Capítulo 39: Siempre a tu lado.

Flower RGB

Siento otra vez esa sensación tan desagradable en mi cuerpo. No puedo moverme y los parpados están tan pesados como el plomo que por más que intente tan siquiera entreabrirlos no logro más que fruncir el entrecejo. Mi respiración es regular y mi corazón late con bastante normalidad. Sin embargo, sigo aquí, en esta ensoñación tan extraña que me hace querer cerrar los ojos a pesar de que mis parpados están cerrados. Es solo oscuridad. No es como si estuviese dormido. Puedo escuchar, puedo sentir el cálido aire que entra cuando alguien abre la puerta, puedo escuchar la voz de Karla que de vez en cuando me llama, pero no puedo hacer más que imaginar que le respondo. Mis labios no se mueven, ni tan siquiera puedo apretar su mano porque mis dedos no responden.

Me dejo llevar otra vez por esta oscuridad, y el esfuerzo por querer emitir algún sonido me cansa y me provoca sueño. Al menos así puedo tener la sensación de estar realmente dormido. Con mis parpados cerrados me siento solo, me siento vacío, a pesar de que escucho a Karla llamarme, me siento abandonado en este paramo de mi conciencia.

Es bastante curioso. Todo a mí alrededor se agudiza y puedo sentirlo. El sonido, el tacto, los olores… todo. Por un lado, podría decir que esta parte es agradable, por otra, es enteramente detestable no poder ver qué sucede en mi entorno.

El cansancio me vence y no resisto más. Duermo, y mis recuerdos… asaltan mi mente.

***

«Corre Sasha. Ven, ya casi llegamos»

Cori y Karla corren delante de mí. ¿Qué recuerdo es este? El bosque. Estamos en el bosque y todo es verde. Seguramente es verano porque el clima es agradable. Vamos por un camino de tierra que bordea árboles tan altos que duele el cuello cuando intentamos ver sus copas.

Somos apenas unos niños. Cori se mira joven, Karla se mira joven. En cambio yo, me siento un poco más mayor, seguramente porque soy quien rememora este momento. Sin embargo, no me veo a mí, sino más bien que estoy viendo a través de los ojos del Sasha más chico. Por un momento la alegría me invade porque estamos los tres juntos, corriendo uno detrás del otro, riendo con emoción y sin mucho por lo qué preocuparnos. Pero algo me arrebata esa sensación de felicidad. Cori ya no está, y este es solo un recuerdo.

—Está por acá—grita Cori, que va delante de nosotros. Yo voy al final, siguiendo a Karla y cuidando que no resbale ni tropiece. El camino es un poco difícil por las raíces de los árboles.

Seguimos corriendo, y a nuestros costados el bosque florece en hermosas camelias, tulipanes y narcisos. ¡Ah! Ya lo recuerdo. Ya sé qué recuerdo es este. Tenemos catorce años, no es verano, es más bien primavera. Este es el día en el que Karla aprendió a nadar.

—Vamos, Sasha, corre—vuelve a gritar Cori, emocionado—. Apresúrate Karla, ya casi llegamos.

—Ya me cansé—le responde ella jadeante—. Me duele el estómago.

Cori parece no hacerle caso y sigue corriendo. Recuerdo como ese día Cori estaba realmente contento de haber encontrado el lugar indicado para enseñarle a nadar a Karla.

—Ven, te llevaré cargada—propongo.

Karla esboza una linda sonrisa y acepta que le ayude. Se engancha a mi cintura y me envuelve por los hombros con sus brazos. Ella es tan liviana, como siempre lo ha sido, y sin mucha dificultad, puedo cargarla. Cori ya nos ha ganado un buen tramo, pero de vez en cuando se detiene para ver que le seguimos.

Corremos por al menos cinco minutos más, y sin cansarme, cargo a Karla hasta que llegamos finalmente a un enorme claro que es bordeado por un río. El mismo riachuelo que pasa después del instituto, justo debajo de aquél puente en donde en repetidas ocasiones me he sentado a descansar cuando salgo a correr.

—¿Estás bien?—me pregunta Karla cuando se baja de mi espalda.

—Estoy…perfecto—le digo jadeante.

Me estiro un poco y luego de un gran suspiro, recupero de a poco mis fuerzas.

Echo un vistazo a mí alrededor. Es una pequeña porción de tierra con pocos árboles. El bosque hace frontera a nuestras espaldas y pareciera que alguien lo mantiene a raya, para que no traspase sus límites. El pasto está verde y apenas comienza a crecer, y justo en el borde, donde el río fluye, hay un enorme roble con un columpio hecho con lazos y madera que cuelga y se mece un poco por el viento.

