Capítulo 35: Dolor, sinónimo de tristeza.

 

little house

Algunas veces he llegado a creer que le resto importancia a muchas cosas, sin embargo la mayoría del tiempo simplemente suelo mirar hacia otro lado cuando las cosas duelen más de lo que puedo soportar. Soy un cobarde, lo sé, pero es muy doloroso para mí el hecho de aceptar que la persona que está en ese ataúd es Cori. Es difícil incluso concebir la idea de que lo que más amaba en este mundo ya no va a regresar. Duele, en cada centímetro de mi alma. Siento como todo mi cuerpo se estruja en un recuerdo doloroso que no me da espacio para poder recuperarme, ni tan siquiera un respiro. El amor duele, y lo estoy comprobando de la manera más cruel que conozco.

Antes de llegar a casa, guardo mi diario en el bolsillo del suéter de Cori que traigo entre mis manos. Ahora este cuaderno, de empastado duro y paginas amarillentas se ha vuelto parte de mi… se ha vuelto alguien que me deja contarle todo lo que siento, sin reprocharme nada. Siempre lo cargo conmigo, siempre que lo necesito.

Entro apresuradamente a mi casa, evitando a toda costa toparme con alguien camino a mi habitación pero es casi imposible. Al solo cruzar la puerta me encuentro con André, sentado al pie de la escalera, mirándome fijamente sin apartar su vista. Sus ojos inquisitivos y preocupados me examinan en silencio mientras yo trato de esquivarlos. Sé que me va a preguntar algo, sé que tiene deseos de saber que me pasa exactamente, sé que sea lo que sea que me vaya a preguntar, me va a doler. Mientras él me mira sin decir ni una sola palabra, yo me quedo parado sin mover ni un solo músculo y cabizbajo. Pareciera que nos vamos a quedar en este silencio tan pesado y denso que sin que él pueda notarlo me esta asfixiando, pero cuando menos me lo espero algo hace que me exalte hasta el punto de sentirme débil. Kathy.

Siento su cuerpo hundirse en el mío en un abrazo fuerte y sin darme espacio para poder premeditarlo. Sus brazos me envuelven hasta rodearme completamente mientras solloza sin poder contenerse. Es entonces que me percato que este abrazo no ha sido para consolarme, no ha sido para decirme que todo estará bien ni tampoco para recodarme que me apoya, sino más bien es para buscar algo en que pueda ella sostenerse. Es Kathy quien necesita palabras de aliento… ella también se está viniendo abajo.

—Calma—le susurro al oído—. Pronto… pasará el dolor.

De mi boca salen palabras que curiosamente he estado esperando que me digan, palabras que necesito se graben a fuego en mi conciencia para que todo este dolor y angustia que reprimo desaparezcan sin necesidad de salir.

—Me preocupé, Sasha—musita Kathy.

—No ha sido la única persona preocupada en esta casa—advierte André que se ha puesto de pie—. ¿En dónde diablos estabas?

—Salí a caminar.

—¿Que saliste a caminar?—masculla con tono efusivo—. ¿¡No pudiste habérnoslo dicho por lo menos!?—esta vez su tono de voz es bastante grave y suena molesto.

—Lo siento, yo no pensé que…

—¡Pues comienza a pensar de una buena y jodida vez!—espeta con enojo—. ¡Estábamos preocupados, maldición! Ya eres un adulto Sasha, deberías de saber que tienes responsabilidades. No eres el único que está pasando por un mal momento. Y además ¿Qué es esa sangre en el piso de tu habitación?

Las palabras de André me dan como una bofetada en el rostro, tan severas pero a la vez tan ciertas. Él tiene razón, él está en todo el derecho de regañarme y decirme que algo estoy haciendo mal… todo porque sé que estoy siendo muy egoísta y a pesar de ello no me detengo. Pero también comprendo a la perfección que mi dolor y sufrimiento son solo míos, y no le corresponden a nadie más cargarlos. Estoy tomándome un espacio para descargar mi rabia descomunal, un espacio que no es del todo mío, sino de las personas que se preocupan por mí y que me aman, y todo porque sin darme cuenta he destrozado mi propio espacio hasta hacerlo añicos y ahora ya no queda nada más que destruir. Necesito detenerme, debo detenerme, todo antes de que alguien salga lastimado.

