Capítulo 36: Lagrimas.

 

Another twilight

Todo está silencioso camino a casa de Cori. Mamá no dice nada, papá mucho menos, y yo, en el asiento trasero, voy tratando de asimilar todo lo que hace unos minutos he escuchado. Incluso la molestia de las heridas de mis manos ya no son las que me mantienen en vilo, sino lo que presencié en casa.

Vamos a divorciarnos, Robín—dijo mamá sin un atisbo de arrepentimiento.

Mi padre tampoco le contradijo nada. Solo se quedó en silencio y prefirió subir a su habitación mientras yo me quedé con mamá en las escaleras preguntándole qué pasaba. Ella nunca me dijo nada, ni papá tampoco quiso decirme nada cuando subí a pedirle explicaciones. Pero creo que esas explicaciones que pido solo son una confirmación a lo que ya sé… Carol… ella. ¡Carajo!

—Mamá…

—Basta, Sasha—musita mi madre, con su mirada perdida en el paisaje que pasa veloz por la ventana.

No puedo, por más que lo intente, ayudar. Ellos me bloquean el paso para intentar comprender en su totalidad el problema del asunto. ¡Es que piensan divorciarse, por un demonio! He llegado a hacerme la idea toda mi vida de que mis padres están ausentes porque su trabajo les impide pasar tiempo conmigo, incluso he aceptado sin mucho problema que me crío solo… pero ¿En serio se piensan divorciar? Es… inconcebible. No me puedo imaginar una vida así, no lo veía venir por ningún lado. Además… ¿Por qué se viene un problema de este tipo en un momento como este? ¡Maldición! Acabo de perder a Cori, la herida aún sangra y ahora mis padres salen con un enorme tapón de sal, listo para posarse justo sobre la viva carne de mi dolor con un maldito divorcio.

—Papá, por favor…

—Sasha, esto… no es momento para esto—advierte él, sin inmutarse demasiado.

La frustración comienza a carcomerme por dentro. Y sobre todo, la impotencia de no saber qué hacer ni que decir me provoca un nudo en la garganta, haciéndome tragar grueso.

—En serio, necesito que me digan algo. ¡Una explicación por lo menos!—espeto con exasperación—. ¿Qué era esa prueba de ADN que llegó ahora a casa? ¿Esto es en serio? ¿A caso ustedes van a…?

—¡Dije que basta!—ladra mi madre, mirándome por el retrovisor—. Cállate Sasha.

Los deseos de llorar por pura rabia me invaden, pero en estos momentos no puedo hacer absolutamente nada. ¡Nada! En estos momentos siento decepción. No sé si de mí mismo por no poder hacer algo, o de ellos, por hacer este tipo de estupideces en los momentos menos indicados. ¡Incluso mi padre me está comenzando a parecer un desconocido! Esa imagen que tenía de él se ha venido abajo sin mucho problema y la sensación de tener lastima por él no se quiere ir. Por otra parte está mi madre. Por ella ni siquiera sé que sentir, si no me dice nada entonces no sabré si alguien tiene razón sobre algo o no.

Al final, siempre regresé a ese mismo punto… a un lugar donde ellos jamás estuvieron. Mi vida.

Llegamos a la casa de Cori en un silencio sofocante y lo primero que percibo al entrar es el olor a flores y el murmullo de las personas que han venido al velatorio. En la sala, al fondo, frente a una enorme ventana, yace el ataúd de Cori con una pequeña ventanilla abierta para quien desee ir a verle. El estómago se me revuelve y un hormigueo en mis manos me dice que debo de salir de acá. Esa sensación de que no voy a poder más con esto comienza a hacerse presente y si no me muevo hacia otro lugar donde pueda desahogarme en paz, le comenzaré a gritar a alguien groserías. Solo siento que no me he terminado de desahogar. Posiblemente nunca llegue a desahogarme del todo.

Kathy y André ya están acá. Los veo asomarse desde la cocina y me hacen señas para que vaya, así que ni siquiera lo pienso dos veces y salgo de la sala hacia donde ellos. La cocina tiene su propia puerta, por lo menos cuando está cerrada es más silenciosa que cualquier otro lugar de la casa. A medida que paso entre la gente, puedo notar como ellos me observan no sé si con lastima o con asombro. Mis manos están vendadas, es posible que sea por eso que me observan con total descaro… o tal vez es porque no he venido al velatorio con traje negro como ellos. Me puse la cosa más cómoda que encontré. Un jean azul y una camiseta blanca con cuello en V. Mis converse por supuesto no han faltado. Sin embargo, por más cómodo que quisiera venir, no lograré aminorar la carga que llevo dentro. Esto apesta.

—¿Sucede algo?—me pregunta André al verme cerrar la puerta, echando una última mirada a mis padres que hablan con Cecilia.

Los murmullos de la sala desaparecen y el silencio en la cocina me calma un poco. El olor a café es penetrante y puedo notar que hay una gran cantidad preparándose en la estufa, y en el suelo varias cajas con magdalenas.

—¿Para qué es todo eso?—inquiero, dejándome caer en sobre una silla.