Es un hermoso día. Azul, con nubes que surcan el cielo como algodón, y con el sonido del bosque envolviéndonos. Solo nosotros. Es perfecto.

—¡Chicos! Es aquí.—Cori alza sus manos haciéndonos señas.

Nos acercamos al riachuelo y cuando pensamos que no veremos nada más que un charco, la naturaleza nos sorprende y nos topamos con una enorme poza de agua, no tan profunda, pero perfecta para lanzarnos y para enseñar a Karla a nadar.

—¡Esto es genial!—advierto emocionado.

Escuchar nuevamente mi voz de niño me resulta un tanto extraño, pero me agrada. Incluso escuchar a Karla y Cori hablar me provoca una nostalgia acogedora. Por los viejos tiempos podría escucharlos por siempre. Ahora me lamento no tener tantos videos grabados con ellos ni notas de voz para poder escuchar. Si alguien me hubiera dicho que algún día todo cambiaría, entonces hubiese atesorado el momento con más esfuerzo. Y a pesar de que están como recuerdos en mi memoria, no son suficientes; nunca nada será suficiente si amas lo que haces.

—¿Cómo encontraste este lugar?—le pregunto a Cori, mientras me quito mis zapatos.

Él ha comenzado a sacarse su camiseta y a desabrocharse el pantalón. Ambos nos bañaremos en ropa interior. Karla por su parte ya ha venido más preparada, y bajo su ropa trae un traje de baño.

—Hace dos semanas me vine caminando por el riachuelo que pasa bajo el puente. Y vine a parar aquí.

Me termino de sacar la ropa y me quedo en bóxer, al igual que Cori. El recuerdo trascurre tan a la perfección que incluso se recrea en mi mente esa risa que soltamos al ver que ambos andamos ropa interior con el mismo diseño: Rayas pálidas de color celeste sobre un fondo blanco.

—Bien—advierte Cori—. No en vano moví todas esas piedras para estancar el agua. Así que Karla, aprendes o aprendes—manifiesta él decidido.

—¿¡Las has movido todas tu solo!?—exclama ella sorprendida.

—Soy un chico fuerte.

Cori hace ademan de querer mostrar músculos en sus aun lánguidos brazos y solo logra hacernos reír. Él aún no ha desarrollado su cuerpo. Eso sucedió el siguiente verano.

—Uno que le teme a las agujas—me burlo.

Él hace un puchero y se cruza de brazos, como siempre, de berrinchudo. Pero se le pasa rápido y al final mejor se decide por reírse.

Nos acercamos a la pequeña represa que Cori ha construido. Hay peces diminutos nadando dentro y noto como a Karla se le ilumina el rostro cuando los mira ir de un lado a otro.

—¡El último en entrar al agua come conejos!—grito, y me aviento al agua seguido de Cori que en el aire encoge sus piernas y cae como piedra al rio, salpicando todo.

El agua está fresca y agradable, y bajo el río puedo sentir al sórdido sonido hacerme compañía. Abro mis ojos, y escuecen un poco al principio, pero rápidamente se adaptan. Hay peces nadando a mí alrededor y la luz del sol los ilumina, dándoles un brillo plateado. Me impulso con los pies y me pongo de pie, para tomar un poco de aire. El agua me llega hasta un poco arriba de los hombros. En definitiva es perfecta para que Karla aprenda.

—Apresúrate Karla—le alienta Cori—. El agua está deliciosa.

—¡No pienso meterme!—exclama ella en la orilla.

—No te sucederá nada. Puedes estar de pie—le digo sonriendo—. Mira, yo estoy parado.

—¿Y si la corriente es muy fuerte?

—Yo te sostendré—le digo, extendiendo mi mano para ayudarla.

Karla dudosa, se aproxima a la orilla, se sienta en el borde y primero mete sus pies. Con cuidado, se deja envolver por el agua, y cuando su cintura queda cubierta por el río, la tomo con mis manos y la sostengo. En el agua es mucho más liviana y puedo levantarla con mucha facilidad.

—¿Lo ves?—le digo con una sonrisa—. Todo estará bien.

Karla se termina de zambullir y se impulsa con rapidez en el fondo para salir a la superficie, toma una bocanada de aire y se enrosca a mí como un collar.

—¡No me sueltes!

—Suena tentador— bromeo.