—Me lastimé por accidente—musito sin poder mirar a André a los ojos—. Tendré más cuidado la próxima…

—Ve y toma una ducha—me dice con un tono de voz inmutable.

—En serio, perdón, no quería…

—Sube de una buena vez, y toma una maldita ducha—ladra con enfado.

Bajo mi cabeza, con cierto dejo de sorpresa y vergüenza. Incluso Kathy se ha quedado inmóvil, a mi lado, sin saber que hacer o decir en estos momentos. Ya no puedo permanecer más tiempo aquí.

Subo camino a mi habitación para ducharme. No tengo muchos ánimos como para hacerlo, pero André más que una sugerencia me lo ha ordenado. Verlo actuar de esa manera solo me hace recordar cuan inmaduro soy aun, cuanto me falta por aprender y que me hace falta demasiado para dejar de ser un niño. Un niño muy idiota.

Entro a mi cuarto y puedo notar que las cosas tiradas por el piso han sido ordenadas. Los vidrios rotos y papeles picados han desaparecido y la ropa ahora está doblada y metida en los cajones que también han regresado a sus respectivos lugares y solo unas cuantas camisas están dobladas sobre mi cama.

Karla tampoco está aquí…

El piso claramente tiene marcas de sangre en forma de pisadas y gotas que se esparcen por toda la alfombra. Seguramente han sido de las heridas que tengo en los pies y en las palmas de mis manos. Siento algo tibio bajar entre mis dedos y es entonces que me doy cuenta que aún estoy sangrando, y mucho. El ardor no tarda en recordarme que debo curar ésta herida o se infectará. Tiro mi móvil y el suéter—que he cuidado que no se manche de sangre—en la cama, cojo una toalla y me meto a la ducha sin hacer tanto alboroto. Me quito mis zapatos y puedo notar como estos están manchados también de un tono rojizo. Mis pies están llenos de sangre y en mis tobillos se ha formado una costra seca de esta.

Duele.

Cojo de una repisa en el lavabo un frasco con alcohol, me meto a la tina y me siento con las piernas encogidas en un rincón. Dejo caer el agua de la regadera para que me empape sin tan siquiera detenerme a pensar que aun llevo puesta mi ropa. Destapo el alcohol y su olor tan volátil hace que me pique la nariz y que un sabor amargo me inunde la boca.

Vierto el contenido en las palmas de mis manos y las enjuago en el antiséptico hasta que el ardor es insoportable y tengo que ahogar un grito de dolor. Sin pensarlo dos veces vuelvo a coger el alcohol y lo vierto en mis pies hasta que el líquido penetra en mi carne y la hace escocer y retorcerme de un agudo dolor.

Es una excusa perfecta para seguir llorando. Es un desencadenante necesario para poder seguir sacando esta rabia que llevo dentro… y sin embargo no es suficiente. La sangre sigue brotando de mis heridas y el agua comienza a teñirse de rojo, mi camisa está llena de sangre, mi pantalón lo está, mi rostro, incluso mi cabello… todo manchado de un rojo obscuro que poco a poco se destiñe por el agua de la regadera.

La puerta del baño se abre lentamente y escucho a alguien entrar despacio y con cautela. No me importa, no levanto mi mirada para saber de quién se trata ni tampoco me interesa saberlo. Prefiero quedarme en esta posición, hecho un ovillo y sentado en este rincón de la tina.

—¿Sasha?—una voz suave me llama, pero no me digno a levantar mi rostro—.

Es André.

Él cierra la llave de la ducha y el agua deja de caer. El silencio rápidamente se apodera del lugar, sofocándonos. Las imágenes de Cori vienen a mi mente una y otra vez; sus ojos verdes, su sonrisa, sus manos… su cuerpo convulsionando y muriendo lentamente hasta que dejó de vivir… su ataúd.

André pasa sus manos sobre mi espalda y saca mi camisa, pone el tapón de hule en el desagüe y abre la llave para que el agua tibia llene la tina. Unos minutos después el agua ya me cubre hasta un poco arriba del ombligo y puedo sentir como la temperatura del agua cesa el ardor y dolor de mis heridas.

—Aséate—musita—. Volveré a entrar en diez minutos.

André sale del cuarto de baño, quedándome nuevamente solo, mirando a un vacío inexistente. Esto no está bien—pienso para mis adentros—. Yo… se lo prometí.

