Capítulo 21: Alice.

Green and blue

El ambiente en la habitación es tan quieto y calmado. Blanco, hay blanco por doquier. Las paredes, blancas, el piso, blanco, las cortinas, blancas; solo mi pijama de hospital es de color azul. Karla y Cori se han ido hace unos minutos, los han llamado porque tienen que hacerles unos últimos exámenes y finalmente podrán dejar el hospital. Si mal no recuerdo, dijeron que habían pasado al menos dos semanas desde que estoy acá, pero, en coma la noción del tiempo es realmente nula. A mis sentidos les parece que solo han sido unas cuantas horas desde que sucedió el incidente con Liam, sin embargo ya transcurrió un lapso de tiempo considerable desde que perdí la conciencia y luego desperté en este hospital. Lo primero que pensé fue “es un techo extraño…ajeno y desconocido” No es lo mismo despertarme en mi casa, tranquilo, sin las costillas rotas y sin una sonda en el pene a despertarme en un hospital después de haber estado en coma por dos semanas. Por suerte la enfermera vino hace unos segundos a quitarme la dichosa sonda, ya me sentía incomodo pensando que tenia una manguera que iba desde mi uretra hasta mi vejiga.

Aun pienso detenidamente lo que Cori y Karla me han dicho respecto a su relación con Liam. No me cabe preguntarme a mi mismo el por qué no me lo habían dicho, pues sé que las razones son las mismas que tuve yo para ocultárselos también. Aun así siento que estamos haciendo algo mal, hay muchas cosas que aun no les he contado y hay muchas que ellos deben decirme, en ese aspecto se siente extraño que mi vida—Cori y Karla—tengan una parte que desconozco y mas aun que mi mundo no sepa que existe una parte de mi que aún tengo oculta.

Si no me equivoco, parece que aun no les he contado a ellos nada respecto a Tránsito. Karla lo sabe, porque ella tuvo la oportunidad de conocerla cuando vivíamos en Nueva York, pero Cori es ajeno a ella y más aun a Kathy. Ambos desconocen lo que sucedió alguna vez con Lucy, y Karla por su parte desconoce lo que está sucediendo con Cori y conmigo. No quiero dañar a nadie guardándome mas cosas de las que debo, pero también tengo miedo de que crean que no confió lo suficiente en ellos como para decírselos. Sigo teniendo ese miedo, pero ahora es distinto, ese miedo no es miedo de saber que es lo que ellos pensarán, no, ahora que tengo en claro que pase lo que pase siempre estaremos juntos y superaremos los obstáculos el único miedo que vive en mi es el hecho de poder dañarme una vez más a mi mismo al recordar cosas que he tratado de olvidar. Lastimosamente, el ser humano no vive con el propósito de olvidar, si no de recordar para bien o para mal sus acciones como muestra de que se esta vivo.

Esto me recuerda vagamente a Alice, una chica que bajo esta misma percepción del mundo ahora me hace darme cuenta que posiblemente recordar tenga su lado positivo, aun si lo que recordamos es algo que nos lastima.

Hace unos años, cuando recién nos mudamos a las afueras de la ciudad de Longmont, conocí a una chica. Su nombre era Alice. Tenía el cabello rubio y unos ojos azules parecidos a los míos. Era de tez blanca y pálida, delgada y un poco mas baja que mi. Su padre era amigo de mis padres, trabajaban juntos en un proyecto que llevaban acabo en Alemania. En esa ocasión, Alice acompañaba a su padre y se hospedaban en nuestra casa debido a los viajes que el trabajo de su trabajo siempre requería. Mi papá insistió en que ellos se quedaran con nosotros, fue por eso que tuve la oportunidad de conocerles. Ella siempre fue bastante reservada pero curiosamente hubo una vez, tan solo una vez, que Alice se mostró al mundo tal cual era.