—Esta gente tiene que comer algo si se piensan quedar toda la noche acá—me responde Kathy encogiéndose de hombros.

—¿Toda la noche?—mascullo un tanto incrédulo.

—Tesoro, la primera noche del velatorio es así. Mañana domingo solo será por la mañana, por el asunto del 31 de octubre. Disfraces, dulces y todo eso—masculla un tanto indignada—. El lunes por la tarde…

—El lunes en la tarde será el funeral—le interrumpe André—. Cecilia ya lo ha decidido.

—Es muy poco tiempo—advierto frunciendo el ceño, negando con mi cabeza—. Necesito más tiempo. Yo…

André se acerca y me pone una mano en el hombro, mirándome fijamente. Pareciera que estoy pasando algo por alto. Algo realmente importante. ¿El qué es?

—Esto no es fácil para nadie, Sasha.

—Lo sé, pero yo…

—Piensa un poco en Cecilia—musita Kathy, mientras busca algo en unas repisas.

Kathy me pasa una taza con café y una magdalena para que coma. André y ella se sientan a la mesa conmigo y nos quedamos en silencio por unos momentos.

Así que mañana es Halloween. No será nada agradable. La verdad es que mañana ni siquiera creo salir ni a mirar a los chicos que llegarán a la puerta a pedir dulces. No creo que alguien que fuese amigo de Cori lo haga en su sano juicio. Y con esto me refiero a los chicos y a mí.

No es justo. Para nadie lo es.

Muchas veces pensé que mi vida se quedaría para siempre tal y como siempre fue. Con Karla, con Cori, con nuestras vidas conectadas y siendo lo que siempre hemos sido: una familia. Nunca me imaginé en una situación de estas, vaciándome poco a poco porque las personas a las que amo se van alejando. Por eso, siempre, en mis adentros, desee ser el primero en partir, ser el primero en irse para no sentir el dolor de perder a algo que realmente amo. Lo único que me animaba a pensar de esa manera era que una vez yo dejara de existir, todas esas sensaciones agobiantes y suicidas desaparecerían conmigo. Al final, ya no sentiría nada, pues yo ya no sería absolutamente nada. Lo que jamás me detuve a pensar es que quienes llegarían a entristecerse serían aquellas personas que se preocupaban por mí, aquellas que se quedarían atrás en este mundo tan materialista. Mis pensamientos son egoístas, suelen serlo demasiado, pero poco a poco comienzan a cambiar. Ahora comprendo por qué Cori parecía más preocupado por Karla y por mí, que él mismo por su enfermedad. Él temía esto; él temía que sintiésemos toda esta tristeza arrasando con todo a su paso, con cada centímetro de nuestra sanidad y cordura. Ha sido tal vez por eso que Cori me ha hecho prometerle en aquella ocasión tantas cosas que en ese momento no entendí, sin embargo, ahora lo comprendo. Cori sabía que lo amaba, sabía que por él podría dar mi vida sin dudarlo… él supo todo este tiempo que si yo prometía cumplir la promesa, no me retractaría nunca y seguiría hasta lograrlo, todo por él.

Cori sabía que de esa manera yo continuaría… y no me quedaría atrás.

La puerta de la cocina se abre y por unos momentos puedo escuchar los murmullos de la sala que se apagan rápidamente cuando Cecilia, que acaba de entrar, la cierra tras de sí.

—Kathy, André, ¿Me podrían ayudar con las personas que van llegando? Por favor—les pide Cecilia, con un hilo de voz bastante suave.

Ellos asienten y en silencio salen de la cocina, quedándonos únicamente ella y yo. Cecilia no se mira nada bien. Sus ojos presentan unas grandes ojeras que ha intentado ocultar con un poco de maquillaje Sus mejillas están ligeramente hundidas y sus ojos, rojos y vidriosos, demuestran cuan devastada está ella. Esto es demasiado, en exceso, es cruel. Primero fue Emily y ahora el único hijo que le quedaba, Cori. ¿A caso esto podría ser peor?

Sin embargo, Cecilia intenta ser fuerte. Me mira por unos segundos y me dedica una sonrisa que lejos de parecer alentadora, luce lastimera, como si a gritos pidiera un pequeño momento para llorar y gritar.

Pasa a la estufa y observa que el café que hacía unos momentos se calentaba, ya está hirviendo y le apaga el fuego.

—¿Estás bien?—me pregunta con un hilo de voz casi imperceptible, recostándose ligeramente en la puerta de la nevera.

—Nadie lo está, señora Woller.

Ella sonríe y alza su mirada hacia el techo.

—Hemos conversado tantas veces, de tantas cosas que a veces hemos llegado a parecer viejos amigos, Sasha. No sé por qué no me llamas Cecilia.

—Usted es igual que mi madre—musito, devolviéndole una sonrisa que sé que ella no ve, pues su mirada está perdida en algún punto de la nada en el techo—. Le decía lo mismo con Cori, lo hacía llamarla por su nombre.

—Es cosa de madres—advierte dejando escapar un suspiro—.