Lentamente desabrocho mi pantalón y me termino de sacar la ropa restante quedando totalmente desnudo. Despacio, y sin prisa ni motivación alguna comienzo a sacarme toda esa sangre que se ha quedado pegada a mi piel. Lavo con cuidado mis pies y mis manos para no lastimarles más de lo que ya están. El jabón hace que las heridas ardan un poco pero cuando las enjuago rápidamente pasa el dolor.

Una vez he terminado, quito el tapón de hule y el agua desaparece por el agujero hasta perderse. Seco mi cuerpo con la toalla y justo cuando termino de secar mi cabello André entra para ver si he terminado. Me observa de pies a cabeza hasta que sus ojos se encuentran con los míos. Asiente con su cabeza, como si comprobase que todo está bien, así que me hace ir a sentarme a la cama. Ha traído consigo un pequeño botiquín con gasas, vendas y antibiótico en pomada.

Comienza a curar primero las heridas de los pies que aun sangran un poco. Puedo sentir como sus dedos se deslizan con suavidad por sobre las heridas untando pomada con bastante cuidado de no lastimarme más.

—André—susurro con un hilo de voz débil—. ¿Qué… estoy haciendo mal?

Él saca un esparadrapo y corta un trozo con los dientes para fijar bien el vendaje.

—¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé.

Me siento ridículo y un completo tonto, pero es la verdad. Le estoy preguntando algo que no tiene motivo alguno de ser. No tengo una razón específica para preguntárselo… o tal vez sí. Tal vez sea esa sensación que tengo dentro de pasar algo por alto.

—Si no lo sabes tú… es posible que tampoco lo sepa yo—advierte, pasando ahora a curar las heridas de mis manos—. ¿Qué es lo que sientes exactamente?

—Dolor.

—¿Por las heridas?

Niego con mi cabeza y vuelvo a mirarlo a los ojos.

—Es… por Cori—musito con la voz quebradiza.

—No te confundas, Sasha—advierte él con ese mismo tono calmado—. Dolor es una cosa… tristeza es otra.

—Entonces ni siquiera sé lo que siento, André. Lo único que percibo es vacío—mascullo exhalante. André ha terminado de curar mi mano y se ha sentado a mi lado—. Un vacío lleno de rabia… que curiosamente sigue estando vacío.

—Una metáfora bastante difícil de interpretar—advierte con una pequeña sonrisa—.

—Tampoco yo la comprendo.

André pasa una mano por mi espalda y me da unas palmadas de aliento, frotando mis hombros. Me observa detenidamente por unos segundos hasta que finalmente nuestro silencio es interrumpido por Kathy que entra con una bandeja llena con comida. Un plato de cereal, unas tostadas francesas y jugo de naranja. Ella se sienta a mi otro costado, quedando ahora yo entre ambos. Ella me pasa una tostada y la cojo con cuidado, tratando de no manchar con miel los vendajes que André ha hecho con mucho cuidado.

Dulce. El dulce de la miel y el sabor a canela hace presencia en toda mi boca hasta que pasa por mi garganta que aun duele, sin embargo, es todo lo que puedo comer. Las náuseas me estrujan el estómago y a dos bocados tengo que dejarla.

—¿Seguro que no piensas comer más?—me pregunta Kathy con preocupación.

—Lo siento. No tengo mucha hambre.

—Desde ayer no has comido nada—señala André—. Deberías comer algo.

—Creo que beberé un yogurt—sugiero—. Voy por uno.

—Iré yo—se ofrece Kathy—. Tú quédate aquí, ya regreso.

Dicho esto, se va hacia la cocina en busca del yogurt, quedando con André solos nuevamente. Se ha puesto a recoger los envoltorios de las gasas del suelo, tal parece que va a retirarse también pues se dirige hacia la puerta.

—André—vuelvo a llamarlo antes de que se vaya—.

—¿Si?—inquiere, volteando desde la puerta.

—¿Por qué crees que siga sintiendo ese vacío?

—Porque realmente está vacío, Sasha—advierte sin vacilar.

Me quedo en silencio, aun sin comprender, pero él se apresura a continuar pues seguramente se ha percatado de que aún no logro entenderlo a la perfección.

—Ese espacio seguramente estuvo ahí siempre, y la rabia y la tristeza que sientes no son suficientes para que ese vacío se llene. La persona quien lo llenaba se fue Sasha.

