se aprovechan de mi condición. Lo único que desconozco es por qué lo hacen. Seamos realistas, esto lo pudieron haber hecho con Cori, pero ¿Conmigo? ¿Qué tengo yo de especial?

Nos quedamos Karla y yo solos en el pequeño cuarto de baño. Ella se sienta en una silla y opta por la misma posición que Kathy ha tomado hace unos momentos. Creo que tendré que acostumbrarme a esto; definitivamente ella va a quedarse mirando.

—Por si te lo estás preguntando—musita Karla, mirándome con bastante gracia en los ojos—, ya habíamos planeado esto con Kathy.

Karla sonríe y solo logra incomodarme más. La cara la tengo toda roja, y me recuesto un tanto para hundirla en el agua. Hago burbujas de aire con la boca en el agua tibia y con mi entrecejo fruncido mientras ella me observa sonriente.

—No es gracioso—mascullo haciendo más burbujas en el agua.

—No, pero nos recrea la vista—advierte, encogiéndose de hombros—. Hay oportunidades que deben de aprovecharse.

—Si claro—digo con desdén—. Como si yo valiera la pena. Ni siquiera soy guapo.

—Sí, eres muy feo—suelta una risotada y me contagia por unos segundos. Luego capto que me ha dicho feo y me callo de un solo golpe. Ella no puede evitar reírse por ello y suelta otra risotada—. Vamos, no te enfades. Sabes que solo bromeo.

Saco un poco la cabeza del agua y la acomodo en el borde de la bañera. Me quedo observando detenidamente a Karla mientras pienso respecto a ella. Puedo notar en sus ojos un brillo bastante agradable y de repente me siento feliz. Ella también se está recuperando de todo lo que ha sucedido. Poco a poco lo iremos dejando atrás. No enterrado, porque un día lo necesitaremos, sino simplemente atrás, donde podamos verlo cuando volteemos la mirada al pasado.

—Oye Karla…

—¿Qué sucede?

—¿Qué has sabido de Cecilia?

Karla aguarda en silencio, como si mi pregunta estuviese fuera de lugar, pero ambos sabemos que el momento y la situación es la correcta, es solo que la sensación que sentimos al sacar el tema no es del todo agradable.

—Hace poco vinieron por las últimas cosas. Se ha ido lejos, Sasha.

—Ya veo—musito con una voz que denota decepción.

—Pero dejaron un par de cosas en la casa. Dijo que podíamos ir por ellas cuando quisiéramos, que eran nuestras.

—¿Nuestras?—pregunto pensativo. No recuerdo haber dejado nada olvidado en la casa de Cori en algún momento, lejos de alguna camisa o calcetín tal vez, pero no creo que eso supusiera gran cosa.

—Sí, nuestras—reafirma ella, encogiéndose de hombros—. Según ella son bastantes.

—Me pregunto qué cosas serán.

—Lo mismo me pregunto yo. En fin, un día de estos tendremos que ir a ver. Espero y la familia que está viviendo ahora ahí no se moleste.

—¿¡Familia!? ¿Qué familia?—exclamo alarmado.

—Bueno, también eso venía a contarte—Karla se pone de pie y coge de una repisa el jabón líquido y una esponja. Vierte un chorro de jabón en mi espalda y comienza a restregar suavemente. Echo mi cabeza hacia adelante y dejo que lo haga. Al final es Karla… y si es Karla entonces está bien que lo haga—. Hace cuatro días se mudó una nueva familia a la casa.

—¡Pero… es demasiado pronto!—apunto sorprendido—.

—Lo sé. No es que me agrade mucho la idea, pero supongo que tendremos que acostumbrarnos.

—Ya no podremos entrar a esa casa—musito con tristeza—. Ya no…

Karla hace silencio y se detiene. Quita la esponja y luego coge el champú y me unta la cabeza. Comienza a lavar mi cabello con suavidad y cuidado que no me vaya a caer en los ojos.

—Bien, ya puedes enjuagarte.