Estábamos en diciembre, a pleno invierno, con la nieve cubriendo cada rincón de Longmont. Alice dormía en la habitación que está junto a la mía y yo, despierto como suelo hacerlo hasta tarde por la costumbre de pensar y reflexionar acerca de muchas cosas, miraba por la ventana los copos de nieve caer. Era todo silencio, sin nada ni nadie que interrumpiera mis vagos pensamientos acerca del mundo. Pero esa noche, en medio del silencio, escuche a alguien desahogar algo que siempre había estado oprimiéndole el pecho.

Ese día temprano, los chicos habían ido temprano a visitarme, se suponía que se quedarían a dormir en mi casa, pero les resulto un poco incomodo con Alice. Decían que no sabrían que decirle cuando la vieran porque ella simplemente se limitaba a dar respuestas cortas como un simple “si” o “no” a cada pregunta. Lo más que hablaba era cuando pedía permiso para algo o cuando hablaba con su padre. Era demasiado reservada.

Odry—como se llamaba su padre—la incitaba a que intentara hablar con alguien, a que interactuara con las personas, a que hiciera amigos, pero ella simplemente no lo hacia.

Tendrá sus razones—pensaba para mi mismo cada vez que la veía sentada junto a la ventana de la sala, mirando al exterior.

Aquélla ocasión, si mal no recuerdo, los adultos tuvieron que salir a una reunión en la ciudad, así que Alice y yo nos quedamos solos en casa. En un principio ella insistió en ir con su padre, pero él le dijo que no podría, que esa vez no le seria posible que lo acompañara. Ella pasó buena parte de la mañana sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada, simplemente estaba ahí, mirando al vacío, mientras yo la observaba desde la cocina, pensativo, preguntándome que era lo que cruzaba por su mente. Esa actitud tan cerrada y hermética me recordaba vagamente a mí. A ese yo que una vez existió y que poco a poco me envolvió en esa burbuja que me impedía ver el mundo con unos ojos capaces de observar más allá de lo que los sentidos permitían. Sin embargo, de ese yo, aun quedan vestigios que difícilmente desaparecerán, no lo sé…

No sé que fue lo que esa vez me impulsó a intentar entablar conversación con Alice, pero en un momento de iniciativa me anime a intentar hablar con ella, cosa de lo que ahora no me arrepiento. Las personas escondemos muchas cosas, pero hay algunas que seguramente siempre deberían de quedarse ahí, guardadas en lo mas recóndito de nuestra conciencia hasta perderse en el olvido y así dar por sentado de que nunca han estado ahí, lastimosamente nuestra conciencia nos impide hacer eso, no se por qué, pero siempre ha sido así, recordándonos lo que mas nos duele sin remordimiento alguno.

—Alice…—musité esa vez, ofreciéndole una taza de chocolate con malvaviscos.—¿Quieres un poco?

Ella me miró a los ojos por un largo rato antes de tomar la taza. Pude notar que su mirada era simple, vacía y sin emoción alguna. Sus ojos azules parecían estar apagados. Pude, al solo encontrarme con su mirada, comprobar que ella y yo no éramos nada diferentes. Era alguien que se sentía aislado del mundo, que sentía que no encajaba en ningún lugar pero que a la vez se sentía obligadamente parte de todo, en donde posiblemente la única escapatoria que ella tenía era el amor de su padre así como lo que yo tengo es a Karla y Cori.

—Gracias—musito ella tomando la taza y regresando su mirada a la nada.

Dio un sorbo.

No podía quedarme simplemente ahí como tonto parado, esperando a que ella dijera algo. Si había tomado la iniciativa de hablarle, entonces iba a hacerlo. No tenía mucho que perder, lo único que tenía era esa sensación de que Alice se sentía sola. Creo que en ese momento lo único que pensé fue “No permitiré que nadie mas sienta lo que yo sentí ni sienta dolor o soledad como yo la sentí” Ese sentimiento a que alguien se pudiese sumir en un mundo lleno de vacío como en el que yo estuve me daba miedo, me entristecía y sentía la necesidad de impedir que alguien pasara llanto y dolor pudiendo ser evitado.

No lo permitiría, no si podía detenerlo.