—Necesito a Cori, André.

—Lo sé—musita con una sonrisa compasiva—. Todos los sabemos y por más que nos duela, deberemos de aceptar que él no va a regresar.

—Ese espacio… se quedará vacío—musito con desaire. Siento como poco a poco un ardor me inunda los ojos y como unos escalofríos recorren mi espalda.

—Aun tienes recuerdos Sasha. Buenos o malos, tristes o felices… todos y cada uno de tus recuerdos con Cori llenarán ese vacío poco a poco. No será nada tangible, ni tampoco los recuerdos de nadie nos regresarán a Cori, sin embargo esos recuerdos nadie podrá quitártelos. De esa manera nadie reemplazará a Cori.

Nos quedamos en silencio por un largo rato, yo mirándole a los ojos y el escrutando mi mirada con total seguridad, tratando de infundir en mi fuerzas que realmente necesito.

—Y ten encuentra también…—continua, haciendo una pequeña pausa por unos segundos—… que esa tristeza puedes compartirla con todos, al final, la carga será menor Sasha—me mira a los ojos por unos segundos y deja escapar un suspiro que provoca que sus hombros caigan un poco—. Puedo también equivocarme—advierte, bajando su mirada—es posible que el dolor también pueda ser tristeza. Solo es posible.

André sale de la habitación, cerrando tras si la puerta y todo es silencio nuevamente.

Paso a la ventana y me siento en su marco a observar como siempre suelo hacer, ese exterior tan llano y extenso que se pierde a lo lejos tras mi habitación. Ahora ya se ha tornado dorado y finalmente puedo decir que se ha preparado para recibir al invierno. Mañana será 31 de octubre, día de las brujas. No me emociona la verdad, aunque en años anteriores… ese día lo he estado esperando con emoción reprimida. En cambio hoy, la verdad es que no creo poder salir de mi casa.

Hace frío. Miro la hora en mi móvil y me doy cuenta que ya es algo tarde. Las once de la mañana. Pronto será hora de almuerzo y yo apenas estoy a punto de desayunar. Kathy ha vuelto con el yogurt que no he pensado dos veces en devorarlo. Extrañamente este llega a mi estómago sin problemas. Lo digiero con bastante facilidad y en menos de lo que creo me lo he bebido todo. Un enorme bote de yogurt de casi un litro.

Kathy por su parte se ha sentado frente a mí, a observar el exterior con calmada paciencia y silencio que me resulta acogedor. Su mirada perdida en esa basta llanura me hace pensar seriamente que ella, al igual que yo, se siente destrozada por dentro, cosa que solo me recuerda que tengo que hablar con Karla lo más antes posible, ella no debe de estar mejor que nosotros.

—Por ese camino—advierte Kathy señalando hacia la llanura—. Atravesando el bosque, vive Darien—me dice con una sonrisa.

—Así es. ¿Cómo… lo sabes?

—He salido a caminar algunas veces—me informa, encogiéndose de hombros—. Esta mañana he ido a verla.

—Yo tendría que ir a verla—le digo sin dejar de mirar la lejanía—. Tengo que contarle lo de Cori.

—No te preocupes, Sasha, eso ya lo he hecho yo. Asistirá al velatorio esta noche.

Bien. Al menos me he ahorrado eso y no tendré que caminar y lastimarme más las heridas de mis pies. Esta noche veré a Darien, tengo que hablar con ella de unas cuantas cosas… necesito que ella me responda cosas que no puedo responderme a mí mismo. A ella se le da bien eso.

—¿Crees poder ir así?—me pregunta Kathy un tanto preocupada—. Tus pies no parecen estar en condiciones.

—Ya no duelen ni sangran, podré ir, aunque pase sentado la mayor parte del tiempo.

Ella sonríe y resopla, todo sin dejar de mirar aun al exterior. A lo lejos, la montaña Longs Peak se alza imponente al azul cielo. En su punta, la nieve la pinta de blanco, y en su base, un extenso campo de pasto dorado. El viento vuelve a soplar, como siempre frío, revolviendo el cabello de Kathy y trayendo hasta mí su olor a frutas.

—Karla me contó lo que hiciste con tus manos Sasha.

—¿Ella lo sabe?