Meto la cabeza en la bañera y me saco todo el jabón y champú de encima. Una vez estoy limpio, destapo con los pies la bañera y el agua comienza a desaparecer por el caño del desagüe. Karla me pasa la toalla y me cubre con cuidado, desviando su mirada cuando me pongo de pie, tratando de no mirarme. Con mi rostro sonrojado también me veo en la necesidad de no verla a los ojos y miro hacia un costado mientras ella me envuelve con la toalla. Puedo sentir sus manos rozar mi piel, pero sin la más mínima expresión de morbo, me sigo alegrando de que sea Karla.

Me siento en la cama y Karla se pone a buscar en el armario ropa que pueda ponerme. Ella es bien cuidadosa con lo que escoge y no me molesto en decirle el qué, si al final sé que ella terminará eligiendo algo cómodo.

La observo. Miro a Karla con detenimiento y caigo en cuenta en la misma a cosa que sé pensar cuando la veo. Karla es hermosa. Una chica realmente hermosa que se merece lo mejor de lo mejor. Su sonrisa, sus ojos, su cabello, el olor de su piel, su voz, su manera de caminar, su silueta de mujer… todo. Ahora sé por qué Nixon estaba tan interesado en ella. Me pregunto qué le habrá dicho al final Karla.

—Oye Karla…

—¿Qué sucede?

Respiro hondo y trato de ordenar mis ideas. Vamos Sasha, exteriorízalo. Hazlo. Esa voz en mi interior que me dice que lo haga y me impulsa a hablar.

—Eres… eres hermosa.

Ella vuelve a verme con una mirada de incredulidad y con la cara colorada. No sé por qué se lo he dicho, pero lo he hecho. Al final, decir lo que se piensa en determinados casos es lo mejor.

—¿Qué..? ¿Por qué…?—ella titubea por unos instantes, se voltea hacia el armario y continua con voz nerviosa—. ¿A qué viene eso?

—Acabo de pensarlo.

Ella aguarda en silencio y puedo notar su nerviosismo en cada uno de sus movimientos. Me hace un poco de gracia verla así, pero me limito únicamente a sonreir.

—¿Y tú… lo piensas hasta ahora?—advierte con timidez, volviendo a verme.

—Siempre lo he pensado—le digo, encogiéndome de hombros.

Ella se voltea y continúa a lo suyo.

—Pero me lo dices hasta ahora… ¿Por qué…?

—Quise hacerlo. ¿A caso no puedo?

Vuelve a guardar silencio. Creo que si la he incomodado. Dulce venganza. Aunque la verdad, se lo dije porque si quería decírselo. Es casi como cuando le digo que la quiero. Me gusta hacerle saber cuán importante es para mí.

—S…si, si puedes—su voz suena nerviosa pero puedo notar, por el espejo que está al lado, que en sus labios se dibuja una sonrisa. Sus mejillas están sonrosadas.

Hace dos días Nixon y Jennel vinieron a visitarme. Junto con Kathy nos ayudan a Karla y a mí a ponernos al día con las cosas del instituto. Karla dice que asistirá hasta que yo asista. Será más o menos en cuatro días. Han venido tantas personas a vernos; compañeros, maestros, el director, Kiwi, la señora de la cafetería… todos. Mis compañeros me cuentan que por el instituto corren rumores de mí y que fue a causa de las drogas que me lance del quinto piso, y de que Karla lo hizo porque en su casa la maltrataban y ya no aguantaba estar en lo mismo. Si el dolor y la angustia fueran droga, al carajo, hace tiempo que me hubiese muerto de sobredosis. Y en cuanto a mi Karla, ¿Ella, maltratada en su casa? Si, como no, y de mi trasero salen flores. Yo les digo a mis amigos que no hagan caso, que no es cierto. Khana es más rustica y sale en nuestra defensa diciendo: “Dejen de decir tanta estupidez que no es cierto. Les dará diarrea si le hacen caso a tanta tontería, se indigestarán”. Ah, la buena Khana. Por eso la quiero un montón.