—Supongo que sí, Cecilia.

Ella abre una gaveta de una pequeña mesa junto a la refrigeradora y saca una pastilla que se toma sin pensarlo.

—El dolor de cabeza me está matando—me dice encogiéndose de hombros—. Y ya no lo soporto.

—La pastilla no tardará en hacer efecto—le digo tratando de alentarla.

—Sí, pero la pastilla solo me quitará el dolor de cabeza—y en un instante la voz de Cecilia se quiebra en un sollozo que intenta ahogar poniéndose la mano en la boca—. Lo que no soporto seguirá ahí.

Me levanto de la silla y con lentitud me acerco hasta ella. La abrazo y dejo que su llanto se ahogue entre mis brazos, dejo que sus espasmos por los sollozos se amortigüen en mi pecho, permito que se queje de cuan mísera está siendo la vida con ella y que me pregunte qué es lo malo que ha hecho para merecerse esto. Yo solo me quedo en silencio, porque sé, porque sé que ella sabe, porque sé que ambos sabemos… que por más quejas que cualquiera de los dos tengamos nunca terminaremos de sacar todo este dolor que llevamos dentro. Cecilia cabe perfectamente en mis brazos y se deja envolver por ellos hasta que poco a poco cesan las lágrimas, pero por cada palabra de consuelo que intento darle, sale un reproche que se da a sí misma en la que se dice cuan descuidada ha sido, cuan mala madre se siente por no haberse fijado antes en la enfermedad de Cori, cuan inútil fue durante los momentos en que Cori la necesitaba. Trato de hacerle ver que ella hizo todo cuanto estuvo en sus manos para protegerlo pero ella no parece estar convencida y sigue culpando por más cosas. Entre tantas quejas sale a flote entonces una sola disculpa, un lo siento que me atraviesa hasta las coyunturas, estremeciéndome y ablandándome más de lo que ya estoy. “Siento no haber podido hacer algo para salvar a alguien muy preciado para ti—me dice ahogando las palabras en mi pecho—lo siento. No pude. Jamás pude.”

Cecilia se siente como yo, y me veo en la inminente necesidad de decirle lo mismo. Me disculpo entonces con las mismas razones. Todo este tiempo me he sentido con esa impotencia de no haber podido hacer algo porque Cori mejorara, de no haber podido serle útil para que superara su enfermedad, de no haber sido yo quien pudiese donarle medula, de no haberme fijado antes en los sentimientos que Cori sentía por mi… ahora soy yo quien se queja por haber perdido tanto tiempo solo, sin la presencia de Cori y es entonces cuando anhelo con cada centímetro de mi cuerpo que aquellos momentos en los que busqué la soledad hasta encontrarla, los pudiera repetir, pero estando con Cori. Teniéndolo a mi lado, gastando el tiempo juntos. Solo nosotros dos.

Ahora me siento culpable incluso por estar rompiendo la promesa que le he hecho a Cori.

***

Son aproximadamente las ocho de la noche y han llegado más personas a la casa. Los familiares de Cecilia y Henry están aquí, todos de luto y dándole palabras de aliento a quienes lo necesitan. Casey ha venido con Andrea. Hemos hablado un poco y puedo notar que está hecha pedazos por dentro. Ella y Cori eran como hermanos y sé que a Casey le está doliendo tanto como a mí la perdida.

He llamado a Karla a su móvil varias veces pero ella no me responde. Llamé a su casa pero tampoco contestaron el teléfono. Ya comencé a preocuparme realmente por ella. ¿Dónde estará metida?

Khana, Jennel y Nixon han venido. Todos los compañeros de nuestro salón y los maestros también han venido. El equipo de futbol está aquí también. Todos sentados y ordenados, en silencio y en un luto que parece asfixiante. Son muchas personas, más de la que pude imaginar, y tal parece que faltan más por llegar.

Me he salido al corredor frente a la casa y me que quedado sentado en un rincón, mirando la noche pasar lenta. No he tenido el valor suficiente aun para ver a Cori. La sola idea de que está metido en una caja de madera y que jamás abrirá los ojos me parte el corazón en mil pedazos y me estruja la garganta. Kathy y André están ayudando a Tránsito a atender a las personas que llegan. Cecilia no está en condiciones de hacerlo, y Henry, bueno, a él no le he puesto cuidado. La verdad, ese hombre no sé ni por qué no se ha ido a dormir. En cuanto a mis padres… ellos parecen actuar con normalidad, dándole apoyo a Cecilia. Sin embargo, no creo que ninguno de ellos esté en condiciones de dar palabras de aliento. Aun rondan por mi cabeza muchas cosas.

Su divorcio no me deja en paz.

—Buenas noches, Sasha, muchacho—me saluda alguien que aparece caminando entre la oscuridad.

El señor Hamilton ha venido acompañado de su esposa y su hija. No, también viene alguien más. Darien. Ella ha venido con ellos.

—Buenas noches señor Hamilton.