Cori se acerca a hacerle cosquillas y ella ríe y se suelta de mí, pataleando y salpicando agua por todas partes. Por un momento su cintura se me zafa de las manos y se me pierde bajo el fluyente río. Cori vuelve a verme con los ojos abiertos como platos y yo lo miro con bastante preocupación. ¡Demonios!

Nos zambullimos frenéticamente buscando a Karla pero no la veo por ninguna parte, a pesar de que el agua es bastante cristalina no alcanzo a ver ni una pisca de ella por algún lugar. Comienzo a preocuparme, y el corazón se me acelera. Algo va a salir mal. Algo realmente malo va a pasar. Pero cuando creemos que todo había sido una mala idea, ahí, justo frente a nosotros, está Karla, moviendo sus pies y manos con bastante sincronía para poder flotar. ¡Lo ha logrado!

Sonrío. Bajo el agua esbozo una sonrisa y Cori que está sumergido a mi lado vuelve a verme con una sonrisa y me levanta su dedo pulgar en señal de aprobación.

Luego todo se torna negro. El recuerdo comienza a desvanecerse y regreso otra vez a esta negrura tras mis parpados.

***

Puedo escuchar a la enfermera preguntar si ha sucedido algo nuevo. Reconozco la voz. Es la misma enfermera que me atendió cuando estuve aquí después del problema con Liam, y la misma enfermera que atendió a Cori cuando el enfermó gravemente. Siento sus dedos palpar la parte anterior de mi codo. Siento un pequeño pinchazo y luego advierto como algún líquido comienza a esparcirse a través de mis venas.

—¿Cuándo va a despertar?—escucho una voz familiar. André.

Una sensación de alivio me invade al escuchar su voz. Él está bien. Me encantaría poder verlo a los ojos y sonreírle.

—Es imposible decirlo con certeza. Pero ya está recuperando todas sus funciones—señala la enfermera—. Todo es cuestión de que su cuerpo comience a responder a los impulsos de su cerebro.

—Pero… ya pasó una semana—interviene Karla—. Sentí como apretó mi mano.

—La recuperación es lenta—la voz de la enfermera tiene un tono consolador—. Pero ya está reaccionando. El problema ya no es su estado comatoso.

Entonces ha sucedido eso. Me siento estúpido por unos momentos y avergonzado también. Ya es la segunda vez que vengo a parar a este hospital en estado de coma y no he muerto. La vida está siendo demasiado considerada conmigo y yo en repetidas ocasiones le estoy dando bofetadas tratando de irme hacia el más allá y despegarme de una vez por todas de este mundo material.

Siento un leve dejo de arrepentimiento. Hay mucha gente con enfermedades terminales que anhelan vivir más, y yo, un imbécil que deseaba morir. Sin embargo sigo aquí.

—¿Entonces podría despertar en cualquier momento?—Otra vez André. Es agradable escuchar su voz.

—Sí, podría.

—¿No podemos hacer algo para ayudar?—Karla suena preocupada.

—Simplemente esperar.

Escucho los pasos de la enfermera resonar en el suelo. Ella se está yendo de la habitación y lo compruebo cuando oigo la perilla de la puerta crujir y luego cerrarse, dejándonos nuevamente en silencio.

Me siento culpable por preocupar a los chicos de esta manera. André ya pasó algo realmente desagradable, y a pesar de que él se encuentra bien, no dejo de sentirme mal por él. Y de pensar simplemente en lo que le sucedió, entonces recuerdo a mis padres. Ellos ya no están. Ellos… se han ido. La tristeza no tarda en hacer estragos en mí, y las ganas de llorar me invaden, sin embargo no puedo. Me siento impotente de no poder llorar tan siquiera por la muerte de mis padres, me siento inútil al no poder dejar escapar aunque sea lágrimas por ese remordimiento tan cruel que siento cuando pienso que hubieron tantas cosas que no les dije. Algunas veces el tiempo en el que debimos decir las palabras necesarias se ha adelantado tanto, que nos hemos quedado atrás, con el deseo de haberlas dicho.

—¿Crees que sea pronto?—le pregunta André a Karla.

—Ya ha pasado un mes—murmura Karla—. Desde hace mucho estoy esperando que sea pronto.

Un mes es bastante espera. La noción del tiempo en este estado es realmente confusa y no sé cuánto tiempo habrá transcurrido entre mi sueño del río y ahora. Necesito llorar, pero no puedo, así que me dejo sumergir nuevamente en la tristeza y la obscuridad, pensando que lloro en silencio… recordando.