Karla ha terminado de escoger la ropa y se sienta a mi lado. Mientras me pongo el bóxer ella se voltea. Luego de un largo rato, con un esfuerzo casi demencial por ponerme calzoncillos, lo logro y me ayuda a terminar de vestirme. Nos echamos a la cama, mirando el techo que aún mantiene pegadas las estrellas fluorescentes que mi padre puso ahí cuando yo era más chico. De repente la imagen de mamá cruza mi mente y recuerdo su voz, el rostro de papá y su mano sobre mi hombros con un peso bastante agradable. Me siento lejanamente vacío, pero poco a poco me acostumbro. A veces es triste, pero creo que lo estoy soportando de la mejor manera. Algunas veces he llorado, y me he lamentado en silencio tantas cosas que no hice o dije antes de que ellos se fueran de este mundo que me rodea, pero también recapacito y pienso detenidamente, que seguramente, hay palabras que no se dijeron porque no debían de haberse dicho. Siempre han tenido y tendrán que quedarse ahí, enterradas tras mis cuerdas vocales, enmudecidas por voluntad propia.

André asoma por la puerta, le damos una mirada y el entra y se acuesta también, a mi otro costado, a observar los pequeños trozos de plástico pegados en el techo que en algún día lejano brillaron y que ahora han perdido su tonalidad de neón.

—Tenemos visitas chicos—nos dice, entrecerrando sus ojos.

—¿A sí?—pregunta Karla—. ¿Quién?

—Un chico acaba de tocar la puerta, está hablando con Kathy allá abajo.

—¿Lo conoces?—le pregunto.

—Primera vez que lo veo—niega con su cabeza—. Ni idea quién pueda ser.

—¿Bajamos a ver?—sugiere Karla.

Y sin necesidad de articular respuesta alguna, nos ponemos de pie y bajamos. André me ayuda a bajar las escaleras cogido de un brazo con Karla del otro. Él me pellizca las costillas y me hace cosquillas provocándome risa. Por un momento sentimos que el alma se no va cuando tropezamos y casi nos caemos a rodar por las escaleras, pero rápidamente recobramos la compostura y bajamos en orden. De habernos visto Tránsito nos hubiese reñido. Por suerte está en la cocina ocupada.

—¡Olvidé el móvil en tu habitación!—advierte André—. Vuelvo en un segundo.

Karla me toma por el brazo derecho con cuidado y me sirve de apoyo mientras André regresa. Su muñeca fracturada mejora poco a poco, y pronto le quitarán su yeso. El doctor dice que nos componemos demasiado rápido y que un día de estos nos podremos lanzar desde algún árbol y que nuestras fracturas sanaran en segundos, yo le digo que el día que lo hagamos entonces tendrán que encerrarnos en un manicomio. André por suerte ha sanado rápido y sus golpes y magulladuras han desaparecido. Se fracturó un pie pero el sanó más rápido que nosotros, y gracias al cielo en el accidente el golpe que se dio en la cabeza no causo ningún daño grave más que una pequeña y casi imperceptible cicatriz en su ceja derecha. Él dice que se mira perfecta donde está y que es como tener un trofeo. Dice que lo hace ver más genial y rudo. A mí también me parece que le queda bien. Karla y Kathy dicen no comprendernos, y si tratamos de explicarles al respecto se nos hace todo un lío. Cosa de hombres, supongo. Nosotros nos entendemos. Nuestras estupideces son mutuas, y la cicatriz no deja de verse genial.

Nos asomamos a la sala en dirección a la puerta de la entrada. Me entra curiosidad por saber quién es que ha venido a visitarnos. Tal vez solo sea un chico que se ha perdido y se ha parado a pedir direcciones.

—Sasha… —musita Karla.

—¿Qué sucede?

—Sabes, yo… solo bromeaba allá arriba.

—¿Bromear? ¿Cuándo?

—Ya sabes, cuando decía que eras feo—musita. Vuelvo a verla a los ojos y puedo interceptarla por unos segundos, pero luego ella los desvía hacia otra parte—. No eres feo ¿Si? Eres lindo. Tienes pinta de chico guapo y bueno, si con Kathy hacemos este tipo de cosas es porque realmente creemos que eres guapo. Y porque nos encanta molestarte por supuesto—ambos reímos, pero sentimos esa incomodidad hablando de esto—. Tienes un lindo rostro—continúa— y ni hablar del cuerpo que has conseguido con el ejercicio. Las chicas del instituto te perseguirán el día que te vean por ahí sin camisa.