—Ella entró cuando ya no pudo escucharte más. Se preocupó y mientras parecía haber un caos en tu habitación ella se quedó sentada, apoyada en la puerta, llorando.

Algo en mi pecho se comprime y me dice que le debo unas disculpas a Karla. Kathy voltea a verme con una mirada preocupada.

—¿Fue a propósito?—me interroga Kathy finalmente, mirándome con fijeza a los ojos.

Me quedo en silencio por unos momentos, dudoso sobre si responderle. La respuesta a esa pregunta puede que le desagrade… y puede también que no me guste incluso a mí.

—Posiblemente—musito, desviando mi mirada hacia el exterior—.

Kathy no parece alarmada, ni tampoco molesta. La respuesta se la ha tomado con tanta calma que incluso me sorprende. Ella resopla, encogiendo sus rodillas y rodeándolas con sus brazos. Los dedos de sus pies rozan levemente los míos. La brisa, helada como se ha mantenido, vuelve a soplar provocándome escalofríos.

—¿Se siente bien, cierto?—me pregunta. Algo en mi rostro parece advertirle de mi sorpresa ante tal aseveración interrogativa y se apresura a explicarse—. Cortarte, y dejar que la sangre fluya. Ese dolor tan efímero que parece hacer desaparecer cualquier otra carga emocional. Sé cómo se siente.

Ella ha dado en el clavo. Ella sabe cómo me siento… ella sabe por qué lo hice.

—¿Tú… te lastimas?—le pregunto con dejo de sorpresa.

Kathy niega con su cabeza y vuelve su mirada hacia algún punto en la dorada llanura.

—No—me responde con calmada paciencia—. Lo hacía, ahora ya no lo hago.

—Pero… ¿Por qué?

Ella esboza una sonrisa de ironía y resopla.

—Posiblemente por las mismas razones que tú, Sasha. Los motivos son un tanto difíciles de entender.

Entonces, de la nada y sin mucho revuelo, mi atención se ve atraída de repente por Kathy. Siento que existe algo, en estos momentos, en este espacio y en esta conversación que necesita ser escuchado y ser comprendido. ¿Puedo hacerlo? ¿Puedo poner atención a lo que ella tenga para contarme? No sé si me encuentro en condiciones para hacerlo, pero presiento que si lo rechazo también perderé algo.

—¿Quieres… quieres contarme?

Ella vuelve a verme un tanto extrañada. Se sienta más derecha y con una voz bastante quieta me pregunta:

—¿Tú quieres escucharlo?

Sonrío. Una sonrisa que no es ni forzada ni fingida, sino una simple y sincera sonrisa.

—Por supuesto.

Ella aguarda en silencio por unos segundos como si sopesara lo que va a decirme. Suspira y finalmente habla.

—Cuando vivíamos en Nueva York… mi padre y mi madre… ellos no estaban bien.

—¿A qué te refieres?

—Mis padres tenían deudas Sasha, deudas muy grandes. Él desempleo de mi padre era un problema, y su mísera adicción al alcohol solo empeoraba las cosas. Y un día, de la nada… todo explotó. Mi padre golpeó a mi madre y queriéndome interponer, salí lastimada.

—Lo siento.

Kathy niega con su cabeza, coge mi mano y se dispone a hacer círculos con sus dedos en los míos.

—Mis padres se separaron por ello y bueno, mi madre tuvo que desvivirse por pagar las deudas que quedaron. Fueron tiempos difíciles. A veces no había que comer en todo el día. Una vez incluso casi nos echan del apartamento en donde nos quedábamos porque no habíamos pagado la renta. Mi madre lloraba todas las noches, supongo que la carga era demasiada y me sentía inútil al no poder hacer nada. La impotencia es un arma de doble filo, Sasha, y puede carcomerte por dentro. Un día, de la nada, no lo soporté más, no soporté ver a mi madre derrumbarse cada noche, no soporté el llegar a casa de la escuela y no tener que cenar, no soporté incluso tener que consolarme a mí misma y decirme que todo iba a estar bien. No tuve más deseos que descargar todo ese peso sobre algo y bueno, hice lo mismo que tú has hecho, destrozar todo lo que encontraba a mi camino, hasta que por accidente me hice una enorme cortada en mi brazo. Esa sensación de dolor que luego poco a poco cesa, llevándose consigo cualquier cosa que te agobia puede ser lo mejor que alguna vez pude sentir, sin embargo… siempre es dolor. Fue estúpido la verdad porque lo hice en varias ocasiones hasta que un día mi madre me descubrió tirada en el piso del baño casi inconsciente de tanta sangre que había perdido. No querrás saber lo demás que hizo mi madre para que dejara de una vez de hacer lo que hacía. Y la verdad es que me alegro de haberme detenido. La culpa después de hacer lo que hacía con mi cuerpo era incluso peor.