***

Estamos en la sala de mi casa. Es diez de diciembre. Hay un pastel sobre la mesa y bebidas en vasos de colores. Mi madre y mi padre están aquí, Karla y Cori también, con gorros de fiesta de cumpleaños y están cubiertos de serpentina de colores. Miro mi reflejo en un espejo a mi costado, y me veo de chico nuevamente, con un gorro de cumpleaños en mi cabeza y al igual que los chicos, la serpentina de colores se me pega a la ropa y al cabello. Mis ojos se miran azules, mas azules que nunca.

Rápidamente me ubico en tiempo y espacio cuando volteo a ver el pastel y reconozco con bastante facilidad lo que sucede: Es mi cumpleaños número catorce. Mis padres han regresado del trabajo y han decidido celebrármelo por adelantado, porque el quince de diciembre—que es realmente cuando cumplo años—ellos no podrán estar aquí.

—Feliz cumpleaños, cariño—dice mi madre sonriente. Besa mi mejilla y me pasa una pequeña caja de regalo.

La abro, quitando el listón que mantiene la tapa de la caja fija y descubro en su interior mi primer móvil. Uno sencillo. Karla y Cori ya tenían el suyo, y ambos esbozan una enorme sonrisa al ver que yo también tengo el mío. Sacan rápidamente sus celulares y me pasan sus números a la agenda. En unos pocos minutos, ya están ellos entre mis contactos. El número de mis padres también está registrado, al igual que el de la casa de la señora Bonnet y la señora Woller para emergencias.

—Feliz cumpleaños hijo—mi padre me abraza y me da un apretón en los hombros. Su regalo consiste en un lector de libros electrónico. Recuerdo a la perfección que lo primero que pensé cuando me lo dio fue que prefería los libros en papel, sin embargo, el lector no me venía nada mal. Un libro es un libro, en todas sus presentaciones.

La tarde se nos pasa entre pastel, dulces, bebidas y películas. Como siempre, Karla, Cori y yo nos ponemos a jugar por toda la casa. Primero fue una partida de monopolio que terminó en más ni menos que ruina para mí y para Cori. Karla compró toda la ciudad, dejándonos sumidos en la total pobreza. Luego fue un juego de escondidas, en el que mis padres dijeron que querían participar. Nos llevó casi media hora encontrar a mi madre que se había escondido en el refrigerador. Fue realmente gracioso encontrarla tiritando y moqueando del frío ahí dentro.

—Yo…ga…ga…gané—titubeo mientras temblaba.

Explotamos en carcajadas al verla y mi padre le preparó un baño caliente para que recobrara su temperatura. A pesar de que mi cumpleaños fue adelantado, podía decir que fue uno de los pocos que me agradaron realmente mucho. Por primera vez tenía conmigo lo que más quería. Tenía a mis padres, a Karla, a Cori, y sobre todo, el afecto de ellos.

Los chicos se han quedado a dormir esta noche. Cori dice que es la noche perfecta para contar historias de fantasmas, a lo que Karla se niega con rotundidad porque dice que tiene miedo que de debajo de la cama salga la chica del exorcista y le tuerza el cuello con una sonrisa diabólica. Yo le digo que no se preocupe, que si pasa eso, Cori y yo la moleremos a golpes.

Poco convencida de que dos chicos enquencles puedan con la endemoniada muchacha, Karla cede y nos sentamos en círculo en medio de la habitación. Hemos apagado las luces y Cori ha cogido una lámpara con la que ilumina su rostro desde abajo, dándole un aspecto más siniestro cuando sonríe con total descaro.

Hace unos años—comienza Cori—en una ciudad en donde la calma reinaba, en donde la noche se interrumpía por el pasmoso ruido de los autos y donde las personas eran ajenas a las consecuencias de sus deseos, existía un chico. Un chico llamado Cyan—hizo una breve pausa y nos miró con su entrecejo fruncido, tanteando la situación. Luego sonrió malvadamente y con un tono de voz siniestro, continuó—. Una madrugada de verano, cuando la luna estaba llena, cuando las estrellas persistentes brillaban sin poder ser opacadas por las luces de los edificios y cuando el mundo dormía, el deseo de morir lo hizo ponerse en marcha, a él, a Cyan, al chico que cumplía tu deseo más siniestro.  En un apartamento destartalado, una chica metida en una bañera deseaba morir.

—¿Morir?—preguntó Karla con un hilo de voz.