Él y su esposa me dedican una sonrisa y pasan a la casa. Brianna, su hija y mi compañera de clases, también me sonríe y se me acerca a saludarme. No parece sentirse bien con todo esto y no la culpo. Nadie se siente bien con nada de lo que sucede. Luego de intercambiar un par de palabras que nada de relevantes tienen, ella pasa a la casa y vuelvo a quedarme en el silencio de la noche fría.

No. No estoy solo. Alguien más está aquí. Darien, aún sigue parada frente a la casa.

—¿Me quieres hacer compañía?—musito, acercándome a ella.

Darien levanta su cabeza y alza sus manos, intentando buscar mi rostro hasta que lo encuentra. Sonríe.

—Tu voz es inconfundible—me dice casi en un susurro—. Pero… parece estar apagada.

Esbozo una sonrisa y pongo mi mano sobre la suya que yace en mi mejilla. Cierro mis ojos y me dejo envolver por la calidez del tacto de Darien en mi rostro. Dejo que el silencio me llene los oídos y que el frío penetre por cada poro de mi cuerpo. Darien nota las vendas en mis manos y las palpa con cuidado, sin embargo, las heridas ya no duelen, tampoco las de los pies.

—¿Ha sucedido algo?—me pregunta examinando mis manos.

—Nada grave.

—¿Estás seguro?—inquiere nuevamente. Parece que a Darien no voy a poder mentirle.

—No lo creo—musito con desaire—. Posiblemente… no.

Darien me sonríe. Sin embargo, denota también preocupación. Posiblemente necesitemos hablar de muchas cosas. Posiblemente no sea el momento de hacerlo… o tal vez solo sea yo quien no quiera hacerlo.

—¿Quieres caminar un rato?—pregunto—. Está un poco frio aquí afuera pero…

—Me encantaría, Sasha.

Echando un último vistazo hacia la casa, nos vamos a caminar por la oscura calle. Al principio vacilamos si ir hacia la izquierda o hacia la derecha, pero al final decidimos ir tras la casa de Cori, donde hay un pequeño camino que atraviesa el bosque hasta llegar a un claro que en verano se llena de flores. Ahora, a punto de finalizar octubre, seguramente lo único de cuenta que hay por ver será el riachuelo que pasa a un costado de este, y un cielo estrellado que se dibuja extenso en la oscuridad del espacio.

A medida que nos adentramos en el bosque, el sonido de los murmullos de la casa se apagan y las luces comienzan a atenuarse por la noche. Saco mi móvil y con la débil luz de la pantalla alumbro nuestros pasos. Darien va tomada de mi brazo, caminando a mi lado, sin vacilar. Necesitaba este momento a solas con Darien, necesitaba preguntarle tantas cosas, pero ahora, entre tanta interrogante que tenía planeado plantearle, solo se ha resumido a una tan sola cosa: mi padre.

Pareciera que me estoy tomando las cosas con demasiada calma respecto a lo que está sucediendo entre mis padres, pero la verdad de las cosas es que, a pesar de que me preocupa, hay cosas más importantes para mí en estos momentos que requieren de mi atención. Amo a mis padres, a pesar de que la convivencia con ellos es poca, los quiero ver felices y juntos, y quisiera con toda mi alma poder hacer algo porque no se separasen. Si Carol es mi hermana, no me importaría tampoco tratarla como tal. Ella y Darien son excelentes personas y solo por las peleas que mamá tenga con papá, eso no significa que me molestare con ellas por lo que sucede. No me prestaré a estar despreciando a alguien solo porque otra persona a la que amo también lo desprecia. No será la típica conducta de “Sentir fiebres ajenas” como suele decir Kathy, que es cuando las personas toman esa costumbre de molestarse con alguien más solo porque otra persona les pidió que también lo odiaran. Es estúpido, y no estoy dispuesto a dar mi brazo a torcer por ninguno de ellos, ni por nadie. Karla lo sabe, Cori lo sabía, y ellos estaban de acuerdo con eso. Incluso intentaron molestarse conmigo solo porque jamás dije tenerle rencor a la hermana de Benny, o a Benny por todo lo que nos sucedió, pero al final mis amigos se dieron cuenta que sería inútil conmigo. En lo único que llegamos a concordar fue en el infinito odio y desprecio que le tengo a Liam. Mal nacido bastardo que si lo veo lo voy a matar. Pero ese es otro asunto.

—¿Cómo está la madre de Cori?—me pregunta Darien con tono preocupado.

—Cecilia no está nada bien—musito con desaire—. Ella está destrozada por dentro.

—No es para menos. Ha sido una perdida muy lamentable.

—Lo sé.

—¿Y su padre?

—¿Henry? Esa cosa ha de estar por ahí sonriendo—mascullo con cierto dejo de enfado—.

—Pareciera que no te cae bien—se apresura a señalar Darien.

—Es que no me cae bien—espeto con el ceño fruncido—. Es un… desgraciado cabeza de caca de vaca.