—Entonces… ¿Viajas mucho con tu padre?—pregunté, intentando sacar un tema de conversación.

—Si—contestó ella secamente sin inmutarse ni animarse a decir más palabra que esa.

—Ya veo—musite.

Le di un sorbo a mi chocolate y suspire. Miré hacia la ventana, intentando descubrir que era lo que Alice observaba tanto, pero no pude dar con nada que llamase mi atención.

—¿Ellos son tus amigos?—preguntó ella. Sorbió un poco de su chocolate y aguardo nuevamente en silencio.

Fue extraño. Me tomo por sorpresa el hecho de que tomara iniciativa en hablar e indagar sobre algo, o más especifico sobre mis amigos. Desde que había llegado jamás había hablado conmigo si no era porque le preguntase algo. Siempre limitándose a contestar lo que le pedían y nada más, pero esa vez fue diferente.

—¿Te refieres a Karla y Cori?

—Desconozco sus nombres. Hablo del chico y la chica que vinieron a visitarte hace poco.

—¡Ah! Ellos. Si, son mis amigos—le digo esbozando una sonrisa, como siempre cada vez que me preguntan quienes son Karla y Cori.

—Parecen ser muy unidos a ti—advierte ella, en la misma calma y con un gesto inmutable. Su mirada no se despegaba de la ventana.

—Lo son.

—No deberías confiar mucho en la gente—me dice, mirándome de reojo.

—¿No debería?

—Las personas siempre te decepcionan.

—Creo que concluyes demasiado rápido para decir eso—le digo tomando un poco mas de chocolate—Las personas también pueden sorprenderte.

Ella puso su chocolate en la mesa, se puso de pie y se acercó a la ventana. Veía detenidamente algo, algo que yo no podía notar y que intentaba darme cuenta de que era, pero parecía que solo ella podía verlo.

—¿Tanto confías en ellos?—inquiere.

—Lo suficiente—le contesto—Lo suficiente como para confiarles mi vida.

—Que me alegra—advierte ella mirándome.

Alice, en su seriedad y en su actitud tan inmutable, sonrió. Por primera vez la pude ver sonreír desde que la había conocido. No es que llevara mucho tiempo conviviendo con ella, apenas un par de semanas, pero fue agradable ver como ella podía demostrar un gesto de felicidad con una sonrisa.

—¿Tu tienes a alguien en quien confiar?—le pregunto con curiosidad.

Ella asiente y vuelve a tomar asiento. Coge nuevamente la taza con chocolate y vuelve a sorber otro trago.

—Creo que si—advierte.

—Es bueno tener a alguien—le digo tratando de no perder el hilo de la conversación—Siempre necesitaras de alguien que le de color a tu vida.

—O de alguien que te la haga gris…—musita con tono apagado.

Otra vez esa imagen tan fría y mustia. Me daba la sensación de que ella reprimía muchas cosas. Podía sentirlo, lo sabia, percibía esa emoción tan asfixiante que alguna vez sentí, esa necesidad de desahogar algo pero que por miedo a dañar la misma sanidad nuestra no la sacamos a flote…y mas aun por miedo a que los demás se alejen de ti porque no estaban preparados para algo que nunca debieron escuchar.

—Se hace gris solo si tu permites que se haga gris—le dije, mientras mordía un malvavisco.

—No Sasha, tu vida puede tornarse incluso negra sin que lo quieras.

Sasha. Así que ha podido llamarme por mi nombre. Era una buena señal. Jamás lo había hecho antes, y en cierta medida, me alegraba un poco que lo hiciera.

—Tendría que haber sido algo realmente malo para que eso sucediera—le comento.

—Todo depende de si en ese momento eso es bueno o malo.

Niego con mi cabeza. Simplemente no podía aceptar eso. Esa idea de Alice tenía un punto débil y era que si así fuese, entonces no existiría el arrepentimiento. Si algo tenía por sentado a mis catorce años era eso, saber cuando debía de retractarme de algo que estaba mal y de cuando debía cambiar eso malo por algo bueno.