—Sí, morir—advirtió Cori, entornando sus ojos hacia ella—. Tenía cables de electricidad en sus manos, el piso y la bañera rebalsaban de agua, y lo único que cruzaba por su mente era morir electrocutada. Pero tenía miedo. No podía dar ese paso para poder dejar este mundo mortal. Sin embargo, alguien la acechaba desde las sombras del pasillo. La chica escuchó la puerta chirriar y entreabrirse. Una figura sombría se apareció frente a ella.

—¿Y qué le pasó?—le pregunté con mucha curiosidad. Cori ha logrado realmente una atmosfera te tensión.

—“¿Deseas realmente morir?”

Silencio. Karla y yo aguardamos en un pesado silencio a que Cori continuara, y él simplemente se limitaba a observarnos con sus ojos verdes que brillaban de la emoción al vernos tan embelesados en su historia.

—“Si” La chica lo pensó por unos segundos pero su respuesta final fue un asentimiento y una sola silaba. Cyan sonrió malvadamente, iba a matarla. Acababa de recibir el permiso para poder hacerlo, y ahora no iba a detenerse. La habitación se volvió fría, la maldad se respiraba en el aire, los escalofríos recorrieron la espalda de la muchacha, y entonces…

—¿Y…entonces?—interrogó Karla, casi en un susurro. Cogió mi mano y la apretó con fuerza.

Y entonces… Cyan… él…—hizo una larga pausa que solo alimentó el suspenso—. ¡Bang!—. Gritó Cori, lanzándose sobre Karla. Ella chilló del miedo, dando patadas y retorciéndose en el suelo del susto, mientras Cori le pellizcaba las costillas.

—¡Eres muy malo!—chilló ella pálida—. Creí que me iba a orinar del susto.

Cori se apartó de encima y se levantó riendo a carcajadas. No pude evitar reírme por todo el asunto, y luego de hacer unos pucheros, Karla se puso también a reír. Confieso que tengo las manos heladas por todo. Cori consiguió asustarme un poquitín… ok, si consiguió asustarme, pero no le voy a decir nada.

Son aproximadamente las once, y el sueño comienza a vencernos. Nos tendemos en un gran colchón en mi habitación, apagamos las luces y dejamos que las estrellas fluorescentes pegadas en el techo brillen con tenuidad. Cori y yo estamos a los costados, y Karla está en medio de ambos. Es agradable, esta sensación de hacer lo que más te gusta y con quienes aprecias son cosas que no pueden ni deben de pasar desapercibidas. No si tienes un corazón para sentirlas.

—Chicos—murmura Karla, mientras observamos el techo con estrellas artificiales.

—¿Qué sucede?—responde Cori.

—¿Qué pasará luego?

—¿Luego, cuando?—inquiero.

Karla hace una breve pausa y el silencio nos invade. Puedo sentir su mano deslizarse dentro de la mía y sus dedos entrelazarse con los míos. Puedo escuchar el movimiento en el otro costado y noto en la penumbra como también ha cogido la mano de Cori. El momento es perfecto.

—Ya saben. Cuando seamos mayores. ¿Seguiremos juntos?

—Por supuesto que seguiremos juntos—Cori se ha apresurado a contestarle sin pensarlo.

—No pienso separarme de ti ni de Cori—le respondo. Le doy un apretón a su mano y ella me corresponde—. No lo permitiré.

—¿Y si cambiamos? ¿Y si luego ya no queremos pasar tiempo juntos?

—Eso no va a suceder.

—Tengo miedo—advierte ella—. Quiero que todo siga así. Nosotros tres, para siempre.

Se hace silencio entre nuestras voces. La obscuridad fluye etéreamente en la habitación y ennegrece cada rincón. Ella no es la única que siente esto, y Cori en una ocasión también me lo comentó, cuando volvíamos solo los dos del instituto. Es simplemente, que hasta este momento, nadie había tenido el valor de exteriorizarlo, estando los tres juntos. Entonces el recuerdo me abate. Este día no fue importante porque celebré mi cumpleaños, sino más bien porque fue el día en el que dimos por sentado que nunca íbamos a abandonarnos.

—Siempre estaré para ti, y para Sasha—musita Cori.

—Siempre estaré aquí, para ti y para Cori—murmuro, con una sonrisa que se pierde en la obscuridad.

Karla vuelve a apretar mi mano y escucho como se le escapa un pequeño resoplo, uno que no es de decepción ni frustración, sino de entera felicidad.

—Yo estaré siempre para ambos—susurra ella.