Darien suelta una carcajada y no puedo evitar reírme también por lo que acabo de decir. Me doy en la tarea de explicarle a Darien por qué es que Henry no me cae bien y le cuento lo que él me dijo cuando hablamos en el hospital. Darien se sorprende al escuchar cada barbaridad que Henry me soltó y puedo notar como ella hace una mueca de desprecio cuando llego a la parte en la que ese hombre me dijo que había golpeado más de una vez a Cori.

—Sí, tienes razón tesoro, es un hombre cabeza de mierda de vaca. Ya decía yo que tenías tus buenas razones para decirle así.

—Es por eso que no me he acercado a él en lo que ha ido de la noche. Si lo veo, me le tiraré encima y lo golpeare.

—Desearía poder ayudarte con la tarea, corazón. Pero mírame, ciega y debilucha solo sería un estorbo.

Llegamos finalmente al claro en el bosque y nos sentamos en un tronco de un árbol caído a descansar un poco. La noche está fría y el sonido del riachuelo se deja escuchar entre los murmullos del bosque. Un búho ulula en alguna parte y el croar de unas cuantas ranas hace eco en la oscuridad iluminada con tenuidad por la luna y las estrellas. Es increíble como el paisaje ha cambiado bastante. Los árboles ya tiene pocas hojas naranjas en sus ramas; pronto llegará el invierno.

—Sasha—musita Darien, frotándose las manos.

—¿Qué sucede?

—¿Qué es lo que te preocupa?

Finalmente, Darien lo ha descubierto. Le ha sido tan simple y sencillo hacerlo que inconscientemente esperaba que ella me dijera algo para finalmente hablar. Necesito aprender a hacer eso que ella sabe, seguramente así no pasaría por alto tantas cosas importantes de mi alrededor.

—Todo—murmuro, exhalando profundamente mientras una pequeña niebla de vaho se escapa de mi boca.

—¿Quieres hablar al respecto?

—Solo si tú quieres escucharme.

Darien asiente con su cabeza y me toma de la mano, apretándola con suavidad. Su piel está tibia y suave. Es agradable.

—Me encantaría—advierte con una sonrisa.

Me quedo unos segundos en silencio, preparándome mentalmente para lo que voy a decir. No quiero que suene como una acusación, ni tampoco deseo incomodarla. Tampoco quiero que piense que estoy molesto con ella. Solo quiero… saber la verdad. Estoy pidiendo demasiado.

—Tiene que ver con Carol…—musito un poco dudoso sobre si continuar o detenerme. Darien sonríe—. Y tiene que ver también conmigo—musito, levantando mi mirada hacia el cielo estrellado.

—¿Ha sucedido algo?—inquiere Darien. Puedo notar el tono de su voz un tanto preocupado.

—Han sucedido muchas cosas últimamente.

—El mundo a veces es un caos—ella se encoge de hombros.

—Sí. Lo es—resoplo volviendo a verla. Tengo que hacer esto, o de otra manera el problema me seguirá martillando la cabeza—. Mis padres… van a divorciarse—musito.

Ambos nos quedamos en silencio por unos segundos, envueltos entre la tenue luz plateada de la luna. Darien aprieta mi mano con un poco más de fuerza y suspira.

—Lo siento, Sasha—susurra—. Yo… lo siento.

Volvemos a quedarnos en silencio. La mano de Darien no se desprende de la mía, y tampoco deseo que la retire. Puedo notar como en su voz Darien suena preocupada.

—Fue hace seis años que conociste a mi padre… ¿Cierto?—le digo con un hilo de voz débil.

Darien asiente y aguarda en silencio. Debo de continuar o luego me lamentaré.

—Carol debe tener seis años… ¿Me equivoco?

—No—contesta, haciendo una breve pausa. Finalmente continúa—. Pronto también cumplirá los siete.

—Ya veo—musito con una sonrisa.

—Lo siento—repite nuevamente—.

—Tengo una duda—me apresuro a dejar de lado este ambiente un tanto pesado—. ¿Tú ya sabias quien era yo aquella ocasión en la que visité por primera vez tu casa?

—No—advierte con una sonrisa—. Pero cuando pude tocar tus manos, supuse muchas cosas. Me recordaste a Robín. Sin embargo, podía equivocarme, por eso no te he dicho nada. Además, temía empeorar las cosas. Tú llegaste con un problema, Sasha. Unas inquietudes bastante confusas respecto a los sentimientos que alguien sentía por ti. No podía agobiarte con más dudas.

Estas últimas palabras terminan de enterrar mis preocupaciones. Ahora creo comprender qué era lo que me inquietaba exactamente. Tenía miedo de encontrarme con una mentira. Tenía miedo de que Darien lo hubiese sabido a ciencia cierta todo el tiempo y nunca me lo hubiese dicho. Sin embargo, ella simplemente tenía dudas, dudas que prefirió dejar de lado por miedo a equivocarse, y pensó en no cargarme con más cosas de las que ya llevaba encima.

—Y por si te lo estás preguntando—advierte levantando su rostro—. Hasta ahora que dices que tus padres se separaran, me doy cuenta que tu madre está casada con tu padre y que vivían juntos.

—¿A qué te refieres?