—Ya para que me avergüenzo—le digo sonrojado.

Ella niega con su cabeza y continúa hablando.

—No sé si alguna vez te lo había dicho, pero siempre presumí de tener amigos realmente guapos, tú y Cori. Pero sobre todo, de tener amigos realmente buenos, que valieran la pena y a los que realmente quiero, y quise—dice, refiriéndose a Cori—. Eres lo más preciado que tengo ¿Sabes?

Levanto mi mirada, y ahí, en ese punto de tiempo tan efímero, puedo ver en los ojos de Karla ese brillo tan excepcional.

—Tú, Karla, eres todo lo que quiero y necesito en mi vida.

Sonrío, con un cosquilleo en mis dedos y en mis mejillas que seguramente es de felicidad. Karla también sonríe y siento como si todo se detuviera. Estos momentos son perfectos. Estos momentos son por los que vale la pena echar siempre un vistazo a nuestro pasado.

Avanzamos hasta la puerta y advierto que Kathy está de pie ahí, charlando con un chico. Lo hace pasar adentro porque el frío es casi detestable. Hacen unos días ya que han comenzado a caer pequeños copos de nieve, pero no los suficientes como para cubrir con un manto blanco el suelo. Sin embargo, el frío se te cala hasta los huesos y te entumece la punta de la nariz.

Un chico de cabello negro y ligeramente largo, de ojos marrones, tez pálida, delgado y de más o menos mi estatura entra y nos saluda al solo vernos.

—Hola chicos.

—Hola—respondemos con Karla al unísono.

—Señor Leader, Señorita Bonnet—dice Kathy—. Les presento a Maikel.

—Un gusto de conocerte Maikel—saluda Karla.

—Lo mismo digo—advierto con una sonrisa—. Te estrechara la mano, pero verás que ni rascarme la nariz puedo en estos momentos—le digo a modo de broma.

—No te preocupes amigo, sé que es tener un brazo roto. Hace tres meses me fracture uno por andar en patineta.

Pasamos a la sala y nos sentamos a charlar un poco. Kathy ha ido a la cocina por un poco de chocolate caliente mientras Karla y yo hablamos con Maikel.

—¿Y vives cerca de acá?—pregunta Karla.

—Pues de hecho, creo que sí, o eso creo. No sé cómo definan cerca. Vivo a unos diez minutos caminando. Decidí dar una caminata y pasar a saludar.

—¿En serio? Nunca te he visto por acá—advierto.

—No, no. Claro que no—se apresura él a explicar—. Es que acabamos de mudarnos. Ahora vivimos en la casa que está de camino al instituto. He pensado que sería buena idea pasar a saludar a los vecinos.

Karla y yo nos quedamos mudos al escuchar a Maikel y nos volvemos a ver con cierta incredulidad. Así que es Maikel y su familia quienes se acaban de mudar. Karla me hace ver con un leve movimiento de la cabeza de que todo va a estar bien. Y ella tiene razón, todo va a estar bien. Tiene que estarlo.

—Bienvenido Maikel—le digo con una sonrisa—. Espero seamos buenos amigos.

10 de Diciembre de 2010

Cambios. Pequeños cambios que a veces pueden ser imperceptibles y otros tantos son notorios, son esos cambios los que hacen que la vida avance y se mueva. No sé si sean para bien o para mal, pero lo único que nos queda es esperar que todo salga en pos de algo bueno. A veces la vida nos enseña que mirar hacia el pasado y rememorarlo no es malo, el problema es quedarnos en ese pasado sin mirar nunca más hacia adelante.

Vamos a seguir. Todo va a continuar. Karla, yo… aún tenemos que avanzar, y miraremos hacia atrás, hacia nuestros recuerdos, echaremos una mirada cada vez que necesitemos saber en qué punto de nuestras vidas hemos sido plenamente felices, pero también miraremos hacia adelante, y esperaremos ser felices en lo que resta de nuestro tiempo.

El tiempo nunca se detiene a esperar a nadie… pero, en ciertos casos, algunos pocos nos detenemos a contemplar el tiempo transcurrir y esperar que nos alcance.

Sasha

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 31 de Marzo de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

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