—Me recuerdas… a mí.

—Lo sé. Ha sido por eso que me preocupé por ti al ver esas manchas de sangre. Solo no vuelvas a hacerlo—me advierte con seriedad—. No quiero pasar por lo mismo… dos veces.

Sé a lo que ella se refiere. Al igual que ella, tampoco quiero pasar por esto. Esta sensación de que alguien se desvanece poco a poco me agobia. La presencia de Cori, el sonido de su voz, su mirada tan cautivadora y esa actitud tan despreocupada; siento que poco a poco se van, y no quiero dejarlas ir.

—Aun no sé si debería detenerme Kathy—musito sin detenerme a pensarlo—. De esta manera, solo así, puedo aferrarme a Cori. Solo así tendré la seguridad de que se quedará conmigo para siempre.

—No Sasha, de esa manera solo estas lacerando el dolor con más dolor. De esa manera solo conseguirás que el recuerdo de Cori se vuelva algo que quieras olvidar.

Esto solo me está llevando a un callejón sin salida. A un lugar en el que los sollozos comienzan a querer envolverme y las lágrimas desean aflorar con violencia, pero intento retenerlas todo lo que puedo, intento ser fuerte y dejar de llorar de una vez. Lastimosamente es una batalla que pierdo y me vengo abajo en un lapso de tiempo efímero.

Kathy también se encuentra en el mismo callejón sin salida y las lágrimas también la han vencido… somos débiles.

—Quiero que Cori regrese, Kathy—mascullo en un lastimero sollozo—. Quiero que vuelva con nosotros, quiero verlo nuevamente reír, quiero ver sus ojos verdes tan vivaces, lo necesito conmigo.

—Todos queremos eso, Sasha—solloza Kathy hundiendo su rostro entre sus manos—. Todos anhelamos que esto no sea más que un sueño.

Y ahora, sin poder contenernos, el llanto ha salido para envolvernos entre lamentos que penetran cada poro de nuestra conciencia hasta resquebrajarnos. Llevo mis manos a mi cara, escondiéndola entre mis lastimadas palmas. Puedo sentir como las lágrimas atraviesan el vendaje y llegan hasta mi piel haciendo arder mis heridas, puedo sentir como la humedad de mi llanto se escurre entre mis dedos y como ese molesto ardor en mi garganta se acentúa hasta desgarrar mi voz en una enronquecida exhalación.

El llanto de Kathy se entremezcla con el mío, perdiéndose entre las paredes de mi habitación y la inmensidad del exterior de mi casa, en esta basta llanura en la que su pasto, ligeramente alto y de color dorado, se mueve al ritmo del viento; lento, triste… un poco lamentable.

***

Despierto, y lo primero que se me viene a la cabeza no es más que un mareo desagradable que me obliga a cerrar los ojos nuevamente. Me quedo unos segundos recostado y una vez la sensación de malestar ha pasado me siento en el borde de la cama. Kathy ya hace un rato que se ha ido, el ultimo recuerdo que tengo es de hace unos momentos. Kathy, yo, llanto, y luego, nada más que nuestras manos enjugando unas lágrimas que han bajado por montones a través de nuestro rostro.

Antes de que Kathy saliera de mi habitación me dejó unas pastillas para que durmiera. Dijo que iba a necesitar energías para la noche.

Supongo que ella tenía razón. Esta noche nos quedaremos despiertos, lo más que podamos, dándole el mayor apoyo posible a los padres de Cori, un apoyo que todos necesitamos. La verdad que por Henry no me preocupo, ese desgraciado bastardo no lo quiero ver ni en pintura. Quien verdaderamente me preocupa es Cecilia, ella ha de estar destrozada en todo el amplio sentido de la palabra. Primero Emily, luego Cori… el corazón de esta mujer debe de haberse encogido hasta casi desaparecer. Su tristeza debe de superar en creces la mía.