—Cuando conocí a Robín—me dice con un tono exhalante—. No pensé que él estuviese casado, mucho menos que tuviese un hijo. Tu padre no es una mala persona, Sasha. Es un hombre dulce que se preocupa por los demás, como tú. Tal vez sea por eso que me enamoré de él. Y se equivocó, ambos nos equivocamos y por ese error ha surgido este problema.

—No es tu culpa.

—Lo es—me interrumpe ella—. De Robín y mía. Y por causa nuestra, tu madre está sufriendo. Ella está en todo su derecho de molestarse conmigo, pero con toda sinceridad, jamás pretendí quitarle algo que era suyo. Me enamoré sin saberlo de Robín, y es posible que por haberlo hecho, él haya tenido ese espacio para equivocarse y llegar a sentir, aunque fuese por un corto lapso de tiempo, algo por mí. Ha sido por eso seguramente que al final, Robín se ha dado cuenta que algo hacía mal, y prefirió alejarse de mí para regresar a la vida a la que pertenecía—Darien hace una pequeña paisa, respirando con lentitud. Ella dibuja una sonrisa en su rostro, y continúa—. Una vida donde estaba tu madre y estabas tú.

—Carol aun no lo sabe, ¿Verdad?—pregunto, mirándola de reojo.

Darien niega con su cabeza.

—Es mejor así por el momento—advierto, apretando su mano, pasando mis dedos entre los suyos. Sonrío—. Será bueno hacérselo saber hasta que todo haya pasado.

—A ella le encantará saber que tiene un hermano. Estará feliz al darse cuenta que eres tú.

—Yo estoy feliz de saber esto, ¿Sabes?—le digo. Cambiamos de posición y ahora nos cogemos con la otra mano, para calentar nuestros dedos—. Me calma el saber que el daño no ha sido provocado intencionalmente, ni a ti ni a mi madre. Sin embargo, también me entristecen mis padres.

—Si pudiese retroceder el tiempo, seguramente haría todo lo posible porque lo que sucedió con tu padre, no pasase, sin embargo, cabe la probabilidad de que de igual manera hubiese sucedido todo. Las cosas suceden por una razón, Sasha, y todo se conecta entre sí para entretejer al final una red de sucesos que para bien o para mal constituyen nuestra vida.

—Creo que intentaré hablar una vez más con mis padres—musito.

Darien tiene razón. Al final de cuentas, en la vida siempre han sucedido cosas que deseamos que no hubiesen pasado, pero la verdad de las cosas es que lo deseamos sin ponernos a pensar lo que sucederá a futuro a causa de esos sucesos. No debemos de tener miedo, no debemos de preocuparnos ni debemos de entristecernos por un futuro que aún no sucede, porque de cualquier manera, ese futuro aún no existe, y lo inexistente no debe de tener cabida en nosotros. Solo el presente es lo que importa, y el pasado—en contados casos—debemos de rememorarlo cuando sea necesario… cuando realmente lo necesitemos para no desgastarlo en nuestra memoria.

Curiosamente creo que habrá algo que siempre traeré del pasado para recordar momentos felices. Siempre habrá algo que necesitaré… siempre será Cori.

***

Hemos regresado a la casa de la señora Woller. Mis padres ya se han ido a casa, pues ya casi rondan las dos de la madrugada. Las demás personas también se han retirado, y Darien con el señor Hamilton y su familia han regresado por igual a sus casas. Solo estamos Tránsito, Kathy, André, Casey y Andrea… y yo. ¿Dónde estará Karla? No la he visto en todo el rato. A los únicos que vi fue a la señora Bonnet y a su esposo, que hace un par de minutos se han retirado también. Le he preguntado por Karla y me ha dicho que ella ha estado acá todo el tiempo. ¿Pero en dónde?

Le he preguntado a Kathy si la ha visto, a André si ha hablado con ella, a Casey o a Cecilia si Karla ha aparecido por alguna parte, pero todos me han contestado lo mismo; nadie sabe en dónde está. Lo único que Cecilia me dijo es que unas horas antes de que André, Kathy y Tránsito llegaran, Karla había estado pacientemente esperando sentada frente al ataúd de Cori. Un segundo después, ella ya no estaba.

La he buscado por toda la casa, le he llamado tantas veces a su móvil, les he preguntado a todos… pero nada. ¡No consigo dar con ella! Ya me estoy preocupando, y si no la encuentro pronto entonces realmente moveré equipos de búsqueda hasta hallarla.

Un momento. Hay una parte de la casa que aún no he revisado. Solo se encuentra ese lugar que no he visto por esa sensación tan angustiosa que me produce. La habitación de Cori.

—Sasha, es hora de que nos retiremos—me comenta Tránsito—. ¿Vienes con nosotros, cariño?

—Me quedaré un poco más—advierto—. Posiblemente un par de horas.

—Regresaré en hora y media por unas cosas—advierte André—. Cecilia nos prestará el auto para llevar a Tránsito y a Kathy a casa porque tus padres se han llevado el convertible. Si deseas, cuando vuelva a dejar el auto, te regresas conmigo.