—Imposible—le digo seguro de mi mismo—de ser así entonces no existiría el arrepentimiento.

—No existe—dice con tono seco—nunca ha existido.

—Y entonces, ¿que es lo que sienten las personas cuando se retractan de lo que hacen?

—Miedo

—¿Miedo?

—Si, miedo de los demás. Si existiera el arrepentimiento entonces sería antes de cometer el acto. Eso es arrepentimiento.

—Eso es raciocinio—le digo retirando las tazas vacías y llevándolas al lavabo.

Alice me acompaña a la cocina y sigue hablando conmigo. Parece que finalmente ha decidido salir de su ensimismada conciencia.

—Si, posiblemente—me dice no tan convencida de mi afirmación—Pero también es miedo.

—¿Y que diferencia hay entonces entre el miedo que te lleva a no hacerlo y el miedo después de haberlo hecho y tratar de pedir perdón?

—Simple, en un principio solo fue un pensamiento estúpido. Luego, una vez se hace, es estupidez en estado puro—manifiesta secamente—por eso digo que el arrepentimiento no existe, si no mas bien un estado de estupidez que va de leve a enfermizo.

Interesante. Fue realmente interesante la manera en la que Alice pudo reflexionar al respecto. Paso de ser una chica callada a alguien que tenia un mundo de ideas que necesitaba materializar.

—¿Y que hay de los que no se arrepienten?—inquiero con curiosidad.

—Bueno, si ya dije que el arrepentimiento no existe, entonces con mas razón no tendrán de qué arrepentirse. Solo serán estúpidos, y nada más.

—Entonces soy un estúpido en algunas cosas—le digo sin tratar de retractarme—no me arrepiento en lo mas mínimo de haber conocido a Karla o a Cori…ni de haberte conocido.

—Has entendido todo mal—me dice negando con su cabeza—el arrepentimiento, a mi manera de verlo, no existe cuando el hecho es algo malo, es entonces cuando solo es estupidez. Podríamos decir que es un tipo de arrepentimiento estúpido. Sin embargo, si es bueno, entonces estará en tu criterio decidir si te arrepientes de algo o no, todo depende de tu condición apática, que se yo, la gente es tonta, de ahí en adelante, si no eres apático, entonces es simple felicidad y nada más.

—Comprendo…o eso creo. Pero en ese caso, creo que he sido estúpido muchas veces—le digo riendo—hay tantas cosas de la que creo que me arrepiento. Pero si el arrepentimiento no existe, entonces puedo decir que mi nivel de estupidez es medio.

—¿A sí?—inquiere con curiosidad—¿Como que cosas te hacen estúpido?

—Como causarles muchas preocupaciones a mis amigos.

—Pues eso no está mal ni es estúpido, al contario, no es nada de lo que puedas arrepentirte, pues si tus amigos se preocupan es porque te estiman, y si siguen aun contigo a pesar de las preocupaciones entonces puedes dar por sentado de que te aman.

—Ya veo.—le digo sorprendido por tal conclusión—¿Tu tienes algo de lo que te arrepientas? o bueno, mas bien… ¿Algo por lo qué sentirte como estúpida?

—Si, tengo muchas estupideces sobre mi conciencia.

—¿A si? ¿Como qué?

Alice aguarda unos segundos en silencio. La manera en la que ella mira el mundo me sorprende y va un poco mas allá de lo que había podido ver hasta esos momentos, aun así, eso que mira mas allá de lo que los demás pueden ver es algo difuso, sin un enfoque bien definido. Pero, no deja de sorprenderme.

—Como el hecho…de haber perdonado a mi padre por haberme violado—me dice sin mucha convicción.

Fue hasta entonces, hasta ese momento que comprendí porque Alice era tan cerrada a todo y a todos. Aquella aseveración cayó sobre mí como mil toneladas de plomo aplastando mi pecho y oprimiéndolo.

—Tiene que ser una…broma.

—No lo es Sasha.