No puedo evitar sentir un alivio inmenso al escucharles. Es como si me inyectaran en el pecho una felicidad de proporciones incalculables y llenaran cada cavidad de mi cuerpo. Sonrío, aunque nadie pueda verlo, pero es inevitable hacerlo. Soy feliz con ellos, somos felices juntos y nadie podrá cambiarlo.

—Seremos amigos para siempre—digo con voz suave—. Seremos una familia, y nadie ni nada va a poder separarnos.

Mi recuerdo vuelve a tornarse borroso, se desvanece con lentitud, las voces se apagan, el tacto comienza a desaparecer y me veo envuelto nuevamente en oscuridad. Sin embargo, esta vez es diferente, esta vez no regreso a la habitación del hospital. ¿En dónde estoy?

***

Es de noche, el viento sopla frío y puedo ver muchos árboles extenderse frente a mí, con sus copas movidas por la briza e iluminadas por la luz plateada de la luna. ¿Dónde estoy?

Tengo los puños apretados con fuerza, pero poco a poco aflojo la presión y extiendo mis brazos a mis costados. Veo hacia abajo y noto la altura. Otra vez la briza sopla fría y me siento solo.

Sé dónde estoy.

Sé que día es.

Sé lo que va a suceder.

Mi cuerpo se inclina hacia adelante y me dejo envolver por el vacío. Me veo tentado a retroceder, esta vez quiero realmente detenerme y dar marcha atrás. Escucho la voz de Karla gritar mi nombre, siento sus brazos envolviendo mi cuerpo y entonces ambos caemos al vacío. No quiero que suceda. Vamos a morir. Y entonces, cayendo por el vacío silencio de la oscuridad nocturna, pienso.

Dije que estaría ahí para ello.

¿Entonces por qué lo hice? ¿Por qué no lo pensé antes de querer acabar con mi vida? Era algo muy importante… y lo dejé de lado.

Dije que estaría ahí para Karla.

Pronto se acabará. Pronto este recuerdo también se desvanecerá y regresaré a la obscuridad tras mis parpados. Pronto escucharé a la enfermera, a Karla, a André. Pronto.

Dije que nada ni nadie… iba a cambiarlo.

Un golpe sordo. Un gemido. No hay dolor, no hay tiempo. Justo como fue…y el recuerdo se desvanece.

***

Vuelvo entonces a sumirme en la negrura que mis ojos me muestran al estar cerrados. ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido? Siento entonces en mi mano el tacto de alguien. Una mano familiar, una sensación cálida; Karla.

No voy a quedarme más tiempo aquí. No voy a dejarla sola más tiempo ni voy a entristecerla más. Todavía tengo razones para abrir mis ojos y razones por las que seguir respirando, aún faltan muchas cosas por las cuales sonreír, aún quedan situaciones que vivir… aún tengo a alguien por quien ser fuerte. Aun la tengo a ella.

Comienzo a abrir mis parpados con lentitud y lo primero que noto es una borrosa imagen de un techo blanco. La luz entra sin vacilar a mis ojos y mis pupilas se contraen, tratando de adaptarse. Me lleva unos minutos enfocar lo que me rodea, y cuando lo logro, todo es tan nítido, tan colorido, tan vivo… la oscuridad se ha ido.

Karla está a mi lado, sostiene mi mano, y su rostro muestra una sorpresa indescriptible. Pareciera que va a articular alguna palabra, pero se queda inmóvil, conteniendo el aliento.

Y entonces, sin poder sospecharlo ni controlarlo, comienzo a llorar. Sin emitir ningún sonido, ni quejido, las lágrimas comienzan a bajar por mi rostro y empañan mi vista. Mis ojos escuecen y mis pestañas se empapan. Un sollozo, un espasmo de mi cuerpo, y luego, otro sollozo. Ahora tengo las fuerzas suficientes para llorar.

Aprieto la mano de Karla y siento sus dedos entrelazarse con los míos. Puedo sentir su piel, su calidez… todo. Escucho entonces un sonido, casi como un quejido pero rápidamente me doy cuenta que es Karla que ha dejado escapar un sollozo mientras tapa su boca con su mano, luego lágrimas, y por último, el llanto.

—Perdón—musito con un hilo de voz casi imperceptible. Las lágrimas siguen bajando por mi rostro y el esfuerzo que hago por emitir palabras es enorme—. Karla, yo realmente… lo siento.

No voy a abandonarte.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 17 de Marzo de 2013

Autor: Luis F. López Silva.

Todos los derechos reservados ©

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