—Bien, entonces te esperaré—le digo tratando de sonreírle.

Ellos se retiran, y justo antes de que André se vaya con ellas, él me da unas palmadas en los hombros y me sonríe. Es más una sonrisa de “todo estará bien”. Él sabe realmente que la necesito.

Hemos quedado solo Cecilia, Casey, Henry, y yo en la sala, sentados en silencio, con la mirada perdida en la nada. Andrea se ha dormido en los brazos de Casey, y verla de esa manera, solo me recuerda cuando observaba a Cori mientras él dormía. Se mira tan apacible.

—Cecilia—le digo en voz baja, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Qué sucede, Sasha?

—Me preguntaba si, bueno, podría subir… a la habitación de Cori

Ella me observa por unos segundos y con una mirada lastimera y una sonrisa melancólica, asiente con su cabeza. Al igual que André, me da unas suaves palmadas en el hombro y me da el permiso para que pueda subir.

Me levanto, y en silencio subo las escaleras, llegando hasta el pasillo que al fondo, en un costado, deja entrever la puerta que da paso a la habitación de Cori.

Mientras camino hacía ahí, comienzo a preguntarme si es realmente una buena idea entrar a su habitación. Sé que cuando lo haga los recuerdos vendrán a mí, sé que me golpearan como una patada en el estómago y me rasgaran por dentro el corazón, sé que provocaran que mis ojos escuezan y que la tristeza aflore con bastante facilidad… sin embargo, necesito encontrar a Karla. Ella es todo lo que me queda ahora, solo ella, y los recuerdos de Cori.

Llego hasta la entrada de la habitación, poso mi mano sobre la perilla y respiro profundo antes de hacerla girar. Una vez me siento listo, abro la puerta y con lentitud asomo mi cabeza. Echo un vistazo al interior y me decido una vez entrar, cerrando la puerta tras de mí.

El olor a Cori se impregna en cada partícula de oxigeno que entra a mis pulmones, y dejo que esa sensación me recorra el cuerpo, dejo que me envuelva y que la imagen de Cori se evoque en mi pensamiento. Tal y como lo pensé, él está ahí, en mis recuerdos, yendo y viniendo, mirándome, hablándome, susurrándome al oído palabras que me provocan felicidad y nostalgia al mismo tiempo. Puedo escucharlo susurrar mi nombre, puedo sentir sus brazos envolviéndome, puedo sentir su corazón latiendo junto al mío… puedo sentir las lágrimas bajar por mi rostro.

Enjugo mis lágrimas, secándolas con los vendajes en mis manos, y me centro a lo que venía. La habitación esta oscura, donde solo la tenue luz plateada de la luna trata de iluminar el lugar.

Ahí, sentada en el marco de la ventana, mirando hacia el exterior, está ella.

—¿Karla?—inquiero casi en un susurro.

Ella voltea a verme y puedo notar en su rostro se refleja el cansancio.

Me acerco con lentitud, sentándome frente a ella, y quedamos al final como solíamos estar con Cori cuando lo visitaba. Solíamos sentarnos en el marco de esta ventana a observar el bosque. Sin embargo, ahora somos Karla y yo quienes nos limitamos a vernos a nosotros mismos, intentando comprender la situación de la mejor manera.

—Te estaba buscando, Karla—le digo un tanto preocupado.

—Lo siento.

Ella vuelve su mirada al exterior y volvemos a quedarnos en silencio. La sombra de nuestros cuerpos se proyecta sobre el estante con libros que eran de Cori. Todo sigue estando igual. Veo entonces, en el centro del estante, entre tantos libros, aquél que le he regalado para su cumpleaños: Ana. Cori siempre tuvo la costumbre de colocar sus libros favoritos en ese estante. Los demás yacen guardados en cajas bajo su cama o en el ático.

—¿Estás bien?—le pregunto, buscando su mirada, pero ella no deja de ver hacia el bosque.

—No.

—Perdón—le digo con la voz un poco áspera. Me aclaro la garganta y vuelvo mi mirada hacia el exterior. Hay muchas estrellas—. Siento haberte preocupado esta mañana.

Ella vuelve a verme y me sonríe. Karla está llorando.

—Ya… no aguanto, Sasha—musita entre un sollozo ahogado.

Sin pensarlo dos veces tomo a Karla entre mis brazos y la envuelvo con firmeza en un abrazo que me sirve incluso a mí de consuelo. ¿Desde hace cuánto ha estado ella aquí, sola? ¿Desde hace cuánto ha estado ella llorando sin que nadie pueda escucharla? En mi garganta se forma un nudo y siento como se me estruja el corazón al verla venirse abajo. Siento como Karla suelta el llanto en mi pecho y se desahoga, siento sus lágrimas empapar mi piel, siento sus sollozos hacerla estremecerse y como su llanto trata de ser contenido en este abrazo. Puedo escucharla maldecir y quejarse de todo y de todos, puedo escucharla cuando me dice que desearía ser ella y no Cori quien hubiese muerto, logro palpar sus palabras cuando me confiesa que siente un vacío en su pecho… puedo comprenderla cuando entre el llanto me grita que le han arrancado algo muy importante de su vida de la manera más cruel posible.