Posiblemente haga mal en tratar de comparar quien está más devastado, si ella o yo; es más correcto decir que ambos sentimos el dolor en maneras y magnitudes diferentes.

Me doy cuenta que sin recordarlo muy bien, he bajado la ropa que estaba en mi cama al piso de manera ordenada para no desdoblarla nuevamente. ¿O ha sido Kathy? Miro la hora en mi reloj de mesa. Ya son las seis de la tarde. Pronto será hora de que me vaya para la casa de la señora Woller.

Salgo de mi cama un poco atontado por la pastilla para dormir y bajo a ver si todos ya se están preparando para irnos. Curiosamente llego hasta la sala sin encontrarme a nadie, paso a la cocina y tampoco hay nadie. Me asomo al patio y tampoco no logro ver a ninguno.

Seguramente todos se han ido ya.

Paso por la cocina nuevamente y en la mesa hay una nota de la que no me percaté antes. Es de Tránsito, y la nota está pegada sobre un pedazo de pie de manzana envuelto en papel plástico de cocina.

Que lo disfrutes cariño. Te estaremos esperando en casa de la señora Cecilia. Tus padres vendrán contigo.

Sin muchos ánimos me dispongo a comer. Esta cosa está realmente buena, Tránsito sabe cómo hacer que me sienta un poco mejor, y nada como su pie de manzana para lograrlo. Paso a la sala y decido comérmelo ahí, tal vez mirando la televisión logre distraer un poco la mente de tanto suceso.

En HBO están pasando la película de “Como si fuera la primera vez” Esa película en la que una chica pierde la memoria todos los días y alguien trata de hacerla de que se enamore cada día. Es una buena película, y en estos momentos perder la memoria no me vendría mal. Lastimosamente no tengo una piña a la mano ni una vaca que se me cruce para estrellarme en un aparatoso accidente y golpearme la cabeza y así padecer de amnesia. La vida es un tanto injusta a veces.

Alguien toca la puerta, y con cuidado me pongo de pie para no lastimar mis pies, pero antes de que pueda abrirla ya han arrojado un sobre de manila amarillo y pequeño por la ranura para el correo. Observo por el mirador de la puerta de quien se trata y puedo ver que era el cartero quien ya se está subiendo a su camión de la correspondencia y se marcha.

Levanto el sobre de manila y me dispongo a revisarlo.

“INSTITUTO DE MEDICINA GENETICA DE COLORADO” dice en la parte de enfrente, con enormes letras rojas y con un escudo de los estados unidos a marca de agua. Hay un emblema en la esquina superior izquierda con forma de una hélice de ADN en colores azules. En la esquina inferior derecha se encuentra el nombre del destinatario. Robín Zacarías Leader.

Es para mi padre. Un poco extraño que reciban correspondencia de su trabajo acá. Normalmente no suelen recibir ni tan siquiera correspondencia porque casi nunca pasan en casa. El sobre tiene un pequeño sello en color rojo que dice “Importante”. Me paso a la sala nuevamente y pongo el sobre en la mesa. Debería de ver de qué se trata, seguramente es algo que mi padre necesita con urgencia.

Como el último pedazo de pie y decido finalmente abrir el dichoso sobre. Le marcaré a papá y le diré de qué trata. Al final, estoy autorizado a abrir cualquier correspondencia que ellos reciban, por muy escasa que sea, o por muy importante y confidencial que parezca. Como paso la mayor parte del tiempo solo ellos me han dado ese permiso. Veamos de qué trata este sobre.

Lo abro con cuidado y dentro se encuentran dos papeletas impresas a colores. La primera no es más que un instructivo del instituto sobre cómo interpretar resultados de laboratorio sobre exámenes de ADN. Me parece un poco estúpido que les adjunten esta página, mis padres son genetistas y esto ya se lo han de saber incluso de memoria. Obvio la primera página y me paso inmediatamente a la segunda. Esta página no es más que una fecha en la parte superior, el logo de la institución y un pequeño párrafo escrito en negritas y justificado. Parece importante.

“El Instituto de Medicina Genética de Colorado.