—Pero Odry…él…

—¿Odry? No me refiero a él. Él no es mi padre biológico. Él es mi padre adoptivo, y si no fuese por él, seguramente yo estaría metida en algún orfanato. A él le debo tanto, mas sin embargo él nunca me ha pedido nada a cambio. La calidez y el amor que nuca tuve de mi verdadero padre la he encontrado en Odry y es por eso que me aferro a él, porque temo volver a sentirme sola.

—Lo siento Alice, no debí preguntar, en serio, lo siento, yo…

Ella niega con su cabeza. Su mirada pegada a la mesa delata esa tristeza inminente que se siente cuando recordamos algo que no queríamos, algo que nos carcome por dentro hasta dañar nuestro exterior.

—No es algo por lo que debas disculparte, además, fui yo quien te lo mencionó.

—Entonces es algo por lo que tú no debes de arrepentirte. Él perdón va mas allá del simple hecho de dejar atrás lo sucedido, si no de buscar la paz interior aun si el daño fue enorme. Te redimes a ti mismo cuando lo haces y le das al mundo más de lo que te pide, siendo así mejor que muchos.

—Es por eso que soy estúpida, Sasha, porque ahora me doy cuenta de cuan grave fue el daño, y de haberlo sabido antes entonces no lo hubiese perdonado.

—¿Te agobia el hecho de haberlo perdonado?

—Repudio cada letra de la frase “te perdono” Repudio el día y la hora en la que se lo dije.

—¿Te arrepientes?

—El arrepentimiento no existe—musita ella.

—¿Crees que fue una estupidez?—le pregunto con un nudo en la garganta de tan solo imaginar lo que Alice pudo haber sentido alguna vez. Es simplemente atroz.

—A mis ocho años desconocía que era una estupidez o no. Y hasta ahora, me lo he preguntado cada día sin saber una respuesta. Es fácil cuando lo vez en alguien más, pero examinar tu conciencia es difícil, es prácticamente suicidio, es mas difícil que probar que aun existen personas buenas en este mundo.

—Entonces tu teoría ahí no tiene cabida, Alice. Piénsalo. Hasta este momento, el arrepentimiento siempre existió, solo que te negaste a verlo. El arrepentimiento existirá ya sea por odio o por bondad.

—Entonces no me arrepiento de haberlo hecho—advierte con una voz tan tensa que pude jurar en ese instante que lloraría.

—Los seres humanos somos extraños—le digo encogiéndome de hombros—Y aun así, somos tan predecibles. ¿Crees en el perdón?

—No lo sé.

—¿No lo sabes o te niegas simplemente a saberlo?

—Creo que solo tengo…miedo.

—Entonces no es tu padre quien necesita ahora el perdón, Alice. ¿Lo odias?

—No—me dice, comenzando a sollozar—no puedo, jamás pude. Por más que lo intenté luego, no pude.

—Si lo piensas, te darás cuenta entonces que lo perdonaste y lo que sientes no es remordimiento de haberlo hecho, si no miedo de ti misma.

—¿Miedo? Así que siempre fue eso.

—¿Sabes por qué?

—No lo sé.

—Porque a la única persona que necesitas perdonar ahora por haberla atormentado por algo que se soluciono hace tiempo…es a ti.

Ese día, fue un día como pocos en el que pude ver a alguien como yo, venirse abajo. A alguien que todo el tiempo estuvo temeroso de un mundo cruel que sería capaz de todo con tal de verte destruido. Alice y yo, en el fondo, no éramos ni somos tan distintos, siempre tuvimos el miedo frente a nosotros, un paso justo delante del nuestro atormentando nuestra conciencia con algo a lo que denominamos culpa, pero que nunca fue mas que un vacío de felicidad que necesitaba ser llenado. Alice hasta el día de hoy, vive con Odry, su padre adoptivo, y desde ese día, al menos conmigo, Alice cambió. De vez en cuando hablo con ella por teléfono, y siempre tenemos charlas bastante reflexivas acerca de muchas cosas. Puedo decir a ciencia cierta que ella es una de las pocas personas que tiene tantas cosas buenas para decirle al mundo y que deberíamos escuchar y puedo asegurar más aun, que su corazón es tan cálido, no como el de una persona, si no, como el de un verdadero ser humano.