La comprendo. Yo me siento igual, pero en estos momentos no puedo decir nada, no debo de hacerlo. En este instante es Karla quien me necesita, es Karla quien debe de sacar todo lo que lleva dentro y reprocharle al mundo todo lo que siente. Es por eso que solo me limito a llorar en silencio, con ella entre mis brazos y la oscuridad de la madrugada fría siendo testigo de todo esto.

Casi en un susurro imperceptible escucho a Karla decirme que tampoco ha tenido el valor suficiente para acercarse al ataúd de Cori y verlo. Su confesión me toma desprevenido y es entonces cuando me doy cuenta que ambos sentimos el mismo miedo. Ambos nos sentimos débiles…

Este tipo de dolor es el más suicida que conozco.

***

Todo ha vuelto al silencio. Ya ha pasado la hora y media y André aún no aparece. Casey se ha ido a dormir con Andrea, no sin antes ayudar a Cecilia a descansar un poco. Ella lo necesita. Les hemos dicho que Karla y yo esperaremos a André en la sala y que al marcharnos nos aseguraremos de que todo quede en orden. Al menos Henry hace una cosa buena de cuenta y trata de consolar a Cecilia, sin embargo, eso no le resta puntos al odio que le tengo.

Mientras esperamos con Karla a André que ha tardado más de lo esperado, se me ha cruzado una y otra vez una tan sola cosa por la cabeza: ¿Sería el momento indicado para ver a Cori?

Le he estado dando vueltas al asunto y tratando de armarme de valor para hacerlo, pero hay algo que me detiene y creo saber qué es. Miedo. Miedo a encarar la realidad.

Sin embargo, debo hacerlo. Tengo que verlo, aunque sea una vez.

Vuelvo a ver a Karla, y ella parece percatarse pues levanta su mirada y me observa con sus ojos negro azabache, en silencio. Puedo notar su mirada vidriosa y como se acumulan pequeñas lágrimas en sus pestañas. Me sonríe… pero su sonrisa sigue siendo vacía.

—Karla—musito, pensando detenidamente si debería o no hacer esto—. ¿Quieres… que veamos a Cori?

Ella me mira fijamente, taciturna. Desvía su mirada por unos segundos y luego vuelve a verme. Asiente con su cabeza.

Respiro hondo y me pongo de pie, extendiéndole la mano para ayudarla a levantarse. Ella la agarra firmemente y sin mucho esfuerzo se pone de pie. Ambos asentimos con la cabeza, mirándonos fijamente, y en ese dialogo visual nos decimos que estamos preparados para hacerlo.

Nos acercamos al ataúd que aún mantiene su ventanilla abierta. Solo nos queda asomarnos y podremos verlo. Solo nos queda dar un pequeño paso y ahí estará Cori, esperándonos.

Karla entrelaza sus dedos con los míos y me aprieta la mano con fuerza. Vamos a hacer esto, vamos a sobrepasar este límite que nos está matando lentamente… vamos a darnos cuenta de una realidad que nos hemos estado negando. Asomamos nuestro rostro con lentitud y a través de un cristal transparente puedo ver finalmente su rostro.

Aquí está Cori, con sus ojos cerrados. Su piel está un poco pálida pero sus labios conservan esa misma tonalidad rosada de siempre. Pareciera estar dormido, con esa misma calma que su rostro siempre ha reflejado.

Sin percatarme, las lágrimas han comenzado a bajar por mi rostro hasta caer al suelo. Puedo escuchar a Karla que ha comenzado a sollozar así que vuelvo a verla, pero ella no despega su mirada de Cori. No sé si siento tristeza. No sé si siento dolor. No sé qué cruza por la mente de Karla en estos momentos, y desconozco si algún día esta sensación de vacío desaparecerá de ambos. Lo único que sé… es que ambos anhelamos que Cori vuelva con nosotros.

***

Hemos decidido regresar a casa antes de que André apareciera. Está a punto de amanecer. Las nubes en el cielo han comenzado a tornarse rosas por el crepúsculo de la mañana y los pájaros alzan vuelo a un cielo que se tiñe de azul a medida que el sol sale.

Karla camina a mi lado, en silencio, en este frío que nos resulta incluso acogedor. Tomados de la mano, tal y como hemos estado desde que vimos a Cori, avanzamos a paso lento hacia nuestras casas cabizbajos, pero ahora esa sensación de miedo comienza a desaparecer poco a poco.

Las lágrimas han cesado… por el momento.

Domingo 31 de octubre de 2010.

Creo que muy en el fondo, no lo sé, comienzo a deshacerme del dolor que siento por perder a la persona que amaba. Pero es posible que no lo esté haciendo desaparecer… sino más bien, acostumbrándome a él.

Seguramente es momento de darme cuenta que esos ojos verdes… solo persistirán en mis recuerdos.

Sasha

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 3 de febrero de 2013

Autor: Luis F. López Silva

Todos los derechos reservados ©

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