Mediante la presente informa al interesado:

ROBIN ZACARIAS LEADER, solicitante de la prueba de paternidad de la implicada CAROL ISABELA DOVER, siendo hija biológica ante el estado, la nación y diferentes países del mundo de DARIEN ANNABELLA DOVER. Pudiendo comprobar la fidelidad de las pruebas de laboratorio designadas al proceso, basando el estudio del ADN en rigurosos métodos y leyes que amparan a la institución, se ha podido concluir la prueba de comparación de ADN entre el solicitante y la mencionada con anterioridad CAROL ISABELA DOVER de manera exitosa.

Dicho esto, se procede:

Nivel de coincidencia del ADN: 99.99%

Por tanto:

ROBIN ZACARÍAS LEADER, es padre BIOLOGICO de CAROL ISABELA DOVER.

Sin más que agregar, se establece entonces que ROBIN ZACARIAS LEADER y DARIEN ANNABELLA DOVER son los padres biológicos de la implicada CAROL ISABELA DOVER”

Al llegar al final de la nota mis manos tiemblan y siento como un escalofrío sube por mi espalda dejando un dolor punzante en mi nuca. Mi rostro hormiguea y la respiración me falta. Siento el estómago hecho un nudo, en mi pecho una opresión angustiante y las náuseas regresan provocándome arcadas momentáneamente.

Carol… ella… ¡Carajo! ¡¿Carol es mi hermana?!

¡Tengo una hermana!

Esto no puede estar pasando. Esto tiene que ser mentira… un error.

Cuando mis pensamientos están más aturdidos y mi conciencia más débil entonces el recuerdo fugaz de mis padres me viene a la mente. Han estado extraños desde que vinieron. Incluso en el hospital; aquí en la casa. Será que…

Mis pensamientos son interrumpidos por gritos y exasperaciones elevadas en tono de voz y palabras bajando por las escaleras. Mis sospechas comienzan a comprobarse.

—¿¡A caso crees que soy estúpida, Robín!?—grita mi madre con un tono de muy disgustado. Su voz se escucha quebradiza… ella está llorando —. ¿¡Es que acaso no lo miras!?

—¡Lo sé, Victoria! ¡Ya lo sé!—le ladra mi padre—. ¡No necesitas restregármelo en la cara! ¡Cometí un error!

Ella se para al pie de las escaleras, mirando a mi padre. Su cuerpo tiembla y su rostro está rojo. Aun no se han percatado de mi presencia. Mi padre ha terminado de bajar en la totalidad de las escaleras y ahora ambos discuten en la entrada.

—Es que no puedo creerlo—masculla ella rompiendo en llanto—. No de ti.

—Me equivoque, yo…—él intenta abrazarla pero mi madre lo rechaza.

—No me toques.

—Victoria, por favor…

—¡Aléjate!—le grita mi madre levantando sus manos—. ¡Eres un bastardo! ¡Esto se acabó Robín!

Mi padre apuña sus manos y las alza al aire y cuando creo que está a punto de golpear a mi madre, me muevo tan rápido como puedo para interponerme. Ellos se quedan atónitos, sin saber qué hacer ante mi eventual aparición entre su pelea. Mi padre solo ha dejado caer sus manos a sus costados. Su intención no era golpear a mi madre, sino mostrar su frustración… esto tiene que ser grave.

Mi madre se sienta en las escaleras y se hecha a llorar, desahogando en un llanto incontenible toda su rabia. Mi padre intenta acercarse pero ella sigue rechazándole, y yo, bueno, yo me he quedado como estúpido parado mirándolos. ¿Qué debería de hacer? ¿Qué está sucediendo exactamente? ¿Qué significa esto?

Cuando pienso que estas preguntas se quedarán sin respuesta, la voz de mi madre se deja escuchar como un susurro entre sus sollozos, respondiendo a mis inquietudes.

—Esto se acabó Robín—musita sollozando, con su rostro escondido entre sus manos—. Vamos… vamos a divorciarnos.

Continuará.

Ending:

Próximo Capítulo: Domingo 27 de Enero de 2013

Autor: Luis F. López Silva

Todos los derechos reservados ©

Nota:

¡Ya pueden encontrar “Sasha: Diario de un chico adolescente (Volumen I)” en Goodreads! ^^ Si desean, pueden pasarse por la pagina y puntuar la historia y dejar sus comentarios.

2 pensamientos en “Capítulo 35: Dolor, sinónimo de tristeza.

¿Qué tal te pareció el capítulo? :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s