Mi padre y mi madre han regresado finalmente. ¡André! ¡André viene con ellos! ¡Dios! ¿¡Pero como es posible!? Así que era de esto de lo que ellos hablaban. André simplemente se para en la puerta y me mira con cara de preocupación. Puedo notar en su gesto que está a punto de llorar. Se acerca despacio hacia donde mi y me mira por unos segundos tratando de contener unas lagrimas que están a punto de asomar de esos ojos ya vidriosos.

—¡Me preocupas demasiado, torpe!—me dice abrazándome ya sin poder retenerse.

—André…pero ¿Que haces aquí?

—Vine a verte ¿Que acaso no es obvio?—me refunfuña mientras examina mi rostro—¿En serio, ya estas bien? ¿Te duele algo?—inquiere preocupado.

—Dile eso a mis costillas—le digo riendo lo mas suave posible para que no me duela—están algo fracturadas.

—Me alegra en serio que ya hayas despertado—me dice esbozando una sonrisa—no pude estar tranquilo una vez me dieron la mala noticia. Se suponía que vendría un día después de que te ingresaron en el hospital, pero la universidad no me lo permitía. En serio Sasha, me tenías preocupado.

—Venga, que estoy bien. No te preocupes tanto.

—¿¡Qué no me preocupe!?—exclama él—Estamos hablando de ti, fuiste tú quien paso un mal rato ¿y aun así me dices que no me preocupe? Es que tengo que ver por mi mismo a ese pedazo de mierda que te hizo esto para estrujarle la cara.

Me limito a sonreírle. Me alegra en serio ver a André. Ya tenia un buen rato de no verle y pues el hecho de que esté acá me anima bastante. Siempre le he estimado mucho, y así como yo podría dar mi vida por él, sé que el sería capaz hasta de lo imposible por mi.

Karla y Cori han aparecido nuevamente. Ya llevan sus ropas normales puestas. Parece que han terminado de examinarlos. Karla al ver a André, corre como demente y se abalanza sobre él. Siempre se han llevado bastante bien y teniendo en cuenta que ya tienen un buen tiempo de que no se miran, su reacción era más que previsible.

—¡André! ¡Finalmente estás aquí!—le dice Karla emocionada, abrazándolo.

Él también parece bastante contento de volver a verla. Parecen dos niños. Es gracioso y tierno a la vez.

—¿Quién es él?—me pregunta Cori sentándose a mi lado.

—André.

—¿André?

—Si. André, una parte importante de mi vida.

Jueves 26 de Agosto de 2010

(10:18 PM)

Son, seguramente, cada uno de nuestros recuerdos, un arma de doble filo capaz de cortar hasta el ultimo hilo de conciencia, hundiéndonos y haciéndonos sentir lo más miserable del mundo. Es seguramente el arrepentimiento un acto de cobardía ante nuestras acciones.

Aún así, son nuestros recuerdos lo único que nos permite volver a sentir esa felicidad que alguna vez vivimos y es el arrepentimiento lo que nos hace reflexionar de cuan cerca de ser buenas personas estamos.

Perdonar no es de fuertes ni de los que miran los hechos pasar de lejos, mucho menos de los que olvidan; perdonar es dar otro paso mas al frente y rescribir una huella, una huella que alguna vez fue mal dibujada en nuestra vida y que luego bajo nuestra sanidad la rescribimos llenos de una paz sin límites.

Sasha

PD: André está aquí.

Ending:

Próximo capitulo el: Domingo 2 de Septiembre de 2012

Autor: Luis F. López Silva

Todos los derechos reservados ©

     

3 pensamientos en “Capítulo 21: Alice.

  1. Kamira Méndez

    Me encanto este capitulo >.< ojala que Cori no se ponga celoso de André… aunque eso seria interesante de ver *u*… espero el proximo capitulo con muchas ganas😀

    Responder

¿Qué tal te pareció el capítulo? :)

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